IR HACIENDO DEMOCRACIA DESDE LA COMUNICACIÓN COTIDIANA

Manuel de Jesús Corral C.*

 Me levanto contigo,

hermano de las tierras heridas

de mi América.

Concepción Clemente. 

 

Exigencia de derechos y memoria. Ejercicio político de la ciudadanía. Resistencia a lo malamente existente. Construcción de democracia a partir de la vivencia cotidiana. En todo ello está implicada la comunicación. Desde su nivel más inmediato y presencial hasta su nivel mediato o masivo. La comunicación se expresa en las concretas prácticas sociales de quien la produce. Por ello, cualquier forma, nivel o tipo de comunicación es comunicación política. Y a su estudio se le vacía si se deja de lado esa dimensión. Abundan, por desgracia, los estudios asépticos y esencialistas de la comunicación. Como discurso y como proceso. ¿En qué ayudan a la transformación social de la realidad, en concreto en Nuestra América? Sucede también que por el peso de la tecnología al término se le ha desviado hoy al campo mediático. Éste, como nuevo agujero negro, absorbe y engulle lo propio de la comunicación. Y desde los medios se ofrece gato por liebre a los recepto-perceptores. En todo caso, y por eso, estas reflexiones se asientan en dos premisas: 1. si mucho de lo personal también es político, entonces las relaciones interpersonales también son comunicación política. Y, 2. antes que la comunicación tecnológica, importa rescatar y preservar la comunicación humana.

 

Exigencia de derechos y memoria

 

Amplios sectores de la sociedad mexicana, y nuestoamericana, están hoy de pie. Exigen, reclaman, quieren ejercer derechos. Empezando por el derecho de participación en la res publica. Y con mayor conciencia para el cumplimiento de sus deberes ciudadanos. Aunque ante los hechos cotidianos pareciera que esta afirmación no tiene asideros en la realidad.

 

 

 

   La afirmación, sin embargo, no se hace por simple voluntarismo. Esa exigencia se extiende, crece, se consolida en la sociedad mexicana, y nuestroamericana. Va madurando con ello una conciencia democrática. Ésta se evidencia en actitudes y acciones concretas. Y, ante la crisis y el descrédito de los partidos políticos, va más allá de lo sólo electoral. Se desea, se anhela, un país con democracia participativa, laica, incluyente, plural. Y se lucha para lograrlo. Zapatistas en México, Piqueteros en Argentina, cocaleros y pachacutik en Bolivia, indígenas en Ecuador, MST en Brasil son quizás casos paradigmáticos. Y en toda la región, las reivindicaciones de género sostenidas por las mujeres. Todos de alguna manera sumados al altermundismo. Los sectores sociales organizados exigen participando y participan exigiendo. Aunque por lo general, los poderes instituidos no suelten prenda.

 

Más allá de sus limitaciones, el ya basta de los zapatistas, el que se vayan todos de los piqueteros, ¿cómo interpretarlos?, expresan un estado de ánimo generalizado: malestar, cansancio, hastío y asco ante los abusos y corrupción de los tradicionales políticos profesionales. Y miedo ante la inseguridad social. Se rechazan sus modos de hacer política; y se buscan formas nuevas e incluyentes. Los viejos modos, aunque churidos, no mueren del todo; y las nuevas formas, aunque lozanas, no acaban de aparecer. Necesidad, exigencia y urgencia, por ello, de una política de entente entre las fuerzas de resistencia al viejo orden. Para producir o, al menos, acercar, el cambio.

 

Esta emergencia de la sociedad nuestroamericana no es de hoy. Conviene refrescar la memoria. Sólo con la historia más inmediata. En el caso de México, por ejemplo: después del 68, vinieron las movilizaciones, frescas y espontáneas, que suscitó el terremoto del 85 en la Ciudad de México; del 86, en Chihuahua; del 88, con el neocardenismo y del 94 con el neozapatismo, en todo el país. En México, y en Nuestra América, los años ochenta del siglo recién ido no fueron, al menos no en lo político, la década perdida. Se perdió en lo económico Por la deuda externa. Pero se avanzó en lo político. Y recientemente, la insurgencia popular del bolivarianismo en Venezuela. Que pasó por encima de las consignas y de la propaganda mediáticas con el triunfo del NO.

