Otra “acción impostergable”
[8] era la construcción
de la Biblioteca Nacional. Creada por decreto de la Junta
Gubernativa de 1810, se inauguró dos años después en lo que
hoy es la Manzana de las Luces y hace más de un siglo que dejó
de pertenecer a la provincia de Buenos Aires para convertirse
en patrimonio nacional. Desde entonces, la historia de la
biblioteca es una historia de infortunios. A fines de 1901, su
director Paul Groussac ya se quejaba de las condiciones en las
cuales se encontraba el edificio. Un informe de 1933 señala la
necesidad del traslado a un nuevo edificio argumentando un
ingreso anual de 30 mil volúmenes. Desde 1950, en que la
Biblioteca tenía su sede en la calle México 564 (inaugurada en
1901), el espacio ya tenía serias deficiencias administrativas
a raíz de una serie de percances. En 1963, un desprendimiento
en la cúpula del salón principal obligó a clausurar el
establecimiento por tres años.
Carencia de espacios, fallas estructurales y un incendio
hacían inoperante el edificio. En 1957, con un fondo
bibliográfico de 650.000 obras, consultadas por 73, 500
lectores anuales, el Ministerio de Educación y Justicia
informó que el nuevo edificio se construiría en el predio
comprendido por las avenidas del Libertador y Las Heras y las
calles Austria y Agüero, en donde en un comienzo se encontraba
la quinta Unzué y luego la residencia presidencial.[9]
En mayo de 1961 el ministerio aprobó el programa de
necesidades para el llamado a concurso y resultó elegido el
proyecto de los arquitectos Alicia D. Cazzaniga, Francisco
Bullrich y Clorindo Testa. En 1971 se colocó la primera piedra
basal del edificio, que, se dijo, estaría terminado en tres
años, mismo plazo que se repitió en 1976 y 1979. Galtieri
definió la obra como “prioridad uno” afirmando que ésta
“quedará inaugurada en 1984”.
Así, luego de años de paralización, el Gobierno democrático
impulsó, durante el mes de julio de 1984 la firma de un nuevo
contrato con la empresa constructora reanudándose las obras el
3 de agosto de 1984. “Las autoridades nacionales tienen plena
conciencia de que el edificio de la avenida del Libertador
simboliza la frustración Argentina”, afirmaba Gregorio
Weinberg, entonces Director de la Biblioteca Nacional. El
profesor Weinberg explicó que la biblioteca contará con
modernos métodos computarizados que la pondrán en contacto con
los principales centros de investigación del mundo. Se
contempla también la construcción de la hemeroteca ya que el
material “se encuentra sensiblemente perjudicado.”
[10]
Así pues, la abolición de todo tipo de censura fue el primer
propósito del nuevo gobierno, que se vio concretado con la
eliminación del Ente Nacional de Calificación Cinematográfica,
ratificando así la vigencia de la libertad de expresión. Con
la designación de personalidades del quehacer cultural y
artístico, se dio relieve a su gestión, encarándose asimismo
la acción del Instituto Nacional de Cinematografía y la
revitalización del cine argentino, muy golpeado por la
censura, dando paso ahora a la creación, logrando importantes
premios en la cinematografía internacional, tanto intérpretes
como realizadores. Se dispuso el levantamiento de la censura
literaria realizándose encuentros de escritores, con la visita
de importantes delegaciones de naciones latinoamericanas.
Finalmente, otro gran esfuerzo llevado a cabo por esta primera
gestión de la Secretaría de Cultura en la democracia fue el
instrumentalizar la actualización legislativa a través de
anteproyectos de leyes. Se concretó la elevación al Congreso
de la Nación de la Ley de Doblajes para películas y series de
televisión, buscando incrementar las fuentes de trabajo para
actores y actrices argentinos y poniendo fin a la invasión de
vocablos y costumbrismos ajenos a la formación nacional. Se
dejó como anteproyectos la Ley del ballet nacional, del Libro,
de las Artes Visuales, del Cine, del Disco, de Bibliotecas
Populares, del Teatro y la ley de Defensa del Patrimonio
Cultural y Natural.[11]
Así pues, si bien la Secretaría de Cultura fue colocada como
una dependencia secundaria en el orden administrativo, y en
este sentido fue degradada su colocación con respecto a
anteriores administraciones, se respetó el postulado expresado
en campaña por Alfonsín de colocar a un artista a dirigir
artistas.
