La afirmación, sin embargo, no se hace por simple voluntarismo.
Esa exigencia se extiende, crece, se consolida en la sociedad mexicana, y
nuestroamericana. Va madurando con ello una conciencia
democrática. Ésta se evidencia en actitudes y acciones concretas. Y,
ante la crisis y el descrédito de los partidos políticos, va más allá de
lo sólo electoral. Se desea, se anhela, un país con democracia
participativa, laica, incluyente, plural. Y se lucha para lograrlo. Zapatistas en México, Piqueteros
en Argentina, cocaleros y pachacutik en Bolivia, indígenas en Ecuador, MST
en Brasil son quizás casos paradigmáticos. Y en toda la región, las
reivindicaciones de género sostenidas por las mujeres. Todos de alguna
manera sumados al altermundismo. Los sectores sociales organizados exigen participando y
participan exigiendo. Aunque por lo
general, los poderes instituidos no suelten prenda.
Más allá de sus limitaciones, el ya basta de los zapatistas, el
que se vayan todos de los piqueteros, ¿cómo interpretarlos?, expresan
un estado de ánimo generalizado: malestar, cansancio, hastío y asco ante
los abusos y corrupción de los tradicionales políticos profesionales. Y
miedo ante la inseguridad social. Se rechazan sus modos de hacer política;
y se buscan formas nuevas e incluyentes. Los viejos modos, aunque churidos,
no mueren del todo; y las nuevas formas, aunque lozanas, no acaban de
aparecer. Necesidad, exigencia y urgencia, por ello, de una política de
entente entre las fuerzas de resistencia al viejo orden. Para
producir o, al menos, acercar, el cambio.
Esta emergencia de la sociedad nuestroamericana no es de hoy. Conviene
refrescar la memoria. Sólo con la historia más inmediata. En el
caso de México, por ejemplo: después del 68, vinieron las movilizaciones,
frescas y espontáneas, que suscitó el terremoto del 85 en la Ciudad de
México; del 86, en Chihuahua; del 88, con el neocardenismo y del 94 con el
neozapatismo, en todo el país. En México, y en Nuestra América, los años
ochenta del siglo recién ido no fueron, al menos no en lo político, la
década perdida. Se perdió en lo económico Por la deuda externa. Pero
se avanzó en lo político. Y recientemente, la insurgencia popular del
bolivarianismo en Venezuela. Que pasó por encima de las consignas y de la
propaganda mediáticas con el triunfo del NO.
Ejemplo de la aparición gradual, pero sostenida, de una sinergia social
que recoge los ecos de los movimientos indígenas del pasado y de los
movimientos revolucionarios de los setenta. El pasado se hace sustancia en
el presente. Pero éste ofrece su propia savia para responder a nuevas
exigencias. Y para poder ofrecer proyección de futuro.
Ciudadanía y política
El país, la ciudad, la colonia, el barrio, son ¿de quienes los
habitan? o ¿de quienes los trabajan y construyen? Muchos de los
habitantes o pobladores lucran con sus espacios, abusan del
ambiente y de los recursos naturales, destruyen el tejido social y,
muchos... etcétera. Pero también muchos y muchas de quienes los trabajan,
respetan sus espacios, sus recursos naturales y construyen en el día a día
el tejido social. Quienes así actúan hacen consciente su condición de
ciudadanos. No se conciben como súbditos, sino como portadores de la
necesidad de participación de la entidad de la que dimana el poder:
el pueblo. Aunque este vocablo resulte, a muchos, anacrónico. Y con y por
ello exigen y ejercitan su derecho a participar y a ser escuchados en sus demandas.
Gradualmente los ciudadanos han ido entendiendo que el buen gobierno del
país y de la polis o ciudad, no depende del gobernante en turno, ni
del hombre o mujer aislados. O de un puñado de hombres o mujeres
aguerridos. Por iluminados que sean. Sino de todas y
todos. Organizados y con acciones desde abajo. Más todavía cuando se
trata de una megalópolis.
