Después de la algarabía, la
calma. Tiempo de reflexión y análisis. Cuatro días de diálogo y
construcción, de opiniones y experiencias, de tristezas y alegrías de la
palabra. Divididos en doce núcleos por la cantidad, la diversidad y el
interés de la gente (jóvenes, mujeres, hombres, adultos mayores, migrantes,
indígenas, etc.), la temática giro sobre cuatro ejes: identidad de las CEB,
sujetos emergentes, participación ciudadana y proyectos alternativos[5].
En todos se partió del método seguido por las Comunidades Eclesiales de
Base: ver, pensar, actuar, evaluar y celebrar
a la luz del Evangelio y en respuesta a la realidad demandante. Más que
pequeños equipos o sectores reunidos por la ocasión de un evento, se
vivenció la presencia de una gran Comunidad eclesial y de base, pues los
temas y dinámicas permitieron el encuentro de distintas voces, la escucha
de la experiencia propia en la voz del otro, dejando de lado el “yo
individual” para convertirse en el “nosotros”. Escuchas y hablas desde el
debate, la música, los símbolos y el silencio.
Con un trabajo anterior de
preparación en cada una de las regiones, del análisis de la realidad
local, nacional y mundial en todos los aspectos del conjunto humano, sobre
todo de los efectos de la globalización neoliberal en la sociedad y el
papel de la Iglesia en ello, se pasó al balance de la planeación
estratégica trazada desde el Encuentro anterior, respecto a las cuatro
líneas de acción de las CEB. Análisis y líneas que partieron de la
realidad y experiencias desde la base, en su diario andar y praxis
cotidiana. Porque la teología no sólo es hecha por los “grandes” y
“estudiosos” teólogos universitarios, sino que es producida, enriquecida e
iluminada por el caminar del pueblo creyente. Sin esta experiencia la
teología carece de sentido, corazón y objetivos, es decir, está vacía.
En los momentos del ver,
las confusiones individuales recobraron su sentido. El compartir de
realidades permitió la empatía con aquél que antes de empezar a hablar era
desconocido, y se produjeron nuevos conocimientos, algunos a partir de lo
compartido por el otro y otros por la interacción valiosa de las ideas
respecto a las tendencias (impactos de la globalización, avances,
retrocesos, oportunidades, amenazas y situación eclesial) en lo económico,
lo político, lo social y lo cultural en México: que si el desempleo, el
narcotráfico, la drogadicción, la emigración, la crisis del campo, la
venta de recursos naturales y la biodiversidad, la destrucción de la
ecología, el mercantilismo y falta de compromiso de la “iglesia”, la
pérdida de derechos sociales, el crecimiento del monopolio privado, el
Plan Puebla-Panamá, los gobiernos corruptos, la exclusión, la pobreza… y
muchas, muchas otras realidades. Pero también lo positivo: la existencia
de proyectos alternativos, la creación y multiplicación de las ONGs,
algunos apoyos gubernamentales, participación de la mujer y del joven,
riqueza cultural y natural de nuestros pueblos, movilizaciones de apoyo a
diversas causas, mayor conciencia ciudadana, presencia de significativos
movimientos sociales, etcétera.
Y necesariamente, el papel
de las CEB en la transformación social, es decir, “ser punta de lanza en
el impulso de proyectos de participación de la sociedad con una conciencia
solidaria de transformación de la realidad, en la cual cada persona va
tomando su valor y compromiso fortaleciéndose para no soltarlo fácilmente;
compartir y favorecer la experiencia de una religión liberadora; e
impulsar la participación de la mujer en todos los ámbitos de la vida”[6].