Pero a la postre, todo esto resultaría vano e infructuoso,
incluso poco realista. Las leyes se quedaron, en su mayoría,
sin ser dictaminadas, la reforma administrativa se vio frenada
por las inercias existentes dentro de la burocracia cultural y
lo más contundente, los apoyos económicos nunca llegaron en la
medida de lo prometido. En suma, el Plan sólo se expuso y
nunca se explicitó, mucho menos se ejecutó.
Y las fisuras se mostraron, como era de esperarse, por lo más
evidente. La Biblioteca Nacional sería una vez más el ejemplo.
Al no existir los apoyos económicos prometidos para finalizar
su construcción, el director de la misma Gregorio Weinberg,
renunció. Le seguiría, en febrero de 1986, el mismo Secretario
de Cultura Carlos Gorostiza. La cultura, emblema político de
Alfonsín, resultó ser una quimera.
Después de acompañar como subsecretario de Cultura los
proyectos del Ejecutivo durante dos años y dos meses, Marcos
Aguinis asume la Secretaría en febrero de 1986, tras la
renuncia de Gorostiza. El escritor es visto como alguien que
dará continuación al proyecto ya iniciado, promoviendo su
consolidación y profundizándolo. Esta etapa inicia con la
encomienda de ser un segundo esfuerzo. Tan es así que Aguinis
no cambia a nadie del equipo anterior, manteniendo igual los
cuadros de la Secretaría de Cultura.
Sin duda alguna, el programa que mas apoyó (aun antes de ser
el Secretario) fue el Programa Nacional de Democratización de
la Cultura (PRONDEC), programa al cual destinó casi todo el
tiempo y esfuerzo disponible, demostrando fervientemente su
interés en él.[12]
El Programa Nacional de Democratización de la Cultura tiene
sus orígenes en ciertos conceptos del presidente Alfonsín,
conceptos implementados por el Centro de Participación
Política en el área de cultura. Podemos rastrear las
principales nociones y planes por lo menos hasta principios de
1983 en algunos discursos del futuro presidente, lo cual
demuestra que las ideas principales al respecto ya existían
desde tempranos tiempos en el candidato radical.[13]
De igual manera, como hemos visto, varios de los lineamientos
ya existen en el Plan Nacional de Cultura elaborado a
principios de la administración de Carlos Gorostiza, el cual
es asumido prácticamente en su totalidad.
Sin embargo, es con Marcos Aguinis que el proyecto alcanza una
estatura de Programa Nacional. Siendo ya Subsecretario,
Aguinis comenzó a manejar la idea y a nutrirla. En un temprano
momento, en una conferencia en el Centro Cultural San Martín a
fines de 1984, expuso y redondeó la idea. Un poco más
adelante, en marzo de 1985, Aguinis publica un artículo en el
diario La Razón titulado “Ideología de la cultura
democrática” en donde puntualiza por primera vez cada una de
esas ideas. Ahí se sintetizan algunas de las principales
reflexiones, incluyendo aspectos cardinales y rotundas
definiciones de política cultural democrática, perfilándose el
cariz de las acciones que más tarde habría de encarar el
Prondec.
Inicialmente, la democracia es definida como un conflicto
abierto, afirmándose que la libertad y la democracia no son
indoloras, no se homologan con la perfección y el paraíso. La
democracia es la plataforma agitada de la vida. Es un
conflicto abierto y creador, en contraste con las dictaduras,
que se esmeran en ocultar dicho conflicto y reprimirlo. Y la
queja estéril sigue siendo un gran enemigo del proceso
democrático ya que acumula inmensa corrosividad. Con la queja
estéril no se corrige nada, es sólo temporal. Otra cosa es la
crítica, la cual es imprescindible en una democracia, siempre
y cuando ésta sea responsable. Así, la queja estéril y la
crítica irresponsable no generan soluciones fecundas, antes
bien, las bloquean o corrompen.
La democracia exige relaciones sociales específicas, esto es,
un reconocimiento explícito de alteridad. Sin esta aceptación
del otro, no puede existir la democracia. Por eso, la
democracia es un aprendizaje continuo. Es más fácil culpar y
castigar al otro que ser ecuánime. La democracia exige
libertad de expresión, la cual es insustituible y deberá ser
protegida constantemente. La censura es inaceptable, responde
a una concepción paternalista e inmovilizante.
Otra forma de atacar la libertad de expresión es fomentando lo
vulgar en detrimento de lo popular. La cultura popular es
expresiva y liberal, la vulgar es repetitiva y somete.
