Presentación del libro: Historia de las Ideas Latinoamericanas: ¿Disciplina Fenecida?.

Oscar Wingartz Plata

 

Historia de las Ideas Latinoamericanas:

¿Disciplina fenecida?

 Horacio Cerutti Guldberg y Mario Magallón Anaya.

México, Juan Pablos/Universidad de la Ciudad de México, 2003. * 

 Es un honor y un placer tener hoy entre nosotros a los doctores Horacio Cerutti y Mario Magallón que, sin lugar a dudas, son dos de las figuras intelectuales latinoamericanos de lo más comprometidas, dedicadas, rigurosas y serias con nuestra causa, la causa latinoamericana, por su trabajo y entrega desde su quehacer. Afirmar esto, a estas alturas de los tiempos es, de verdad, una muestra absoluta de honestidad y sinceridad intelectual. Decía que nuestros autores representan mucho, porque -para todos aquellos que no lo sepan o lo desconozcan- ellos han sido y significan la vanguardia del pensamiento latinoamericano, en sentido muy claro y preciso. Porque, entre otros aspectos, llevan años en la ardua labor de hacer patente el ser y quehacer de lo mejor de nuestra intelectualidad latinoamericana, desde sus más diversas expresiones. Esto ha sido uno de sus logros más encomiables y valiosos, nunca quedarse atrincherados en “lo propio”, es decir, “en lo simplemente filosófico”, sino que han ido mucho más allá, al ser generosos, desprendidos, consecuentes, arrojados, honestos y abiertos al invitar, incorporar, aglutinar, convidar su vida y su trabajo a todos aquellos académicos de toda Nuestra América Latina, para que nos acompañen en esta travesía. Digo que nos acompañen, porque yo también he sido parte de este caminar, de este quehacer que nos ha llevado años, décadas de este estar bregando. En muchos sentidos ha sido más bien una aventura y un reto, el hacer expreso y manifiesto el valor, el peso, el rigor, la seriedad, la capacidad teórica y discursiva de esta filosofía, que han querido marginar y relegar al “simple ejercicio filosófico”, porque según “la sacrosanta tradición occidental” todavía no tiene el rango de filosófica. ¡Qué lejos están todos aquellos que hacen estas afirmaciones de nuestro quehacer, porque lo verdaderamente filosófico está en lo que se hace, y no en lo que se predica! Como diría el Insigne Maestro Jesús de Nazareth al decir: “por sus frutos los conocerán”. Y creo que en nuestro caso ha sido así, mostrar con trabajo, estudio, dedicación y compromiso, la capacidad y el rigor de esta filosofía. Porque ‘lo filosófico’ es mucho más de lo que se nos ha hecho creer. En consecuencia, la Filosofía Latinoamericana, y con ella la Historia de las Ideas Latinoamericanas, gozan -como dice la introducción de este trabajo- de cabal salud. Retomaría en este punto una expresión de nuestro autor Mario Magallón al decir: “la filosofía se hace, se construye, se trabaja, y no se va pregonando por la vida como si fuera materia de fe, para excomulgar a todos aquellos que no la profesan como yo la predico”. Eso es para los fanáticos. Porque la filosofía no es, o no debería ser de secta ni para iluminados.

 

El trabajo que nos presentan nuestros autores considero llega en un momento muy oportuno pero, a la vez, en una situación sumamente crítica para nuestro quehacer. Entre otras razones, y como ellos mismos lo mencionan en la parte primera del mismo, la filosofía en cuanto tal se ha mostrado como una labor cada vez más expuesta, es decir, que se ha ido alejando de su función crítica, y más bien se ha ido acomodando a las coyunturas y a las modas en turno, de tal suerte que no se vea rebasada y puesta en tela de juicio; la hacen ver como una labor muy esnobista. Lo que en sí mismo es un punto delicado y sumamente problemático. Esto es, si la filosofía no se afirma en esta dimensión, poco tiene que decir y hacer en un mundo que va exigiendo mayores respuestas y propuestas. Esta cuestión se agudiza más, si la vemos desde la condición histórica de Nuestra América. Como siempre se ha mencionado, y no es una ociosidad reiterarlo, no es lo mismo hacer filosofía desde Europa, que fuera de ella. Porque cuando se hace filosofía, se trabaja, como dicen nuestros autores, desde lo que se es como sociedad, como sujetos y con los recursos que se tienen. Lo contrario es, como decía Leopoldo Zea, mala copia y pésima calca. He aquí uno de los puntos relevantes que nos muestran nuestros autores en relación con este trabajo.

 

En este sentido, este texto tiene desde mi consideración personal cuatro capítulos que son claves, si deseamos tener una comprensión más clara y acabada de la propuesta que nos hacen Horacio Cerutti y Mario Magallón: el primero, el segundo, el cuarto y el sexto. El capítulo primero inicia con un subtítulo claro y contundente que dice: “Filosofía institucionalizada o ¿la muerte del filosofar?” Me imagino que la sola enunciación del título puede ofender “castos oídos”. Porque -es precisamente lo que se comentaba más arriba-  si no estamos en una actitud de apertura al debate y al cuestionamiento serio y riguroso, más no ofensivo, poco o nada tendremos que decir. 

