Escritos de mujeres
Un fenómeno sacude al mundo,
aunque no revolucione al mercado ni conmueva a la crítica: la escritura de
mujeres en cuanto mujeres. Y las latinoamericanas, lejos de quedar
excluidas de esta tendencia que esperamos se prolongue y expanda, han
contribuido a ella decididamente. En efecto, un número cada vez más
importante de mujeres ha publicado durante las dos o tres últimas décadas
novelas, poemas, ensayos, obras de teatro y narrativas testimoniales, (Judy
Maloof: 2000), y con ello se habría creado un cuerpo literario
importante, que está lejos de ser homogéneo, dado que en su interior- en
su opinión- contrastan estilos altamente estéticos, ‘metaficcionales’, y
de prosa hermética como serían por ejemplo los de Diamela Eltit y Julieta
Campos, con otros mucho más accesibles. Tal vez por eso, valdría la pena
formular, es que sólo un pequeño grupo de estas autoras ha logrado premios
importantes y fama internacional. ¿O será en cambio que lo que ocurre es,
como dice Jean Franco (Franco, 1992: 73), que esta nueva apertura del
mercado literario se debe a la proliferación de los estudios sobre la
mujer (¿adónde, en el Primer Mundo?, valdría la pena que hubiera
especificado), y a la incorporación de mujeres escritoras del Tercer Mundo
en el currículo lo que repentinamente ha provisto a estas con esa masa de
lectores internacionales que los escritores del ‘boom’ ya han gozado desde
hace bastante tiempo? 2
Sea
verdad lo uno o lo otro, o una combinación de ambos, cabría sin embargo
preguntarse por qué es que existe todavía toda una serie de escritos de
mujeres que no sólo no han sido en su mayoría todavía estudiados
sistemáticamente por la crítica literaria feminista - ni por ninguna otra
tampoco para ese efecto, que yo lo sepa -, sino que además en su mayoría
no han sido tampoco incorporados a los programas de Literatura Comparada
ni a las cursos de Estudios sobre las mujeres y /o de género, ni a los de
Historia de América Latina, no ciertamente aquí en el Reino Unido.
No obstante lo anterior, es precisamente por la
importancia implícita que creo que revisten para el proceso de
construcción de la memoria social este conjunto todavía ‘segregado’ de
ciertos textos producidos por mujeres, que han sido objeto de este
artículo, al que para ese efecto se ha dividido en dos partes. La primera,
estará destinada a presentarlos y a tratar de explicar por qué considero
que estos textos contienen la materia prima esencial de que puede nutrirse
la memoria social. Son estos escritos producidos por víctimas directas del
reciente terrorismo de estado en el Cono Sur de América Latina, fuentes
primarias que contribuyen a la reconstrucción de la memoria fragmentada
por el trauma, a la cristalización de un cierto sentido aunque todavía
larvado de pertenencia a una comunidad, etapa esta última que es
importante para la recuperación de las identidades desgarradas. En la
segunda parte, se ofrece un (auto) ejemplo de recopilación y uso que
hacemos las mujeres de las memorias traumáticas, más vale con el afán de
hacer a las lectoras y lectores testigos y cómplices de un estilo
expositivo ‘no académico’ que trata de apelar a sus valores éticos en
cuanto personas, más que a alcanzar la tradicional formalidad heredada en
materia de metodología de las Ciencias Sociales, aquella que tiene tan
férreamente por centro al Hombre, tal cual como con reiterada insistencia
lo reiterara hasta un hombre, el filósofo Foucault.
Los
escritos en cuestión
Cabe antes de empezar agregar que
los textos que nos ocupan son escritos que tienen en común algo más que el
mero hecho de haber sido escritos por mujeres y ser por tanto y por
definición, casi siempre marginados o periféricos. Pues además han sido
producidos por personas que carecían de antecedentes literarios
publicados, pero que en cambio han sido casi todas militantes o
simpatizantes de movimientos o partidos de la izquierda revolucionaria,
aquella surgida como sub producto de la guerra en Vietman, vertebrada y /o
fuertemente influenciada por el pensamiento y la práctica universalista
del socialista argentino Ernesto Guevara, el Che.
Variados
en sus formatos y estilos, los textos producidos toman la forma de tesis
de doctorado y maestría, pasando por novelas y obras de teatro, poemas,
ensayos, argumentos de documentales y llegan hasta diarios íntimos,
cartas, memorias, todos los cuales actúan -en mi opinión -como verdaderos
soportes para garantir la sobre vivencia material y / o emocional de quien
escribe luego de recobrar la libertad. Si dejamos de lado por ahora por
razones de espacio a aquellos escritos científicos que se deben ajustar-
en verdaderos partos con fórceps y sin anestesia local- a los
requerimientos de las tesis de doctorado universitario y /o a los libros
que las ‘popularizan’, arribamos a aquellos que sirven para expresarse más
libremente. ‘Emocionalmente’. Es que en estos textos se va pasando del rol
de autora al de narradora. Como toda transición es este un proceso
conflictivo, quebradizo y muchas veces, impulsivo y doloroso. Pero al
final necesario en su inevitabilidad histórica..
Esto es
así porque nuestros escritos cumplen una verdadera función terapéutica, en
la medida en que nos permiten rehacer y volver a vivenciar eventos y
emociones del pasado y con ello ayudar con la reactivación de la memoria
de nuestra historia personal y colectiva, a la rearticulación de los
distintos elementos del trauma que queremos superar.
Es
decir, que se estaría en presencia de una especie de auto curación a
través del hablar, y /o del escribir, en el forzarse a pensar para sí y en
sí, y si es posible (d)escribir ese dolor. Pero con eso solo, claro está
- y como ocurriría con cualquier otra técnica terapéutica - no se concluye
el proceso de recuperación. Es decir, que se necesita también de alguien
que nos escuche y / o que nos lea. O sea, que es preciso tener, como en el
psicoanálisis, por ejemplo, una interlocutora o un interlocutor válida /o.
No tanto para efectuar la trasferencia sino más vale para reflejarse
integrándose en el otro, o la otra. Para tratar de adquirir conciencia de
una misma en ese salirse de sí misma, de ese pozo casi inagotable de
desconfianza del prójimo, salirse digo con pasos de libélula de la
identidad destrozada y rehacerla con la coherencia que exige quien nos
escucha al leernos, pero que al mismo tiempo prefabrica nuestra nueva
identidad con la identificación fragmentaria de aspectos de la suya. He
ahí el centro de nuestro universo, desde ese ‘allí’ desde donde volamos
por fin liberadas, como mariposas que mimetizan su ancianidad en el
reencuentro con la nueva existencia. En la que, en mi caso, seré para
siempre joven, inmadura y tan dispuesta al cambio, porque ya por mi edad
cronológica me acerco cada vez más a la memoria de mi infancia en
Argentina.
De ese
modo, es posible volver a ser, sentirnos lo nuevo que somos en lo viejo,
sin despojarnos por ello de nuestro papel protagónico en lo que hicimos.
Volver a ser, a pesar de todo lo que nos hicieron, en suma, pero sin por
ello dejar de ser lo que fuimos. Este escribir nuestro es también nos
retorno a aquellas primeras lecturas que nos proveyeron raíces
multiculturales en la adolescencia, y nos constituyeron como sujetos
pensantes e independientes.