Igualmente pide un sinceramiento de conflictos. La democracia
exhibe carencias, distorsiones y ruinas, obligando a ver la
realidad como es. El autoritarismo finge resultados. Una
cultura de este tipo acrecienta la responsabilidad. La
integración es necesaria. La democracia necesita la
circulación de valores, ideas, reclamos y propuestas. Estimula
el respeto por cada área o especialidad, pretende superar
divisiones paralizantes a través de la integración. La
desacralización de la cultura es requisito. La democracia debe
deshacer el miedo a la cultura, deberá desidealizar la cultura
para que pierda extrañeza. Para conseguirlo se debe facilitar
a los niveles menos cultivados la posibilidad de expresarse,
puesto que la cultura democrática es formativa.
Otro requisito es la descentralización. Se debe acelerar una
descentralización de la cultura, una multiplicación de los
focos de creación y difusión a lo largo y ancho del país. La
democracia debe incrementar la ayuda técnica para que el
interior pueda crear sus propios espectáculos y a través de
ellos reconozca y aproveche al máximo sus propios recursos,
alimentando así un sistema multiplicador. Igual el pluralismo,
ya que éste sostiene que la variedad es legítima y valiosa en
sí misma, siendo además fuente de progreso, garantizando así
el impulso transformador y revitalizando el cuerpo social.
Para una filosofía de la cultura democrática el pluralismo es
riqueza presente y también futura.
Entonces, la cultura democrática requiere un profundo
sinceramiento, siendo esto la condición primordial del respeto
que se deben entre sí mismos los ciudadanos. Esto facilitará
un estilo nacional que nos refleje, que nos respalde, que nos
haga sentir dueños de nuestro tiempo y lugar. Es,
definitivamente, una opción de vida. En una filosofía de la
cultura democrática los aspectos señalados anteriormente se
relacionan entre sí a través de la vida. La dignificación de
la vida conlleva factores tales como solidaridad, amor y
participación. El patrimonio de la nación empieza con el
patrimonio de sus ciudadanos, con el respeto que merece cada
persona. La cultura democrática es el instrumento, el sostén y
el testimonio del hombre vivo.
[14]
“En esencia, la iniciativa está basada en que nuestro país ha
iniciado un proyecto de gran magnitud acerca de la
incentivación por medio de investigaciones y de acciones
programadas, de las conductas y hábitos democráticos de manera
de facilitar el desarrollo y fortalecimiento del
discernimiento independiente”.[15]
A partir de esa fecha, el Prondec comenzó a organizarse,
profundizándose el trabajo en febrero de 1986, con el
nombramiento de Aguinis como Secretario de Cultura,
convirtiéndose en el principal proyecto cultural de la nueva
administración, el cual tiene su presentación oficial dos
meses después.
La presentación oficial se hizo el 28 de abril de 1986 a
través de la red de radiodifusión (TV y Radio en forma
simultánea y en horario preferente). En su mensaje el
Secretario de Cultura puntualizaba que con este Programa se
anhelaba ayudar a los argentinos a seguir avanzando en forma
permanente y sistemática hacia una real democratización de la
vida. Dos palabras son claves en el discurso: cultura y
democracia. Después de definirlas, Aguinis afirma que el país
sigue “intoxicado de autoritarismo”, por lo que es necesario
actuar decididamente.
“El programa de Democratización de la Cultura que ahora
presentamos aspira a estimular en los argentinos el
sinceramiento de nuestras limitaciones para reconocer, en
serio y sin soberbia, nuestros valores y potencialidad; a
comprender los mecanismos de conducta que sabotean el logro de
los objetivos deseados; a asumir con serenidad nuestros
conflictos y mirar con coraje los escollos concretos de la
realidad.”[16]
Emergiendo de una traumática experiencia autoritaria,
pareciera que el país esta en condiciones de iniciar un
programa que le ayude a acelerar la democratización de los
hábitos culturales. El Prondec es este programa, iniciado y
coordinado por la Secretaría de Cultura, pero que sería
realizado por toda la población del país. Nace con el gobierno
de Alfonsín, pero no es solamente de él, sino de toda la
sociedad argentina. Comienza en este tiempo, pero tiene un
plazo tentativo de diez años, aspirando a crecer en una forma
escalonada y prudente. Diversos proyectos se enlazan a éste.
El Prondec converge con el Congreso Pedagógico, el Plan
Nacional de Alfabetización, el Programa Alimentario Nacional,
así como con fundaciones y entidades del bien público.