Para que el buen gobierno sea posible se requiere, entre otras
cosas, de sensibilidad política. En la clase política, sí. Pero
también en el conglomerado ciudadano. En la clase política, por la
responsabilidad que implican los actos de gobierno. Sensibilidad para
permitir y alentar la participación de los ciudadanos. Sensibilidad no en
el discurso. Sino en los hechos facilitando la participación. Para
entender, asumir y llevar a la práctica el mandar obedeciendo de
los zapatistas. Toma de decisiones hoy al margen de la ciudadanía.
Acciones de resistencia mañana por parte de ésta. Si esa sensibilidad
política no está presente en los gobernantes es que no representan a la
base social. La sensibilidad política en acto es como el termómetro para
medir el carácter democrático de un Estado. Como la legitimación en los
hechos del poder que los mandantes le han conferido. Gobierno de espaldas
al pueblo, gobierno que hoy se rechaza. Y ¡cuántos de ellos se rechazan
hoy en Nuestra América! Las más de las veces, ciudadanía restringida por
gobernantes esperpénticos. Sistemas de representación en crisis.
Tradicional clase política calificada de parasitaria.
Insensibilidad política de los gobernantes. Y descrédito de las instancias
políticas tradicionales. ¿Qué hacer?, preguntaría Lenin. No abandonar el
barco de la política. La ciudadanía organizada podría tomar el timón de la
política. Para dar rumbo al país de que se trate. Esto requiere, claro, un
aumento sustancial de la dosis de sensibilidad política de los ciudadanos.
Y con ello, aplicación de razón analítica y crítica sobre lo
real existente; de imaginación para pensar y soñar lo deseable como
posible; de creatividad para ir realizando, aunque sea de a poco,
lo pensado y soñado. El asunto prioritario es no dejar la política a las
fuerzas hoy hegemónicas. Para Nuestra América, y más en estos momentos,
vienen como anillo al dedo la idea de José Vasconcelos: ante la inepcia
fundamental del mundo actual, lo individual resulta un camino lento y pesa
mucho sobre cada uno. Es necesario por ello buscar una escapatoria
colectiva, una palingenesia (Vasconcelos, 1959: 15).
En los últimos años, los medios de difusión han ocupado ¿por fuerza,
necesidad u oportunidad? los espacios que han dejado vacíos las
instituciones políticas y la ciudadanía. Los medios, nacidos con un ¿vicio
de origen? -militar-mercantil y, para colmo, con apropiación privada-
difícilmente serán promotores reales de una política conducente a una
democracia que vaya más allá de lo electoral. Una política como búsqueda
de consensos. Esta es tarea propia de otros actores. Y hoy, sobre todo,
del actor ciudadano. Si es que se quiere que la política no se agote en
lo electoral y lleve a la participación de todos y todas en la toma de
decisiones. Y en la distribución equitativa de los bienes. Como está hasta
hoy el estatuto legal de los medios, no es ese el espacio indicado para
hacer política para construir democracia. Al menos en muchos países de
América Latina. ¿Porqué exigírselos entonces? El vacío dejado por las
instituciones políticas tradicionales ha de ser llenado, entonces, por la
participación de los ciudadanos y ciudadanas. Y para ello requieren de
imaginar y crear nuevas instituciones políticas y la exigencia de un nuevo
estatuto legal para los medios. En tanto eso no llegue, la comunicación
intersubjetiva-directa-presencial ha de jugar un papel imprescindible. Los
individuos y colectivos tienen en ella un instrumento valioso para avanzar
hacia el cambio en los modos de hacer política. Esta modalidad es también
comunicación política.
Resistencia y democracia
Las fuerzas sociales de la resistencia a los proyectos
excluyentes exigen hoy ser tomadas en cuenta. Demandan proyectos
incluyentes. Son ellas las portadoras de necesidades materiales y
radicales hasta hoy insatisfechas. Pero portadoras también de claves de
solución a problemas acumulados, de toda índole. Esas fuerzas sociales de
resistencia saben mejor qué hacer y cómo hacer
para solucionar esos problemas. Porque los padecen en carne propia y en el
día a día. Y conocen su pueblo, su barrio, su colonia y su calle. Un
gobierno con sensibilidad política no puede legítimamente prescindir de
esa energía y creatividad, latente y desaprovechada hasta hoy. La asesoría
técnica es, por supuesto, bienvenida. Pero en tanto no actúe al margen o
por encima de lo que saben y piensan los colectivos de base
representativos de cada lugar o área. La resistencia es la lucha
por preservar, o rescatar, la dignidad. Reconocerse persona digna
es concebirse como sujeto y no como objeto. Y la dignidad se actúa en y
con la participación. Por eso se exige el derecho a ser tomado en cuenta y
a participar en la toma de decisiones que afectan a todos y todas.
Estos momentos de la vida nacional, y nuestroamericana, ¿a qué invitan? A
pensar en la conveniencia y necesidad y urgencia de ir construyendo democracia. Democracia política, sí. Pero también democracia como
forma de vida. Democracia sobre la base de la distribución real
del poder. En un régimen democrático el mandatario es
transitorio. Los mandantes permanecen. Pero en democracias
limitadas, como las nuestroamericanas, la distribución real del poder no
se consigue graciosamente. Y de ahí, a su vez, la conveniencia y necesidad
y urgencia de la toma de conciencia de los
individuos y colectivos. Y de su organización y acción
democráticas. Todo impulsado por una constante interacción,
igualmente democrática, entre los actores.
Pensar, entonces, no en un poder
para la sociedad.
Sino en un poder de la sociedad. Una sociedad con poder real sería
así el mejor contrapeso, antídoto y dique contra cualquier pretensión de
abuso por parte de cualquier poder estatal o gubernamental. Poder real de
la sociedad, posible de construir y consolidar por colectivos comunicados
en redes. Para hacerse visibles en la esfera pública, ir haciendo
democracia desde abajo y contrarrestar la acción política mediática en el
campo político-cultural. Colectivos capaces, por tanto, de crítica
permanente sobre la sociedad en la que actúan, sobre las instituciones de
la misma, y de autocrítica sobre ellos mismos. Nexos y plexos, por
consiguiente, entre la política y la ética y la moral. Cercana a esta
propuesta está, quizás, la idea formulada, desde otras preocupaciones y
planteamientos, por Leonardo Avritzer. Se refiere a la posibilidad de
acudir a la crítica cultural y moral sobre el contenido simbólico de los
medios. Pero también para explorar la exigencia del acceso equitativo a
los medios. Y estos asuntos, agrega, “representan formas de reflexividad
institucional propias de la esfera pública, y sólo pueden ser logradas por
públicos interactivos que someten la validez de tales demandas a un
discernimiento moral” (Avritzer, 1999: 88)-
Vida cotidiana y comunicación
Se trata, desde otra perspectiva, de ir revolucionando la vida
individual y social. Nuevos aprendizajes sobre el sentido y dirección de
la Revolución. En dos niveles: 1. Desde abajo. Es decir,
tanto desde la vida cotidiana como espacio definitorio de la esfera de
la vida específicamente política, como desde los sujetos sociales y
políticos que participen en esa tarea, esto es, desde la base social
ciudadana. 2. Desde adentro. Esto es, desde la interioridad de cada
individuo y del colectivo al que se pertenece. Para desarrollar
convicciones firmes, aunque no rígidas, y afectos, sólidos y fecundos, con
el o la de al lado. Como se desprendería de relaciones de comunicación
realmente democráticas por su carácter dialógico, simétrico
y libre. Camino tortuoso por cuesta arriba. Aprendizaje continuo.