 

Ejemplo de la aparición gradual, pero sostenida, de una sinergia social que recoge los ecos de los movimientos indígenas del pasado y de los movimientos revolucionarios de los setenta. El pasado se hace sustancia en el presente. Pero éste ofrece su propia savia para responder a nuevas exigencias. Y para poder ofrecer proyección de futuro.

 

Ciudadanía y política

 

          El país, la ciudad, la colonia, el barrio, son ¿de quienes los habitan? o ¿de quienes los trabajan y construyen? Muchos de los habitantes o pobladores lucran con sus espacios, abusan del ambiente y de los recursos naturales, destruyen el tejido social y, muchos... etcétera. Pero también muchos y muchas de quienes los trabajan, respetan sus espacios, sus recursos naturales y construyen en el día a día el tejido social. Quienes así actúan hacen consciente su condición de ciudadanos.  No se conciben como súbditos, sino como portadores de la necesidad de participación de la entidad de la que dimana el poder: el pueblo. Aunque este vocablo resulte, a muchos, anacrónico. Y con y por ello exigen y ejercitan su derecho a participar y a ser escuchados en sus demandas.

 

Gradualmente los ciudadanos han ido entendiendo que el buen gobierno del país y de la polis o ciudad, no depende del gobernante en turno, ni del hombre o mujer aislados. O de un puñado de hombres o mujeres aguerridos. Por iluminados que sean. Sino de todas y todos. Organizados y con acciones desde abajo. Más todavía cuando se trata de una megalópolis. 

 

          Para que el buen gobierno sea posible se requiere, entre otras cosas, de sensibilidad política. En la clase política, sí. Pero también en el conglomerado ciudadano. En la clase política, por la responsabilidad que implican los actos de gobierno. Sensibilidad para permitir y alentar la participación de los ciudadanos. Sensibilidad no en el discurso. Sino en los hechos facilitando la participación. Para entender, asumir y llevar a la práctica el mandar obedeciendo de los zapatistas. Toma de decisiones hoy al margen de la ciudadanía. Acciones de resistencia mañana por parte de ésta. Si esa sensibilidad política no está presente en los gobernantes es que no representan a la base social. La sensibilidad política en acto es como el termómetro para medir el carácter democrático de un Estado. Como la legitimación en los hechos del poder que los mandantes le han conferido. Gobierno de espaldas al pueblo, gobierno que hoy se rechaza. Y ¡cuántos de ellos se rechazan hoy en Nuestra América! Las más de las veces, ciudadanía restringida por gobernantes esperpénticos. Sistemas de representación en crisis. Tradicional clase política calificada de parasitaria.

 

Insensibilidad política de los gobernantes. Y descrédito de las instancias políticas tradicionales. ¿Qué hacer?, preguntaría Lenin. No abandonar el barco de la política. La ciudadanía organizada podría tomar el timón de la política. Para dar rumbo al país de que se trate. Esto requiere, claro, un aumento sustancial de la dosis de sensibilidad política de los ciudadanos. Y con ello, aplicación de razón analítica y crítica sobre lo real existente; de imaginación para pensar y soñar lo deseable como posible; de creatividad para ir realizando, aunque sea de a poco, lo pensado y soñado. El asunto prioritario es no dejar la política a las fuerzas hoy hegemónicas. Para Nuestra América, y más en estos momentos, vienen como anillo al dedo la idea de José Vasconcelos: ante la inepcia fundamental del mundo actual, lo individual resulta un camino lento y pesa mucho sobre cada uno. Es necesario por ello buscar una escapatoria colectiva, una palingenesia (Vasconcelos, 1959: 15).

 

En los últimos años, los medios de difusión han ocupado ¿por fuerza, necesidad u oportunidad? los espacios que han dejado vacíos las instituciones políticas y la ciudadanía. Los medios, nacidos con un ¿vicio de origen? -militar-mercantil y, para colmo, con apropiación privada- difícilmente serán promotores reales de una política conducente a una democracia que vaya más allá de lo electoral. Una política como búsqueda de consensos. Esta es tarea propia de otros actores. Y hoy, sobre todo, del actor ciudadano.  Si es que se quiere que la política no se agote en lo electoral y lleve a la participación de todos y todas en la toma de decisiones. Y en la distribución equitativa de los bienes. Como está hasta hoy el estatuto legal de los medios, no es ese el espacio indicado para hacer política para construir democracia. Al menos en muchos países de América Latina. ¿Porqué exigírselos entonces? El vacío dejado por las instituciones políticas tradicionales ha de ser llenado, entonces, por la participación de los ciudadanos y ciudadanas. Y para ello requieren de imaginar y crear nuevas instituciones políticas y la exigencia de un nuevo estatuto legal para los medios. En tanto eso no llegue, la comunicación intersubjetiva-directa-presencial ha de jugar un papel imprescindible. Los individuos y colectivos tienen en ella un instrumento valioso para avanzar hacia el cambio en los modos de hacer política. Esta modalidad es también comunicación política.