Partidos políticos, organizaciones juveniles, sindicatos,
clubes deportivos, universidades, organizaciones vecinales,
están llamadas a colaborar con este Programa.
“Desde su puesto de trabajo y creación, cada hombre y mujer
argentinos pueden sumar su contribución valiosa para sacarnos
el miedo, el desprecio, la arrogancia y la sumisión; pueden ya
mismo observar, describir y debatir. Este Programa entraña
algo tan sencillo –y tan ambicioso- como ayudarnos
sistemáticamente a ser más responsables, más racionales , más
solidarios. Y más felices.”[17]
En suma, el Prondec se inicia a raíz de una visita de Aguinis
a la UNESCO, siendo él aún Subsecretario, en junio de 1986. A
partir de esto, se otorga un apoyo directo al proyecto,
diseñándose un organigrama, un plan de trabajo y
estableciéndose una serie de visitas de inspección a la
Argentina. Al parecer, la UNESCO lo consideró un proyecto
piloto. Una Misión internacional visitó Buenos Aires a fin de
implementar el Programa. El grupo estudió las disposiciones
legales y los documentos de base, los recursos humanos,
financieros y los mecanismos de ejecución. Tuvo reuniones con
los diversos ministerios y contacto con entidades públicas y
privadas que podrían vincularse a las acciones del Prondec. A
partir de ahí se diseñó la estrategia de trabajo, misma que se
resume en un documento.[18]
El documento está dividido en seis partes: Fundamentos,
Objetivos, Estructura del programa, Duración, Campo de
Aplicación y Descripción de Actividades. Los Fundamentos
plantean las bases teóricas en las cuales se desarrollarán las
diversas acciones rescatándose las propuestas de “consolidar
una democracia plenamente participativa”, por lo que es
“necesario un diagnóstico vasto y profundo” de la condición de
la Argentina, puesto que el país “puede convertirse en una
experiencia piloto inédita a nivel mundial”. De ahí se pasa a
la descripción de lo que es el proyecto democrático para la
modernización del Estado, definiéndolo como social, político y
cultural, con un pluralismo ideológico necesario. Así, el
orden democrático intenta promover e instaurar una relación de
reciprocidad, en virtud de la cual los actores, al tiempo que
se avienen a compartir una normativa común, “adquieren el
derecho y la responsabilidad de intervención activa en las
decisiones políticas”[19].
Los Objetivos se dividen en Generales y Específicos, siendo
seis los primeros y cuatro los segundos. Los primeros son:
Incentivar los hábitos democráticos, Apoyar el fortalecimiento
del espíritu científico, Consolidar la dignidad de la persona,
Contribuir a la comprensión de las características del
autoritarismo, Coordinarse con las Universidades y centros
afines, y por último, Identificar las áreas menos
investigadas. Los segundos son: Incorporar a la mayor cantidad
posible de actores sociales al proyecto, Instrumentar y apoyar
la ejecución del programa, Contribuir a la articulación,
coordinación y complementación del mismo y Difundir su
conocimiento y resultados.
La Estructura del Programa tiene las siguientes
características: Una comisión Ejecutiva, la cual fija las
políticas generales y conduce el desarrollo del programa. Un
Director Ejecutivo, que controla la ejecución de las
decisiones colegiadas. Un Equipo Técnico que instrumenta las
actividades del programa. Y recursos humanos suficientes
provistos por el Poder Ejecutivo. Se estima que la duración
del programa podrá complementarse en diez años, comenzando el
primer semestre de 1986, con una Primera etapa que durará
veinte meses (abril 1986-noviembre 1987), la cual consistirá
en la implementación de procesos de diagnóstico y programación
de acciones democráticas y participativas en todos los campos
y niveles. Las actividades aquí serán diversas: elaboración de
estudios, seminarios regionales, debates, divulgación en los
medios, con el fin de combatir al autoritarismo. Todo
culminará con una evaluación y definición, la llamada Segunda
etapa, que comenzará en noviembre de 1987, en donde se
establecerá un balance general y las pautas para continuar[20].
El inicio del Prondec tuvo lugar el 7 de junio de 1986 en el
Centro Cultural General San Martín de Buenos Aires. Allí, con
la asistencia de representantes de los más diversos campos de
la vida nacional, se desarrolló el Primer Encuentro de
Democratización de la Cultura. La organización convocó a las
reuniones en asuntos tan diferentes como deportes, justicia,
seguridad, arte, ciencia, salud y educación, esperando cumplir
con la socialización del Programa.