Es
apresar este mundo que parece ser cada día menos nuestro. En mi caso,
entonces, es regresar a la escritura existencialista a la Beavour,
feminista a la Wolf, de viaje a la Tristán, y con ello retornar mas atrás,
adentrándonos en la psiquis de nuestra madre a quien cargamos a cuesta en
el brutal momento de su muerte para hacerla volver: posEvitiana,
posGardeliana, posJuana de Ibarburu, más Mistral, o una Storni. Más yo a
la posPizarnik, y ciertamente, posCarlos Marx. Rosa Luxemburgo y Paulo
Freire, pero hija siempre. Y a la memoria más pareja de nuestro padre,
muerto en ausencia mía y con el gran vacío dejado por mi exilio durante la
última dictadura militar de Argentina (1976-1984. O sea, que mi canto es
por supuesto el suyo, el de Martín Fierro y Una excursión a las
Indios Ranqueles, el de la Desilusión de un Sacerdote y el
desprecio a El hombre mediocre, a lo José Ingenieros y a lo
Lisandro de la Torre, como nuestro ritmo es su tango, la milonga, su
chacarera, el malambo, la zamba, todo lo que nos enseñara a bailar cuando
teníamos cuatro o cinco años. Las marchas de los circos de pueblo
alrededor de la plaza, el olor de la alfalfa cortada, el girar de los
girasoles marcando el paso del radioteatro de la hora de la siesta y yo
conversando con las iguanas, alimentada por mis niñeras, que me llenaban
la panza con mate amargo y los días de fiesta mi padre de nuevo con asado
con cuero. Y mis perros y mi caballo, y las nutrias salvajes y los miles
de vacas, muchas vacas con sus toros puestos y luego sus crías y los
caranchos y las liebres y los zorrinos y las víboras yarará y los bagres
sapo y los escorpiones, las vinchucas, los teros, tornasoles de un sol que
se quedaba dormido sobre las vías del tren que regresaba de la gran
ciudad, Rosario, en un atardecer de verano caminado. Y pan para la mano
hambrienta, vino y agua para el sediento, derechos igualitarios para las
mujeres y hombres de trabajo de la ciudad y el campo... Y volver, volver,
volver, que sesenta años no es nada, que febril la memoria os guarda y os
nombra. Volver a casa. Por fin, volver.
Es que
siendo nosotras todos frutos de determinados discursos históricamente
determinados, y muchas veces objetos y casi nunca sujetos de prácticas
discursivas debido al carácter autoritario de (casi) todas las ideologías
políticas imperantes, nos reconstruimos a conciencia o no, pero a partir
de nuestros escritos, como hacedoras de nuestra nueva práctica discursiva
a la que nos habilita la memoria y las responsabilidades emanadas de
nuestra situación de mujeres y condición de ex revolucionarias. Y esto es
en sí mismo una función que algunas como feministas antiguas nos hemos
propuesto realizar; o sea, auto evaluar y asumir nuestro nuevo rol social.
Roles sociales que son tan variados y numerosos como casos hay de mujeres
u hombres sobrevivientes que viven / escriben basándose en su traumático
pasado. Nos cabe a algunas en cuanto mujeres, actuar reactuando nuestro
pasado a través de nuestra propia experiencia de científicas y hacerlo en
el seno de asociaciones nacionales, regionales e internacionales en las
que interactuamos para ampliar el poder de nuestro discurso (Zabaleta:
2000) por decisión colectiva,3
pero esencialmente preservando y ampliando a todas las áreas de nuestro
diario vivir nuestra total independencia, única garantía real del
ejercicio prístino de la libertad - aun condicionada como está por las
limitaciones implícitas del modo de producción dominante.
De las narradoras y
sus estilos ¿ un nuevo género o necesidad de un nuevo canon?
Así entonces, estoy de acuerdo con
otras autoras en cuanto creo que debemos referirnos a esta nueva forma de
escribir como si fuera un nuevo estilo, literario o no, en un sentido
amplio, pues se trata como se he dicho, de textos con formas
confesionales, de diarios, auto ficciones, autobiografía, o lo que fuese;
pero todas modalidades, en suma, de escritura básicamente para sí, en que
la autora procura dar a su narrativa la forma pública de un testimonio y
al mismo tiempo comprenderse en su propia auto revelación, para
establecerse frente al mundo y en el mundo con un nuevo sentido de
agencia, y al hacerlo ayudarse a desenterrar, y forzarse a desmadejar un
ovillo de temas que le interesan a ella misma ‘qua woman’, por cuanto
implican valorizar su subjetividad como hembra. Estoy de acuerdo, por
tanto, con los hallazgos pioneros de Suzette A. Henke en materia de
lectura de escritos de mujeres. Y ellos me han estimulado a construir mi
propia interpretación que aquí brindo. Al hacerlo no sólo me inmerso en la
cuna proporcionada por mis congéneres desde los años ochenta en adelante,
sino que como tantas otras me convierto en una narradora más, remo a la
proa en busca de un nuevo paraíso en donde no aspiro a compartir manzanas
mágicas con ningún hombre desnudo sino más bien con mi conciencia. Es
decir, creo con Suzette (Henke: 2000) que procuramos reinscribir nuestro
derecho al deseo femenino en el marco de los textos prescriptos por la
cultura patriarcal tradicional.
En un
punto, al celebrar nuestra propia manera de decir y nuestra propia manera
de experimentarnos en cuanto frutas maduradas que somos en sociedades muy
machistas, me permito disentir con Henke. O dicho de otro modo, vía la
antivalidación de parte de una propuesta suya de la cual de todas maneras
en términos generales como he dicho partí, para ofrecer las ideas
abigarradas en este artículo como en chaleco de fuerza. Yo creo que este
artículo me ha servido como plataforma de algo que me parece que es igual
en lo diferente. Me explico. Henke afirma haber dejado a propósito afuera
de su fascinante estudio acerca del valor terapéutico de la escritura de
vida de las mujeres que sufren de síndromes postraumáticos, la experiencia
de las víctimas del holocausto por tratarse, nos dice, de ejemplos
provenientes de un contexto histórico muy especifico. Pues bien: en lo que
sigo yo me propongo en cambio, aunque ciertamente con la debida cautela,
dar un anticipo de una investigación más amplia, en la que me oriento a
tratar de demostrar que al mostrarnos a nosotras mismas como víctimas del
terrorismo estatal, estamos de alguna manera tratando de decir (nos) que
esas nuestras experiencias traumáticas producto de ese tipo de terrorismo,
el de estado, tienen efectos similares y ocasionan sin duda síndromes post
traumáticos casi idénticos a los que ella, Henke, describe en las autoras
que analiza, que son mujeres narradoras que han sido víctimas de incesto,
violación, etc, tales como Collette, Anais Nain, por ejemplo. O sea, de
formas habituales del terrorismo doméstico.4
Pero
nosotras a diferencia de sus autoras, no necesariamente somos escritoras
de ficción. Pero sí escribimos como mujeres ex revolucionarias víctimas de
prácticas extremas y diversificadas por género, raza y sexualidad, de los
aparatos represivos del estado en que se apoyaran las corporaciones
multinacionales para expandir la acumulación de capital en los países de
la periferia en la etapa salvaje del capitalismo industrial,
financiándose con la extracción de la deuda privada y pública con que
ahora sufren las debilitadas economías nacionales de nuestros países. Y
sin duda que sufrimos de stress postraumático y que conciente o
inconscientemente, queremos curarnos. He tomado esta línea interpretativa,
que en esta oportunidad no aplicaré a los escritos de autoras
ideológicamente más cercanas a la izquierda tradicional. La hubiera hecho
extensiva a su obra y a la de hombres sobrevivientes que escriben sobre su
vida, de haber podido tener acceso también a sus escritos, tarea que
espero cumplir con posterioridad.5
Los
textos, que habré solo de mencionar, han sido producidos, pues, solamente
por mujeres que fueron brutalizadas por las últimas dictaduras del Cono
Sur, y que lo fueron por haber sido militantes (o a veces sólo
simpatizantes, y en un caso inclusive sólo pariente de una persona
militante) de movimientos o partidos de la izquierda revolucionaria
durante las dictaduras de Uruguay, Brasil, Chile y Argentina.
Desde la
novela, la poesía, el ensayo, el hilo argumental de un documental, una
obra de teatro, hasta el diario que apoya a memorias de estilo pseudo
ficcional unas veces, o ’factional’ otras, pasando por cartas y emails,
son éstos textos que funcionan como verdaderos mecanismos de sobre
vivencia, a mi juicio, de manera similar a los escritos de vida de otras
mujeres sobrevivientes de violencia doméstica o institucional analizados
por Suzette A. Henke, como he dicho. Estamos entonces enfrentando
ejercicios del derecho a volver a vivir, y por tanto ante escrituras que
cumplen también con el rol de comunicarnos con la utopía. Y operan por
ello también como manera de desafiar a la desesperanza y evitar a veces su
forma más extrema, el suicidio.
