Relacionada con lo anterior
encontramos una forma extrema de individualismo, a la que
hacemos referencia a veces como "la mentalidad de sálvese
quien pueda", y que tiene además sus correlatos destructivos
en una profunda desconfianza en los demás y la escasa
capacidad para asociarnos y cooperar en pos de objetivos
comunitarios. A principios de los noventa, la Argentina era
uno de los países con más baja proporción de personas que
confiaban en los demás. La confianza interpersonal es un
componente clave del capital social, que es decisivo para el
desarrollo económico y el buen funcionamiento de las
instituciones democráticas.
El individualismo extremo y
la desconfianza se vinculan también con la anomia, que tiene
un efecto desintegrador no sólo sobre nuestra vida cotidiana,
cuando no cumplimos las reglas del tránsito o los horarios
para sacar la basura a la calle, sino también sobre nuestro
funcionamiento institucional, cuando se traduce en la omisión,
alteración o reemplazo de las normas de acuerdo a la
conveniencia de alguien con poder, sea éste presidente, rector
de universidad o funcionario subalterno de un organismo
público, o alguno de sus familiares, amigos o protegidos.
En cuanto a nuestra ética del
trabajo, la llamada "viveza criolla", como filosofía de
progresar siguiendo la línea del menor esfuerzo e ignorando
las normas, el sentido de responsabilidad y la consideración
por los demás, tal vez proporcione ventajas individuales de
corto plazo, pero ha tenido y tiene un efecto devastador en el
orden colectivo, especialmente en la esfera económica.
El hábito de culpar de
nuestros problemas a algún Otro es, tal vez, el rasgo cultural
que más daño nos causa, no sólo porque fomenta la paranoia y
extravía el pensamiento y la acción, sino porque concede un
salvoconducto para la autoindulgencia. Si Juan no gana mucho
dinero, dejará de pagar los impuestos sin problemas de
conciencia, ya que los culpables son los grandes evasores.
Aunque María tenga opiniones "progresistas", no sentirá
remordimientos cometiendo un "pequeño" acto de corrupción,
pues sabemos que la "verdadera" corrupción está en otra parte.
En cuanto a Pedro, que es empresario, tiene a sus empleados
"en negro" con la excusa de que no hay rentabilidad posible
mientras el Estado elefantiásico mantenga tan elevada la tasa
de interés.
El axioma argentino de que
"la culpa es de Otro" no tiene exclusividad ideológica. Entre
los muchos "grandes culpables" de nuestros males han sido
identificados tanto "el Estado" como "el Mercado". El lector
puede repasar la lista innumerable de personajes históricos
que han tenido la culpa de lo que nos pasa, desde la época del
Virreinato hasta el día de ayer. Todo esto ha dado origen a
una visión pedestre de la historia y de la actualidad, que
invoca una lucha de "los buenos" contra "los malos" o, en su
peor versión, de ángeles contra demonios, en cuyo caso agrega
la necesidad de un dogma y una cruzada religiosa, que ya se
sabe cómo termina.
La crítica al hábito de
culpar a Otro no busca eximir a nadie de su responsabilidad,
sino subrayar que el estado de la sociedad en la que vivimos
no es algo separado de nuestro modo de actuar como individuos
y grupos. Mi forma de pensar el mundo y actuar sobre él crea
el mundo que me rodea. Como escribió David Bohm, si nos
acercamos a otro hombre con la teoría de que es un enemigo del
que hay que defenderse, él responderá de modo parecido y la
teoría se verá confirmada.
Las
razones del optimismo
¿No hay entonces lugar para
el optimismo? Creemos que sí. La sociedad argentina posee
también activos culturales realmente valiosos, potencialidades
que hoy, con la autoestima herida por el fracaso, somos tal
vez proclives a subestimar.
No sólo tenemos escritores y
artistas de relieve mundial. Somos el país iberoamericano con
más premios Nobel en ciencias: Leloir, Houssay y Milstein. Que
esto no es casual lo demuestra que, a pesar de todas las
dificultades, seguimos generando científicos de primer nivel.
Sabemos que se trata casi
siempre de logros individuales y que en su mayor parte esos
científicos están trabajando en el exterior. La falta de una
política pública y privada en ciencia y técnica refleja
también nuestras prioridades culturales. Las matrículas de las
universidades muestran que las profesiones liberales y las
humanidades gozan de mayor preferencia que las ciencias duras
y la tecnología, con la sugestiva excepción de la informática.
A pesar de todo, parece que
nuestro país produce espontáneamente algo más que pasto y
jugadores de fútbol, aunque ( lleva también a muchos a tomar
el camino de Ezeiza).