El Presidente Alfonsín destacó la importancia de este
encuentro en un país acosado por múltiples problemas, puesto
que gran parte de las dificultades políticas, económicas y
sociales que están en el centro de las preocupaciones
argentinas, tienen su origen en un determinado tipo de
cultura. Fenómenos críticos que van desde la deuda externa
hasta el terrorismo, afirma el Ejecutivo, tienen su germen en
el desprecio de las relaciones sociales, la convivencia
pluralista y los derechos humanos. Ninguna solución será
posible si no tiene sus raíces en una cultura renovada que
excluya aquellos vicios valorativos del autoritarismo, la
intolerancia y la falta de solidaridad.
“Democratizar la cultura significa operar no sobre un área
limitada de nuestra vida nacional, sino sobre toda ella.
Configura el gran horizonte estratégico en relación con el
cual nuestras medidas políticas o económicas revisten un
carácter táctico. La diferencia entre uno y otro plano es la
que va entre modelar nuestro ser y modelar nuestras
circunstancias.”[21]
Se trata de desterrar un fenómeno que creció sobre un terreno
cultural que generaba en la población las formas mas variadas
de consenso del autoritarismo. Así, tomar conciencia de estas
formas con el propósito de aislarlas para después extirparlas
de la cultura argentina, constituye la principal tarea a
efectuar.
Al final del encuentro, en donde la concurrencia “ya no
actuará como público pasivo sino como un grupo activo”, se
elaboraron unos documentos intentando plasmar el diagnóstico
general de las diversas mesas de trabajo. Las mesas fueron
Derecho, justicia y seguridad, Deportes, Educación, Arte,
Salud, Vida vecinal y Administración publica. Los resultados,
expuestos a manera de diagnóstico y propuestas, concurren en
los mismos temas. Estimular la autogestión, capacitar,
insuficiencia del sistema educativo, democratización del
poder, acceso a la justicia, falta de sistematización, falta
de criterios adecuados, carencia de participación, carencia de
difusión, sanciones incoherentes, intolerancia, dependencia de
normas rígidas, miedo a la innovación, adaptación pasiva,
escuelas autoritarias, esquemas paternalistas, relaciones no
democráticas, deshumanización de la atención, y una diversidad
más de conceptos similares.[22]
El Encuentro se cierra con el anuncio de que habrá un segundo
en Córdoba, tomando como base las propuestas de este primero.
Por otra parte, las reacciones fueron múltiples y variadas,
destacándose el procesamiento del material ya elaborado, la
diagramación de las investigaciones y la incorporación del
proyecto a otros organismos estatales. Igualmente, las
presiones políticas sobre la Secretaría de Cultura se
acrecentaron, destacándose la solicitud, ya de manera formal,
de que ATC, la televisora estatal, pasará a formar parte de la
Secretaría de Información Pública, dejando el rol que cumplía
en la difusión de los programas de la Secretaría de Cultura.[23]
A partir de ese momento, los sucesos se desencadenan. La
Secretaría de Cultura enfrentó diversas embestidas políticas
provenientes sobre todo de la llamada Coordinadora[24].
Diversos grupos buscaron descalificar al Prondec en múltiples
acciones, destacándose el retiro del canal de televisión ATC
de la Secretaría de Cultura en enero de 1987. Aguinis renuncia
en febrero de 1987 a la Secretaría, logrando continuar con la
responsabilidad del Prondec.
Es así como se ingresa en la llamada Segunda etapa del
Programa, con apoyo directo de la UNESCO a través del Programa
de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Se realizaron
encuentros multisectoriales, en la Capital federal, en Córdoba
y en Paraná. Se convocó a instituciones de muchos tipos,
efectuándose seminarios y talleres, imprimiéndose la
información necesaria y haciéndose la distribución pertinente.
Pero el Prondec dejó de ser un Programa de la Secretaría de
Cultura de la Nación.
Así pues, debemos concluir esta sección diciendo que el
Programa Nacional de Democratización de la Cultura fue
concebido como un mega proyecto organizador de funciones, que
más que querer sólo democratizar la cultura ambicionaba
democratizar a toda la sociedad. De ahí su esfuerzo por
conjuntar en un sólo proyecto todas las acciones del gobierno
que tendían a unificar a la sociedad (Agua, vivienda,
alimentación, trabajo), acciones que por lo mismo generaron
tantas resistencias políticas tanto en grupos fuera del
partido como al interior de la UCR. Y de igual manera que los
anteriores planes radicales, el Prondec resultó ser una
amalgama de planes y más planes, con poca visión práctica y
carencia casi absoluta de recursos (salvo lo aportado por
UNESCO).