 

Resistencia y democracia

 

Las fuerzas sociales de la resistencia a los proyectos excluyentes exigen hoy ser tomadas en cuenta. Demandan proyectos incluyentes. Son ellas las portadoras de necesidades materiales y radicales hasta hoy insatisfechas. Pero portadoras también de claves de solución a problemas acumulados, de toda índole. Esas fuerzas sociales de resistencia saben mejor qué hacer y cómo hacer para solucionar esos problemas. Porque los padecen en carne propia y en el día a día. Y conocen su pueblo, su barrio, su colonia y su calle. Un gobierno con sensibilidad política no puede legítimamente prescindir de esa energía y creatividad, latente y desaprovechada hasta hoy. La asesoría técnica es, por supuesto, bienvenida. Pero en tanto no actúe al margen o por encima de lo que saben y piensan los colectivos de base representativos de cada lugar o área. La resistencia es la lucha por preservar, o rescatar, la dignidad. Reconocerse persona digna es concebirse como sujeto y no como objeto. Y la dignidad se actúa en y con la participación. Por eso se exige el derecho a ser tomado en cuenta y a participar en la toma de decisiones que afectan a todos y todas.

         

Estos momentos de la vida nacional, y nuestroamericana, ¿a qué invitan? A pensar en la conveniencia y necesidad y urgencia de ir construyendo democracia. Democracia política, sí. Pero también democracia como forma de vida. Democracia sobre la base de la distribución real del poder. En un régimen democrático el mandatario es transitorio. Los mandantes permanecen. Pero en democracias limitadas, como las nuestroamericanas, la distribución real del poder no se consigue graciosamente. Y de ahí, a su vez, la conveniencia y necesidad y urgencia de la toma de conciencia de los individuos y colectivos. Y de su organización y acción democráticas. Todo impulsado por una constante interacción, igualmente democrática, entre los actores.

 

          Pensar, entonces, no en un poder para la sociedad. Sino en un poder de la sociedad. Una sociedad con poder real sería así el mejor contrapeso, antídoto y dique contra cualquier pretensión de abuso por parte de cualquier poder estatal o gubernamental. Poder real de la sociedad, posible de construir y consolidar por colectivos comunicados en redes. Para hacerse visibles en la esfera pública, ir haciendo democracia desde abajo y contrarrestar la acción política mediática en el campo político-cultural. Colectivos capaces, por tanto, de crítica permanente sobre la sociedad en la que actúan, sobre las instituciones de la misma, y de autocrítica sobre ellos mismos. Nexos y plexos,  por consiguiente, entre la política y la ética y la moral. Cercana a esta propuesta está, quizás, la idea formulada, desde otras preocupaciones y planteamientos, por Leonardo Avritzer. Se refiere a la posibilidad de acudir a la crítica cultural y moral sobre el contenido simbólico de los medios. Pero también para explorar la exigencia del acceso equitativo a los medios. Y estos asuntos, agrega, “representan formas de reflexividad institucional propias de la esfera pública, y sólo pueden ser logradas por públicos interactivos que someten la validez de tales demandas a un discernimiento moral”  (Avritzer, 1999: 88)-

 

Vida cotidiana y comunicación

 