 

En este punto, nuestros autores muestran cómo para determinados sectores y posiciones afirmar esto es un atrevimiento inaudito, entre otras cosas, porque marcan con toda precisión ¿qué se desea y qué se pretende mostrar con este trabajo? En el fondo, lo que desean exponer es ¿cuál es el estado de cuestión? Y éste estado de cuestión es que la filosofía no guarda una sola y exclusiva posición para su desarrollo y reflexión. En este orden, se afirma lo siguiente: “En el entendido de que ningún sistema teórico-filosófico detenta la verdad o los principios y fundamentos de validez absoluta e incontaminada de la realidad donde el filosofar se gesta y produce. No obstante la universalidad de sus problemas, la reflexión siempre estará penetrada, perneada, por aspectos no-filosófico, por la historia y lo que en ésta contingencialmente se efectiviza”[1]. Esta es una cuestión central del debate. 

“[…] dos enfoques se han mantenido constantes a lo largo de estos años. Por una parte la idea de que la filosofía, entendida como prima philosophia, como filosofía fundante de las prácticas científicas o políticas, ha sido completamente desbancada en la actualidad. No es posible ya pensar que la pura especulación esté en condiciones de aportar a las urgencias de nuestro tiempo. Más bien concebimos a la filosofía como un saber que surge de la reflexión acerca de esas mismas prácticas, que no puede ignorarlas, que recién después de haberlas experimentado fuertemente desde dentro está en condiciones de aportar algo más. Entendemos a la filosofía como ocupando un difícil lugar en el seno de las ciencias, del conocimiento y del saber. Con esto pasamos al segundo enfoque que hemos mantenido. El locus epistémico de la filosofía está en discusión. La pensamos como ubicada en un entre. Entre las ciencias y la política; acosada por ellas y, además, condicionada “desde atrás” por la ideología”[2]. Considero que está afirmación a nadie debe poner inquieto ni enturbiarlo, sino, muy por el contrario, debe ser una propuesta teórica digna de reflexión seria y profunda, para trabajar sobre ello con el mayor rigor y honestidad intelectual. Debe ser el preguntarse sobre nuestro quehacer con toda seriedad, y no dar por sentando que todo está hecho de una vez y para siempre. Porque todavía priva una fuerte dosis de soberbia y megalomanía entre algunos colegas, que creen que somos los “reveladores del hilo negro y el agua tibia”. Si lo pensamos de esa forma, lo único que haremos es estar colaborando sólidamente a su mayor debilitamiento y desprecio social. Además de que eso es insostenible a estas alturas de la historia, porque se constituye en un despropósito y una verdadera insensatez.

   

En este punto de la exposición hay una cuestión que se muestra como una pregunta de primer orden: ¿cuál es la comprensión o el entendimiento que tenemos de la filosofía y del quehacer filosófico? En este cuestionamiento está el meollo del asunto. Como bien lo viene trabajando nuestros autores, es un punto medular y del cual se desprende la posibilidad de articulación y comprensión de nuestras prácticas discursivas. Porque no es una casualidad ni es gratuito que estemos trabados y sin posibilidad de articular una reflexión propia, de generar las condiciones reales para desplegar nuestro propio ejercicio filosófico, el cual se ha tenido que enfrentar a una serie de prejuicios que han pasado por un amplio espectro, empezando por el más socorrido, “la descalificación, vía la arrogancia”, que no es otra cosa que ignorancia y mezquindad. 

  

Otro punto que muestran los autores como central, es en relación con la llamada Historia de las Ideas, que ubican entre una sociología del conocimiento y una filosofía de la historia. Se muestra el peso, la necesidad y la función que ha cobrado y cobra entre nosotros el desarrollar esta disciplina. A partir de esta idea se desprende una cuestión que parece no ha sido valorada con toda profundidad: la de recuperar a cabalidad el curso que han tenido entre nosotros las ideas, llámense filosóficas, económicas, políticas, históricas, literarias, etc. Porque es a partir de esta recuperación y cultivo que estaremos en mejores condiciones para hacer frente a nuestra rica y compleja tradición cultural, y poder avanzar consecuentemente en la elaboración y formulación de nuestra propia propuesta teórica y discursiva. Pero, este cultivo y desarrollo implica, entre otros tantos puntos, una puesta a tiempo de nuestras capacidades. Si entendemos la propuesta central de la filosofía latinoamericana, veremos que su propia tradición, desarrollo y cultivo se han ido conformando por una gama muy amplia y vasta de conocimientos y saberes, es decir, se ha ido conjugando y sintetizando con todos aquellos materiales y conocimiento que el mismo desarrollo histórico latinoamericano le ha brindado. Por ello, la procedencia, las fuentes, los orígenes mismos de donde se ha ido articulando son tan vastos como lo es la misma historia nuestra. Como se podrá observar, la propuesta en última instancia tiene un fundamento y un por qué muy preciso: no podemos navegar en la mar-océano de nuestra propia tradición cultural sin tener un mínimo de coordenadas y herramientas teóricas que nos hagan visible y claro el rumbo de su propio desarrollo.