A solas con el Trauma
¿Cómo recordamos nosotras nuestra
experiencia?, eso es hablar de una cosa. Pero lo que qué dicen, o qué no
se dice, acerca de nosotras, eso otra cosa. Pero concibo a la nuestra como
una manera de militar en la vida como obreras que somos del futuro, y por
eso a nuestro género / estilo le llamo la literatura de los pasos
hablados. Y esto es así porque nuestras palabras son como pasos, y
nuestras emociones se insinúan como si quisieran a veces ser como puentes
desde la muerte a la vida, desde el odio al amor, desde el miedo al dolor,
desde la culpa al renacer, nuestras palabras son ecos del pasado pero
pretenden ser ladrillos de un futuro, son cemento de los castillos que ya
habitamos pero en donde todavía cabe muy poco la explicitación del gozo de
nuestros semejantes como deseo. Nuestro pasaje del grito a la sonrisa.y de
allí al grito de placer.
Pero
nosotras: ¿quiénes somos nosotras? ¿Cuántas somos? ¿Dónde estamos?¿Y por
qué, y qué fuimos? ¿Y qué puesto tuvimos - o no tuvimos- en nuestras
organizaciones políticas? ¿Y qué hacemos, y adónde estamos treinta o más
años después? Y por qué todavía no escribimos nada cerca de nuestra
sexualidad. Ni de la ajena. ¿Y no será por eso que no vendemos? ¿Quién
(es), y/o por qué nos sigue(n) excluyendo? ¿ O no, no se nos excluye?
Nosotras, ¿no seremos apenas las (no) excluidas, sino las incluidas que no
estamos, aunque vivimos, como esos monstruos sin caras y esos cuerpos sin
cabeza y esos gritos persistentes ese para no dormir silencio en medio de
la noche que nos reclaman?
Y como
ayer reclamábamos que se legitimara la lucha de clases para hacer posible
nuestra emancipación y liberación para poder transformarnos en personas,
hoy sabemos ya que la etapa de los 1960 y los 1970 debe quedar atrás. O
sea, que perdimos batallas importantes en frentes tales como los de
Guatemala, República Dominicana, en México, en Brasil, en Perú, en
Bolivia, en El Salvador, en Chile, en Uruguay y en Argentina. Y aprendimos
mucho de lo que pasó en Nicaragua, y en Paraguay. Y comprendimos de lo que
le pasó a la Revolución en la Habana. Y qué en Colombia, ¿y en Venezuela?
... Pero los pueblos siguen estando cargados de futuro. Uno que podría ser
más justo. Para todas y todos. Por cierto lo seguimos deseando.
Un
porcentaje de nosotras, especialmente en Brasil y Argentina, ya era
feminista cuando militábamos en movimientos y partidos de izquierda
hostiles, ignorantes y / o ciegos a la problemática específica de los
géneros sociales y de las razas, feministas, y aunque estuviéramos muy
alertas acerca de las experiencias internacionales tales como las de
Rusia, China y Vietnam, adonde el proyecto revolucionario original al que
tan definitivamente contribuyeron nuestras congéneres, no había redituado
los cambios a los que aspirábamos, tampoco ‘de eso’se hablaba oficialmente
en nuestras organizaciones. La inmensa mayoría de nuestras compañeras y
compañeros consideraba a mis preocupaciones ‘cosas de mujeres’. No
obstante eso, o por eso, el vacío nos condujo a buscar nuestras propias
formas de organización y acción. Por ejemplo, en Chile apelamos a crear un
grupo feminista con apoyo en las masas, al que llamamos Frente de Mujeres
Revolucionarias del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Este se
forjó en foros vespertinos en las cabinas y se extendió a la práctica
extra mural universitaria de la Universidad de Concepción y zonas de
nuestra influencia hasta mas allá de Temuco por el Sur y el valle de Chile
Central por el Norte (durante las vacaciones de verano), y como ya me he
referido someramente a lo que hacíamos entonces en cuanto mujeres
militantes, a ello me remito( Zabaleta: 1997)
Claro
está que las nuestras constituyen sistematizaciones fragmentadas,
parciales, normalmente no publicadas por miedo, y me animaría a afirmar
que también bastante sesgadas. Porque nuestra memoria es muy selectiva. Yo
prefiero acordarme de lo que construimos, de lo que logramos, de la
alegría que todo lo circundaba, cuando partíamos casi de la nada,
moviéndonos entre el no ser y lo infinito. No había en Cuba ni en
Argentina ni en Uruguay ni en Brasil, ni sabemos si en alguna otra parte,
teoría marxista alguna que se pudiera aprovechar en todo o en parte para
nuestro trabajo como mujeres concientes de la opresión de serlo; no había
práctica a la cual valiera la pena imitar; como no había tampoco ni héroes
ni heroínas que hubieran sabido combinar la teoría revolucionaria con los
muchos conflictos ínter genéricos e intra genéricos que la prerrevolución
ponía al rojo vivo, y ciertamente en Chile se vivía intensamente pero a
ciegas en varias materias - no sólo en esta - durante el período en que
gobernara la coalición de siete partidos/ movimientos de la izquierda
(Unidad Popular, 1970-1973). No existía, en suma, sino por excepción, una
búsqueda sistemática, sostenida, abierta y valiente de una comprensión
nueva de la relación mujer-hombre, ni en la teoría ni en la práctica, ni
siquiera en los espacios terapéuticos o confesionales, o sea, ni siquiera
entre quienes se habían entrenado como terapeutas, sacerdotes o monjas, o
visitadoras sociales, etc., que ayudara a aliviar el conflicto y
resolverlo de nueva forma a nivel individual.
Ni del
mero derecho al aborto por supuesto se hablaba casi, y cuando se lo hacía
era en círculos universitarios muy reducidos, que yo sepa, y/ o en el
costoso ámbito de la práctica comercial e ilegal, aunque los embarazos
fueran secretos a voces que refirmaban el tradicional machismo de hombres
y muchas mujeres de Chile. La práctica de interrupción forzada del
embarazo no deseado alcanzaba - como el alcoholismo y la violencia
doméstica de los que iban firmemente de la mano - proporciones endémicas.
La práctica abortiva ilegal ya había sido denunciada con carácter
dramático por cineastas mujeres mexicanas del Cine Nuevo, pero no se
filtraba en las plataformas políticas de Chile, ni mucho en ninguna parte,
salvo en Cuba, aunque fuera la práctica anticonceptiva mejor conocida y
tal vez más usada por las mujeres más pobres entre los pobres de la ciudad
y el campo. Si un dirigente obrero de una mina de carbón, digamos, le
pegaba a su mujer de manera reiterada porque era alcohólico y machista, en
el partido eso se callaba, pues eso era ‘cosa de hombres’, se me repetía..
Tampoco
se hablaba sino que para ironizar y usando vocablos del más vulgar
estereotipo, o ‘en chiste’de un pésimo mal gusto, del lesbianismo y de la
homosexualidad o cualquier otra conducta genérica en materia sexual que
difiriera de la heterosexual, así como tampoco se discutían en grupo los
actos de acoso y abuso sexual y / o racista frecuentes en nuestras propias
filas, aunque los libros de Fanon traducidos al castellano fueran parte de
nuestro ABC político-cultural y la editorial del estado Quimantú hubiera
producido un pequeño libro adonde se mencionaba el número de violaciones
sufridas en un año en Chile, que creo que habían sido en 1973 alrededor de
400.6
Una voz en el desierto. Se necesitaba una revolución orientada por el
partido del bloque histórico obrero-campesino para que cambiara
automáticamente la posición de la mujer en la sociedad capitalista, se nos
había explicado, desde Trotsky y Lenin pasando por Engels y repetido en
adelante a secas.
Pero el
milagro no se alcanzó a producir, ni en Chile ni en ninguna parte. No se
denunciaban las violaciones ni el adulterio practicado por compañeros / as
del partido, porque regía como sabemos, una moral sospechosamente
conocida. La de los dobles estándares. Podría estar dando la impresión, a
quién piensa hoy en términos de raza, de género y de sexualidad, que la
izquierda de nuestro entonces era aburguesada ¿Y no sería bastante cierto?
Las prácticas sociales aludidas bajo el modelo económico neoliberal con
predominio de capitales corporativos multinacionales han acentuado después
aun más todavía las lacras sociales aludidas en todos los países de
América Latina, en donde y por si fuera poco, sigue además creciendo el
ataque del SIDA.
Por eso nuestra lucha
continúa
Porque para quienes asumimos la
lucha de clases en cuanto mujeres, con una concepción marxista de la
marcha de la historia, y con una perspectiva feminista para comprender
nuestra discriminada posición a través de los siglos y de las ideologías,
ayer como hoy, para hacer nuestra historia no tenemos modelos ni roles, no
tenemos más que la voluntad de avanzar luchando. Haciendo puente al andar.
Y esa
lucha sabemos ahora que continuará tal vez por siglos. Pues están muy
lejos, lejísimo, las metas estratégicas que nos propusimos alcanzar. Pero
mientras otras y otros crecientemente nos toman a las mujeres
latinoamericanas como objeto de sus investigaciones desde 1970 en más,
tanto en las Américas como en Europa, en cada nueva década surgimos no
obstante con voces propias y habemos más y más latinas que somos el centro
de nuestra propia búsqueda científica o artística, o bien de ambas. Más y
más trabajamos todas en común, a pesar de las suspicacias lógicas
derivadas de choques culturales, conscientes de la perentoria necesidad de
aunar fuerzas y del respeto por la diversidad; y nuevas tecnologías como
el Internet nos permiten intercambiar puntos de vista surgidos de
experiencias de ser mujer en distintas sociedades,.varias veces al día,
cada día. En suma: somos más. Y todo esto es cada vez más parte
substantiva de nuestra militancia feminista de mujeres de izquierda.
Son las
nuestras voces que aun muchas veces atrapadas en la propia autocensura por
los constituyentes que estructuran la subordinación genérica, o que son
ignoradas, distorsionadas o ridiculizadas, por las personas de ambos sexos
y por las instituciones que preservan todos los privilegios sociales; las
que aun atrapadas, repito, en la historia secular de la impotencia surgida
de nuestra inserción desfavorable en relaciones de género, raza y
sexualidad profundamente discriminatorias, tratan de hablar con más
fuerza. Y muchas veces detrás de esas voces está la escuela que nos
forjara como aguerridas militantes...la irremplazable experiencia que
culminó en el trauma.
Y aquí
sí que el número se reduce drásticamente. No tanto porque las mujeres no
hayamos contribuido en calidad y cantidad -aunque tal vez de manera
distinta y más difícil por ello de evaluar-, tan substantivamente como los
hombres a los proyectos de cambio impulsados por nuestros partidos, sino
porque varios miles de nuestras voces fueron sesgadas por la desaparición
, el asesinato, la prisión, el exilio, la locura ,el miedo, la
frustración. Pero otras quedamos, que escribimos y / o hablamos, como
Rigoberta y Domitila. Plasmamos nuestro recuerdo en el quehacer de una
memoria que nos honra; leemos, escribimos y colectamos :poemas, cuentos,
cartas, emails, autobiografías, documentales, fotografías, agendas,
librerías, bibliotecas, cursos, radios, encuentros, paneles, ponencias ,
artículos, panfletos, revistas, paginas de Internet, libros, o lo que sea.
Nosotras
nos construimos así la ilusión de una vida mejor. Tanto como ayudamos a
construir la de nuestras hijas e hijos, amigas y amigos y colegas, y a
despecho de toda la sombra que nos echara encima tanta persecución
arbitraria, tanta crueldad, tanta indiferencia, tanto odio y tanto horror.
Por eso tal vez no nos entienden muy bien quienes gustan de simplificar
los fenómenos y nos encasillan como meras madristras; aun cuando no
tenemos vergüenza de ser también madres, muy amantes madres si hemos
decidido tener descendencia. No somos madres ni todas marianistas
simplemente porque lo fuera la Virgen María, o por el hobby de usar los
derechos reproductivos. Si no más bien porque nos gusta plasmar la
historia con los brazos abiertos, sembrados de libros y amapola s azules,
rojos y amarillas, florecidas s y con banderas de colores de amor y
muerte, y no como los colores de la firma Benetton que reducen a nuestros
pueblos nativos a la extrema pobreza con su compra en gran escala y a
precios de liquidación del patrimonio indígena de la Patagonia argentina
(950.000 Has.). Ayer lo defendimos con banderas, poemas y fusiles y hoy lo
seguimos haciendo con campanas sonando al porvenir, al viento como los
cantos de palomas con angustias de paz , haciendo del Internet un nueva
arma de futuro y de nuestro cansancio un silencio aborrecido. Con rencor a
la muerte prematura , sin consuelo por la muerte de inocentes. Sin
perdonar, sin olvidar. Porque amamos la vida. Tuvimos derecho al fusil,
como tuvimos derecho al goce libre de nuestro propio cuerpo. Y si nada de
todo eso nos fue dado, sino que debimos arrebatarlo, pagamos más encima
muy alto el precio de perderlo todo. Y con el descuartizamiento de nuestra
psiquis y el dolor extremo del cuerpo.
No
desarrollamos por ello desprecio a todos los hombres, ni nos movemos
simplemente por primitivos instintos de venganza contra ellos. Ni
despreciamos a todos los compañeros, colegas, amigos, hijos, hermanos,
solo porque son hombres. No definitivamente a los recuperables, por lo
menos. Los quisimos, trabajamos con ellos, gestamos con ellos y con y por
ellos y ellas, amamos. Y si entre brisas de retama se asoman los
no-me-olvides de la primavera inglesa que inunda los patios y colma de
olor mi ventana, ese es el mismo cielo que silencia las brumas de donde
sopla el viento desde el mar chileno, el sol que duerme sobre la costra
salitrera, cobre y cielo, poncho y azada, trutruca y escoba, media agua
levantada en las noches sin sueño, fábricas tomadas en la oscuridad para
dar pan al sediento y poner platos en las mesas de los más pobres libros
en las manos iletradas cuecas en el corazón y en las piernas ritmo, y así
como lo vivimos, así vamos reviviendo, escribiendo lo que nos dicta una
memoria abierta, tierna, generosa .Nuestra . A veces trágica, irrepetible,
por eso querida memoria nuestra. Marta Vasallo, hoy muy destacada
periodista en El Dipló de Buenos Aires, según Bayer, en las horas de la
ignominia se aferraba a los poemas que sabía de memoria. Estuvo en el Club
Atlético: “Estábamos con los ojos vendados tiradas en el suelo, en boxes
diferentes, esperando que vinieran a buscarnos, escuchando cómo se
llevaban y traían a otros, y los gritos de los torturados’.7
Así son las artistas.
Voces revolucionarias del Sur
‘...en mi cuarto quedó el sol
y una sonrisa de papel...’
Pipo Pescador, 1975
3
noviembre 1976, Parque Palermo, Buenos Aires
Quedé casi sin respiración. Y de
nuevo miré hacia atrás, con mucho mayor aprehensión esta vez. Es que desde
el asiento delantero de un auto desconocido, trataba de adivinar cuál
sería el destino final del patito de mi hija Yanina en la Argentina. Lo
habíamos dejado solo y librado al azar en la ciudad del terror. Me sentía
muy culpable. Me sentía un torturador.
El
animalito, sin embargo, caminaba muy rápidamente, casi como de costado.
Tendría tal vez una ligera pizca de miedo, pero lo disimulaba asumiendo un
aire casi aristocrático, como si desafiara al abandono con ofendido
decoro. Al mismo tiempo, parecía como que se le hubieran alargado las
patitas. Que a sus alas amarillas con plumitas negras le hubieran crecido
otras alas para impulsarlo más rápidamente hacia el lago. Patito estaba,
en suma, encarando con coraje y con todo su cuerpo y gran expectación, la
libertad. El futuro le daría miedo, sin duda, pero al mismo tiempo, le
atraía como un imán.
Patito era, para su suerte, joven y soltero, y aunque
nunca supimos de verdad cual era su sexo, le asumimos macho. Nobleza
obliga: en el mundo latino respetamos la tradición patriarcal de nuestros
antepasados como si fuera algo intrínseco a la condición humana. O patuna.
Por eso, en una sociedad tan machista como la argentina, este pato tenía
sobre mí a su favor ciertos atributos que eran de suyo relevantes para la
construcción de la nueva cultura que se estaba imponiendo en el país a
resultado de El Proceso, liderado como era por los Superpadres. O sea, por
machos al cubo, como diría Sábato (Zabaleta: 1998)
Así
pues. Después de la cotidiana valla impuesta por la consabida pregunta con
que cualquier extraña se tropieza al apenas abrir la boca aquí, o sea :
‘Where do you come from?’- lo que de ahí en más le hace sentir a una que
puede compartir este terreno (ajeno) pero hasta por ahí nomás, dado que
los nativos de esta isla pueden ser, como ellos se creen, generosos,
magnánimos, amables y compasivos, pero siempre que se acepte, que quede
bien en claro, que una refugiada argentina / chilena estará aquí de una
vez y para siempre en un estanque ajeno.¿‘Albion perfidious’, como decía
el escocés Donald MacKaskill? O sea, que al arribar al exilio lo primero
que automáticamente me hicieron sentir fue que para los seres humanos
nativos yo era apenas una sapa de otro charco.