Se trata, desde otra perspectiva, de ir revolucionando la vida individual y social. Nuevos aprendizajes sobre el sentido y dirección de la Revolución. En dos niveles: 1. Desde abajo. Es decir, tanto desde la vida cotidiana como espacio definitorio de la esfera de la vida específicamente política, como desde los sujetos sociales y políticos que participen en esa tarea, esto es, desde la base social ciudadana. 2. Desde adentro. Esto es, desde la interioridad de cada individuo y del colectivo al que se pertenece. Para desarrollar convicciones firmes, aunque no rígidas, y afectos, sólidos y fecundos, con el o la de al lado. Como se desprendería de relaciones de comunicación realmente democráticas por su carácter dialógico, simétrico y libre. Camino tortuoso por cuesta arriba. Aprendizaje continuo. Con un objetivo siempre en presente progresivo: ir haciendo democracia. Proceso lento. Pero también de mayor profundidad y consistencia. En la medida en que en él confluyen los cambios de la realidad subjetiva con los cambios de la realidad objetiva. Lo contrario sería sólo una suerte de gatopardismo: quítate tú, para ponerme yo. Como ha sucedido en más de una ocasión. Es preciso, por tanto, rever lo público y lo privado desde la cotidianidad. Martín Barbero señala al respecto: “El uso alternativo de las tecnologías informáticas en la construcción de la esfera pública pasa sin duda por profundos cambios en los mapas mentales, en los lenguajes y los diseños de políticas, exigidos todos ellos por las nuevas formas de complejidad que revisten las reconfiguraciones e hibridizaciones de lo público y lo privado” (Martín Barbero, 2001: 53).

 

Es preciso re-construir ¿desde sus cimientos? a estos países. Y para ello se requiere ir creando esas condiciones subjetivas y objetivas. Por separado, esos esfuerzos serían necesarios, pero no suficientes. Es preciso, por ello, simultanearlos. Para que salga a flote el potencial creativo de la base social, constituida en ciudadanía, cuya acción en la vida pública sigue siendo negada desde arriba. Aun por actores políticos autollamados de izquierda. Para todo ello, la comunicación es: argamaza, cemento, engrudo, pegamento del vivir y del actuar humanos. En el individuo aislado. Pero, sobre todo, en el colectivo. Ahí donde cada uno, cada una, ha de concebirse como ser autónomo. Persona digna y valiosa.

 

          Cada individuo o colectivo ha de ser un espacio abierto para la comunicación dialógica, simétrica y libre. En él, la democracia ha de estar en constante hacerse. Y sus formas de comunicación en permanente renovación y re-creación. Cada colectivo ha de ser un signo de la aparición de nuevas formas interhumanas de relación horizontal. Que expresen, a su vez, una nueva ética política o una nueva política ética hacia adentro y hacia fuera. Y siempre desde abajo: lo cotidiano.

 

Necesidad y urgencia

 

Incrementar y renovar formas, niveles y tipos de comunicación. Con imaginación, creatividad e ingenio. Es una necesidad y una urgencia. Nuestra América necesita ir recobrando un rostro humano.  Que le dé identidad como Patria Grande. No obstante los arrebatos neoimperialistas, de nuevo un término anacrónico, de la globalización mercantil. O, mejor, justamente por ello. Patria Grande en tanto espacio físico y social propios para la convivencia y la vida digna, ahora sí, para todos y todas. Y no para ser el cabús del tren de la modernidad neoliberal. Equivalente al patio trasero de los “presidentes de la guerra”  (Bush dixit). La historia no ha llegado a su fin. En perspectiva de larga duración Nuestra América sigue siendo un continente joven. El futuro le está abierto. Por eso hay que conocerla y re-conocerla, pensarla y re-pensarla, amarla, soñarla, imaginarla, construirla y re-construirla. En la conjugación de esos verbos en sus tres tiempos.

 

          Esa necesidad plantea una exigencia: No pobladores ni pobladoras. Sí ciudadanos y ciudadanas. Para continuar con la tarea democratizadora. Y para ello se requiere contar con el atrevimiento de seguir desafiando, organizados en colectivos, el desánimo y la desesperanza. Democracia en el país, en la ciudad, en el pueblo, en la colonia, en el barrio, en el centro de trabajo, en el hogar mismo y hasta en el lecho conyugal. Democracia que empiece por hacerse evidente desde las relaciones de comunicación inmediatas y presenciales. En el respeto a la autonomía del otro o de la otra. Y esto requiere aprender a dialogar cara a cara. Y hacerlo en el día a día. Forma primigenia, pero también válida y vigente, de comunicación política en sociedades tan complejas como las actuales. Válida más en estos tiempos de comunicación empobrecida y hasta prostituida. Cambiar radicalmente el orden de cosas existente. Sí. Y por y para ello, ir haciendo democracia desde la comunicación cotidiana.

* Profesor de carrera en el Colegio de Ciencias y Humanidades-UNAM-México.

Premio Universidad Nacional 1998.

Reconocimiento al Mérito Académico 2004.

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores.