DESARROLLO
La realidad social de Latinoamérica
exige un cambio que evite y termine con el exterminio cultural y económico
de nuestro pueblo.
Las cifras sobre la pobreza varían
ostensiblemente de acuerdo al organismo que las elabore y al componente
sobre el cual se basen, pero lo que aún ni las estadísticas más optimistas
niegan es que el índice de pobreza en Latinoamericana es superior al 40%
de la población.
En Argentina, por señalar un
ejemplo, las voces oficinales (Ministerio de Economía de la Nación)
indican un 16% de indigencia y 46% de pobreza.
Las causales son profundas,
variadas, extrañas al objeto del presente trabajo y alejadas de mi
entendimiento, pero la voces autorizadas apuntan hacia un motivo global, a
saber: el ideal superior de la cultura liberal.
Nuestros países fueron arrastrados
hacia un liberalismo económico o mercantil apresurado y a la larga
abusivo, del proteccionismo económico, de la economía casera o familiar a
la apertura mundial, grandes cadenas de hipermercados, inmensas máquinas
que sustituyeron al trabajo manual y aportaron empleadores desconocidos.
Luego, la desaparición, la huída,
el vuelo de un buitre que devora y brinda desolación. Los capitales
transnacionales con la misma facilidad que desembarcan, embarcan. Y, el
pueblo... queda sin trabajo, sin salud, sin confianza, sin educación, solo
especta pasivamente por lo que vendrá.
En esta realidad, la Universidad no
escapó a la fuerza seductora del liberalismo, la institución se refugió en
el escaso papel de fabricar profesionales, hombres y mujeres con roles
definidos e inmutables, tal como piezas predestinadas a adaptarse –sin
razón ni voluntad- al juego económico impuesto.
Sobre los efectos de esta ideología
el Prof. Arturo Roig demuestra que una de las características
fundamentales del neoliberalismo vigente es la supresión de la razón y la
voluntad, es decir se hace fuerza por un irracionalismo y antivoluntarismo
que garantice o facilite la sumisión al modelo.
“La ideología sobre la que se apoya
principalmente este proceso apunta a subrayar la auto-regulación de los
procesos económicos y a limitar el ámbito de lo social y de lo político
desde un anti-racionalismo y un anti-voluntarismo.”[1]
Dentro de este contexto, las reglas
del mercado que gobiernan nuestras vidas se nos enseñan como ajenas y
extrañas a nosotros, aparecen formadas, deliberadas y sancionadas por una
autoridad desconocida y superior a la cual debemos obedecer con total
conformidad.
Frente a ello, emergencia
–contingencia o posibilidad de lo nuevo frente a lo preeminente o
dominante-, resistencia –reacción como expresión de libertad- y democracia
–ámbito político donde la plenitud y dignidad del hombre puede alcanzarse,
para el Prof. Roig, son las herramientas del latinoamericano para disolver
el “deber ser” impuesto desde los grandes intereses económicos.
Estas formas de volver al digno o
pleno ejercicio de la razón y voluntad deben ser restauradas desde mi
humilde visión –y a este apunta el objeto del presente trabajo- desde la
educación, especialmente la universitaria.
La universidad debe erigirse como
el principal bastión de contingencia, resistencia y democracia. Para ello,
se debe educar en el ideal del pensamiento crítico y creativo, en una
visión concreta pero utópica, en la exclamación y en la interrogación.
Se debe romper con el ideario común
del actual joven que cree que la educación superior pasó a ser el último
recurso para acceder a un estándar de vida aceptable. La Universidad no
puede aparecer como un simple salvavidas personal o bote de rescate
exclusivamente familiar, sino que debe constituir un nuevo bote crucero
que sirva de alternativa suficiente para asistir a todo quien lo necesite
para vivir.
En esta labor, la institución debe
apuntar a la forma de pensar propia, al ejercicio propio de la razón, para
que un desarrollo intelectual amplio, con efectivas secuelas reales
proponga un cambio pacífico de la vida social actualmente accesible para
pocos.
Es necesario reconstruir la
racionalidad, menoscabada por el neoliberalismo anestesiante que ofrece
satisfacción sin necesidad de razón, y la voluntad afectada por el
desinterés y la desesperanza.
Para ello, la institución
universitaria debe suprimir la exclusiva enseñanza o instrucción de
contenidos en forma de sistema o como un todo conceptual hermético. La
obligatoriedad del dogma, facilita la quietud de la razón y la
unidireccionalidad de la voluntad, y solo capacita en la repetición y
sumisión de las tendencias e intenciones ajenas.
Esta cuestión es inteligentemente
tratada por el Prof. Horacio Cerutti Guldberg. Según el académico, “un
pensamiento filosófico radicalmente crítico no puede andar a la búsqueda
de un sistema, mucho menos proponerse programáticamente construir un
sistema que diera cuenta de la realidad como un todo. Esto por dos razones
al menos. Primera, porque la complejidad de lo real y las diversas
especializaciones y subespecializaciones que pretenden captarla han
avanzado tanto y se han entrelazado tanto que no hay posibilidades ahora
de un neohombre del Renacimiento que pudiera abarcarlo todo...porque esa
articulación no es cuestión de un pensamiento binario, sino de unas
combinaciones que tienen que ver no sólo con lo que es, sino con lo que va
siendo, lo tendencial, con las posibilidades, con las decisiones, con
ideales y con la libertad humana... Segunda, porque un pensamiento que
responde a las necesidades de los más desposeídos, de los que no se
benefician de la organización del mundo tal como está, no aspira a mostrar
un cosmos ordenado...,sino, en primera instancia, a denunciar la
irracionalidad del (des) orden establecido”.
[2]
Estimo que la crítica transcrita
resulta aplicable a la metodología de enseñanza de todas las ciencias, y
creo a la vez que denuncia con claridad el principal error “educativo” de
nuestras unidades académicas.
Esta oscura tendencia puesta al
servicio del neoliberalismo, se interrumpe con la predisposición a pensar
y aplicar. El pensar que idealizo como objetivo educativo es aquél que
piensa en “el complejo de relaciones entre la realidad, la posibilidad, el
pensar mismo y el ideal.”
[3]
En una labor mucho más profunda que
la mía, y guiando mi humilde objetivo de cambio, el Profesor Cerutti
Guldberg propone un pensar filosófico latinoamericano de carácter
interrogativo y problematizador, “obsesionado por el esfuerzo conceptual,
riguroso, sistematizador y abierto siempre en su propia historicidad.
Sabedor de que el camino sigue y que no se terminan ni el pensar ni la
historia. Esperanzado en que lo bueno y lo mejor siempre están por venir.
Nostálgico de futuro.”
[4]
Se trata, tal como recomienda el
mencionado académico, de “pensar la realidad a partir de la propia
historia crítica y creativamente para transformarla. Porque la crítica
culmina en creación y es desde ellas que se puede pensar la realidad
repensando la historia de lo pensado en el marco de la historia global,
con el horizonte de la transformación utópica hacia la justicia con
dignidad a la vista”.
[5]
En pocas palabras se persigue un
pensar “que se puede captar como en búsqueda de alternativas, persiguiendo
un plus de realidad”
[6]
La salida de la sumisión y pobreza
se halla en el “pensamiento vivo que piensa y asume cuestiones vigentes en
sus respectivos momentos para sus comunidades y para la discusión teórica
correspondiente”. Cualidad de pensamiento extensible y aplicable a toda
expresión racional del hombre, bajo cualquiera de sus formas científicas.
En concreto, la enseñanza
universitaria debe estar encaminada a la búsqueda y consagración del
pensamiento creativo y real, acompañado de la imperiosa e inseparable
necesidad de aplicar el producto racional. Esta podría ser la guía “moral”
del estudiante, sentir la necesidad del pueblo, buscar la solución y
aplicarla.
Al respecto, el profesor Roig dijo
que: “La Universidad también es una institución moral, y no sólo porque
debe ejercerla internamente, sino porque ha de generar prácticas que
redunden en beneficio de la salud moral de una nación. Y una de ellas es
la crítica, tarea que no se mide en relación con la competitividad. Los
pueblos –dice José Martí- han de vivir críticamente porque la crítica es
salud.”
[7]
Asimismo, creo que esta directriz
que empieza en y con la razón y termina en lo concretamente cotidiano
puede ser más pacífica –o menos lesiva de las posiciones ajenas- cuando se
prepara y ejecuta por estos hombres cultivados en un intelecto compartible
o preocupado por los demás.
La responsabilidad social del
educado, en un panorama social donde las clases de excluidos no pueden
alzar su voz institucionalmente, es relevante para la paz del cambio. Allí
donde los más necesitados no son oídos porque los canales de comunicación
que la presente democracia elabora están fuera de su alcance, la voz del
intelectual comprometido debe representar el reclamo.
En una realidad social donde las
reglas de juego se complejizan cada vez más, donde el avance de la ley
judicializa cada detalle de la vida del hombre, el profesional
comprometido debe traducir el mensaje y hacerlo comprensible a la masa de
hombre llevados exclusivamente a preocuparse por su supervivencia y la de
su familia.
El ser producto universitario debe
decodificar las reglas para el resto de la sociedad y a la vez traducir al
lenguaje formal y democrático –racional y pacífico- la necesidad de todos.
Además, es deber del profesional
simplificar y estimular desde su campo de juego la participación de sus
compañeros y de los espectadores. Con su razón y voluntad debe incluir a
los excluidos no momentáneamente sino definitivamente.
En este ir y venir discursivo y
práctico debe reconocer y ejecutar la necesidad, oportunidad y metodología
de un cambio de reglas, jugadores o árbitros.