Pero ¿qué era en cambio lo que nos ofrecía para
readecuarnos a la nueva etapa la ideología de la izquierda cuando llegamos
al exilio? ¿Y qué lo que habíamos aprendido de nuestra entrega por amor a
la revolución, las mujeres que militábamos en los partidos y grupos de la
izquierda?
La
mujer conscientizada y el tratamiento de las diferencia
‘Sí, las madres salimos y
gritamos y hablamos y protestamos.
Y los padres más concentrados,
a los 5
años fueron muriendo casi todos.
De cáncer o de ataque al corazón.
Lamentablemente somos casi todas viudas las Madres’.
Hebe
Bonafini, junio 2004
Duelo interno que a mí solamente me produce dolores de
estómago, pero que a mujeres más calladas y más discriminadas en Europa
que yo (por no ser ‘tan’ blancas), las ha matado prematuramente de cáncer
estomacal como a Marta Fuentes, mi amiga, colega y compañera exilada en
Holanda. A mí – a quien a diferencia suya aquí en Europa al menos no me
tratan como si fuera una ‘mujer de color’- los recuerdos no me producen
por ahora sino vómitos o diarreas de sangre y sólo de tanto en tanto. No
sufro dolores como Consuelo Rivera-Fuentes (Rivera Fuentes y Burke: 2001),
a quien una enfermedad desconocida pero que yo creo que es consecuencia
directa de las brutales torturas que ha sufrido ella en Chile, la ataca
aun ahora con terribles dolores, aunque de eso no se escriba. Y no hay
mejor prueba de esos dolores - que para ella son ‘cosa de todos los días’-
que sus tan sentidos, brillantes cuentos, como aquel con que ganó el
primer Premio de la Competencia Letras Lejanas ( Díaz Vallejos: 2002)
Se trata pues, en la mayoría de los casos, de una lucha
muy desigual, que a Nora Strejilevich, cuyo único hermano Gerardo está
desaparecido en Argentina, y cuyos padres murieron como resultado de tanto
dolor, la impulsa a viajar varios miles de miles de kilómetros por año
para denunciar permanentemente los crímenes de las dictaduras. Y a
escribir :
‘Lanzo mi nombre con pulmones
con estómago con el último nervio con piernas con brazos con furia. Mi nombre se agita
salvaje a punto de ser vencido. Los domadores me ordenan saltar del
trampolín al vacío. Me empujan. Aterrizo en el piso de un auto. Lluvia de
golpes: este por gritar en judío este por patearnos Y otro más.-Judía de
mierda, vamos a hacer jabón con vos. Soy un juguete para romper. Pisa
pisuela , color de ciruela.’
( Strejilevich, 2002:179)
Es la
misma fuerza argumentativa, la misma sabiduría que impulsa a la periodista
Gladys Díaz (Díaz:1979), la gran dirigente gremial chilena del FTR (Frente
de Trabajadores Revolucionarios) del MIR, a explicar por que magnificamos
la ‘imagen grandota’ que solemos internalizar de nuestros monstruosos
torturadores. Y a Carmencita Castillo Velazco a entrevistarlos y
enfrentarlos y testimoniar en un excelente documental (Castillo
Velazco:1992) esas atrocidades, y a la Flaca Alejandra, la ex jovencita
mirista luego bestializada en prisión, a recontar la confusión política y
moral que la llevó a trabajar para la DINA (Dirección de Inteligencia
Nacional).
O es la convicción dolorida que impulsara a Carmen
Rojas que a diferencia de ella no se quebró, a escribir sus viajes a la
tortura para ayudar con ello, afirma, a la ‘recreación de una alternativa
real de liberación’:
‘A ver flaca concha de tu madre, ahora sí que no te vai
a hacer más la blanca paloma. Vai a cantar al tiro nomás, huevona, o te
vai a ir cortá como la Lumi 8.Era el Romo, maloliente y
furioso, que me venía a buscar para llevarme al interrogatorio’. (Rojas:
23)
De repente, cuando te leía, sentada en el ‘Jardín de
Las delicias’ como le llaman los poetas al bello patio de Joan Lindgren en
la ciudad de San Diego, comprendí a través de tus palabras , Carmen Rojas,
que mi propio pasaje por las mazmorras chilenas no merecía más palabras.
Para eso habías escrito tú por todas, y allí estabas con Muriel, y el
Trosko Fuentes, esperándome en Villa Grimaldi, y como bien tú lo explicas
Carmen, se trata mas vale de vivir:
‘Se trata de ir recopilando y conservando los
testimonios ... para resguardar todo un proceso político vivido y luchando
activa y consecuentemente , en los momentos más duros, de la historia de
este país’. Creo como Carmen que es urgente hacerlo, y hacerlo ‘no como un
archivo - museo para sacralizar principios y almacenar historias, sino
como el rescate de una experiencia viva que debe servir y aportar al
fortalecimiento y recreación de una alternativa real de liberación’. 9
Lo que a
Orinda Ojeda la llevó a buscar editorial para sus memorias de diez años de
cárcel bajo la dictadura chilena.10
Y a Alicia Partnoy a buscar el auxilio de Amnesty Internacional para
certificar su material escrito entre rejas y seguir con el
resto.(Partnoy:1986, 1992). Lo mismo que antes a Carmencita (Castillo
Velazco:1980) la había llevado durante su exilio en París a escribir Un
jour d’Octobre à Santiago, y así recomponer el asesinato de Miguel
Enríquez, Secretario General del MIR (Movimiento de Izquierda
Revolucionaria), y el rompecabezas de su amor por un hombre del que estaba
embarazada, de su amor por la justicia y por la revolución.
Es aquello que Flávia Schilling recopiló en sus ocho
años de cartas desde la prisión en Uruguay. Escritura la nuestra que aun
no encuentra un mercado amplio ¿y no será también por falta de interés del
gran público en los problemas específicos de las mujeres torturadas por
funcionarios /as del estado, a pesar de la similaridad de los síndromes
que esto produce con los que ocasiona las múltiples de coerción sexual
dentro del área doméstica, lo que pareciera ser mucho más promovida ahora
por la industria de lo prensa amarilla?
¿ Será la experiencia sufrida en Chile lo que motivara
a Mónica Escudero (Escudero: 2002) a reflexionar lúcidamente acerca de la
situación realmente existente de las mujeres cubanas después, y a pesar,
de la Revolución Cubana? O la intención es más vale darle una voz a la
mujer que hombro a hombro con el sexo masculino protagonizó una de las
páginas más bellas y trágicas de la historia reciente de Brasil: la
resistencia armada en las décadas de los 1960 y 1970 (Ribeiro de Lima:
2000). Es todo, en suma , es esto y eso y es aquello, aquello que a aquel
otro gran ejemplo para todas, la gran organizadora de la Tercera Edad en
Londres, Ana María Navarrete, no le permite a veces seguir hablando de su
hija mayor, una joven alumna de mi curso de Economía Política I a la quise
y cuidé en mi casa de Concepción como a una hija, mi joven amiga
desaparecida en 1974. Muriel Dockendorff; mientras que su otra hija,
Berenice, también salvajemente torturada en Chile, fue dejada en libertad
y es pintora, y la madre del pintor chileno disválido a raíz de las
torturas infligidas a su madre en prisión Federico Hidalgo. Porque hay
veces en que el dolor que la conversación produce nos cierra la garganta.
