La Universidad para el cambio en Latinoamérica

Sebastián Capizzi

 

INTRODUCCIÓN:

El presente trabajo está enderezado a definir una función  de la Universidad Latinoamericana que alcance para producir las transformaciones o conservaciones imprescindibles en el contexto de pobreza moral, espiritual y económica que sufre nuestra región.

 

A través de la presente reflexión propongo como objetivo primordial la búsqueda de un modelo de educación universitaria consagrado al trabajo de depurar las falencias del sistema social, económico y cultural de nuestra región, dirigiendo la acción al estudiante y la intención a los hombres de la cotidianidad, aquellos que viven y sufren en vecindad del producto universitario y muchas veces en su dependencia.

Esta inspiración presupone como premisa anterior la creencia de que el profesional universitario tiene a su alcance las herramientas racionales, y por ello las materiales, para activar el cambio o conservación necesarios al mejoramiento de la vida del pobre ser latinoamericano.

Precisamente es sobre el ejercicio de la razón, más concretamente sobre el pensar, donde la educación universitaria debe intervenir para formar al profesional como agente de cambio.  

En definitiva, estimo que un ejercicio realista pero creativo, personal pero social, actual pero futuro, juicioso pero utópico del pensar, cultivado y estimulado desde la enseñanza superior, encendería una luz de giro para la triste realidad de Latinoamérica.

Antes de iniciar el desarrollo de la propuesta creo conveniente aclarar que la referencia a Universidad incluye todo el sistema educativo de enseñanza superior y a toda política institucional orientada a la futura profesionalidad de los estudiantes.

Asimismo, considero que el plan de mejoramiento del ejercicio del pensar, si bien debe encararse desde el nivel educativo inicial, y quizás desde el hogar, la universidad, como trampolín hacia los espacios estratégicos del cuerpo social y político de una nación, constituye la última oportunidad para un cambio sincero, profundo y duradero de la vigente pobreza. 

 

DESARROLLO

La realidad social de Latinoamérica exige un cambio que evite y termine con el exterminio cultural y económico de nuestro pueblo.

Las cifras sobre la pobreza varían ostensiblemente de acuerdo al organismo que las elabore y al componente sobre el cual se basen, pero lo que aún ni las estadísticas más optimistas niegan es que el índice de pobreza en Latinoamericana es superior al 40% de la población.

En Argentina, por señalar un ejemplo, las voces oficinales (Ministerio de Economía de la Nación) indican un 16% de indigencia y 46% de pobreza.

Las causales son profundas, variadas, extrañas al objeto del presente trabajo y alejadas de mi entendimiento, pero la voces autorizadas apuntan hacia un motivo global, a saber: el ideal superior de la cultura liberal.

Nuestros países fueron arrastrados hacia un liberalismo económico o mercantil apresurado y a la larga abusivo, del proteccionismo económico, de la economía casera o familiar a la apertura mundial, grandes cadenas de hipermercados, inmensas máquinas que sustituyeron al trabajo manual y aportaron empleadores desconocidos.

Luego, la desaparición, la huída, el vuelo de un buitre que devora y brinda desolación. Los capitales transnacionales con la misma facilidad que desembarcan, embarcan. Y, el pueblo... queda sin trabajo, sin salud, sin confianza, sin educación, solo especta pasivamente por lo que vendrá.

En esta realidad, la Universidad no escapó a la fuerza seductora del liberalismo, la institución se refugió en el escaso papel de fabricar profesionales, hombres y mujeres con roles definidos e inmutables, tal como piezas predestinadas a adaptarse –sin razón ni voluntad- al juego económico impuesto.

Sobre los efectos de esta ideología el Prof. Arturo Roig demuestra que una de las características fundamentales del neoliberalismo vigente es la supresión de la razón y la voluntad, es decir se hace fuerza por un irracionalismo y antivoluntarismo que garantice o facilite la sumisión al modelo.

“La ideología sobre la que se apoya principalmente este proceso apunta a subrayar la auto-regulación de los procesos económicos  y a limitar el ámbito de lo social y de lo político desde un anti-racionalismo y un anti-voluntarismo.”[1]

Dentro de este contexto, las reglas del mercado que gobiernan nuestras vidas se nos enseñan como ajenas y extrañas a nosotros, aparecen formadas, deliberadas y sancionadas por una autoridad desconocida y superior a la cual debemos obedecer con total conformidad.

Frente a ello, emergencia –contingencia o posibilidad de lo nuevo frente a lo preeminente o dominante-, resistencia –reacción como expresión de libertad- y democracia –ámbito político donde la plenitud y dignidad del hombre puede alcanzarse, para el Prof. Roig, son las herramientas del latinoamericano para disolver el “deber ser” impuesto desde los grandes intereses económicos.

Estas formas de volver al digno o pleno ejercicio de la razón y voluntad deben ser restauradas desde mi humilde visión –y a este apunta el objeto del presente trabajo- desde la educación, especialmente la universitaria.

La universidad debe erigirse como el principal bastión de contingencia, resistencia y democracia. Para ello, se debe educar en el ideal del pensamiento crítico y creativo, en una visión concreta pero utópica, en la exclamación y en la interrogación.

Se debe romper con el ideario común del actual joven que cree que la educación superior pasó a ser el último recurso para acceder a un estándar de vida aceptable. La Universidad no puede aparecer como un simple salvavidas personal o bote de rescate exclusivamente familiar, sino que debe constituir un nuevo bote crucero que sirva de alternativa suficiente para asistir a todo quien lo necesite para vivir.

En esta labor, la institución debe apuntar a la forma de pensar propia, al ejercicio propio de la razón, para que un desarrollo intelectual amplio, con efectivas secuelas reales proponga un cambio pacífico de la vida social actualmente accesible para pocos.

Es necesario reconstruir la racionalidad, menoscabada por el neoliberalismo anestesiante que ofrece satisfacción sin necesidad de razón, y la voluntad afectada por el desinterés y la desesperanza.

Para ello, la institución universitaria debe suprimir la exclusiva enseñanza o instrucción de contenidos en forma de sistema o como un todo conceptual hermético. La obligatoriedad del dogma, facilita la quietud de la razón y la unidireccionalidad de la voluntad, y solo capacita en la  repetición y sumisión de las tendencias e intenciones ajenas.

Esta cuestión es inteligentemente tratada por el Prof. Horacio Cerutti Guldberg. Según el académico, “un pensamiento filosófico radicalmente crítico no puede andar a la búsqueda de un sistema, mucho menos proponerse programáticamente construir un sistema que diera cuenta de la realidad como un todo. Esto por dos razones al menos. Primera, porque la complejidad de lo real y las diversas especializaciones y subespecializaciones que pretenden captarla han avanzado tanto y se han entrelazado tanto que no hay posibilidades ahora de un neohombre del Renacimiento que pudiera abarcarlo todo...porque esa articulación no es cuestión de un pensamiento binario, sino de unas combinaciones que tienen que ver no sólo con lo que es, sino con lo que va siendo, lo tendencial, con las posibilidades, con las decisiones, con ideales y con la libertad humana... Segunda, porque un pensamiento que responde a las necesidades de los más desposeídos, de los que no se benefician de la organización del mundo tal como está, no aspira a mostrar un cosmos ordenado...,sino, en primera instancia, a denunciar la irracionalidad del (des) orden establecido”. [2]  

Estimo que la crítica transcrita resulta aplicable a la metodología de enseñanza de todas las ciencias, y creo a la vez que denuncia con claridad el principal error “educativo” de nuestras unidades académicas.

Esta oscura tendencia puesta al servicio del neoliberalismo, se interrumpe con la predisposición a pensar y aplicar. El pensar que idealizo como objetivo educativo es aquél que piensa en “el complejo de relaciones entre la realidad, la posibilidad, el pensar mismo y el ideal.” [3]

En una labor mucho más profunda que la mía, y guiando mi humilde objetivo de cambio, el Profesor Cerutti Guldberg propone un pensar filosófico latinoamericano de carácter interrogativo y problematizador, “obsesionado por el esfuerzo conceptual, riguroso, sistematizador y abierto siempre en su propia historicidad. Sabedor de que el camino sigue y que no se terminan ni el pensar ni la historia. Esperanzado en que lo bueno y lo mejor siempre están por venir. Nostálgico de futuro.” [4]

Se trata, tal como recomienda el mencionado académico, de “pensar la realidad a partir de la propia historia crítica y creativamente para transformarla. Porque la crítica culmina en creación y es desde ellas que se puede pensar la realidad repensando la historia de lo pensado en el marco de la historia global, con el horizonte de la transformación utópica hacia la justicia con dignidad a la vista”. [5]

En pocas palabras se persigue un pensar “que se puede captar como en búsqueda de alternativas, persiguiendo un plus de realidad” [6]

La salida de la sumisión y pobreza se halla en el “pensamiento vivo que piensa y asume cuestiones vigentes en sus respectivos momentos para sus comunidades y para la discusión teórica correspondiente”. Cualidad de pensamiento extensible y aplicable a toda expresión racional del hombre, bajo cualquiera de sus formas científicas.

 En concreto, la enseñanza universitaria debe estar encaminada a la búsqueda y consagración del pensamiento creativo y real, acompañado de la imperiosa e inseparable necesidad de aplicar el producto racional. Esta podría ser la guía “moral” del estudiante, sentir la necesidad del pueblo, buscar la solución y aplicarla.

Al respecto, el profesor Roig dijo que: “La Universidad también es una institución moral, y no sólo porque debe ejercerla internamente, sino porque ha de generar prácticas que redunden en beneficio de la salud moral de una nación. Y una de ellas es la crítica, tarea que no se mide en relación con la competitividad. Los pueblos –dice José Martí- han de vivir críticamente porque la crítica es salud.” [7]    

Asimismo, creo que esta directriz que empieza en y con la razón y termina en lo concretamente cotidiano puede ser más pacífica –o menos lesiva de las posiciones ajenas- cuando se prepara y ejecuta por estos hombres cultivados en un intelecto compartible o preocupado por los demás.

La responsabilidad social del educado, en un panorama  social  donde las clases de excluidos no pueden alzar su voz institucionalmente, es relevante para la paz del cambio. Allí donde los más necesitados no son oídos porque los canales de comunicación que la presente democracia elabora están fuera de su alcance, la voz del intelectual comprometido debe representar el reclamo.

En una realidad social donde las reglas de juego se complejizan cada vez más, donde el avance de la ley judicializa cada detalle de la vida del hombre, el profesional comprometido debe traducir el mensaje y hacerlo comprensible a la masa de hombre llevados exclusivamente a preocuparse por su supervivencia y la de su familia.

El ser producto universitario debe decodificar las reglas para el resto de la sociedad y a la vez traducir al lenguaje formal y democrático –racional y pacífico- la necesidad de todos.

Además, es deber del profesional simplificar y estimular desde su campo de juego la participación de sus compañeros y de los espectadores. Con su razón y voluntad debe incluir a los excluidos no momentáneamente sino definitivamente.

En este ir y venir discursivo y práctico debe reconocer y ejecutar la necesidad, oportunidad y metodología de un cambio de reglas, jugadores o árbitros.

Para ello, es necesario formar una universidad que eduque con vistas a un proyecto transformador de la sociedad, se debe idear un mecanismo teórico y práctico que capacite al profesional en la búsqueda de las herramientas intelectuales y de las posibilidades concretas para cambiar con paz y democracia lo necesario para dignificar al pueblo.

Ello no implica la conformación de un criterio de selección y clasificación de especie basado en el grado cultural, donde el universitario sobreviva o consuma a expensas de los demás, sino mas bien ubicar al estudioso en la obligación de disolver lo perverso por las vías lo más racional, pacífica y eficaz posible.

Con ello no niego que el ejercicio que estimo óptimo de la razón (compuesto por el vuelo intelectual, la eficacia de la aplicación y la paz de la solución) pueda estar en aquellos que permanecen fuera del sistema educativo institucional, pero estoy convencido que el cambio global en la sociedad debe provenir del ejercicio conjunto de la mayor cantidad de  profesionales latinoamericanos preparados bajo el método del pensar necesario para el cambio.

Un ejemplo práctico de lo desarrollado nos lo ofrece Darcy Ribeiro cuando, en su propuesta revolucionaria, dice que “se torna indispensable emprender reformas estructurales que, alterando las bases físicas de la vida académica, provoquen un cambio de mentalidad en los universitarios que los comprometa con la revolución y los capacite para: 1. desarrollar y difundir entre docentes y alumnos una actitud solidaria hacia las mayorías de la población...; 2. exclaustrar a los profesores y estudiantes de los estrechos muros de la Universidad, volcándolos hacia la convivencia con la población, allí donde ella vive y trabaja. Y hacerlo...en calidad...de compañeros activos y solidarios, predispuestos a poner el hombro para ayudar, más por actos que por palabras, a mejorar sus condiciones de vida y trabajo...”. [8]

En definitiva, la universidad “no puede abdicar en cuanto a su rol de promoción social de valores, a ser espacio de integración crítica y activa de los sujetos en la sociedad”. [9]

En una concreción de esta tarea “la universidad tiene la posibilidad y la obligación de pensar modelos de economía “macro”, y también regional y familiar; de colaborar en discutir posibles políticas sociales; y de ofrecer los servicios compensatorios que estén dentro de sus posibilidades (odontológico, médico, etc.) para los sectores más necesitados. Por supuesto, también se agrega aquí el aspecto destacado en muchos discursos: aportes tecnológicos y de consultoría a empresas (privadas o del estado, estableciendo con claridad las condiciones en cada caso), a fin de incrementar productividad de la industria y rendimiento de los servicios”.[10]

 

CONCLUSIÓN:

En el deseo de obtener un cambio social necesario la Universidad debe constituir un mecanismo que funcione u opere  con las ventajas y desventajas de la realidad social que la circunda. Porque si bien es un innegable producto del entorno, debe ser una guía moral y material para el mismo.

El factor que permite “emerger” o desprenderse de las puras condiciones y formar la guía de progreso del medio es el humano, el intelecto latente que brinda calor al cuerpo institucional, por ello, la única posibilidad de cambio debe provenir del hombre, del hombre racional preparado y necesitado del cambio.

Este factor humano, vivo, que sufre y goza, que necesita y lucha es el elemento que la institución de nuestra Latinoamérica debe formar. Los futuros profesionales que, comprometidos con el ámbito social, modifiquen las condiciones negativas de existencia social masiva deben ser el objetivo de la Universidad.

En el ejercicio social del pensar debe avocarse el esfuerzo académico, no con la ilusión de creer que solo la Universidad lo enseña, o que en todo los casos lo consigue, sino como objetivo primordial y sincero de la organización que proyecte e imagine la inclusión de todos en una sociedad pacífica y respetuosa de la diversidad.

La educación universitaria no solo debe aportar al desarrollo tecnológico, económico y mercantil del mercado social vigente, sino que es su función esencial brindar conocimientos para corregir las posibles desigualdades o desventajas sociales y culturales provenientes de la inevitable inserción de la humanidad en el mundo globalizado.

En esta proyección provincial, nacional y latinoamericana de la Universidad, en cada una de las materias educativas y para cada una de las funciones profesionales, la institución debe enseñar, estimular y aconsejar al alumno sobre el juego de la razón como un ejercicio permanente de lo ideal, de lo utópico y de lo cotidiano.

El núcleo de la enseñanza debe ser el método, el camino, el trabajo del pensar imaginado como un zigzagueo entre lo ideal y lo cotidiano, es decir, entre lo utópico y el goce y sufrimiento del cuerpo y alma.

En definitiva, usufructuando los conceptos del profesor Roig, la Universidad puede y debe representar los ideales de emergencia, resistencia y democracia, mediante la educación de la razón encaminada a un cambio pacífico y democrático de la pobreza latinoamericana.

 

 

 

                                                                                                       

[1] ROIG, Arturo Andrés. La Universidad en el año 2000. En su: La Universidad hacia la Democracia. Mendoza, Ediunc, 1998. Pág. 236.

[2] CERUTTI GULDBERG, Horacio. Filosofar desde nuestra América. Ensayo problematizador de su modus operandi. México, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, 2000. Pág. 132.

[3] CERUTTI GULDBERG, Horacio. Ob. Cit. Pág. 52.

[4] CERUTTI GULDBERG, Horacio. Ob. Cit. Pág. 176.

[5] CERUTTI GULDBERG, Horacio. Ob. Cit. Pág. 176.

[6] CERUTTI GULDBERG, Horacio. Ob. Cit. Pág. 169

[7] ROIG, Arturo Andrés. Ob. Cit. Pág. 249.

[8] RIBEIRO, Darcy. La Univesidad nueva, un proyecto. Buenos Aires, Ciencia Nueva, 1973,  pág. 64/65.

[9] FOLLARI,  Roberto. Los retos del siglo XXI ante el Estado Evaluador, en: Currículo Universitario Siglo XXI. Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de Entre Ríos. Enero, 1994. p. 57.

[10] Ibídem, p. 62.