Sin
embargo, por sí, no era una identidad a través de la red de
los seres sociales que la habitan. A su vez, la lluvia de
necesidades de los pobladores de esta región no es de ahora;
al contrario, es fácil demostrar que desde hace muchos años
la pobreza y miseria se enseñorearon en los pueblos de esta
zona sin que se posibilitara la unidad hacia la integración
regional para solucionarlos. De igual manera, la variedad de
las expresiones culturales es prolífica, pero estuvo
atomizada en sus diferentes localidades y no articuló
una integración hacia el fortalecimiento de lazos
colectivos.
Por
eso hay que tener en cuenta los procesos políticos, sociales
y culturales a que hicimos referencia y en particular los
aspectos políticos, simbólicos y culturales y las luchas
campesinas y cívicas de la región.
Respecto del movimiento campesino registramos que tuvo sus
expresiones desde la tercera década del siglo XX en el país.
En el Cauca fue accionado por el Partido Comunista entre
1930 y 1950. A partir de la década siguiente tuvo el impacto
de los diferentes grupos guerrilleros y organizaciones de
izquierda que se fueron formando. En particular, en 1970 con
la creación de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos
(ANUC), línea Sincelejo, disidencia de la oficial creada por
el presidente Carlos Lleras Restrepo. En la región que
estudiamos tuvo especial impacto por ser predominantemente
agrícola. Luego redefinida por la creación de movimientos
comunales con arraigo campesino y del movimiento del macizo
colombiano. No se puede olvidar que al movimiento
reivindicativo se articuló la lucha política que desplegaron
organizaciones guerrilleras en el agro y movimientos
políticos de izquierda. De aquí se da un paso a la acción
cívica con las protestas en diferentes municipios, en las
décadas del 70 y del 80, a través de los paros cívicos, sin
los cuales habría un vacío para explicar el avance de este
proceso.
La
Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) fue una
escuela de algunos de los futuros dirigentes del CIMA. Unos
en su parte inicial, otros en la década del 80, como lo
expresa un dirigente campesino del municipio de la Sierra:
“nos metimos a la ANUC, hicimos un trabajo grande en la
ANUC y nos dio resultado”. Sin embargo, parece que la
presencia de esta organización era de poca cobertura y
primaron más bien los procesos pequeños de integración.
“Lo que fue cogiendo fuerza fue el proceso de intercambio,
de encontrarse, de contarse los problemas y las situaciones.
Tanto que al principio se dio así simplemente, nos juntamos
juntas comunales, a veces llegaban personas del sector de la
salud, de la educación y nos empezamos a contar los
problemas y las propuestas frente a esos problemas con una
clara fuerza que fue naciendo y era que indudablemente si la
lucha, si la presentación de las propuestas se hacía así por
separado, era algo más débil, pero si nos íbamos juntando
poco a poco la presentación iba a ser más fuerte, además que
íbamos ganando un concepto de región en la práctica”.
(Collazos, 2003: 2-3) Proceso que se fue reafirmando en la
medida en que se creaban redes sociales y afectos y que se
efectuaba un conocimiento y reconocimiento del espacio pues
se iban rotando lo sitios de realización de sus reuniones y
se descubría y redescubría toda la compleja variedad
geográfica, cultural y ambiental de la región.
A la
par, la fragilidad de los partidos, y su implicación en el
deterioro del Estado, abrió caminos. Las organizaciones
políticas tradicionales, en la mayoría de los casos, no eran
los partidos modernos de mediación entre la sociedad civil y
el Estado. No generaban propuestas de modernidad en el
desarrollo del Estado ni una cultura política en
consonancia. Además se vieron confrontados por una izquierda
que los vio siempre articulados a las clases dominantes y al
imperialismo norteamericano. Argumento suficiente para que,
dependiendo de su capacidad de convocatoria, fuera capaz de
mostrar al pueblo su caducidad histórica y política. Además,
el ejercicio de la politiquería y el clientelismo, y con
ello el robo o el despilfarro del erario público fue
confrontado tanto por la izquierda como por la dinámica
cívica y comunitaria que se fue produciendo. Razón que
coadyuvó a su desprestigio y a la creación de un relativo
vacío político que fue copado por la acción de los
movimientos sociales; en este caso el que se estaba formando
en el Macizo. De igual manera, la ausencia del Estado en
Educación, salud, infraestructura, en inversión social hizo
más evidente su vacío y acentuó la condición marginal de las
comunidades de esta región. Lo que se ponía en juego era la
necesidad de construir referentes colectivos que no habían
sido producidos por el Estado, ni por los partidos, ni por
las pocas instituciones presentes en la región ni tampoco
por ellos mismos por la dispersión y atomización en que se
encontraban.
De
tal manera que la identificación de necesidades propias y el
proceso de autoreconocimiento se acompaña con la debilidad
de los partidos, del Estado y de las instituciones que abren
el campo a nuevas posibilidades de encuentros y favorecen
una acción más profunda desde la vida misma de las
comunidades y del arraigo cultural de la gente. Justamente,
se podría afirmar que es aquí donde está el secreto del
entramado que le da solidez al tejido social. “Casi nunca
los encuentros fueron secos, sino que fueron acompañados por
un grupo musical, la chirimía, acompañando la expresión
cultural propia de la región”. (Collazos, 2003: 3-4)
Acompasado con sus cosmogonías, las representaciones que se
hacían de su entorno geográfico y ambiental, los símbolos,
el lenguaje, su diversidad étnica, etc., que fueron los que
permitieron construir la identidad dentro de la pluralidad
que fue emergiendo.
La
vida cultural adquiere, así, una fuerza inusitada que le dio
un nuevo contenido al proceso y que marcaría un derrotero en
su desarrollo. En efecto, el espacio cultural se vuelve por
excelencia un campo de expresión de la resistencia. Los
valores culturales dominantes y las políticas culturales que
el Estado implementa desconocen, ignoran o excluyen las
prácticas culturales que se producen en la marginalidad, en
el contexto de la cultura popular o en los espacios
atravesados por la pobreza y la miseria. Además el control
monopólico de los medios de comunicación, con la respectiva
imposición de modelos culturales, y la dificultad de que los
producidos por las comunidades puedan llegar a vastos
sectores de la población, hacen que los espacios de
reconocimiento se radicalicen y se masifiquen en los
momentos en que se produce la lucha social. La dinámica de
los encuentros culturales regionales es demasiada furtiva y
espaciada lo cual hace difícil dar más cohesión y
permanencia. En cambio, la socialización del acumulado
cultural en la vida organizativa o en la intensidad y el
fragor de la lucha, hace que brinde una mayor cohesión para
la acción que requiere la protesta abierta. A la vez,
muestra ante los suyos los signos de la respuesta al
ejercicio de la dominación y de su ocultamiento. Podría
concluirse también que al obligarse a la convivencia
cotidiana, por la reacción a la amenaza de disolución por
parte de las fuerzas del Estado, hace que los lazos
afectivos y comunitarios se proyecten en el tiempo y
preparen los sujetos para posteriores acciones que
inevitablemente tendrán que afrontar por la pervivencia de
las condiciones estructurales que condujeron a la lucha
abierta.
Este proceso logra hacerse
visible con la primera movilización efectuada en 1987. Si
bien ya “entre 1980 y 1985 algunos municipios como Santa
Rosa, Bolívar y corregimientos como el Rosal del Municipio
de San Sebastián, deciden hacer un ‘Diagnóstico’ o, mejor
dicho, un listado de las necesidades más apremiantes” (Maciceña,
2000: 5) que condujeron al paro de Bolívar en diciembre del
85, y al paro de Sucre en mayo del 86, es la marcha del 87
la que marca un derrotero irreversible hacia la constitución
de un movimiento social y de fuerzas organizativas
correspondientes con ello. El centro de sus reivindicaciones
era la terminación de la carretera a Santa Rosa y
mejoramiento del tramo construido. Aunque iba acompañado de
la búsqueda de solución de otras necesidades. Desde allí se
empieza a identificar la carretera panamericana como un
símbolo de lucha eficaz, pues las reglas de juego impuestas
por el régimen no posibilitaban negociaciones en los
escritorios ni en las oficinas de los gobernantes, sino en
los espacios en que se ponían en tensión las fuerzas. La
movilización sólo llega hasta Guachicono, por lo cual se le
dio ese nombre, porque los negociadores prefirieron contener
su avance hasta la carretera central. El grueso de los
marchantes era de Santa Rosa y San Sebastián. Su resultado
fue un triunfo por el logro de algunos de sus objetivos y
porque creó la convicción de que el gobierno sólo atiende al
pueblo cuando lo hace a través de los políticos, ejerciendo
politiquería y robando al Estado, o por medio de la presión
de la movilización.
El proceso que se fue dando a
partir de esta dinámica produjo una cualificación de las
redes que se fueron tejiendo. Los núcleos organizativos de
las comunidades creados en los municipios y corregimientos
que se vincularon a la lucha ya eran insuficientes. El
proceso impuso la necesidad de atender la complejidad de lo
que se estaba produciendo con la formación de un núcleo
organizativo que abarcara la región. Fue así como el 31 de
marzo de 1991 se le dio vida al Comité de Integración del
Macizo Colombiano (CIMA), en el corregimiento de Sucre,
municipio de Bolívar. Se creó para “sacar adelante cuatro
puntos básicos: 1) El impulso de la integración local y
regional, 2) Realizar el primer encuentro cultural del
macizo, 3) Sacar el periódico regional y 4) Organizar el
primer paro cívico regional de los municipios del Macizo
colombiano”. (Maciceña, 2000: 6) Este último punto ya
estaba en proceso y, a partir de este mandato, se agiliza la
acción para su realización con la consigna de “ser poder
y gobierno en la región”.
Efectivamente
se realizó entre agosto 20 y 26 de 1991 como el Primer Paro
Cívico Regional del Macizo Colombiano. Incorporó a la lucha
a nueve municipios y estableció un espectro de necesidades
mucho más amplio. 30.000 campesinos llegaron a la
panamericana, en el sitio de Rosas, después de seis meses de
preparación y lograron sentar en la mesa de negociación a
representantes del gobierno de diferentes áreas. Lo cual
indica que la acción logró su cometido. Ya con elementos más
profundos en cuanto era de una cobertura regional y con una
mínima priorización de las soluciones que se intentaban
obtener. La misma envergadura de la movilización daba cuenta
de un proceso interno bastante avanzado. En el momento, los
diferentes aspectos de la negociación fueron tomados como
logros y le dio mayor fortaleza al movimiento.
El
avance que hubo de la primera movilización en Guachicono a
la de 1991 es bastante notorio. Mostró una capacidad de
organización y de movilización que ya señalaba el futuro de
sus acciones. Fue una acción de hecho que no puede reducirse
a ella en cuanto tal sino a que fue producto de un previó
proceso organizativo de sectores civiles del campesinado,
docentes y activistas políticos de los municipios
directamente integrados en la zona geográfica del Macizo
colombiano. Su presión produjo la inevitable aceptación de
su interlocución por parte del Estado que permitió llegar a
una satisfactoria negociación. Sin embargo, en este aspecto
quedó la importante enseñanza de que el desconocimiento del
manejo y desenvolvimiento interno de las instituciones del
Estado, llevó a que la mayoría de lo acordado ya estaba
asignado por el gobierno de turno en su plan presupuestal.
Sin
embargo, los resultados más sobresalientes estuvieron en el
campo de la pedagogía y la cultura política que se empezaba
a construir. Una movilización de más de 20 mil campesinos
era una expresión de fuerza y de reto al gobierno nacional.
Hecho significativo que sin embargo no aportó tanto como los
valores culturales que se pusieron en juego. La convivencia
posibilitaba el ejercicio de la guardia cívica para prevenir
cualquier atropello por parte del Estado o desmanes de los
mismos movilizados. Las mingas para hacer las comidas
hicieron que el tejido social se redefiniera en prácticas de
solidaridad cotidiana. Los grupos artísticos espontáneamente
se fueron dando a conocer, mostrándose así mismos que su
aislamiento no era signo de mediocridad o de irrelevancia y
a los demás que su práctica podría crear un afluente de
expresión colectiva. Así mismo, confrontó a los políticos
por su incapacidad para ser mediadores entre el pueblo y el
Estado. Las instituciones fueron develadas en su ineficacia
en el ejercicio de sus funciones y su clara articulación con
el clientelismo imperante. A la vez se hizo evidente que el
pueblo reclamaba su derecho al ejercicio del poder, no
circunscrito simplemente a la acción contestataria sino
también a la posibilidad de ejercerlo en la vida
institucional del poder local.
A
partir de ese triunfo, el CIMA fue referencia obligada para
cualquier plan institucional, político y social que se fuera
a implementar en esa zona. De allí surgió el “Movimiento
de Integración del Macizo Colombiano (MIMACIZO), como
instrumento político de la región”. (Maciceña, 2000: 7)
A la vez, esa organización se articuló con otros movimientos
sociales del departamento y con los actores sociales y
políticos que tienen presencia en la región y municipios
cercanos. Se fueron consolidando elementos de identidad que
no sólo se circunscribían al campo de las demandas
económicas y sociales hechas al Estado sino también a las
cualidades propias de la región en la que habitan. Así, el
espacio ecológico fue redescubierto como un símbolo de
identidad y de posibilidades de dinámicas de desarrollo sin
someterse a la destrucción de nichos ecológicos como lo
impone el capitalismo. Las leyendas y la tradición oral
sobre sus picachos y montañas, ríos y hondonadas, nubes y
vientos le dieron sentido colectivo a sus vidas y a sus
formas de organización. Las guitarras y los tiples que se
desgarraban en las noches de solaz o de sufrimiento ya no se
detuvieron únicamente en el patio solariego y empezaron a
recorrer los diferentes pueblos o a someterse a los jurados
dentro de los festivales o concursos artísticos o musicales
que se efectuaron. La danza y el teatro, la copla o la
poesía fueron apropiados en dinámicas que le dan sentido a
la identidad colectiva de la región y a un rescate de lo que
se define como lo popular.
El
paro del sur de Colombia de 1999
Una
tercera presión al Estado en 1996 no se hizo con una
contundente movilización sino más bien a través de una gran
capacidad de negociación que incluyó a los departamentos de
Cauca, Huila y Nariño. Las demandas contenían los siguientes
propósitos: Plan de Desarrollo Ambiental y Agropecuario del
Macizo Colombiano y Sur del Cauca; plan productivo
sostenible e integral; plan para la convivencia; plan de
ciencia y tecnología. Permitió llegar a unos acuerdos con
proyectos que debían ser ejecutados a lo largo de los años
1996, 1997 y 1998. Sin embargo, incorporó un espectro más
amplio al incluir a otros municipios que no participaron en
la primera movilización, pero que eran cercanos al área de
influencia de los primeros municipios movilizados. El
cumplimiento de lo acordado sólo se redujo a menos de una
quinta parte, con las consiguientes implicaciones para las
luchas futuras.
Es
quizá la movilización de noviembre de 1999 la que marca el
derrotero para la articulación de las diferentes
organizaciones como expresión de mayor fuerza en el sur de
Colombia (Suhner, 2002: 167-170). Pues, a pesar de estar
definido a partir de reivindicaciones muy concretas de las
diferentes poblaciones en las cuales está ubicado el CIMA,
logró concitar la solidaridad de los sectores urbanos
principalmente de Popayán, y de otros que inevitablemente lo
colocaron en un marco más amplio de sus acciones y que
necesariamente debe ser tenido en cuenta dentro de cualquier
análisis que se quiera realizar. Es un aspecto de bastante
relevancia para explicar porqué se produjo el triunfo de un
líder indígena para la gobernación de esta entidad regional.
Partimos
de tener en cuenta que la movilización se presentó por el
incumplimiento del gobierno nacional de los acuerdos
pactados a lo largo de esa década. A la vez, debe
considerarse como una reacción a la política neoliberal de
reducción de los presupuestos públicos para la salud y la
educación y su tendencia a la privatización. Interviene
también el impacto que sufrió el sector agrario, que es
predominante en este departamento, al abrir el gobierno
nacional las puertas a grandes monopolios internacionales de
la agroindustria que llevó a la quiebra a pequeños y
medianos productores. Sus demandas no se quedaron solamente
en el campo estricto de las necesidades campesinas. Le
plantearon al país el cuestionamiento de las políticas
estatales al mostrar que en el departamento imperaban la
politiquería, el clientelismo y la corrupción. Hicieron
visible la ausencia de dinámicas de desarrollo empresariales
que colocaban a la región por fuera de cualquier perspectiva
de desarrollo institucional, económico o empresarial que le
permitiera salir del atraso en que se encuentra su
participación en el producto interno bruto del país.
Fue
así como entonces hasta los mismos sectores empresariales e
incluso algunos sectores políticos tradicionales tuvieron
que concluir que efectivamente las reivindicaciones de los
movilizados del Macizo colombiano no simplemente
involucraban a los que habitaban esa región. Llamaban la
atención al conjunto de la población sobre el cúmulo de
necesidades básicas insatisfechas que obligaba a que fuera
tenida en cuenta esa presión para que se abriera un espacio
de reflexión y de exigencia a la solución de las demás
reivindicaciones que podían tener los otros sectores de la
población caucana. Con mayor razón si absurdamente el Cauca
no figuraba en el Plan Nacional de Desarrollo del Presidente
Andrés Pastrana. Cinco meses antes el movimiento indígena
también había tenido el control de la carretera por ocho
días, planteando exigencias similares; lo cual hacía más
contundente el impacto que ahora se producía.
En
este contexto, el paro del Macizo colombiano, realizado por
más de cincuenta mil campesinos, entre el 1 y el 26 de
noviembre de 1999 abre un campo de análisis que debe ser
tenido en cuenta para ver los procesos que posteriormente se
dieron. Pues efectivamente las negociaciones con el gobierno
se produjeron en una situación límite: intento de
desmovilización por la vía de la fuerza militar o incremento
de la acción popular al solidarizarse con el movimiento las
otras organizaciones fuertes que estaban al margen. De tal
manera que más que los logros económicos que en su momento
fueron del orden de los U$50 millones, para escuelas,
colegios, puestos de salud, carreteras, procesos culturales,
proyectos agroambientales; imposibles de obtener por la vía
institucional, lo que valoran los participantes es el
fortalecimiento del tejido social que marca otros derroteros
en la prospectiva de la lucha política regional. La atención
que la opinión pública nacional prestó al conflicto puso de
presente ante el país la debilidad del Estado en esta región
y la ausencia de infraestructura económica y de ofertas de
empleo. La proyección internacional de la movilización puso
esta lucha de resistencia en el mismo plano de los
movimientos sociales más importantes de América Latina. La
confluencia de diferentes sectores, grupos y organizaciones
sociales abrió la posibilidad de avanzar en procesos de
unidad de las organizaciones y formar un movimiento social y
político mucho más amplio y fuerte.
El Bloque
Social Alternativo
Las
diferentes alternativas de izquierda, surgidas y redefinidas
desde la década del sesenta del siglo pasado, se han
diseminado a lo largo y ancho del país sin lograr una
consolidación como una opción de apoyo de masas. La
fragmentación ha sido lo predominante, dando pie a la
formación de movimientos sociales. Por eso, en regiones como
la que se estudia las organizaciones y movimientos sociales
han tenido un gran desarrollo.
El
Bloque Social Alternativo (BSA) es una organización joven en
su formación, pues se inició a comienzos del año 2000, y en
gran parte se posibilitó por la solidaridad que se produjo
en el paro del año anterior. Además por la convicción de que
la única forma de obligar al gobierno a cumplir los acuerdos
pactados en las negociaciones era mostrando un grupo fuerte
de convergencia de las organizaciones de mayor desarrollo en
la región. Varias de ellas, de indígenas y campesinos,
realizaron movilizaciones desde mitad de la década del 80
sin que el gobierno les cumpliera la mayoría de los
compromisos adquiridos. Un eje central de esta confluencia
fue el propósito de construir una propuesta política para la
región, desde una perspectiva de izquierda, ante el vacío
que ha dejado la atomización de varios grupos y el auge del
conflicto armado. Lo formaron el Comité de Integración del
Macizo Colombiano (CIMA), el Consejo Regional Indígena del
Cauca (CRIC), el Movimiento de Autoridades Indígenas de
Colombia (AICO), varios movimientos campesinos y comunales y
algunos líderes que se independizaron de los partidos
tradicionales.
Podemos decir, entonces, que es una organización joven en
formación que inician procesos de acercamiento de amplia
proyección para reivindicar formas unitarias de acciones
tanto de sus reivindicaciones como de la acción política.
Las organizaciones gremiales y sociales del departamento
habían estado más circunscritas a sus luchas particulares,
como las indígenas, campesinas y sindicales. Pero no
encontramos una convocatoria al conjunto de las
organizaciones del departamento o al conjunto de la región.
Tampoco la presentación de demandas que pudieran ser
identificadas por todos los pobladores del departamento como
suyas, por lo menos de aquellos que están más desvalidos o
que se encuentran en situaciones críticas desde el punto de
vista de la pobreza, de la ausencia de trabajo, de la
desigualdad social, del marginamiento político y social. Sí
fueron relevantes las diferentes movilizaciones que
realizaron a lo largo de las décadas del ochenta y del
noventa del siglo pasado.
Podemos adelantar que muchos de los dirigentes provienen de
la izquierda marxista y que gran parte de su discurso se
desprende de allí. Lo cual plantea una situación ambivalente
puesto que implícitamente, en el sustrato de los contenidos
discursivos, hay mucho de las estrategias contestatarias
frente al estado capitalista y a la construcción de una
sociedad socialista. Lógicamente el vaivén de los
acontecimientos obliga a la lucha por la defensa de
derechos, de espacios mínimos para el ejercicio de la acción
política y de muchas reivindicaciones que posibiliten
solución inmediata a necesidades básicas insatisfechas. Sin
embargo, esto produce un costo cuando se trata de la
conquista de espacios de poder institucional, mucho más
cuando países como Colombia están violentamente sometidos a
lo más agresivo del neoliberalismo y la corrupción y la
politiquería y el clientelismo dejaron vacías las arcas del
Estado y en la más grave crisis fiscal. De allí que la
institucionalidad del Estado se perciba con sospecha por
estar inscrita dentro de la racionalidad capitalista que
ejerce su hegemonía y el ejercicio de gobierno es
extremadamente limitado para incidir en la construcción de
una nueva cultura política y un nuevo proyecto político y
social.
El
proceso inicial estuvo orientado a identificar los aspectos
unitarios que posibilitaban, desde la base y la vida misma
de las organizaciones, presentar un programa al departamento
y a la región para constituirse en un movimiento político
que partiera de la fuerza de las organizaciones y los
movimientos sociales. Por eso se partió de los planes de
vida y de desarrollo de las comunidades, las organizaciones
y los municipios. En lo fundamental se confrontó el modelo
neoliberal y como alternativa se planteó la elaboración de
un plan alterno que tuviera como eje un modelo de desarrollo
sustentable y sostenible a partir de los planes integrales
de las comunidades. De tal manera que ese era el objetivo
central cuando se produjo la mayor expectativa respecto del
debate electoral para la gobernación del Cauca, al aparecer,
sólo un candidato. Circunstancia que condujo a plantear la
posibilidad de participación con un candidato para ampliar
espacios políticos e institucionales al movimiento que se
estaba gestando.
La elección
del Taita Floro Alberto Tunubalá
El
Cauca es una de las regiones de Colombia que ha vivido con
más fuerza el clientelismo, la politiquería y la corrupción
de quienes han dirigido la administración departamental y
las administraciones municipales. Los procesos de deterioro
institucional, la falta de liderazgo tanto a nivel regional
y nacional han conducido inevitablemente a que el pueblo
tenga cansancio, hastío frente al tratamiento que se le ha
dado a esta región. Si bien los partidos tradicionales en
épocas electorales reciben muestras de respaldo, no puede
eso indicar que los ciudadanos tengan elementos que les
permitan mantenerse en la propuesta política que están
avalando con la acción electoral. Pero en el proceso
político no se debe descartar que el agotamiento al cual han
llegado los partidos políticos tradicionales, aunado a la
debilidad del Estado y al impacto de las políticas
neoliberales, conducen a la población a que sea permeable a
organizaciones nuevas y a alternativas políticas que estén
producidas por liderazgos de personas con honestidad, con
integración a las comunidades, con un espíritu solidario de
fortalecimiento de la vida comunitaria, cultural y
organizativa.
Fueron estas circunstancias, y las de pobreza y falta de
ofertas de trabajo las que posibilitaron que un líder
indígena, propuesto por las organizaciones sociales
referenciadas en este trabajo y aglutinadas en el Bloque
Social Alternativo, triunfara el 29 de octubre del año 2000
para gobernar el departamento del Cauca. A ello se debe
adicionar que hubo un solo contrincante, respaldado por
todos los grupos políticos tradicionales y los sectores
aristocráticos de las élites de la región.
De
tal manera que no se puede atribuir a una total capacidad de
liderazgo de las organizaciones y movimientos sociales en el
proceso que se produjo en la coyuntura electoral que
permitiera obtener de los electores el respaldo a una
candidatura como la que se presentó en ese momento. En
efecto, el proceso electoral fue dinamizado por una acción
simbólica que se produjo inesperadamente en la contienda
política. La figura indígena logró ser la expresión de todos
estos procesos que hemos identificado y aglutinó a
diferentes sectores de múltiples organizaciones. Al mismo
tiempo, pudo extenderse al conjunto de la población como un
espacio en el cual ellos se sentían representados en una
convergencia que no encontraban excluyente; aunque fuera
dinamizada por aquellos sectores que por su solidez
organizativa, tradición de lucha y capacidad de movilización
habían logrado liderazgos en la lucha política por las
reivindicaciones populares en el departamento, desde una
opción de izquierda.
Fue
así como sectores medios de la población e incluso
empresariales y de la oligarquía y la aristocracia payanesas
y caucanas encontraron, ya fuera por contradicción con los
sectores políticos dominantes o porque pretendían ejercer un
dominio a más largo plazo en el departamento, que podían
respaldar este ejercicio político expresado en la acción del
líder indígena que había asumido el liderazgo en la
contienda electoral. No menor fuerza debe dársele al papel
que cumplieron los medios de comunicación puesto que el
Cauca se constituía en un espacio atípico en la visión
política del país. Es decir, mientras en los demás
departamentos se producía la forma tradicional del ejercicio
político, con algunas excepciones, en el departamento del
Cauca se lograba que un líder netamente popular fuera el que
se colocara en el liderazgo de una campaña política y además
que fueran unas organizaciones sociales, las que dieran su
respaldo para que este ejercicio saliera triunfante.
Quiere
decir esto entonces que si bien el acercamiento entre las
organizaciones indígenas y campesinas marcan un derrotero
respecto del proceso político que posibilitó el triunfo, de
todas maneras hay que tener en cuenta los otros aspectos que
se produjeron para tratar de determinar los elementos que se
deben tener en cuenta en el análisis de la gestión
gubernamental.
Obstáculos
para la gestión de un gobierno alternativo
Cuando nos referimos a las trabas existentes para que un
ejercicio de gobierno de izquierda o alternativo se pueda
realizar encontramos que inevitablemente se dan más allá de
las voluntades de los actores; por lo cual no se puede caer
en una postura maniquea respecto de si es mala o buena la
gobernabilidad que ejercen. Tampoco en la consideración de
que la identificación de las barreras anula los avances que
se logran creativamente en las luchas políticas de los
movimientos sociales.
Podemos partir de algo estructural como es el modelo de
desarrollo dominante, en este caso el neoliberalismo, pues
cierra los espacios a proyectos autónomos o alternativos. El
que predominó hasta la década del ochenta del siglo anterior
privilegió un paternalismo de Estado que le dio un cariz muy
definido a la cultura política dominante, con sus secuelas
en el ejercicio político, no favorable a transformaciones
radicales. Ahora el desmantelamiento del Estado no hace más
que asfixiar las pocas credibilidades que los sectores
alternativos tratan de construir sobre la institucionalidad
democrática y sobre la Democracia en cuanto tal. La
acumulación de necesidades básicas insatisfechas, mucho más
crítica en departamentos como el Cauca, la concentración del
poder económico, la disminución de ofertas laborales y la
tendencia a anular el apoyo económico del Estado a las
comunidades desposeídas, hace que el impacto de este modelo
sea mucho mayor. Aún más si se tiene en cuenta que su
imposición en Colombia, de manera total, desde 1990, se hizo
en circunstancias que registran un escaso desarrollo
productivo. Lo cual hizo que la presencia de grandes
sectores empresariales internacionales llevara a la quiebra
a una cantidad significativa de pequeños, medianos y grandes
empresarios. Los sectores de salud y educación son los más
afectados y son los que registran mayor tradición histórica
de lucha sindical, lo cual conduce inevitablemente a la
confrontación porque al gobernante regional no le queda otra
alternativa que implementar dichas políticas para garantizar
un mínimo de inversión social. No podríamos dejar de agregar
que el impulso a un modelo de desarrollo sostenible que sea
construido desde las comunidades y con su participación,
como lo postula este gobierno alternativo y las
organizaciones sociales que lo respaldan, choca con las
dinámicas que imponen los mercados y los grupos
económicos dominantes del país y los grandes monopolios
extranjeros que van copando la economía nacional.
No
es de menor importancia la acción política del clientelismo
y la politiquería que comprometen a quienes la ejercen como
sujetos que asumen responsabilidades, pero, a la vez son
presos de un proceso envolvente por medio del cual su
práctica no hace más que reproducirlo. Principalmente porque
están inscritos en el engranaje de una cultura política. De
tal manera que la acción del político no se reduce a
multiplicar el andamiaje de la burocracia para poder tener
acceso al poder político. Lo que se produce allí es un
sistema de servidumbre, que tiene su correspondiente puesta
en escena en la sensibilidad de quien asume el hecho como un
favor, como una forma de reconocimiento personal. Es decir,
como la satisfacción de un interés individual.
De
tal manera que no se produce lo que De Souza afirmaba cuando
encontraba que con la modernidad "El Estado se hizo
verdaderamente público, es decir, dejó de constituirse en la
propiedad privada de un grupo específico''. (De Souza
Santos, 1998: 146) Pues lo que predomina es el engranaje de
defensa de intereses particulares dentro de la burocracia.
Eso conduce a demorar trámites, filtrar información,
traspapelar documentos, confundir procesos. Se personaliza
la defensa del empleo en función del político que la
posibilitó y no en los derechos que tiene para poseerlo ni
en la función que tiene en el orden de lo público. Hay
ausencia de un ejercicio burocrático que consolide el
carácter público del Estado y garantice la realización de
los fines colectivos para los cuales fue creado.
Por
ello, tampoco sale beneficiada la tesis de Weber: "El
Estado Moderno es una asociación de dominio de tipo
institucional, que en el interior de un territorio ha
tratado con éxito de monopolizar la coacción física legítima
como instrumento de dominio, y reúne a dicho objeto los
medios materiales de explotación en manos de sus directores
pero habiendo expropiado para ello a todos los funcionarios
de clase autónomos, que anteriormente disponían de aquellos
por derecho propio, y colocándose a sí mismo, en lugar de
ellos, en la cima suprema". (Weber: 431-432) No sólo en
la dirección que venimos analizando sino también en el
sentido de que la institucionalidad está atravesada por los
parámetros que impone la guerra y más específicamente en
regiones como estas. El narcotráfico también imprime su
impronta al darle contenidos al ejercicio político que
dificultan el cumplimiento de los objetivos para los cuales
se disputó el ejercicio de la gobernabilidad.
Así, los fines del Estado, tan profusamente pregonados por
los filósofos y científicos sociales son demolidos por una
fragmentación que muy poco ceden al cumplimiento del bien
común o de los intereses colectivos. Al producirse de esa
manera, se establece un conflicto de intereses que va más
allá de las llamadas políticas públicas y conduce a la
confrontación de los grupos de poder con el fin de ganar la
correlación de fuerzas a su favor para perpetuarse en el
control político y reproducir así la cultura política que le
abrió espacio a su protagonismo. Acudiendo incluso a lo que
James Scott aporta de manera muy pertinente que "para las
elites de las clases dominantes, las prácticas del discurso
oculto pueden incluir los lujos y privilegios secretos, el
uso clandestino de asesinos a sueldo, el soborno, la
falsificación de títulos de propiedad". (Scott, 1990:
38)
De
esta manera, se propicia la fragmentación social pues la
representación que el ciudadano se hace del Estado, lo
símbolos a través de los cuales lo incorpora a su
cotidianidad, las palabras que lo nombran se hacen a través
de este imaginario que no trasciende su interés particular,
sino que lo acentúa al sentirse legitimado por los sujetos
sociales con los cuales establece una convivencia. Por
cierto temporal, puesto que está sujeta a los controles o la
capacidad de dominio que los jefes tengan del ejercicio
político. Lo que hace que la variabilidad rompa la
estructura del ciudadano que clásicamente se había
construido, pues la representación del otro no se produce
por la vía de esa abstracción que lo sitúa en lo colectivo,
sino por el camino de la auto-reproducción como un ser
individual que se aferra al soporte personal para garantizar
su subsistencia y la de su familia o la de los que forman
esa especie de grupo tribal en la que míticamente se conecta
con memorias y orígenes más profundos. Hasta su propia vida
comunitaria está habitada por el espectro de relaciones en
que se desenvuelve esta cultura política dominante. La Junta
de Acción Comunal, el Comité Veredal, la Organización Social
configuran las redes colectivas que afianzan los intereses
particulares del gamonal y el político de turno; aunque, a
la vez, configura el espacio para otra opción política que
dispute su fuerza con otra perspectiva de su acción, que
bien puede ser de izquierda o alternativa.
Ya
entonces el poder adquiere otra connotación en el ejercicio
de la vida cotidiana. Puesto que mezcla la lucha por
intereses colectivos con la reproducción de sus propios
intereses individuales. El engranaje político se desenvuelve
entonces entre aquello que lo sitúa en una relación más
directa con el Estado, a través de la burocracia o de los
jefes políticos y las relaciones de la vida cotidiana en la
que se atraviesan los amores y desamores, afectos y
desafectos. Eso hace que sean trasladados al ejercicio de la
política y a la representación que el ciudadano común y
corriente se hace de ella. Podría decirse que así se
facilitan los desplazamientos de los respaldos que
temporalmente se concentraron en quienes fueron sus
representantes o sus jefes políticos y surge entonces la
aceptación de las nuevas figuras como parte del mismo
engranaje, pero dentro de la nueva dimensión que imponen los
nuevos actores y la readaptación de las simbologías y los
lenguajes. Otras son las ritualidades y las puestas en
escena de la nueva dramaturgia. "Las producciones de lo
imaginario cobran forma, materialidad, en instituciones y
prácticas pero, al mismo tiempo, son procesadas en provecho
del orden social y del poder que lo cuida. El entramado
ceremonial público las inscribe en un espectáculo en el que
el más estricto de los rituales puede coexistir con la más
desenfrenada improvisación". (Balandier, 1994: 52) Por
eso hubo una dislocación en la inercia de más de ciento
setenta años de vida republicana en la región al atravesarse
en ese engranaje un gobierno de izquierda que intenta
remover los cimientos en que se fundamenta. Razón suficiente
para que el empeño en hacerlo sea una obra titánica y casi
imposible por la consolidación de los procesos burocráticos
anteriores y su articulación con las dinámicas políticas de
los poderes dominantes
Una
mirada similar podría trabajarse en la predominante
tradición contestataria de la izquierda, que aparece como
una huella muy profunda que dificulta el ejercicio de una
institucionalidad democrática. La actitud persistentemente
contestataria ha impedido plantearse la opción del campo
institucional como un espacio de poder. Cualquier resquicio
que se pretenda abrir y ocupar se representa como la acción
de las clases dominantes que extienden su manto hacia toda
forma que se produzca en la sociedad; mucho más si se ubica
en el campo del aparato de Estado. Cualquier acción está
atravesada por los intereses de quienes ejercen el poder;
sin opciones para realizar una gobernabilidad que sea
radicalmente diferente. La misma categoría “Gobernabilidad”
es cuestionada como una trampa de las clases dominantes,
asimilada por la pequeñaburguesía intelectual de turno. Lo
que muestra la experiencia es que para que la izquierda
asuma el poder dentro de una institucionalidad determinada,
obligatoriamente sus militantes deben tener un rito de
iniciación en ella que se prolonga en el tiempo y se
inscribe dentro de la mayor o menor solidez de los procesos
culturales de los actores sociales que lo asumen. No pocas
veces fracasan en el intento y son asimilados por la férrea
cultura política dominante, llevándolos incluso a militar en
los partidos tradicionales Las prácticas dominantes que se
quieren superar dominan el paisaje político y se irrigan en
la cotidianidad no solamente a través de acciones abiertas,
fuertes y agresivas, sino también por los medios más sutiles
que reproducen los imaginarios en los cuales se
desenvuelven.
Los
sujetos que abren espacios a la izquierda o a proyectos
alternativos impregnan en su piel y en sus rostros, tenue o
firmemente, la pigmentación de la cultura política dominante
y pueden ser presos de ella en su accionar. O tienen la
coraza contestaría que les impide constituir el nuevo tejido
que le de contenido diferente al ejercicio de poder que se
ha conquistado. Es decir, no hay la sensibilidad que prepare
a ese nuevo sujeto social para las transformaciones que
requiere la institucionalidad. Tampoco la estructura
burocrática del Estado y la cultura política dominantes dan
facilidades para hacerlo. Y no digamos nada sobre las
implicaciones que tiene el hecho de que la permanente
confrontación al Estado ha dejado a los movimientos de
izquierda o alternativos sin liderazgos profesionales o
intelectuales que les permita asumir técnicamente las
funciones que exige la gobernabilidad. La misma acción
política, en este sentido, se efectúa de manera desdibujada,
ya que se produce una distorsión entre la permanente
confrontación al Estado y la lucha por acceder a él, entre
los conflictos que esto produce en su interior y su
transferencia al ejercicio de gobierno cuando llega a él.
Aún
quienes, desde una postura alternativa buscan que la acción
institucional sea consecuente con los intereses populares y
de izquierda o alternativos, son mirados con sospecha hasta
por quienes están cerca o respaldan el ejercicio del poder
desde las organizaciones que los defienden. La misma
evaluación que se hace del ejercicio de gobierno desde estos
estrados está permeada del imaginario que produjo en la
sociedad la cultura política dominante o los esquemas o
metodologías que le son propios a la politiquería y al
clientelismo. De tal manera que no sea extraño que, sin
aceptarlo ni voluntariamente asumirlo, no pocas veces los
sectores de izquierda o alternativos reproduzcan rasgos de
la cultura política dominante.
Bobbio
afirma en el libro "Derecha e Izquierda" que en la Europa de
hoy ser de izquierda es defender los Derechos Humanos. Sin
embargo, en Colombia la persistente representación de la
exigencia de la participación ciudadana en el ejercicio de
la Democracia, así sea autorizada por la Constitución
Nacional, o la lucha por la defensa de los Derechos Humanos,
asociada a la subversión, disminuye u obstaculiza el campo
de acción del ejercicio institucional por parte de sectores
alternativos o de izquierda. La dinámica del conflicto
produce los elementos explicativos que condujeron a esta
situación. Con todo ello, es un tropiezo evidente que
descalifica cualquier intento de ampliar las redes de un
ejercicio político que desestructure y desarraigue la
cultura política que se quiere superar. Qué no decir hoy
cuando el control social se enmascara con la figura de la
“seguridad democrática", y cuando desde una política estatal
se asocia explícitamente a defensores de Derechos Humanos y
a ONG que los defienden como servidores, de las
organizaciones al margen de la ley.
Otro aspecto es el que se refiere a la disgregación de las
opciones de izquierda o alternativas. Su atomización recoge
la memoria histórica que ayuda a su propia reproducción.
Pues algunos grupos creen tener la verdad revelada, y a
través de ella se cruzan en el camino invalidando cualquier
acción, así se corresponda con sus contenidos ideológicos.
Algunos líderes asumen que están investidos de un carisma
que los asimila a caudillos asignados por la historia o por
el pueblo para dirigir sus destinos. Su representación de
gobiernos democráticos como el del Taita Floro Tunubalá,
inscritos dentro posturas radicales de la izquierda
democrática, se sitúa dentro de los parámetros ortodoxos y
excluyentes que tanto han impedido la construcción de
organizaciones con mayor respaldo social. Son palpables las
dificultades para converger en propuestas colectivas que
posibiliten la construcción de un proceso institucional
diferente del predominante dentro de la cultura política. De
igual manera, presenta una de las dificultades para poder
construir un proyecto político que convoque mucho más a la
nación y no a pequeños grupos que se reproducen así mismos.
Con mayor razón, si la experiencia se produce en el campo
regional.
El
manto normativo que rige la gobernabilidad no pocas veces
está atravesado por fundamentos perversos que obstruyen el
libre ejercicio del gobernante que se propone redefinirla.
Es cierto que hace parte de la estructura propia del Estado,
pero en países como el nuestro es una exaltación por
excelencia del ejercicio jurídico. Aunque ya Kafka hubiera
inmortalizado el andamiaje que en este sentido atraviesa
cualquier instancia burocrática. Para un gobierno
alternativo se hace mucho más complejo, puesto que no sólo
debe incorporar la sensibilidad necesaria a la que nos
referíamos anteriormente, sino que se hace indispensable
asumir este campo como uno de los componentes esenciales. En
tanto los ejes de dominación del Estado, es decir, el manejo
del poder, estén en otra parte, en organismos que son
superiores dentro de su estructura, los actores sociales que
lo controlan buscan cualquier falla de su oponente para
debilitarlo. Puesto que es allí uno de los lugares en que se
pone en juego la relación de los sujetos en tanto expresan
relaciones de poder de las cuales no pueden sustraerse y a
las cuales se deben como actores políticos. Es el momento en
que entran a operar valores que tanto habían sido ignorados
o desdeñados dentro de la cultura política dominante, como
la responsabilidad, la eficacia, etc. Símbolos que le dan
contenido al Estado Social de Derecho son ahora recreados
dentro de la opinión pública como si fueran parte de la
tradición política de sus prácticas clientelistas. Por
supuesto, a mediano plazo, puede ser uno de los factores que
contribuyan al cambio de la cultura política. El uso de las
palabras se transforma para arrebatarle al discurso
alternativo sus contenidos y para trastocar sus elementos
simbólicos hasta convertirlos en instrumentos semánticos del
mercado de la comunicación para favorecer y perpetuar sus
intereses.
Otra cosa es el juego político en relación con las otras
instancias del Estado que operan o se articulan con el nivel
regional. A pesar de que la Constitución Nacional contiene
importantes mandatos para que opere la descentralización, al
mismo tiempo los tiene para que el poder ejecutivo, en este
caso todo lo que proviene de la presidencia de la República,
tenga discrecionalidad para permitirlos. Esto hace entonces
que los congresistas, mucho más relacionados directamente
con el poder central, posibiliten o impidan el apoyo a
programas y proyectos que se ejecuten en el orden regional.
Lo mismo ocurre con las instituciones nacionales que operan
en la región. Generalmente cada una de ellas es el espacio
de poder de los políticos tradicionales de turno. De tal
manera que tienen la capacidad de aislarlas del ejercicio de
gobierno departamental, así la Carta Constitucional
establezca que el gobernador debe orientar su articulación.
En esas condiciones la gobernabilidad regional queda, en la
mayoría de las veces, circunscrita a una isla y, por tanto,
impedida para ejecutar políticas integrales como son las que
propone un gobierno alternativo.
La
construcción de futuro
No
es fácil hacer un balance del aporte que puede significar
una gestión gubernamental en un estado regional, en un
departamento, para el caso colombiano, sin que se haya
terminado su período que va hasta el 31 de diciembre de
2003. Sin embargo, salta a la vista, por todo lo aquí
expuesto, que son diferentes los aspectos positivos que
emergen como signos valorativos para el desarrollo de los
movimientos sociales alternativos.
La
permanente recreación en el plano local, regional, nacional
e internacional del Plan Alterno puso en el ámbito de la
discusión pública la crítica permanente al neoliberalismo;
así en las ejecuciones se hubiera tenido que realizar
acciones para que su aplicación, sobre todo en salud y
educación, fuera lo menos lesivo a las comunidades. Lo más
importante es el incentivo a la construcción de un modelo de
desarrollo que sea alternativo al capitalismo y a su
modalidad actual: el neoliberalismo. La estrategia es partir
de lo que los indígenas denominan planes de vida, que son
concebidos y desarrollados de manera integral, haciendo
énfasis en lo que denominan pensamiento propio. Orientación
que es asumida, con sus respectivas especificidades por
comunidades negras, campesinos; de maestros, jóvenes,
mujeres, en sus planes de desarrollo y realimentado con los
aportes que desde allí se producen.
Los
procesos productivos no son mirados ni asumidos al margen de
sus prácticas culturales, al contrario, es desde allí que
adquieren sentido y definen la pertenencia, el
auto-reconocimiento, la identidad. Sus saberes adquieren
legitimidad no por contrastación con los que vienen de fuera
sino por el valor que tienen en su historia cultural. A
partir de allí, se establece el reconocimiento de lo que
proviene del exterior y se articula con las dinámicas que
producen las comunidades. Por eso, desde el gobierno
regional se estimularon procesos de comercialización con
quienes en el mundo impulsan el mercado justo y con quienes,
desde su desarrollo organizativo en países industrializados,
establecen mecanismos de solidaridad con organizaciones que
se abren paso en el mundo. Es un proceso incipiente, pero es
un camino que seguramente puede alimentar la creatividad
hacia proyectos sostenibles.
Desde el mismo Plan Alterno se confrontó al Plan Colombia en
su política antinarcóticos y de militarización del país. Su
eje central es la solución política negociada del conflicto
armado, diálogos regionales con los actores armados y
acuerdos humanitarios. Erradicación manual y concertada con
las comunidades de los cultivos de uso ilícito, a través de
planes integrales, en relación con la política
antinarcóticos de fumigación de dichas plantaciones. Se
parte de considerar que en esta región la coca,
principalmente, tiene un uso cultural por parte de las
comunidades indígenas y que, por tanto, el carácter ilícito
lo definen agentes externos a ellas. Además, en este
departamento, la mayor parte de cultivos de coca y amapola
se da en pequeños terrenos por la desatención del Estado
frente a la infraestructura económica y social que
dificultan el acceso a los mercados y no cuentan con
atención técnica que permita a campesinos e indígenas ser
competitivos en los mercados regionales. Además, el
conflicto armado define reglas de juego que escapan a su
control. Aunque entre los indígenas se ha consolidado la
resistencia comunitaria frente a la guerra que pesa mucho
frente a las actuaciones de los actores armados.
El
fortalecimiento de las organizaciones y movimientos sociales
es vital dentro del plan y lo fue dentro de la gestión
gubernamental. La consideración es que sólo el
fortalecimiento del tejido social puede garantizar la
transformación de la cultura política dominante y fortalecer
el proceso de construcción de una nueva sociedad. No se
desconoce que la agudización del conflicto armado y la
imposición del modelo actual de seguridad democrática son
amenazas permanentes para concretar esa posibilidad.
Igualmente, que mantenerse como perspectiva local o regional
limita las opciones da garantizar cambios estructurales que
son los que a la postre permitirán realizar lo que se
construye en el ámbito regional. Sin embargo, el acumulado
regional es bastante fuerte como para que pueda ser
destruido fácilmente, y el reconocimiento nacional e
internacional son la esperanza de que pueda sobrevivir a los
pasos devastadores que se producen desde los cuarteles,
amparados en la política del gobernante que está a la
cabeza.
Podríamos
concluir reconociendo que una evaluación más profunda queda
pendiente y que, a los aspectos anteriormente anotados, se
podría adicionar que el gobierno del líder indígena fracturó
los cimientos de la politiquería y del clientelismo, y
colocó permanentemente en la opinión pública la necesidad de
no decaer en la lucha contra la corrupción.
Fundamentalmente, que deja en la opinión pública un espacio
proclive a que este país cambie de manera profunda, y en las
organizaciones y movimientos sociales un espacio para
alimentar más profundamente su vocación de poder.
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Nacional, ICANH, pags: 260-285.

El texto central de este
trabajo fue impreso, bajo el título “Un Gobierno Alternativo
de los movimientos sociales en el Cauca, Colombia”, dentro del
libro “Movimientos sociales, nuevos actores y participación
política en Colombia”, que la Facultad de Filosofía y Letras
de la UNAM publicó con los trabajos presentados en su sede en
una mesa redonda realizada el 25 de junio de 2003. En términos
generales, lo alternativo es definido como expresiones
organizativas que confrontan el modelo de desarrollo
neoliberal y sus implicaciones en las prácticas culturales,
ideológicas y sociales. Cuestionan la disminución del Estado,
la corrupción, el clientelismo y la politiquería. Propician la
construcción de un modelo de desarrollo sostenible y
sustentable que, concebido de manera integral, parta de la
vida misma de las comunidades, de sus pueblos y de sus
organizaciones en el orden local, regional e internacional.
Defienden los Derechos Humanos y el Derecho Internacional
Humanitario frente a la agudización del conflicto armado y su
degradación.
Diego Jaramillo Salgado es Doctor en Estudios Latinoamericanos
de la UNAM. Profesor titular de filosofía política,
Universidad del Cauca.