Como le ocurre a Laura Bonaparte, cuando habla de sus nueve desaparecidos
y desaparecidas. Y que lo explica así (Laura Bonaparte: 2202):
"Es probable que el segundo paso de la pesadilla, de lo
monstruoso que es el secuestro genocida de hijas e hijos y seguida de la
negación a entregarnos sus cuerpos, como forma enloquecedora de borrar la
realidad de la parición, de la inscripción de sus nombres en los
diferentes documentos, laicos y religiosos, presentados, reproducidos
hasta el cansancio en los testimonios, remarcado por el borramiento
genocida en la palabra ´des-a-parición´, ´desparidos´. La palabra se hace
imagen y ambas invocan. Imagen multiplicada, símbolo que limita y a la vez
universaliza. Poner en el Teatro estos episodios es poner en una relación
especular, desdoblamientos de sentires profundos y pocas veces
reconocidos. Qué es el teatro, sino un largo monólogo hablado por
diferentes voces. Y esa relación especular, que solo el arte produce,
donde las actrices juegan a ser cada una la imagen callada de las personas
que formamos el público en una intimidad privadísima, personal y colectiva
al mismo tiempo.Las tres actrices se transforman en modelo de relación
pasional. Despojadas de pudores muestran la realidad del deseo del ser
humano: el infierno. Y es por esto y por ser el arte una expresión
sobrenatural, impredecible, todo creatividad, espíritu libre, aquello que
es creado y animado es que el arte pacifica. Que aminora los odios, los
extremos, civiliza."
Laura que, al igual que casi todas las otras autoras
citadas aquí, también se asiló por los largos ocho años de la dictadura y
que escribe sobre recuerdos de su vida; cuentos para su galería de las
malas mujeres, las transgresoras. También más y más lo hace basándose en
su propia vida la médica psiquiatra Clelia Myriam Garbulsky, expulsada de
su cargo de la Universidad de Concepción el 11 de septiembre de1973 y
luego repatriada a Argentina el 5 de octubre de 1973, salida de un campo
de detención de la dictadura, en donde estaba condenada a muerte.
Resulta, eso sí, que a veces
una como que se cansa de ser víctima, o de que se nos piense y se nos
trate aquí en el otro mundo sólo como víctimas. O ‘survivor’.
Yo no solo sobrevivo, porque también trato de vivir y estoy en el mundo
para amar y ser amada y para auto amarme. Y eso creo que eso es mucho más
que una mera sobre vivencia Y por eso escribo y camino con la poesía. O
leo que otra escritora rosarina, profusa autora, Alicia Kosameh recuerda
como:
‘Juliana, de desplegados dulces
ojos color d e cielo, había llegado con otras sesenta y nueve, entre ellas
yo, a la cárcel de Villa Devoto, cómodamente emplazada en el barrio del
mismo nombre de la ciudad de Buenos Aires. Había sido engrillada, de la
misma manera que el resto, a la plataforma sin asientos del avión militar
en el que se realizó el traslado desde el sótano de la jefatura de
Rosario. Había sido desnudada para una sorprendente revisada medica al ser
ingresada a la nueva cárcel, como todas las demás. Y había sido asignada
al mismo pabellón que otras veintinueve, entre ellas, yo. Todo eso después
de haber pasado por las manos de los torturadores de rigor que intentaron
obtener de ella la información característica sobre sus actividades
políticas, y las de quienes más, siempre valiéndose, ellos, de los métodos
no necesariamente infalibles de la picana eléctrica, los golpes sabiamente
distribuidos por las zonas sensibles del cuerpo. Y las violaciones en
cadena. Cositas .Esto para decirlo rapidito, para dar cuenta del
contexto’...’Y recuerdo el momento, recuerdo el momento, sus huecos’.
(Kosameh:2000: 96)
La lorita iletrada
El
exilio me convirtió automáticamente otra vez, pero ahora primero que
ninguna otra cosa a los ojos de los habitantes aborígenes del Reino
Unido, en esposa. Eso sería como un infierno para mí. Había subido a ese
avión en que iba a Europa casi a la fuerza, una mujer de clase media, bien
alimentada y blanca, muy calificada. Con el título ganado en buena ley
cuando muy pequeña, de ‘Piquito de Oro’. O de ‘Jesús Memoria’, también
dado por mi papá. ¿Sería que el ‘Juan Gaviota’ no estaba en sus
estanterías? La lorita hablaba hasta por los codos, y ganaba casi todas
las lides de la palabra. Con el tiempo y con los diplomas, fue hasta capaz
de discutir en términos ‘legales’, por ejemplo, con altos oficiales
golpistas del Ejército Argentino, inéditos procesos de cómo hacer aparecer
con vida a un desaparecido político ( el entonces su marido) en 1976,
sentando con cada uno de esos expedientes nuevos precedentes prácticos.
“Larga
vida a la cotorrita”, dijiste una vez, gauchito, y desde ese día trato de
no amarte más que mucho, chinito requetelindo (aunque vos no me creas: ‘y
tú lo sabes’). En 1976 el país estaba ya en estricto estado de sitio, como
en 1943, 1955, 1962, 1966, y la legalidad había sido suspendida
automáticamente con el ascenso de la nueva Junta de Gobierno de facto
presidida por el General de Ejército, Videla. No podía saberse de antemano
cuando escuchamos la noticia del golpe mientras tomábamos el desayuno y la
oímos por la radio, que estaba yo predestinada a tener que empezar a
actuar por la libertad con la misma mezcla de desparpajo, candidez y
determinación que tipifica a casi todos mis actos, especialmente los más
errados. Ese día esperamos a la nanita Silvia, le servimos desayuno, y en
lugar de preparar a Yanina para ir a su guardería, ‘La escuelita’, le pedí
a Alberto que fuéramos a comprarle ropa de invierno a la nena. Así lo
hicimos. Solo una quincena después, yo ya estaba dedicada de tiempo
completo a tratar de encontrar y devolver con vida el padre a mi hija.
En el
aeropuerto de Heathrow el 16 de noviembre de 1976, adonde llegamos los
tres expulsados de Argentina, descubrí también a una nueva persona: a mi
esposo, del que había estado involuntariamente separada por cerca de los
ocho meses que pasó prisionero sin cargo de la dictadura, y del que no
tenía noción clara de que hablaba tan bien en inglés. Ese mero hecho
práctico selló mi nueva y odiosa dependencia genérica de él en el exilio.
Por años fue él quien tuvo que hacerse cargo de las compras de la comida
porque yo no sabía expresarme en inglés, ni manejaba nuestro auto. Y eso
no creo que lo hubiera hecho, precisamente, muy feliz. Porque siendo una
pareja de revolucionarios,- tanto en Buenos Aires, como cuando vivíamos en
Chile- de esas ‘pequeñeces’ y todas las demás pequeñeces domésticas me
encargaba yo. Además de militar y trabajar también de tiempo completo en
la Universidad de Concepción, yo participaba muy activamente en la
administración popular de la JAP (Junta de Abastecimiento y Precios) del
barrio , central de Concepción en donde vivíamos (siendo esa
aparentemente una de las razones por las que me iban a matar en Chile
después del golpe, lo que no se dio porque la Chancillería de Argentina me
repatrió a tiempo. Es decir, antes que llegara al estadio de fútbol
convertido en campo de detención la maldita Cabalgata de la Muerte).11
Pato
huérfano recién salido del cascarón en el campo, pero con un hermanita o
hermanito (hembra o macho), lo llevaron a la ciudad. Allí pasó a una caja
en donde esperó ser vendido, en las afueras de la estación de trenes de
Retiro (ahora hecha famosa en el exterior por el film de Parker a la
Madonna), y de allí pasó a estar en mi bolsa el día que compré a los dos
patitos. Eran tan pequeños que cabían en mis manos. Parecían más bien
huevos peludos con sus plumitas de un amarillo suave. Verlos me hizo
olvidar del horror que había vivido esa misma tarde de sol dentro de las
paredes del Palacio Presidencial. La famosa Casa Rosada, lugar del que
Evita se convirtiera en vida en la única reina. Bueno, eso claro hasta que
llegó la Madonna y convenció a Menem que le prestara el balcón para hacer
la película, con lo que hasta el bello balcón quedó corrupto...
Esa
tarde iba caminando cabizbaja hacia el tren interurbano que me llevaba a
casa, adonde Silvia Ugalde y Yanina me esperaban. Yo me sentía un poco
como ‘El Patito Feo’en uno de los poemas más tristes que leí en mi
infancia. Había una vez una pata con siete patitos, todos amarillos menos
uno que era negro y chiquito:
Todos los patitos se fueron a nadar
y el más chiquitito se quiso quedar.
La madre enojada le quiso pegar
y el pobre patito ¡se puso a llorar!...