El Proyecto principal de Aguinis se pierde, finalmente, dentro
de los vericuetos burocráticos terminando en nada. La unidad
con las diversas fuerzas transformadoras, con los demás Planes
de gobierno (Programa Alimentario Nacional, Programa de
Provisión de Agua, Congreso Pedagógico) resultó en esfuerzos
vanos. Por un lado, la crisis del gobierno radical que perdía
credibilidad de manera acelerada, y por otro, la escasez de
recursos ante el fracaso del plan económico implementado,
hicieron el proyecto irrealizable.
Pero también a esto hay que sumarle la conducta de los grupos
que manejaban políticamente las decisiones dentro de la UCR,
específicamente la llamada Coordinadora, la cual venía
presionando ya desde la administración de Gorostiza, con la
intención de darle un giro a las políticas culturales del
gobierno de Alfonsín, y en especial a la política de los
medios de comunicación, con la intención de cambiar o por lo
menos influir en las elecciones nacionales que se avecinaban.
En realidad, los cuerpos conformados por los artistas
provenientes del CPP nunca fueron aceptados, considerándolos
como gente externa al partido. Y si a esto le agregamos la
actitud personal del Secretario de Cultura en turno, el cuadro
estaba completo.
La política real terminó imponiéndose sobre las aspiraciones
utópicas. El traspaso del canal de televisión ATC al ámbito de
la Secretaría de Prensa y Comunicación de la Presidencia
(hecho a principios de 1987), con la intención de modificar la
publicidad gubernamental, fue el primer indicio del cambio de
rumbo de la política cultural del gobierno radical. A partir
de entonces no existirán ni propuestas ni deseos de cambio.
Carlos Bastianes, tercer Secretario de Cultura de Alfonsin, no
es nadie en el ambiente cultural. Fuera de algún oficio como
editor o traductor, su vida académica o artística es
inexistente y su trabajo como intelectual es nulo[25].
Entonces ¿por qué Bastianes? Eso fue para mí, desde el inicio
de la investigación, una inquietud. ¿Qué fue lo que orilló a
Alfonsín, Presidente amante de la cultura, conocedor del
ambiente artístico, a contradecir tan flagrantemente una de
sus promesas de campaña? Si el tercer Secretario de Cultura
del Gobierno Radical no era ni académico ni artista, entonces
¿quién era? Al responder esta pregunta se empieza a dilucidar
las razones de Alfonsín.
Bastianes se inició en la política como Secretario particular
de Enrique Nosiglia cuando éste despachaba en el Colegio de
Graduados (1983) y al decir de quienes lo conocieron, se
caracterizó siempre por su actitud servil:
“Y ahí nos recibió un tal Carlos Bastianes quien actuaba como
si fuese Secretario de Nosiglia. Ya viene, ya viene, está
llegando... repetía siempre caminando de una punta a la otra
de la oficina con la punta de los pies hacia fuera, como
Chaplin, y con un saco a medio poner”.[26]
El “Gordo”, como le decían, era miembro eterno de los jóvenes
coordinadores porteños que acompañaban irremediablemente al
Coti en sus movimientos políticos. Constante seguidor de sus
pasos, siempre estaba dispuesto a ayudarlo en todas las
maniobras que este emprendía. El 12 de octubre de 1985, por
ejemplo, los radicales se encontraron en la sala VIP de
Aeroparque vistiendo sus mejores galas con la intención de
hacer una visita dominical a la estancia de Amalita Fortabat,
en Olavaria, con la intención de compartir un asado con David
Rockefeller. Y entre ellos estaba Bastianes, esperando a
Nosiglia que venía con una hora de retraso.[27]
Carlos Bastianes asume el cargo de Subsecretario de Acción
Social, en diciembre del 1985, puesto que Nosiglia deja al ser
nombrado Presidente del Consejo para la Consolidación de la
Democracia. Entra ya a la segunda línea del poder, e ingresa
en él precisamente por la característica que le distinguirá
desde siempre: es un incondicional. Ese camino lo conducirá,
en febrero de 1987 a la Secretaría de Cultura.
