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La
política cultural del gobierno de Alfonsín (primera parte). |
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Arturo Chavolla
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Córdoba, Argentina, Septiembre de 2005
Al parecer, el triunfo de
Alfonsín fue inesperado para casi todos. Los resultados de las
elecciones del 30 de octubre de 1983 causaron sorpresa dentro y
fuera de Argentina porque existía la opinión general de que el
Partido Justicialista (cuya militancia duplicaba al millón y
medio de afiliados radicales) y sus organizaciones afines eran
los principales damnificados de la ruptura constitucional de
1976 y de la represión subsiguiente, y que cabía esperar una
justa reparación en las urnas. En realidad, los estragos de la
dictadura se habían abatido sobre el conjunto de la sociedad, y
lo que ahora fructificó fue el trabajo del grupo de dirigentes
radicales animado por Alfonsín, que durante años supo insertar,
pacientemente, el concepto de cambio en la masa electoral para
la reconstrucción del país.
El electorado no se volcó a la propuesta
del radicalismo por sus promesas de progreso económico, sino porque
Alfonsín irrumpía con la propuesta de una normalización institucional
donde la libertad, la paz, la democracia y el respeto por las garantías
individuales y los derechos humanos mutilados por las Juntas Militares, a
las cuales en general la sociedad ya repudiaba. El nuevo gobierno
expresaba justicia y modernidad, imponiendo un carisma y un orden de cosas
diferente.
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Ya desde su campaña, el
radical fue el candidato que más claramente habló sobre las
cuestiones culturales y el futuro papel que el Estado, como
institución civil (y en particular él como jefe del Poder
Ejecutivo), debía cumplir en el nuevo orden de cosas en torno
al manejo del arte. Alfonsín consideraba primordial la
necesidad de reordenar y rescatar a la cultura de la situación
en que la tenían los militares con la represión y el acoso
político a los intelectuales.
Sin ninguna duda, Alfonsín
tenía muy claro lo que pensaba implementar en materia cultural
en caso de ganar las elecciones. La ponencia que da en Madrid,
en marzo de 1983, es sumamente esclarecedora. Después de
puntualizar términos como cooperación internacional, pedir un
foro permanente de partidos democráticos iberoamericanos y
solicitar una lucha contra la pobreza, aboga claramente por el
uso de la cultura como una herramienta para la creación del
hombre nuevo. La identidad cultural constituye una de las
claves de la liberación de los pueblos, siendo ésta una
dimensión fundamental del crecimiento de un país y de su
fortalecimiento. O más precisamente aun:
“La democratización de la
cultura implica un programa de gobierno y obliga a una justa
valoración por parte del Estado en la promoción cultural, para
impulsar la participación de todos los miembros de la
comunidad, no importa cuál sea su origen social ni sus
ingresos económicos, en la creación y el disfrute de los
bienes culturales y también en la toma de decisiones.”[1]
Así, una cultura democrática
es inseparable del ejercicio de las libertades individuales y
requiere una permanente interacción con la educación, los
avances científicos y el uso de los medios masivos de
comunicación. La transformación cultural debe promover el
abandono de actitudes pasivas y dependientes, restableciendo
la convicción de que el hombre puede entenderse a través de la
comunicación y unirse en tareas comunes.
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Con más claridad, en el Plan
que para el corto plazo anunció el Programa electoral de la
Unión Cívica Radical, las cosas se enumeran con puntos
definidos como medidas inmediatas: 1) Creación de una Comisión
Bicameral Permanente de Radio y Televisión que extenderá en el
derecho de una información veraz, el respeto al pluralismo
ideológico, la vigencia del derecho a la réplica, el libre
acceso de personas e instituciones al uso de los medios de
comunicación y la defensa democrática y republicana del
gobierno. 2) Reorganización transitoria del COMFER (la
comisión encargada de la censura de los medios electrónicos de
comunicación en la Argentina), integrándolo con representantes
del Congreso, las Provincias Argentinas y los sectores
representativos de la comunidad, transformándola en una
Comisión Supervisora de Radio y Televisión, que funcionara en
el ámbito de la Secretaría de Comunicación. 3) Derogación
inmediata de la Ley Nacional de Radiodifusión 22285, su
Decreto reglamentario 286/81, y el Plan Nacional de
Radiodifusión, Decreto 462/81 y revisión a los actos jurídicos
a que haya dado lugar (Decretos que reglamentaban la censura).
4) Eliminación de todas las restricciones y formas de censura.
5) Regulación de las transformaciones de transmisión por
cable. 6) Reforma de las disposiciones que regulan la potencia
de las emisiones, especialmente en las áreas de frontera, a
fin de resguardar la soberanía nacional. Estos puntos
alimentaron fuertemente el discurso del movimiento radical
democrático, siendo a un muy temprano momento explicitados por
el programa radical de gobierno.[2]
De igual manera, en el
Discurso Inaugural de sesiones ordinarias del congreso, el Dr.
Raúl Alfonsín mostró cuál sería su programa de trabajo en
política cultural. No obstante, se debe hacer notar que los
puntos medulares del discurso son otros, dada las condiciones
políticas en las que recibió al país. Por un lado, proponía
rechazar toda auto-amnistía, declarando nula toda ley que
quisiera enmendar la acción represora realizada por el
gobierno militar, pero a la vez, reconocer que existían
distintas responsabilidades entre los actuantes: una
responsabilidad de quien toma la decisión de actuar como lo
hizo, otra responsabilidad distinta de quienes, en definitiva,
cometieron excesos en la represión, y otra muy distinta de
quienes no hicieron otra cosa que cumplir órdenes. Asimismo,
anunció un "reordenamiento sindical" con el objeto de
democratizar la institución gremial, hasta entonces copada por
las poderosas centrales peronistas, y hacerla representativa
del colectivo de los trabajadores. Alfonsín trasladó este
doble señalamiento al terreno de una colusión contra la
democracia en Argentina, llegando a denunciar la existencia de
una "relación militar-sindical" que ya se encargaría de
desbaratar no bien asumiera la Presidencia de la Nación.
Pero aun así, el poder
democrático siempre pensó que el hilo conductor que le
permitiría sacar adelante todas las reformas políticas sería
un manejo revitalizado de las cuestiones culturales.
“El gobierno atribuyó una
gran importancia, simbólica y real, a la política cultural y
educativa, destinada en largo plazo a remover el autoritarismo
que anidaba en las instituciones, las prácticas y las
conciencias. Coincidiendo con los deseos de la sociedad de
participación y del ejercicio de la libertad de expresión y de
opinión, largamente postergada, las consignas generales fueron
la modernización cultural, la participación amplia y sobre
todo el pluralismo y el rechazo a todo dogmatismo.”[3]
El Discurso está dividido en
partes claves y perfectamente señaladas. Después de algunas
palabras de inicio, en donde se pone el acento en la
consolidación de la democracia, Alfonsín aborda la
Planificación y Administración pública, la Educación (incluida
aquí la cuestión cultural), el Trabajo y la Acción social, la
Política Económica, la Política Exterior, para terminar con la
Defensa, tema medular. Es un Discurso ético, centrado en los
valores de la democracia, la paz, los derechos humanos, la
solidaridad internacional y la independencia de los estados,
poniendo el acento en la reinserción del país en la comunidad
internacional. Con estos criterios se encaran los principales
problemas argentinos.
Ya en el tema que nos ocupa,
la política cultural, ésta se encuentra perfectamente
delimitada dentro del programa educativo del Estado. El
gobierno constitucional se proponía, en uno de los campos que
consideraba fundamentales para su acción reparadora,
desarrollar una política educativa de clara inspiración
nacional y democrática, basada en el concepto esencial de que
el hombre es el gran protagonista y el destinatario final de
todo el proceso formativo. La libertad, la dignidad de la
persona humana, el genuino pluralismo, sin discriminaciones ni
opresiones, son los valores centrales de ese proceso. Así, se
afirmaba, la educación se constituye a la vez en una
institución pública y un servicio social, que el Estado
sostiene y presta a todos, con la colaboración de las
instituciones que aportan su propio sistema educativo a través
del pleno ejercicio del derecho constitucional de enseñar y
aprender.
En lo que atañe a la función
del Estado, Alfonsín reafirma los principios tradicionales de
la enseñanza pública argentina, que ha de ser gratuita y
obligatoria en los niveles de preparación básica, e inspirada
en un claro propósito asistencial, de acuerdo con los
lineamientos trazados un siglo atrás por la ley 1.420.
“Hoy, a la luz de los nuevos
tiempos, auspiciaremos la incorporación al sistema de la
educación preprimaria y la obligatoriedad progresiva de la
enseñanza media. Además, tenemos muy en cuenta el valor
esencial del docente como ejecutor de esta alta misión social,
y no sólo nos proponemos garantizarle remuneraciones
decorosas y régimen de tareas racional y adecuado sino
también plena libertad intelectual y cívica, desterrando para
siempre toda discriminación o persecución arbitraria.”[4]
Así, se consideraba a la
universidad como un órgano fundamental para la formación de
una conciencia democrática y social en el país. Esta misión,
de tan clara significación para la nacionalidad, debe
cumplirla a la vez que ejerce su alto ministerio cultural e
intelectual de centro de estudios, superiores y escuela de
capacitación técnica y profesional. Para el gobierno, la
universidad debía sostener permanentemente los principios de
la Reforma Universitaria iniciada en 1918, respetando siempre
los instrumentos legales, base del ejercicio académico. Se
retornaba a la idea ejemplificadora de que la universidad debe
tener como objetivo formar hombres y mujeres al servicio de la
Nación y no tecnócratas.
El propósito del nuevo
gobierno es promover una acción descubridora, transformadora y
reparadora que fortalezca una cultura popular, nacional y
democrática. Así entendida, la cultura estará dirigida al
conjunto del pueblo, en pleno respeto federal por el
desarrollo de las culturas regionales, y no sólo a minorías
supuestamente ilustradas. El concepto de cultura nacional
disuelve la disyuntiva entre cultura superior y cultura
popular. Por eso el Estado promoverá, pero no determinará, las
características de la cultura que estará al servicio de la
identidad personal y nacional, y procurará ser un instrumento
para la descentralización del poder.
“No hay plenitud cultural en
medio de la pobreza, la desposesión y el abandono del pueblo.
No hay tampoco políticas culturales válidas si no se las
articula coherentemente con la política educativa del Estado.
Cultura y educación se realimentan constantemente. Nuestro
gobierno promoverá, pues, las actividades culturales, apoyará
sistemáticamente su libre desarrollo e impulsará su proyección
en el plano interno y externo, por considerarlo de interés
nacional.”[5]
Todo esto se llevará a cabo
disponiendo que todas las áreas y entes culturales sean
dirigidos por expertos y profesionales de cada disciplina.
Implementando un conjunto de medidas que salvaguarden los
derechos del trabajador de la cultura en todos los órdenes
(asistenciales, previsionales, intelectuales, etc.). También
regirá la más absoluta libertad en el plano de las
manifestaciones culturales, cuyo desarrollo sin trabas se
apoyarán con entusiasmo. En ningún caso, la acción del Estado
en este campo implicará interferencias ni presiones
ideológicas.
Alfonsín está convencido de
que sólo en libertad vive la cultura. En esta Argentina
democrática que daba sus primeros pasos, no habrá privilegios
oficiales para determinadas tendencias o grupos, ni mucho
menos "listas negras" u otras formas equivalentes de exclusión
por motivos relacionados con la subjetividad de las ideas o
con la trayectoria política de las personas.
En todo esto, se avanzó en un
principio con relativa facilidad. Se desarrolló un programa de
alfabetización masiva, se atacaron los mecanismos de represión
que se heredaron de la dictadura, se consolidó la libertad de
expresión, se terminó con la censura y se abrieron canales
para discutir contenidos y formas. De igual manera, los
intelectuales se incorporaron a la política, y a la vida
cultural, intelectualizándose la discusión social. Alfonsín
recurrió a ellos, tanto como asesores o funcionarios técnicos,
resultando con ello un discurso moderno, complejo y profundo,
traduciendo así lo que los académicos elaboraban. La discusión
cultural adquirió brillo y profundidad. Pero también, como lo
haremos notar, fue un programa que finalmente quedó
inconcluso.
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a)
El Centro de Participación
Política
Desde comienzos de 1983, se
reúne un grupo de intelectuales a discutir la política
cultural que el candidato Raúl Alfonsín deberá implementar
en caso de ser presidente. Las reuniones se efectúan en
Hipólito Yrigoyen 1419, en el autodenominado Centro de
Participación Política, efectuándose éstos una vez a la
semana.
Con la distancia sorprende
la lista de participantes, lo más granado de la
intelectualidad argentina, nombres que posteriormente
adquirirán un valor especial, lo cual denota el gran poder
de convocatoria que tenia Alfonsín, al menos entre los
intelectuales. El llamado Taller de cultura y medios de
comunicación social formado, entre otros, por Marcos
Aguines, Manuel Antin, Hebe Clementi, Carlos Gorostiza, Luis
Alberto Melograno Lacuna, Pacho O’Donnel, Luis Torres
Agüero. Convocados por Jorge Roulet y Luis Brandoni y
coordinados por Luis Torres Agüero y Luis Gregorich, pero
siempre supervisados por el candidato Alfonsín[6],
surgen una serie de documentos que intentan influir en las
decisiones políticas del momento, una contribución al debate
interno del llamado Movimiento de Renovación y Cambio. Las
conversaciones eran intensas, documentadas, serias, el
ambiente democrático que renacía estaba presente en estas
reuniones más bien informales.
Los nuevos tópicos están
presentes desde el inicio. Cuando se habla de cultura aquí
no se hace referencia a las actividades de una élite
exquisita y aislada del resto de la comunidad, sino de la
posibilidad y de la necesidad de que la creación y el
consumo de cultura sean patrimonio de toda la población.
Cuando se habla de democracia aquí no se alude sólo a un
esquema formal, sino a un conjunto de valores y creencias
compartidos que se gana en la práctica de todos los días y
que es reclamada por el país. Cultura y democracia no son,
por principio, excluyentes, sino integradores y pueden
convertirse en el puente de aproximación de las mayorías
nacionales. |
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El pluralismo cultural
despojado de prejuicios, alejado de valoraciones abstractas,
nutrido de un intercambio de experiencias concretas, será el
mejor instrumento para el acercamiento de los pueblos y para
el enriquecimiento de la identidad cultural. Frente a una
concepción puramente economicista y consumista de la
transformación social, habrá que defender las ventajas de un
planteamiento que postule la plena realización cultural, en
el que cada uno pueda acceder a los valores reclamados por
su propia idiosincrasia.
El papel de la cultura es
importante para promover el sentido tanto al trabajo como al
ocio creador y obrando como eficaz remedio contra la
invasión de productos de los centros culturales imperiales,
de ahí la necesidad de una cultura democrática. La
democratización de la cultura implica un programa de
gobierno y obliga a una justa valorización de la función del
estado en la promoción cultural. Deberá impulsarse la
participación de todos los miembros de la sociedad, no
importando cuál sea su origen social ni sus ingresos
económicos, en la creación y el disfrute de los bienes
culturales, y también en la toma de decisiones respecto a la
vida cultural.
Son imprescindibles la
descentralización y la federalización de la difusión
cultural. Los grandes centros urbanos, por lo general
provistos de infraestructura, deben merecer obvia atención
por parte del estado, pero no pueden hacer olvidar el
abandono en que se encuentran las pequeñas comunidades. Sin
embargo, los mayores esfuerzos presupuestarios deben
dirigirse a que se configure una descentralización
administrativa y regional del quehacer cultural, con lo que
se conseguirá una forma de integración nacional perdurable.
La cultura democrática es
inseparable de un ejercicio irrestricto de las libertades
individuales. La libertad de expresión y de pensamiento no
podrá sufrir recortes y debe estar íntimamente vinculada con
la libertad de acceso a los bienes culturales y a la
igualdad de oportunidades en el ámbito educativo y con la
promoción y estímulo a los sectores menos favorecidos de la
sociedad. Será proscrita toda forma de censura, explícita o
encubierta, y las discriminaciones de índole racial,
política, ideológica, económica o social.
La ciencia y la tecnología
permiten en nuestros días, con sus innovaciones, un
constante replanteamiento de las cuestiones culturales,
acelerando su proceso. Los medios masivos de comunicación,
por su penetración e influencia, tienen una importancia
capital debido a la influencia social que ejercen.
“Una cultura
democrática y popular ha de dirigir su atención hacia el
creador de la cultura (el artista, el intelectual, el
escritor, el docente), legislando correctamente para que sus
actividades puedan desenvolverse con los estímulos
indispensables. Pero también ha de hacerlo hacia el
consumidor, hacia el disfrutador de la cultura, hacia la
comunidad entera. Este debe ser el objetivo prioritario del
próximo gobierno: crear los canales necesarios para que cada
vez más amplios sectores de la población gocen, libre e
igualitariamente, de los valores y productos culturales.
Este será uno de los mejores servicios que puedan hacerse a
la consolidación de la democracia.”[7]
Para
alcanzar tal propósito, será necesario diseñar un exacto
diagnóstico del estado y las disponibilidades actuales de
las instituciones culturales existentes. Nada sería más
negativo que la descalificación global por lo que no se
trata de que no existan entes específicos sino de
orientación y de eficacia. Así, es necesario valorar y hacer
distinciones.
Por otra parte, los
espacios culturales deberán ser dirigidos por los más aptos
exponentes de las disciplinas que corresponden y, dentro de
lo posible, brindar un espacio de convivencia, dentro de sus
cuadros directivos, para las diferentes corrientes
políticas, sobre todo las mayoritarias. Hay que crear una
estabilidad administrativa para los más altos niveles de las
instituciones culturales, incluso prescindiendo de las
afinidades políticas, cuando así lo requiera la
especialización del personal.
Respecto al papel de las
industrias culturales, que desempeñan hoy un rol importante
en la difusión de bienes culturales, se estimulará su
actividad y se les incitará a reforzar su potencial
tecnológico. Cuando se trate de empresas multinacionales, su
acción deberá estar perfectamente coordinada con las
políticas culturales nacionales. Deberá evitarse
cuidadosamente la dependencia cultural, la alineación
cultural por vía del consumo indiscriminado de productos
estandarizados de los centros imperiales y la mera
fabricación en serie de libros o discos de intención
puramente mercantil. Las multinacionales se atendrán a las
grandes líneas de la política trazada por el estado.
Un gobierno radical, se
afirma, desprovisto de dogmatismos, puede consolidar una
cultura democrática y popular, en la que florezcan la
creación y el debate y en la que también, las mayorías
nacionales puedan acceder, en todos los rincones del país, a
los bienes culturales. El perfil cultural de una nación se
define y manifiesta teniendo como punto de partida su
identidad cultural, la cual es componente esencial de la
identidad nacional. Y la Argentina no tenía en estos
momentos un Plan Cultural orgánico y completo, reflejando
con ello una situación coherente con el desolador panorama
que en esta época se presentaba.
“La
normal vigencia y el ejercicio de la democracia brindará el
marco adecuado para retomar el rumbo perdido, para recrear
nuestra propia identidad, para implementar un plan de
gobierno liberador. Sólo una democracia en libertad, sin
miedos ni censuras, sin penetraciones foráneas que minen y
destruyan todo germen de sentimiento nacional, será la
garantía para que seamos artífices de nuestro futuro.”[8]
La
organización y puesta en práctica de un proyecto cultural (a
su vez integrado a un proyecto de nación), exige una cabal
interpretación de la realidad nacional, de las necesidades
del pueblo y de los recursos con que se cuentan. Del
enunciado de los objetivos culturales prioritarios, surgirán
las metas a cumplir, las cuales se implementarán de acuerdo
a una estrategia que responderá a una política cultural,
según un plan explícito en un programa de gobierno.
Y se enumeran los objetivos
culturales. Promover el desarrollo cultural de la comunidad
elevando su calidad de vida, garantizar la libertad cultural
eliminando la censura, consolidar la democracia cultural
mediante la igualdad de oportunidades y la participación de
todos y por todas partes, consolidar la identidad cultural
preservando el patrimonio cultural, fomentar la creación
cultural y la formación de recursos humanos en el área
replanteando los esquemas de enseñanza artística. Promover
la investigación cultural analizando las diversas variantes
socioculturales, necesidades e indicadores que permiten
valorar los principales indicadores culturales, formular un
Plan Nacional que cristalice los objetivos anunciados y que
esté sostenido por una legislación cultural acorde,
propiciar una integración educativa, científica y cultural
con América latina. Esto nos da el marco conceptual en el
que se puede trabajar.
De esta manera, se impone
un estudio de la legislación cultural, para adecuarla luego
a los objetivos del Plan Nacional de Cultura. De este
estudio surgirán leyes de protección al patrimonio cultural
e histórico, de fomento y apoyo a la creación artística, de
seguridad social para los trabajadores de la cultura,
reglamentación de los medios de comunicación.
De igual manera, la planificación en materia cultural exige
la aplicación de procedimientos y sistemas que son soporte
de la administración. Es necesario formar administradores y
promotores artísticos con capacidad de elaborar programas
regionales. El estudio económico administrativo permitirá la
planificación cultural y propiciará el encontrar un camino
para un completo financiamiento del desarrollo cultural con
medidas que incrementen el presupuesto nacional en materia
cultural y educativa. La exención de gravámenes a
espectáculos artísticos culturales, rebajas tributarias, la
afectación a un porcentaje de IVA, políticas fiscales que
favorezcan la creación de Fundaciones culturales. El Plan
Cultural Nacional será el resultado de todo esto.
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