La decisión de Vicente.

Gustavo Ogarrio

 

¿Por qué Vicente Fox tuvo que esperar a que se crisparan las declaraciones, las percepciones negativas sobre el futuro democrático y los vaticinios cercanos al Apocalipsis institucional para frenar, presidencialistamente, al Frankestein del desafuero? ¿Por qué tuvieron que refugiarse tanto tiempo en el laberinto autista del “estado de derecho y la aplicación de la ley”, derivado de la ortodoxia foxista y panista, para arribar a los límites civiles de la república? ¿Por qué el radical cambio de lenguaje respecto a los protagonistas y al proceso mismo del desafuero está todavía tan lejos de habitar una real transformación del horizonte político? ¿Por qué este relajamiento político y social deberá buscar no la desactivación social del frente antidesafuero, sino su transformación en una era que inaugure una nueva perspectiva política del poder desde la sociedad?

 

La acumulación de amenazas entre los poderes del Estado, el cinismo partidario convertido en defensa facciosa de la república, el entrevero jurídico guiado por el apetito de poder personificado en la eliminación de López Obrador como candidato a la Presidencia, las multitudes invisibles para el gobierno y despreciadas por el PRI que devinieron razones demográficas para remover el horizonte político, el feroz alineamiento entre diputados panista y priístas, la soledad moral, política e histórica de Fox ante el posible epitafio devastador para su gobierno de rasgos antidemocráticos, las murmuraciones internacionales, la firmeza de un joven oaxaqueño que se le planta a un Presidente para recordarle los costos de la pesadilla con una frase breve pero lapidaria, dicha quizás desde el miedo: “No nos hagamos”. En fin, los días y las semanas y los meses que dejaron las huellas de un deterioro institucional y político que estuvo a punto de resolverse en enfrentamiento social. 

          

 

Después de la decisión de Vicente Fox de dar marcha atrás al desafuero de López Obrador, ya se ventilan las caracterizaciones y alcances del acontecimiento. Algunos voces han nombrado a tal acto como una verdadera rendición, como la derrota política y social del proyecto encabezado por Vicente Fox y del panismo en todas sus modalidades. La salida del procurador Rafael Macedo de la Concha y del artífice jurídico del laberinto, el subprocurador Vega Memije, sería la expresión visible del fracaso foxista como el intento de actualizar un presidencialismo envejecido, que decide autoritaria y represivamente quién sobrevive en el sistema político mexicano.Sin embargo, la decisión de Vicente Fox podría mirarse desde otra perspectiva. A mi parecer, no es una casualidad que en naciones latinoamericanas de modernización política tardía, como Bolivia y Ecuador, la organización de la sociedad ante las tentaciones autoritarias de sus clases políticas haya culminado en la remoción de sus últimos presidentes. 

México regresó, a pesar suyo, al horizonte de las débiles democracias latinoamericanas: mientras el Estado insista en enfrentar con sus decisiones a la sociedad, siempre habrá la posibilidad de que esta sociedad le recuerde que el fundamento de toda legalidad estatal descansa en ella.

 Ahora, toda la puesta en escena del desafuero tendrá que ser retirada, con los costos que seguramente Fox y el PAN han contemplado: el deterioro de la imagen de ambos, la radical pérdida de credibilidad de los protagonistas que acompañaron y empujaron el desafuero, incluyendo en un lugar estelar al PRI y a su obcecación por actualizar su talante político más regresivo y autoritario, el despegue definitivo de López obrador hacia la Presidencia de la República.

Sin duda, los escenarios futuros serán otros. El fortalecimiento natural de López Obrador podrá detonar sumisiones y efectos no democráticos. El PRD –y de manera específica López Obrador–, ahora más que nunca y quizás como una última llamada para transformarse en una alternativa democrática y social, tendrán que decidir entre contener, controlar y erradicar sus pulsiones destructivas (corrupción y continuidad autoritaria y neoliberal de izquierda) o transformarse en un potencial sembrador de desesperanzas. 

 Otra moneda está ahora en el aire.