En este sentido, el balance de la planeación estratégica arrojó algunos de
los siguientes resultados, a pesar de las dificultades y retos. Respecto a
la identidad, avances importantes fueron la integración de movimientos y
asociaciones, mayor participación de los jóvenes, apoyo de personas con
estudios ecuménicos, acompañamiento en el proceso de formación, respuesta
a las diferentes realidades, mayor creatividad, trabajo organizado y
celebraciones nuevas y encarnadas. En los sujetos emergentes: valoración
de la religiosidad popular, dignificación de la mujer, mayor organización
y planeación, espíritu de solidaridad y mayor libertad al participar. En
participación ciudadana: capacitación de profesionistas voluntarios,
representantes de colonias formados en las CEB, nexos con ONGs y
compromisos con el medio ambiente y la ecología. En proyectos
alternativos: grupos activos y efectivos, concientización social y mayor
capacidad de organización y unión.
En el pensar, bajo la
mirada de una iglesia servidora y ministerial, se compartió el testimonio
de la iglesia paraguaya, cuyas situaciones de guerra los han marcado
profundamente, y la experiencia de catequesis de la diócesis de Ciudad
Guzmán (Jalisco), quienes vivencian su pastoral como una comunidad de base
que atraviesa todo su ser Iglesia. Esto permitió a los participantes
descubrir que las CEB son un “nuevo” modelo de Iglesia con características
propias: Iglesia Comunitaria, Iglesia Ministerial (don y carisma puestos
al servicio de la comunidad), Iglesia Solidaria (con el pobre, con la
realidad y con la transformación social), Iglesia Profética (anuncio donde
un mundo distinto es posible y denuncia de las injusticias contrarias al
Reino de Dios), Iglesia Misionera e Iglesia Martirial. Es decir, hacer
práctica y vida en Jesús –he aquí uno de los principales retos- la
Koinonía (comunión), la diakonía (servicio), el kerygma (anuncio) y la
liturgia (celebración), desde la base y en la búsqueda de la liberación.
CEB que mantengan viva su identidad y con una dimensión social amplia. Con
o sin el apoyo de los sacerdotes, pues aunque son parte importante de la
Iglesia, no son su motor ni su fuente[7].
De ahí se desprendieron las
estrategias proyectivas ante los retos: a) “Estudiar y asimilar los
contenidos del magisterio de la Iglesia en relación a las CEB, con un
lenguaje accesible a los más pequeños”; b) “Ganar espacios en la
estructura de la Iglesia”; c) “Incorporar a la formación de los sacerdotes
contenidos que los hagan tomar conciencia de la identidad de las CEB y que
se formen por un tiempo con la comunidad directamente”; d) “Talleres de
formación según etapas (eclesiales, biológicas y sociales), bajo la
responsabilidad de los laicos y con el Espíritu de renovación, apertura y
promoción”; e) “Material conjunto permanente y sistematizado,
actualizándonos con otras experiencias”; f) “Encarnación en la sociedad
para unir la fe y la vida”; g) “Formar comunidades en donde se promueva el
análisis de la realidad para descubrir y responder a las necesidades, así
como la reflexión, la celebración, la misión, la generosidad, la alegría y
el espíritu servidor”; h) “Que los ministerios trabajen juntos para
concientizar a las comunidades por medio de la formación, iluminados por
la Doctrina Social de la Iglesia, y el compartir de las experiencias
comunitarias, para responder a la realidad social”; e i) “Promover
proyectos alternativos tales como panaderías, compras en común, costura,
etc., unidos y organizados. Que sus miembros sean sujetos y tengan el
compromiso de la solidaridad”.
Finalmente se pasó al
actuar; a la trascendencia de los cristianos por la transformación de
una sociedad y un mundo más justo y solidario. Se compartió la experiencia
de participación ciudadana del Movimiento Popular de Pueblos y Colonias
del Sur (Tlalpan, D. F.)[8],
que nació de las CEB y se concibe como una lucha por “justicia y vida
digna para todos”, y el testimonio de algunos de los habitantes de la Isla
Centro de Tabasco, quienes se han organizado por defender su hábitat de
los proyectos de Petróleos Mexicanos, al hacer exploraciones en el
subsuelo con el fin de expandirse en la zona.