Por último, no son pocos los
argentinos que sienten malestar por los rasgos culturales no
valiosos que enumerábamos más arriba. La espontánea reacción
de la gente que manifestó pacíficamente en Plaza de Mayo el 19
de diciembre y el aumento que ha experimentado en los últimos
años el voluntariado, indican claramente que nuestro capital
social está en crecimiento. La corrupción es un tema que,
desde hace años, ocupa el primer o segundo lugar en la agenda
de preocupaciones de la opinión pública, aunque por ahora siga
enfocado sólo en sus manifestaciones más visibles, es decir,
en "las altas esferas". El trasfondo de estos y otros cambios
culturales bien podría ser el ascendente peso demográfico de
las nuevas generaciones, especialmente de aquella que creció y
se educó con la democracia (recambio generacional que aún no
se refleja en el plano de la dirigencia, lo que explica en
parte la crisis de esta última).
De esta manera, una visión
equilibrada de la cuestión cultural ha de inventariar tanto el
pasivo como el activo e imaginar acciones concretas, públicas
y privadas, individuales y colectivas, para superar los rasgos
culturales que constituyen obstáculos y promover o encauzar
los más valiosos.
A
modo de conclusión
El circulo vicioso que se
produjo a partir de 1998, de crisis fiscal que presiona la
tasa de interés la cual profundiza la recesión agravando la
crisis fiscal, produjo un empeoramiento sustancial y sin
precedentes de aumento de la pobreza que funcionó como el
detonante de la crisis económica, política y social que la
Argentina comenzó a transitar en el 2002, y a la cual le
cuesta imaginar una solución. Después del default, con la
devaluación, el costo social de esta crisis será peor porque a
los efectos de la recesión se suma el efecto altamente
regresivo para los pobres de la inflación.
El círculo vicioso llevó a
confundir la verdadera raíz del problema social. La
inexistencia de recursos en un marco de crisis fiscal agravada
conducía a muchos a pensar de que el problema social era
ineludible. Sin embargo, esta percepción estaba totalmente
equivocada. Existen recursos para fines sociales solo que se
gastan muy mal. El problema es que las instituciones laborales
y sociales están estructuradas con reglas de juego que no
premian la eficiencia pero conducen y posibilitan las
conductas burocráticas y clientelares. En lugar de formular
intervenciones activas y pasivas en el mercado laboral, y
establecer instituciones de ayuda social que apunten a
utilizar la asistencia social como un incentivo para la
superación de las personas pobres, nada se hace para
modernizar las instituciones laborales y la ayuda social sólo
se asigna con criterios clientelares. Y cuando existe voluntad
política de hacer bien las cosas, se hacen en forma muy
ineficiente, con altos costos administrativos y sin generación
de mecanismos de control.
Esto debe ser una explicación
al fenómeno de que dos tercios del gasto total del Estado
corresponden a gasto social y la pobreza se multiplica. No hay
país en la región que destinen tanto recursos per capita
a fines sociales, sin embargo, la pobreza en Argentina ha
alcanzado el mismo nivel de gravedad que en esos países.
Los casos de los programas
PROBIENESTAR y TRABAJAR son paradigmáticos. El PROBIENESTAR
está mal diseñado por querer llegar a los pobres a través de
beneficiarios que tienen cobertura de la seguridad social,
esta ineficientemente gestionado porque su cadena de
distribución produce filtraciones producto de sobreprecios,
formación de mercados "negros", descomposición de alimentos y
altísimos costos administrativos en personal, recursos físicos
y cobros de bolsillo a los propios beneficiarios, y no genera
ningún instrumento de control, por lo que no resulta raro
encontrarse asiduamente con caso flagrantes de clientelismo y
corrupción. Además de todos estos problemas, es atentatorio
contra la libertad y la dignidad de las personas, al someterla
al arbitrio de un burócrata que se arroga el poder de decidir
qué es lo que la gente tiene que comer.
El TRABAJAR no tiene errores
tan graves de diseño, sin embargo, produce filtraciones por
motivos distintos al PROBIENESTAR. Como en este caso no se
trata de distribución directa de bienes sino de entrega de
dinero, la ineficiencia se produce en que el dinero en
efectivo no permite trazar la "ruta" del beneficio para
comprobar que quién lo recibe sea el verdadero beneficiario.
Esto crea condiciones altamente tentadoras para el uso
clientelar del beneficio.
El presente documento
pretende ser un diagnóstico de la situación social y de la
ineficiencia con la que se ejecuta la asistencia social, como
ejemplo paradigmático, en la Argentina de hoy.