Patito malo, ya vas a ver / negrito y joven, qué vas a hacer.../Te llaman
el clandestino/
por no tener papel /Pato vago, clandestino /Terrorista, clandestino./Manu
Chao, terrorista.../
Y para los blancos’ benditos’ / Bush y Blair
candidatos al Novel.?!....(MZ).
Volvía a casa. Una nuevo día entero más haciendo gestiones agotadoras para
que mi marido, que apareció finalmente en la prisión de Villa Devoto pero
que había ya sido trasladado a la Alta Seguridad de la Plata, y nuestra
hijita también extranjera, pudieran salir del país. Videla ya había
firmado gracias a mis interminables presiones legales la orden de su
expulsión, el 10 de agosto. Pero a nadie le interesaba hacerla efectiva,
excepto a mí. Yo mientras tanto ya había empezado a ser interrogada
sistemáticamente, como hoy, por él y en su despacho, Jefe de Información
Política Secreta de la Presidencia, adscripta directamente al Ministerio
del Interior. Al frente estaba de Ministro el hijo adoptivo de una de las
mejores amigas de mi madre, el Gral. Harguindegui. Valga la diferencia.
Dependía el alto oficial del Ejercito que me interrogaba , según él,
directamente del General Videla, el Jefe de la Junta Militar, pero
informaba al General Harguindegui. No obstante, nunca me sentí en
familia...
Fue uno de eso días en que volvía de uno de los interrogatorios cuando los
dos patos campesinos pasaron a convertirse en patitos burgueses: los vi y
los compré cerca de la Estación Retiro. Yanina se enamoró de sus mascotas
a primera vista. Uno era amarillito, el otro negrito. Ambos tenían ‘picos
y alitas y patitas de pato’, comentó la nena, ‘como en el poema’.Unos
meses después ya en el exilio, cuando Yanina con cuatro años y medio entró
en la escuela primaria de Bearsden, en Escocia, el primer libro que le
dieron a leer fue The Ugly Duckling. Así comencé a leer, ayudada
por mi hija, en inglés no académico. Yanina tenía, como dije, cuatro años
y medio, y había sido ya expulsada de dos países, igual que yo, que ya
tenía cuarenta. Delicias de la necesidad de una rotación más rapida del
capital.
Pero hoy es otro día. Hoy, en cambio, es cuando de pato burgués,
doméstico, Patito pasará a convertirse en pato salvaje. Todo un Pato
Nuevo. Eso lo insinuaba su cuello demasiado alargado y empujado hacia
delante como para llegar más rápido a alguna parte segura. Así lo traté de
entender yo, y fue como si me tomara un cocktail hecho de pena, alivio,
tristeza que corta el pecho como un cuchillo y un sentimiento de gran
culpa que no deja respirar, igual que cuando me soltaron del campo de
concentración en Chile: lloraba para mis adentros por la repentina ruptura
de Patito con las condiciones materiales de su anterior existencia de pato
mascota, y por ende por él quiebre impuesto sobre su identidad que le
había ayudado durante estos pocos meses a disimular su antigua condición
de pato de la calle, tal vez hasta de conciencia proletaria. Reflexionaba
así que volvería, que seríamos millones de patos salvajes. Volver... No
sabía que perder (lo) todo era otra vez mi destino, ni aceptaba que ése su
nuevo lugar reflejaba el futuro que me esperaba a mí. Que eso era el
exilio.
Solo voy con mi pena /sola va
mi condena/ Correr es mi destino /
para burlar la ley / me dicen el
clandestino / por no llevar papel /
Hummmm
¿Por no llevar papel, Manu Chao?
Espejo
lleno de luces y de muchas sombras sería mi encuentro con la civilización
del otro lado del Atlántico: la Europa de mis antepasados maternos y
paternos. Y yo pensaba que... pero la conductora del auto en que
retornábamos al piso que alquilábamos en el barrio de Belgrano R , la
Señora Vinelli, me hablaba muy nerviosamente mientras me tocaba el brazo.
Supongo que ella tampoco habrá resistido demasiado bien la escena de la
despedida de Patito, o mejor, de su abandono a su suerte patuna. Lo cierto
es que me hablaba con un acento perentorio, lo que me obligó a dejar de
mirar para atrás, y a despedirme sin palabras ni lágrimas de Patito. Como
si estuviera muerto. Me sentí moralmente obligada a concentrarme en ella e
hice un esfuerzo por escuchar y entender lo que me decía. No fue cosa
fácil. Mi mente volaba ya en el limbo de una libertad en donde no sabía
que sería una extraña, anónima y no tendría ningún status.
Pero
ella me pareció que estaba molesta. Como el pato, e igualmente sin una
necesidad obvia y aparente, giraba también ella el cuello hacia todos
lados como en afán exagerado de abarcar todos los ángulos de ese enorme
parque al mismo tiempo.¿Sabría
ella acaso que ese espacio en el Siglo XIX estaba afuera de la ciudad, y
que era allí adonde estaba ubicada la residencia de Juan Manuel de Rosas,
el Restaurador, y que ahí posiblemente sus mazorqueros se llamaban así
porque torturaban con una mazorca de maíz a sus opositores políticos?¿Tal
vez sentiría también ella mucho miedo? Siempre existe en mí, desde más de
dos meses antes del día del golpe en Chile, una persistente, no localizada
sensación de terror, ese pulsar agitado del corazón, esas ganas de huir
muy rápido sin saber ni por qué ni en qué dirección apenas escuchaba pasar
aviones surcando el cielo, sobrevolando la ciudad en formación de combate.
O cuando me acostaba a jugar a la siesta con la guagua, y escuchaba
interminables ruidos de fogueo en dirección al cuartel local.
Esa
convulsión de todos los órganos y de los senos frontales que se esmeran en
no saber, en olvidarlo todo. De sentirse culpable de un crimen que no se
ha cometido. Esos vómitos sin causa aparente. Esa sangre que primero
hierve en las venas y luego me abandona por cada agujero disponible, a
sobresaltos.Y finalmente ese mareo que lo borra todo. Y el lento retorno a
la conciencia pero sin entender ya quien es una, que hace ese bebé en su
falda, quien es la joven que llora rítmicamente porque la han penetrado
con un perro, sin acordarse ni decir ningún nombre, ni saber ya ni el
propio. Ni adonde se está. Nada. Amnesia. Bloqueo emocional, memoria
perdida o fragmentada, espasmos, fiebre, transpiración y nunca lágrimas.
Es que entonces no se necesitaba ni dormir para tener pesadillas: la vida
era de suyo tan brutal. Es ese mismo miedo recurrente, agazapado, tan
típico de cuando veo, siento, miro, leo, o pienso en un hecho de
violencia. Cuando estoy casi treinta años después en el Reino Unido y este
país entra otra vez en guerra, con Argentina, con Irak, con Afganistán,
cuando video toda la primera ocupación y guerra contra Irak para no
olvidarme ni un detalle; cuando bombardean Kosovo tan salvajemente. Me
siento como cuando era chica y en Argentina decretaban el estado de sitio
y venían los apagones y se sentían las sirenas y los negocios cerraban, y
las tortugas desfilaban por la calle mayor, y, en fin, horrendo si nos
seguían por la escalera de la Facultad en Rosario a caballo, si lo que
gobernaba era una Junta de las Fuerzas Armadas. Por eso es que nunca pude
ver películas que hablen de la guerra atómica, ni puedo mirar noticias de
muertes ni hecatombes naturales tan repetidas hoy día en la televisión.
Ese miedo ha quedado para siempre como parte constitutiva de mí misma. Es
el mismo miedo que ha paralizado a la población de Argentina desde 1976
hasta diciembre del 2001. Es el consenso por el terror que creó la
dictadura del 1976 hasta 1984. Y la corrupción previa o posterior que
sigue su curso todavía.
Así pues, y a pesar de toda mi experiencia de horrores, o tal
vez por eso mismo - dado que llegué a Inglaterra como argentina y esposa
de un refugiado chileno de los Naciones Unidas, y a pesar de tener apenas
39 años, habiendo sobrevivido ya varios golpes de estado y horribles
dictaduras militares - el 16 de noviembre de 1976, cuando el Big Ben daba
un cuarto para las cuatro de la tarde, me asomé desde la ventana del avión
para ver Londres y sonreírle a sus árboles.