Para ello, es necesario formar una
universidad que eduque con vistas a un proyecto transformador de la
sociedad, se debe idear un mecanismo teórico y práctico que capacite al
profesional en la búsqueda de las herramientas intelectuales y de las
posibilidades concretas para cambiar con paz y democracia lo necesario
para dignificar al pueblo.
Ello no implica la conformación de
un criterio de selección y clasificación de especie basado en el grado
cultural, donde el universitario sobreviva o consuma a expensas de los
demás, sino mas bien ubicar al estudioso en la obligación de disolver lo
perverso por las vías lo más racional, pacífica y eficaz posible.
Con ello no niego que el ejercicio
que estimo óptimo de la razón (compuesto por el vuelo intelectual, la
eficacia de la aplicación y la paz de la solución) pueda estar en aquellos
que permanecen fuera del sistema educativo institucional, pero estoy
convencido que el cambio global en la sociedad debe provenir del ejercicio
conjunto de la mayor cantidad de profesionales latinoamericanos
preparados bajo el método del pensar necesario para el cambio.
Un ejemplo práctico de lo
desarrollado nos lo ofrece Darcy Ribeiro cuando, en su propuesta
revolucionaria, dice que “se torna indispensable emprender reformas
estructurales que, alterando las bases físicas de la vida académica,
provoquen un cambio de mentalidad en los universitarios que los comprometa
con la revolución y los capacite para: 1. desarrollar y difundir entre
docentes y alumnos una actitud solidaria hacia las mayorías de la
población...; 2. exclaustrar a los profesores y estudiantes de los
estrechos muros de la Universidad, volcándolos hacia la convivencia con la
población, allí donde ella vive y trabaja. Y hacerlo...en calidad...de
compañeros activos y solidarios, predispuestos a poner el hombro para
ayudar, más por actos que por palabras, a mejorar sus condiciones de vida
y trabajo...”.
[8]
En definitiva, la universidad “no
puede abdicar en cuanto a su rol de promoción social de valores, a ser
espacio de integración crítica y activa de los sujetos en la sociedad”.
[9]
En una concreción de esta tarea “la
universidad tiene la posibilidad y la obligación de pensar modelos de
economía “macro”, y también regional y familiar; de colaborar en discutir
posibles políticas sociales; y de ofrecer los servicios compensatorios que
estén dentro de sus posibilidades (odontológico, médico, etc.) para los
sectores más necesitados. Por supuesto, también se agrega aquí el aspecto
destacado en muchos discursos: aportes tecnológicos y de consultoría a
empresas (privadas o del estado, estableciendo con claridad las
condiciones en cada caso), a fin de incrementar productividad de la
industria y rendimiento de los servicios”.[10]
CONCLUSIÓN:
En el deseo de obtener un cambio
social necesario la Universidad debe constituir un mecanismo que funcione
u opere con las ventajas y desventajas de la realidad social que la
circunda. Porque si bien es un innegable producto del entorno, debe ser
una guía moral y material para el mismo.
El factor que permite “emerger” o
desprenderse de las puras condiciones y formar la guía de progreso del
medio es el humano, el intelecto latente que brinda calor al cuerpo
institucional, por ello, la única posibilidad de cambio debe provenir del
hombre, del hombre racional preparado y necesitado del cambio.
Este factor humano, vivo, que sufre
y goza, que necesita y lucha es el elemento que la institución de nuestra
Latinoamérica debe formar. Los futuros profesionales que, comprometidos
con el ámbito social, modifiquen las condiciones negativas de existencia
social masiva deben ser el objetivo de la Universidad.
En el ejercicio social del pensar
debe avocarse el esfuerzo académico, no con la ilusión de creer que solo
la Universidad lo enseña, o que en todo los casos lo consigue, sino como
objetivo primordial y sincero de la organización que proyecte e imagine la
inclusión de todos en una sociedad pacífica y respetuosa de la diversidad.
La educación universitaria no solo
debe aportar al desarrollo tecnológico, económico y mercantil del mercado
social vigente, sino que es su función esencial brindar conocimientos para
corregir las posibles desigualdades o desventajas sociales y culturales
provenientes de la inevitable inserción de la humanidad en el mundo
globalizado.
En esta proyección provincial,
nacional y latinoamericana de la Universidad, en cada una de las materias
educativas y para cada una de las funciones profesionales, la institución
debe enseñar, estimular y aconsejar al alumno sobre el juego de la razón
como un ejercicio permanente de lo ideal, de lo utópico y de lo cotidiano.
El núcleo de la enseñanza debe ser
el método, el camino, el trabajo del pensar imaginado como un zigzagueo
entre lo ideal y lo cotidiano, es decir, entre lo utópico y el goce y
sufrimiento del cuerpo y alma.
En definitiva, usufructuando los
conceptos del profesor Roig, la Universidad puede y debe representar los
ideales de emergencia, resistencia y democracia, mediante la educación de
la razón encaminada a un cambio pacífico y democrático de la pobreza
latinoamericana.