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¿Por qué Vicente Fox
tuvo que esperar a que se crisparan las declaraciones, las percepciones
negativas sobre el futuro democrático y los vaticinios cercanos al
Apocalipsis institucional para frenar, presidencialistamente, al
Frankestein del desafuero? ¿Por qué tuvieron que refugiarse tanto tiempo
en el laberinto autista del “estado de derecho y la aplicación de la
ley”, derivado de la ortodoxia foxista y panista, para arribar a los límites
civiles de la república? ¿Por qué el radical cambio de lenguaje
respecto a los protagonistas y al proceso mismo del desafuero está todavía
tan lejos de habitar una real transformación del horizonte político? ¿Por
qué este relajamiento político y social deberá buscar no la desactivación
social del frente antidesafuero, sino su transformación en una era que
inaugure una nueva perspectiva política del poder desde la sociedad?
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La
acumulación de amenazas entre los poderes del Estado, el
cinismo partidario convertido en defensa facciosa de la república,
el entrevero jurídico guiado por el apetito de poder
personificado en la eliminación de López Obrador como
candidato a la Presidencia, las multitudes invisibles para el
gobierno y despreciadas por el PRI que devinieron razones demográficas
para remover el horizonte político, el feroz alineamiento entre
diputados panista y priístas, la soledad moral, política e
histórica de Fox ante el posible epitafio devastador para su
gobierno de rasgos antidemocráticos, las murmuraciones
internacionales, la firmeza de un joven oaxaqueño que se le
planta a un Presidente para recordarle los costos de la
pesadilla con una frase breve pero lapidaria, dicha quizás
desde el miedo: “No nos hagamos”. En fin, los días y las
semanas y los meses que dejaron las huellas de un deterioro
institucional y político que estuvo a punto de resolverse en
enfrentamiento social.
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Después
de la decisión de Vicente Fox de dar marcha atrás al
desafuero de López Obrador, ya se ventilan las
caracterizaciones y alcances del acontecimiento. Algunos voces
han nombrado a tal acto como una verdadera rendición, como la
derrota política y social del proyecto encabezado por Vicente
Fox y del panismo en todas sus modalidades. La salida del
procurador Rafael Macedo de la Concha y del artífice jurídico
del laberinto, el subprocurador Vega Memije, sería la expresión
visible del fracaso foxista como el intento de actualizar un
presidencialismo envejecido, que decide autoritaria y
represivamente quién sobrevive en el sistema político
mexicano.Sin
embargo, la decisión de Vicente Fox podría mirarse desde
otra perspectiva. A mi parecer, no es una casualidad que en
naciones latinoamericanas de modernización política tardía,
como Bolivia y Ecuador, la organización de la sociedad ante
las tentaciones autoritarias de sus clases políticas haya
culminado en la remoción de sus últimos presidentes.
México
regresó, a pesar suyo, al horizonte de las débiles
democracias latinoamericanas: mientras el Estado insista en
enfrentar con sus decisiones a la sociedad, siempre habrá la
posibilidad de que esta sociedad le recuerde que el fundamento
de toda legalidad estatal descansa en ella.
Ahora,
toda la puesta en escena del desafuero tendrá que ser
retirada, con los costos que seguramente Fox y el PAN han
contemplado: el deterioro de la imagen de ambos, la radical pérdida
de credibilidad de los protagonistas que acompañaron y
empujaron el desafuero, incluyendo en un lugar estelar al PRI
y a su obcecación por actualizar su talante político más
regresivo y autoritario, el despegue definitivo de López
obrador hacia la Presidencia de la República.
Sin
duda, los escenarios futuros serán otros. El fortalecimiento
natural de López Obrador podrá detonar sumisiones y efectos
no democráticos. El PRD –y de manera específica López
Obrador–, ahora más que nunca y quizás como una última
llamada para transformarse en una alternativa democrática y
social, tendrán que decidir entre contener, controlar y
erradicar sus pulsiones destructivas (corrupción y
continuidad autoritaria y neoliberal de izquierda) o
transformarse en un potencial sembrador de
desesperanzas.
Otra
moneda está ahora en el aire.
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