Por consenso, en la línea de
participación ciudadana, se perfilaron tres retos con sus respectivas
estrategias proyectivas:
Reto:
1) “Conocer más a la
comunidad a nivel social, político y económico para hacer un proyecto
autónomo (no partidista) que nos lleve a la acción venciendo el miedo y
lograr una verdadera democracia”.
Estrategias:
a) “Convertirnos en
promotores de organizaciones sociales a través de talleres de análisis de
la realidad para tener una visión amplia y clara de las necesidades del
pueblo para la construcción del Reino de Dios”.
b) “Participar en
organizaciones populares donde las haya y crearlas donde no las hay”.
c) “Que la secretaría
nacional de las CEB haga uso de todos los recursos tecnológicos y sea el
medio para mantenernos en comunicación e información permanente”.
Reto:
2) “Ser sujetos de nuestra
historia para afrontar el proyecto neoliberal; saber interpretar los
signos de los tiempos ayudados con la sagrada escritura, el magisterio de
la Iglesia y las ciencias sociales”.
Estrategias:
a) “Promover espacios de
concientización de la gente para pasar de una conciencia superficial a una
crítica”.
b) “Traducir la conciencia a
la organización y la movilización”.
c) “Articular las redes de
lucha desde lo local hasta globalizarse”.
Reto:
3) “Desde las CEB crear y
fortalecer las ONGs de manera articulada para acrecentar nuestra fuerza,
unidad y organización”.
Estrategias:
a) “Socializar las
experiencias de organización popular y articularlas hasta lograr la
realización de un encuentro nacional con representantes de luchas
concretas para ayudarlas a mantener la mística”.
b) “Hacer análisis de la
realidad para formar las ONGs de acuerdo a las necesidades y así buscar el
bien común”.
c) “Capacitación con
talleres, temas, estudio, conocer el directorio de ONGs avaladas, y
formación sobre la mística de servicio de las CEB con un verdadero sentido
cristiano, uniendo fe-vida”[9].
Pero… ¿Qué sucedió con el
evaluar y celebrar del Encuentro?... Estuvieron inmersas en todo el
proceso. Evaluaciones y celebraciones llenas de vida, pues se plantearon
no sólo por la iluminación de los expositores, sino sobre todo por la
dinámica de participación de base en cada uno de los núcleos. Aporte
constante y comunicar desbordante. Todo era producción y fiesta. Por la
realidad, pero también por la vida, por el simple hecho de estar reunidos.
Liturgias donde se condensaba mediante símbolos la reflexión enriquecida
de cada día. Liturgias que habrían asustado a más de uno, por la
presencia, creación y conducción de los laicos. Comida, sabor, música y
baile para manifestar la común unión que se respiraba en el
ambiente y se proyectaba en el presente y el futuro.
Al final, la despedida o tal
vez el “hasta luego”. El compartir las conclusiones, hechas desde ese
momento compromisos. Ver, pensar, actuar, evaluar
y celebrar desde la comunicación, la base y la vida cotidiana,
desde la “Iglesia sencilla, semilla del Reino; Iglesia bonita, corazón del
Pueblo”[10].
Ahora sí la presencia de un obispo de León recién desempacado de Roma y
con la noticia de ser el nuevo presidente de la Conferencia del Episcopado
Mexicano. Un obispo en total arritmia con el Encuentro (debido a su
ausencia, y tal vez a su falta de compromiso) y con la misma liturgia de
clausura que hizo que se perdiera mucho de la preparación y el contenido.
Unas palabras vacías: “las puertas y el corazón de la diócesis de León
están abiertas a las CEB”. Pero también, y en respuesta, unas palabras
fuertes y de compromiso, un Don Arturo Lona diciendo: “Hermano, me da
mucho gusto escucharte, pero no sabes en la que te metiste, porque ahora
perteneces a “los impuros”, “los leprosos”…” Y el total apoyo de los
laicos con una sola demanda: ¡Queremos obispos al lado de los pobres!...