 

 

Por ello, se afirma con toda consecuencia lo siguiente: “Esto deberá llevar a reconocer que la historia de las ideas, a diferencia de los sistemas filosóficos teórico-formales, está permeada por elementos históricos cambiantes, por entrecruzamientos, creencias y suposiciones no siempre conscientes y no fáciles de formular […] Responde así a la necesidad de explicar la realidad circundante con un enfoque opuesto, muchas veces a las ortodoxias y presuposiciones recibidas. Los/as historiadores/as de las ideas muestran las formas en que los seres humanos han pensando y enfrentado su realidad, llevándolas a la luz donde pueden ser abiertamente criticadas y evaluadas […] Se trataría, entonces, de entender a la historia de las ideas, no como una historia inmanente, regulada tan sólo por la estructura de los problemas y de las soluciones filosóficas, y sí de situarla en la dinámica total de las sociedades”[3]. El punto a rescatar es que, el intentar este ejercicio reflexivo, o tratar de colocarse desde un enfoque distinto, se nos plantea como total y absoluta descolocación o, dicho de otra forma, “nos sentimos fuera de nuestras coordenadas disciplinarias”, e imposibilitados de reflexionar a partir de esa “nueva forma”, porque en muchos casos lo vemos como ‘algo caótico, confuso o inútil’.

 

 

 

Un dato más, y como lo había propuesto al inicio de estos comentarios, les recomiendo lean el capítulo sexto de este trabajo, cuyo título es sugerente y provocador: “¿Cómo y por qué cultivar la historia de la filosofía en contextos poscoloniales?” que, a su vez, nos remite a otro texto, recomendado también ampliamente: Filosofar desde Nuestra América. Ensayo problematizador de su modus operandi, del Doctor Horacio Cerutti. El capítulo en cuestión, desde su propia enunciación, nos pone a la expectativa, porque nos convoca a reflexionar críticamente ¿qué ha sido la historia de la filosofía entre nosotros? En sí misma es ya una labor faraónica y poco trabajada. Son pocas las escuelas de filosofía que tiene como una asignatura estrictamente curricular la enseñanza de la Historia en nuestros contextos, ya sea nacional o continental. Porque se les considera como algo realmente menor, y hasta irrelevante. Este dato en sí mismo, es más que elocuente.

En esta parte del trabajo se muestra mucho de lo que todavía está por hacerse en materia de enseñanza filosófica y, particularmente, en la historia de la filosofía, para concluir con un planteamiento sobre la estricta necesidad de abordar con visión, profundidad y trabajo colectivo el historiar nuestra producción filosófica y, algo más contundente, filosofar críticamente nuestra producción filosófica y social. Sobre esta cuestión diría lo siguiente, como el compañero Juan Carlos Moreno y yo lo hemos comentando en reiteradas ocasiones, palabras más, palabras menos: “si no nos aplicamos de manera consecuente en una  comprensión más amplia de la filosofía y su quehacer, nos vamos a quedar sin interlocución, y esta (comprensión) se debe iniciar con una historia de la filosofía ordenada y clara”. En este mismo sentido lo proponen nuestros autores. Con esto no se pretende descubrir “el agua tibia”, sino simplemente dejar en claro que nuestra labor tiene un tramo muy largo por delante.

 

    Deseo terminar mi intervención con el siguiente comentario: Este trabajo que nos presentan Horacio Cerutti y Mario Magallón ha sido fruto de una larga experiencia docente, de investigación, de una ardua y compleja labor teórica y reflexiva, que ha tenido un ingrediente realmente promotor, impulsor y renovador del quehacer académico, que no se ha gestado en la “intimidad ni el solipsismo”. Este trabajo en muchos sentidos ha sido el resultado de un trabajo colectivo serio, riguroso, intenso, crítico, permanente, donde los distintos actores, ya sean profesores o estudiantes, han puesto lo mejor de sí mismos con dos objetivos muy claros y precisos: uno, el de contribuir en la generación de conocimientos válidos y pertinentes; y dos, que ese conocimiento tenga una respuesta y se vea retroalimentado desde todas las instancias posibles, ya sean estas académicas o extraacadémicas. Como bien dice mi querido maestro el doctor Cerutti (y lo voy a parafrasear): “el conocimiento tiene antes que nada un carácter y un función eminentemente social, si no responde a estas premisas, se constituye en un quehacer esnobista, justificador de situaciones nada claras y, algo más grave y delicado, teóricamente irrelevante, y por lo tanto, absolutamente innecesario”.   

 Muchas Gracias.

* Palabras en la presentación de este libro el 18 de mayo de 2005, en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro.

[1] Cerutti Guldberg, H. y Magallón Anaya, M., Historia de las Ideas Latinoamericanas. ¿disciplina fenecida?, México, Juan Pablos/Universidad de la Ciudad de              México, 2003. p. 22.

[2] Op. Cit., p. 30.

[3] Op. Cit., pp. 17-21.