Con un objetivo siempre en presente progresivo: ir haciendo
democracia. Proceso lento. Pero también de mayor profundidad y
consistencia. En la medida en que en él confluyen los cambios de la
realidad subjetiva con los cambios de la realidad objetiva. Lo
contrario sería sólo una suerte de gatopardismo: quítate tú, para
ponerme yo. Como ha sucedido en más de una ocasión. Es preciso, por
tanto, rever lo público y lo privado desde la cotidianidad. Martín Barbero
señala al respecto: “El uso alternativo de las tecnologías informáticas en
la construcción de la esfera pública pasa sin duda por profundos cambios
en los mapas mentales, en los lenguajes y los diseños de políticas,
exigidos todos ellos por las nuevas formas de complejidad que revisten las
reconfiguraciones e hibridizaciones de lo público y lo privado” (Martín
Barbero, 2001: 53).
Es preciso re-construir ¿desde sus cimientos? a estos
países. Y para ello se requiere ir creando esas condiciones subjetivas y
objetivas. Por separado, esos esfuerzos serían necesarios, pero no
suficientes. Es preciso, por ello, simultanearlos. Para que salga a
flote el potencial creativo de la base social, constituida en ciudadanía,
cuya acción en la vida pública sigue siendo negada desde arriba. Aun por
actores políticos autollamados de izquierda. Para
todo ello, la comunicación es: argamaza, cemento, engrudo, pegamento del
vivir y del actuar humanos. En el individuo aislado. Pero, sobre todo, en
el colectivo. Ahí donde cada uno, cada una, ha de concebirse como ser
autónomo. Persona digna y valiosa.
Cada individuo o colectivo ha de ser un espacio abierto para la
comunicación dialógica, simétrica y libre. En él, la democracia ha
de estar en constante hacerse. Y sus formas de comunicación en permanente
renovación y re-creación. Cada colectivo ha de ser un signo de la
aparición de nuevas formas interhumanas de relación horizontal. Que
expresen, a su vez, una nueva ética política o una nueva
política ética hacia adentro y hacia fuera. Y siempre desde abajo:
lo cotidiano.
Necesidad y urgencia
Incrementar y renovar formas, niveles y tipos de comunicación. Con
imaginación, creatividad e ingenio. Es una necesidad y una urgencia.
Nuestra América necesita ir recobrando un rostro humano. Que le dé
identidad como Patria Grande. No obstante los arrebatos
neoimperialistas, de nuevo un término anacrónico, de la globalización
mercantil. O, mejor, justamente por ello. Patria Grande en tanto espacio
físico y social propios para la convivencia y la vida
digna, ahora sí, para todos y todas. Y no para ser el
cabús del tren de la modernidad neoliberal. Equivalente al patio trasero
de los “presidentes de la guerra” (Bush dixit). La historia no ha llegado
a su fin. En perspectiva de larga duración Nuestra América sigue siendo un
continente joven. El futuro le está abierto. Por eso hay que conocerla y re-conocerla, pensarla y
re-pensarla, amarla, soñarla,
imaginarla, construirla y re-construirla. En la conjugación de esos
verbos en sus tres tiempos.
Esa necesidad plantea una exigencia: No pobladores ni
pobladoras. Sí ciudadanos y ciudadanas. Para continuar con la tarea
democratizadora. Y para ello se requiere contar con el
atrevimiento de seguir desafiando, organizados en colectivos, el desánimo y la
desesperanza. Democracia en el
país, en la ciudad, en el pueblo, en la colonia, en el barrio, en el
centro de trabajo, en el hogar mismo y hasta en el lecho conyugal.
Democracia que empiece por hacerse evidente desde las relaciones de
comunicación inmediatas y presenciales. En el respeto a la autonomía
del otro o de la otra. Y esto requiere aprender a dialogar cara a cara. Y
hacerlo en el día a día. Forma primigenia, pero también válida y vigente,
de comunicación política en sociedades tan complejas como las actuales.
Válida más en estos tiempos de comunicación empobrecida y hasta
prostituida.
Cambiar radicalmente el orden de cosas existente. Sí. Y por y para ello,
ir haciendo democracia desde la comunicación cotidiana.