El cuadro esta ahora completo. En su afán de manejar todos los
medios de comunicación disponibles, los hombres del Presidente
creen tener ya todos los espacios disponibles. Canal 13 era
manejado desde el principio de la administración radical por
la Coordinadora y ahora, con el control directo de la
Secretaría de Cultura (incluyendo desde luego sus medios de
difusión y desde luego ATC) se considera que todos los
mecanismos de comunicación masiva que pertenecen al estado
están en condiciones de preparar las elecciones de septiembre
de 1987, elecciones que finalmente terminaron definiendo el
futuro del gobierno de Alfonsín.
Con la llegada de Bastianes a la Secretaría de Cultura,
llegaron también los cambios en la conducta de la dirección.
Las actitudes que se creían desterradas para siempre
comenzaron a hacerse presentes de manera cotidiana. Por
ejemplo, la segunda parte del documental “El Galpón de la
Memoria” dirigido por Rodolfo Hermida fue censurado. Imágenes
de Videla, la dictadura, el Mundial de Fútbol, el intento de
guerra contra Chile o Massera. Y testimonios de Enrique Pinti,
Graciela Fernández Meijide o Estela de Carlotto componían el
programa. En Abril de 1989 el Secretario de Cultura informó al
presidente de la Fundación Plural sobre el malestar que había
causado en las Fuerzas Armadas el primer capítulo. La
Fundación Plural, responsable editorial del programa, decidió
autocensurarse y postergar la emisión. El documental, en su
segunda parte, nunca salió al aire.[28]
Y así fue el final de los proyectos culturales de la
administración radical. Durante los casi dos años que duró la
administración de Carlos Bastianes nada novedoso se produjo,
reinando primero el oportunismo político y después la
despreocupación total. Regresemos al ejemplo ya emblemático de
la Biblioteca Nacional (lugar de paradojas y cabulas decía
Borges), edificio que simboliza la historia de la cultura
Argentina, siendo su construcción un proceso acorde al
desarrollo de las políticas culturales de las épocas
respectivas. Hemos visto como el Gobierno radical hereda una
problemática ancestral intentando en los primeros años
solucionar el problema. Esfuerzos reiterados por conseguir el
presupuesto para finalizar el edificio se efectuaron, sea
mediante negociaciones, presiones o tratos. Bastianes
simplemente ignoró las propuestas desechando la problemática,
aunado esto a la escasez de recursos y al boicot sistemático
de los opositores justicialistas internos a la administración,
la biblioteca no se terminó.
c) Consideraciones Finales.
Sin duda alguna, las políticas públicas en general (y la
política cultural en particular) implementadas por la
democracia naciente del Gobierno de Alfonsín, estuvo marcada
de manera definitiva por el llamado Gobierno del Proceso de
Reorganización Nacional. La oposición a la censura y
autocensura, la degradación de las libertades sociales, la
disminución de la producción y de los consumos de bienes
culturales y la total fragmentación del campo cultural,
resultantes del Gobierno militar, limitaron de manera real las
disposiciones en materia cultural del cuerpo político que
llega al poder en 1983.
La vuelta a la ley continúa el proceso histórico de Argentina
como las leyes civiles de 1853, los derechos sociales y de la
ciudadanía de 1940 y la constitución de 1949. Pero de igual
manera, de lo que se trata a partir de esa fecha es de
construir un estado diferente y una gobernabilidad
democrática, entonces se intentó construir un Estado que
propiciara la libertad y el bienestar social para sus
ciudadanos, incluyendo en esto los bienes culturales.
¿Cuáles son las condiciones de constitución real de esta
sociedad nueva? Este acertijo de la teoría política definirá
todo el planteamiento posterior. El voto popular otorga
legitimidad en el gobierno pero no da organización política,
verdad evidente, pero, para que un gobierno legítimamente
constituido pueda regenerar a la sociedad que lo conforma, es
necesario transformar a los agentes. Estudiosos de la época se
dieron cuenta de esto ya desde el primer año del gobierno de
Alfonsín.
“La consolidación de la democracia requiere la formación de un
nuevo campo intelectual, en el cual la producción y la
distribución de bienes culturales tengan el carácter de
derecho social[29]”
Junto con el deterioro sufrido en sus garantías individuales,
otro de los rasgos fundamentales del campo intelectual
nacional heredado del Proceso fue su fragmentación. El
deterioro de la escolaridad formal, caducidad de instituciones
militares asociadas a pretéritos prestigios, Academias
Nacionales de mediocres características, ausencia de
instancias verdaderamente culturales, inexistencia de
actividad en la sociedad civil, eran las condiciones comunes
de esos años.
