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| Año I, número 2, abril-mayo 2003 |
El Crimen perfectoImágenes de Valeria López Damián Carlos Guevara Meza |
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Si el mundo no existe, ¿todo está permitido? Esta transformación del viejo tema de Dostoievsky, Nietzsche y Camus es, me parece, la preocupación central de la reflexión de Valeria López Damián. Reflexión en imágenes que asume la pintura (valientemente, en un ámbito artístico hegemonizado desde hace tiempo por el conceptualismo) como el campo de batalla estratégico, si se parte del supuesto de que esta no existencia del mundo significa más bien que lo vivimos como un simulacro, como una ficción. Es decir, si vivimos el mundo simplemente como una presentación en pantalla (de tv o de computadora), ¿tenemos derecho a hacer cualquier cosa? O peor aún, ¿existe el derecho de que nos hagan cualquier cosa? Las características de este mundo como simulacro son claras: hiperrealidad, fragmentación, obscenidad de la imagen y el mensaje, narcisismo vacío en la medida en que el narcisismo no es “reflexivo” sino “proyectivo” (no la reflexión del espejo, sino la proyección del monitor). Se ve todos los días en la forma en que nos comunican las guerras o los eventos deportivos (¿cuál es la diferencia?). Que no haya diferencia es justo el problema, y que todo esto se haga mediante la imagen (nítida, aséptica, fría de la televisión o de internet), es la cuestión.
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De esto y contra esto la pintura de Valeria López. “Anacrónica” en el sentido de que no acepta la “virtualidad” que los tiempos imponen, sino que recupera la materialidad de las texturas, de las superficies, de los colores. Constructiva en lugar de aditiva (o adictiva). Que fragmenta también, porque la realidad así aparece, pero en una búsqueda continua de una nueva unificación, ya no la totalitaria del “pensamiento único” sino de diálogo, de comunicación, de reencuentro con el otro. Una pintura que, partiendo del desconcierto, puede encontrar una armonía otra, que de lo informe del caos resalta siluetas, figuras, sentimientos auténticos. Una pintura que no evade la realidad, sino que la busca más allá (o más acá) de sus “simuladores” (como esos aparatos de entrenamiento ahora convertidos en juegos para niños). Una pintura que parte del cuerpo, pero que no se traga el viejo cuento, supuesto básico de la cultura occidental, de la separación entre el cuerpo y la mente o el alma. Ello hace de la obra una combinación magnífica de ideas que se sienten, de sensaciones que se piensan. Y ahí es donde la apuesta crítica de Valeria se cumple en una alternativa: frente al simulacro, es posible vivir el mundo como esta realidad que nos toca, tan palpable como esa persona que frente a nosotros, se deja acariciar y acaricia, nos ve y la vemos, nos oye y nos habla.
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