Pero para cuando nos dejaron salir del aeropuerto ya estaba oscuro como en
Argentina a la medianoche. Sentada en las escaleras de la gran casona,
ella miraba lejos, se encogía de hombros y decía: ‘Mañana será otro día’.
Esa escena final de ‘Lo
que el viento se llevó’
en súper Hollywood technicolor siempre la estimulaba a no desmayar. Y en
situaciones como esa, se vuelve a recitar el Poema XXIV de Juan Gelman
(Gelman, 1994: 55), y se lo envía con el primer viento fuerte que pasa al
hombre que ella más ama:
‘amarte es esto
una palabra que está por decir /
un arbolito sin hojas
que da sombra / ‘
Las noches de las
vaginas largas
Ese
domingo que me invitaron a almorzar, cuando tenía ocho años, la familia de
los Filipini, unos vecinos italianos de Bouquet que eran italianos, me
contaron durante un almuerzo que la violación de las mujeres italianas era
una de las armas de la guerra mundial y que a los hombres para hacerlos
hablar en el ejercito de Mussolini les daban aceite de ricino caliente.
Ese día me hice antifascista. Y ese verano, durante las vacaciones en la
montaña, me dio por querer saber lo que era la tortura. Me comí, mientras
mi mama jugaba a las cartas con otras veraneantes, todos los porotos de
ricino.
Juré que si sobrevivía la purga que me había auto infligido me
haría aún más antifascista. Y comencé a prestar cada vez mas atención al
leer los diarios, pues aunque eso no lo había leído en los periódicos,
trataba de entenderlos lo mejor posible desde que tenía unos seis años. Yo
pensaba muy mal acerca de la guerra europea. Luego me enteré de que había
habido un golpe. Era el 4 de junio de 1943 o 1944, y los tanques que
salían en los diarios eran nuestros, no nazis. Pero los militares se
parecían todos mucho. El GOU (Grupo de Oficiales Unidos) se había puesto
al mando de la Revolución con un General del Ejército a la cabeza, y un
ambicioso y promisorio oficial cincuentón y viudo se había hecho cargo del
Ministerio de Bienestar Social, Juan Domingo Perón.¿Y de los tanques de
los nazis?, juré que iba a crecer y los iba a romper a todos con palabras.
Desde entonces siento desprecio por eso señores que se alegraban de tener
que usar uniforme y gorra para ir a trabajar. Una sensación que nunca me
ha abandonado. No por casualidad, entonces, diez años después, ya había
sido puesta presa por tres señores de uniforme. Y tenido mi primera
práctica de sesiones de tortura. Corría el año 1954.Entonces vivía en San
Nicolás.
Pero: ¿qué pensaría
Patito que le pasaba a la gente en Buenos Aires en 1976? ¿De quienes
serían esos veinte, treinta, cuarenta cadáveres que decían en el Buenos
Aires Herald que aparecían en el Río de la Plata casi todos los días? Como
buen pato patriota, pensaría que todo era lindo en Buenos Aires. Desde la
tumba de Evita hasta el Obelisco. Una vista típicamente argentina, como le
dicen acá a los cuatro metros cuadrados que fotografían cuando van a
Buenos Aires algunos papagayos de la TV local. Buenos Aires, Patito, ojalá
haya sido para vos también nada más, ni nada menos, qué eso. Figuráte por
un momento que tu dueño es un jugador de polo que juega con el príncipe y
los parientes de Fergie. Pero andáte con cuidado, porque, ¿sabes, Patito?
Aunque en la patria hasta los chicos muy pobres pueden llegar a ser
campeones de fútbol, no por eso nunca pasan a ser propios Che. Ah, no, eso
no, te diría la Reina Isabel. Juntos sí, pero no revueltos, ¿me entendés
ahora? ¿Cómo que no? Vamos, che, ¿de qué te la tiras, boludo comunista?
Mirá que te voy a romper el pico y te voy a comer con plumas. Puto de
mierda, maricón terrorista, pato peludo, rata podrida, guerrillero.
-¿Qué decís, Pérez?
-Nada, déjamela a mi nomás a esta
mina concha de su madre, ‘la seooooooñorita que sabe jugar teeeenis’. -Vas
a ver, nenaaaaaaa..., - le dice mientras la manosea-, que después que me
veás el coño te lo vas mamar entero, pero primero, dejá que te saque una
por una toditas todas, las uñas, y a los dientes todos se los baja
trompada por trompada. Y la chica cae, que del dolor no se habla, o se ríe
una. Pero no se escribe.’ Tortilleras, nenas de mamá, que se asilan en
Madrid y la siguen laburando de prostitutas’, me decía el oficial uruguayo
mientras me sacaba de la cárcel de La Plata. -¡Qué Che Guevara ni qué
perro muerto!
Terrorista. Perra Muerta. Sin papeles, me los comí antes de que parara el
taxi, la noche que me escondí con la nena en San Isidro... en la casa de
uno de mis dos mejores amigos: Rodolfo Pittao. Pero ahora hacen casi 30
años. Por eso duele más escribir, hoy no quiero recordar que no estoy
allá, hoy no es día aquí, hoy es una noche de comunión con el alma de mi
pueblo. Aquella noche en que Alberto desapareció cuando se disponía a
viajar a Europa con Luc Banderet, su amigo el periodista suizo, de la casa
de este. Cuando nos dimos cuenta de que había desaparecido, me había
tomado un taxi desde la casa de Graciela Guilis, adonde ella había
‘escondido’ a Yanina. Ella quería separarla de mí en caso de que yo fuera
también secuestrada. Y lo hizo. Pero yo la fui a buscar y de allí nos
fuimos, en la nochecita, nos fuimos, con la nena. El papá de Andrés, vino
con a saludarnos a nuestro ‘escondite’, y le trajo ropa de varón a la
nena. Con ellas volvió a su casa, el día en que regresamos del escondite.
Yo interpuse, previo pago de mil dólares a un abogado, un recurso de
Habeas Corpus, y Yanina lo escuchó y desarrolló su segunda depresión
profunda. El juez contestó que Ricardo Alberto Hinrichsen Ramírez no
estaba registrado en ninguna edificio carcelario de los doce servicios
secretos del país, me explicaron, mientras yo sentía que me desmayaba.
Ahora sabemos que mientras tanto, a Alberto lo interrogaban con los ojos
vendados, en el Cuartel General de Coordinación Federal, a unas pocos
cuadras de allí, en la capital argentina y que para que confesara crímenes
que no había cometido, le decían que ese llanto que oí era el de
Yanina. Pero eso no nos lo dijo a nosotras nunca: lo oímos decírselo a la
BBC de Escocia, dos años después. Porque de la tortura en casa con mi
marido no se hablaba. Es que el miedo da miedo, al oído desata
desconfianza, la injusticia te da bronca, pero nada nada es tan fuerte
como el amor, que nos une para siempre, por encima del olvido en la
memoria, como lo atestigua el poema de Miguel: cuando recuerda a su
querida esposa y compañera Maria Haydeé Rabuñal, de 25 años que fue
acribillada en un enfrentamiento armado, por cierto fortuito, en 1975 (de
Boer, 2003: 14 y15)
‘Me dejaron tu pullover verde
Cuando te fuiste.
Pero no pudieron llevarte
Porque estarás conmigo
para siempre’
‘Cuando reposa en la noche /
su
silencio me acompaña /
la luna le siembra estrellas /
para en sus sueños guiarla...’
(de Boer, 2004:74) canta el poeta en su
zamba. Y sobre el plomo plomizo de la tarde, allá muy lejos, en la patria
grande, se duerme. Mientras yo leo cómo una mujer en un pequeño trozo de
papel, rememora la presencia ausente de otra mujer ( Marta Vasallo,1999:
83.84):
‘Hoy entré al café de donde te llevaron
Entré a tomar un café
Y a recordarte.
Yo que en ciudades ajenas
he creído verte tantas veces
yo que he corrido tras de alguien que se volvía
hablando otro idioma
yo que he querido dormir interminablemente
para volver a soñar con vos
para volver a creer que estabas viva.’
‘Freedom is not something you are given,
but something you have to take’
Meret Oppenheim
‘The body is our common denominator
and the stage for
our pleasures and our sorrows.
I want to express through it
who we are
how we live and die’
Kiki Smith