Tres grandes procesos son las causas de esta situación.
Primero, la erosión del campo cultural de inspiración liberal
conservador; en segundo lugar, las transformaciones culturales
y sociales de la década del 70 y finalmente el fracaso de la
operación de la forzada culturización global ensayada por el
golpe fundacional de 1976. La transición política se presenta
entonces como una oportunidad de recomposición del campo
cultural nacional.
El deterioro de la cultura obedece a los diferentes niveles en
que se situó la operación cultural del gobierno militar. La
política de instrumentar una actividad de reclutamiento
cultural, intentando propiciar un cambio de mentalidad de los
argentinos en base a dispositivos de coerción y a un estricto
control de los medios de comunicación, será la norma. El
empobrecimiento de la vida cultural fue uno de los obvios
resultados de esta gran operación. La reducción de la
circulación de libros y revistas, producción discográfica y
cinematográfica era notoria. La represión total.
“Penuria de sentido en la sociedad, censura y autocensura,
disminución de la producción y de los consumos de bienes
simbólicos, fragmentación del campo cultural: todo esto como
saldo de una operación de reculturización que combatió contra
la memoria de los argentinos, sin poder pasar nunca a la etapa
de la producción de una nueva cultura, asociada al nuevo ciclo
histórico que se prometía fundar.”[30]
Ahora bien, la represión organizada por el gobierno militar,
con las características descritas, propició la organización de
iniciativas culturales de la sociedad civil o de actividades
con el carácter de verdaderas estrategias de sobrevivencia (la
demanda educativa). La defensa de temas propios de la
actividad cultural o de eventos que adquirieron por el sólo
hecho de efectuarse, un valor simbólico (el rock nacional y
sus conciertos, el Teatro Abierto), fueron hechos culturales
que adquirieron carácter político, ocupando una vigencia
política y un espacio público. Así, la cultura subterránea,
sectores de la deteriorada industria cultural y las fracturas
abiertas en el aparato cultural del estado, fueron
convergiendo en el tiempo y diferenciándose de las operaciones
del gobierno militar en el plano de la cultura.
De esta manera, el gobierno de Alfonsín se encontró frente a
una necesidad clara y precisa. El requerimiento de contar con
una política cultural nacional, cuyos fundamentos principales
se encuentran en el carácter de bien social de la producción y
consumo cultural, de la calidad de vida del pueblo y su
posible intervención en la expansión de una cultura política
democrática. Alfonsín tenía una idea muy clara de esto,
comprobada en la constitución de los CPP y en varios discursos
previos a su toma del poder. Cuestiones como democratización
de la cultura, el manejo de la cultura por los propios
artistas, la desaparición de la censura o la reglamentación
del funcionamiento del aparato cultural del Estado, ya las
tenía presentes el candidato de la UCR desde una muy temprana
fecha.
Y eso fue lo que se intentó hacer en la primera etapa de la
Secretaría de Cultura durante el Gobierno de Alfonsín. Y el
Plan Nacional de Cultura fue el reflejo de todo esto. Esas
cuestiones ya están implicadas en las políticas culturales de
la transición democrática: creación cultural y la intervención
estatal, rescate y puesta en vigencia de las conquistas
culturales del pasado, reactivación de la industria cultural,
recuperación del patrimonio nacional, la censura, diversidad
cultural, reconstrucción del aparato educativo, la
organización de los medios electrónicos de comunicación, son
todos temas presentes en el documento final. Una sociedad que
había vivido con censura cinematográfica, secuestro de
publicaciones, universidades cerradas a los intelectuales de
izquierda, debe ahora pensar en políticas culturales nuevas y
alternativas.[31]
Se revisan conceptos como política cultural, proyectos
culturales y el lugar del Estado en dichas iniciativas. Los
primeros años de gobierno democrático fueron testigos de
acontecimientos que marcan gérmenes de una nueva vida cultural
insospechada años atrás. Referéndum, clausura de la censura,
procesos militares, leyes y decretos de todo tipo, en fin, un
sinnúmero de acciones que marcaron de manera definitiva el
actuar de la sociedad en su conjunto. La democratización de la
vida política y la consecuente reactivación de espacios
institucionales suprimidos por la dictadura militar le
confieren un mayor espacio a la diversidad de problemas,
aunque no siempre a las soluciones, que se habían anudado en
el sistema político argentino.