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Estudios sobre el Barrio. Los actores sociales excluidos: niños y jóvenes
hacia una construcción comunitaria (primera parte). |
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Mario Rodríguez
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Abril-Mayo 2005
A modo de
introducción
Cuando hablamos de exclusión, pobreza y
marginalidad, lo enfocamos siempre como un problema social que hay que
solucionar. El problema social es fundamentalmente encarado como un
problema urbano. En el análisis general se trata de llegar, dentro de la
libertad propia de la ciudad, a un orden social y a un control social
equivalentes a aquello que se ha desarrollado naturalmente dentro de la
familia, el clan, la tribu, etc. No siempre estas “recetas” surten efectos
eficientes, aunque sus análisis pueden servir de guía para la acción. Es
lo que he intentado hacer cuando encaro este ensayo, pero enfocándolo en
los actores sociales y dentro de los mismos, en los niños, algunos de la
calle, y en los jóvenes de los barrios considerados como “marginales”de la
ciudad de Córdoba, Argentina.
Digo, considerados como tal, o niños tal,
porque es propio de las expresiones de una ciudad, del común de “lo
ciudadano”, a tener en cuenta. En una sociedad tal, a pesar de todo, el
individuo se convierte en una persona: una persona no es otra cosa que un
individuo que, en cualquier lado, en un medio cualquiera, tiene un status
social; pero dicho status resulta ser en últimas un asunto de distancia
–de distancia social .
En este punto del análisis, se podría
–como se tratará de hacer enseguida—buscar los significados relativos que
distinguen ciertos espacios dentro del conjunto de una ciudad, para
comprender las fuentes de identidades que se encuentran ancladas en ella y
que definen una parte de estas “personas” a la cual nos referimos.
Trato de abarcar en el Capítulo I de la
Primera Parte, la pobreza y la violencia, entendidas también como medios
de exclusión, verdaderos flagelos, o mejor dicho, como siendo parte de los
embates del sistema jerárquico, que echan a andar la rueda de la expulsión
hacia la calle con las consecuencias que ello trae aparejado.
En el Capítulo II, quizás, sea un
replanteo encubierto de la noción de espacio público como tradicionalmente
se lo conoce; espacio donde puede ejercer sus intenciones de participación
política el “ciudadano normal”, pero que ahora pongo en el tapate este
otro ciudadano “excluído” que avanza desde las márgenes de la ciudad al
centro de la misma.
En el Capítulo III, siguiendo con la
consideración del espacio público, puedo mostrar los anhelos y esperanzas
del imaginario social habitante de los márgenes, así como sus vicios y
miserias. Quizás todo esto va moldeando historias que intentan trascender
de alguna manera en busca del reconocimiento social aunque también
individual, y vayan configurando una propuesta de cambio social, que
muestro en la Parte II Capítulo I.
Como es intención con este trabajo
aportar a la reflexión de la problemática social desde los márgenes del
mismo, creo que es válida la pregunta del Capítulo II, ¿hay salida de la
marginalidad?, ¿es posible plantear un nuevo horizonte de comprensión
basado en el valor de los derechos humanos?, ¿es posible incluir a los
excluidos?, el excluido, ¿será capaz de sobrevivir por su cuenta?
Como este trabajo pretende contribuir a
la enseñanza, consideré pertinente incluir en el Capítulo III, la cuestión
de los derechos de los niños, y en Parte III Capítulo I la cuestión del
lugar principal para hacer efectivo la aplicación de proyectos educativos
y sociales: la comunidad barrial propiamente dicha.
Todas las preguntas puedan ser
respondidas, en parte, en este trabajo, lo dejo a consideración.
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Primera parte
Capítulo I. Pobreza y violencia
Contexto y perspectivas sociales
Se escucha el mismo lamento de
educadores e investigadores en todo el mundo. Los niños y las
niñas de los barrios pobres aprenden poco en la escuela porque
les faltan recursos. No tienen dinero para útiles escolares, a
sus padres les falta compromiso, la lectura es ausente en la
casa, con tanta hambre, no tienen ni energía ni ganas para
estudiar. Sin duda, esta carencia es una gran barrera a la
educación de los niños y los jóvenes que viven en los barrios
marginales.
La pobreza es la característica
más clara de los focos de expulsión, no sólo aquí en Córdoba
sino a lo largo de América Latina. Las tasas de desempleo son
altísimas, y hay poco empleo dentro del barrio; los habitantes
suelen trabajar como domésticas o vendedores ambulantes en otros
barrios o en el centro de la ciudad, si es que consiguen
trabajo. Los servicios públicos son escasos: a menudo los
barrios carecen de luz, agua, y cloacas, o los habitantes tienen
que acceder a ellos a través del robo. La vivienda y los
alimentos son de muy baja calidad, tanto a nivel de higiene como
de salud pública.
Sin embargo, la pobreza en sí
no envía a un niño a la calle. En muchas comunidades pobrísimas
los niños siguen viviendo con sus familias a pesar de sufrir una
miseria espantosa.
Siguiendo este análisis es que
propongo que la pobreza como tal ni es necesaria, ni es
suficiente para lanzar a un niño a la calle. El problema, más
estrictamente hablando, es la carencia, o la falta. El entorno
no tiene los recursos necesarios para otorgar una vida plena
mientras que otro ambiente cercano sí los brinda.
La carencia y la búsqueda de
recursos solo conforman una parte del contexto que lanza al niño
a la calle.[1]
Pero hay otras causas necesarias (aunque no suficientes): la
violencia y la situación de la familia.
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Se podría decir que los niños
escapan a la calle para huir de esta violencia, y de algún
modo, esta hipótesis es acertada. Sin embargo, creo que hay
algo más profundo. En un contexto violento, un niño aprende
que las únicas soluciones posibles son extremas: si hay un
problema entre las pandillas, se resuelve a disparos. Un
problema entre mamá y papá se resuelve a puñetazos o a
gritos. En un contexto violento, tales soluciones
difícilmente entran en la mente de un niño, mientras la calle
surge como una solución más fácil.
Violencia
y familia
Esta cuestión nos lleva a la
familia. No queremos culpar a las familias de los niños que
se encuentran en la calle, porque esta retórica no sirve para
nada y no ayudará. Sin embargo, debemos recordar que muchos de
ellos dicen que escapan de sus familias, y no de su entorno
socio-cultural. Siendo así, debemos considerar las
características de las “familias expulsoras”.
No es fácil abordar este
tema, porque las críticas a las familias pobres casi siempre
se hacen tomando como ejemplo a la familia burguesa. La
experiencia con niños y jóvenes de la calle ha enseñado que
hay familias burguesas que violentan a sus hijos e hijas más
que cualquier padre pobre, alcohólico, o abusador. Por lo
tanto no quiero que estas palabras se lean desde la
perspectiva de un ataque, sino como un resumen de las
investigaciones de las familias cuyos hijos se encuentran en
las calles.
“El abuso” es una clave para
entender por qué un niño busca la vida en la calle. Cuando la
casa no es un hogar seguro, la calle parece una alternativa
viable.
Quizás existe otra dinámica
en las familias cuyos hijos se encuentran en las calles. Son,
en su mayoría, familias que no saben cómo expresar el amor. A
veces, los padres dicen que aman mucho a sus hijos... pero
jamás se lo expresan a ellos. El afecto no se manifiesta en
un abrazo o en un beso, y los padres no felicitan a sus hijos,
ni les dicen lo orgullosos que están por sus éxitos. De esta
forma, el niño se siente emocionalmente abandonado, y cuando
se enfrenta a un problema, no cree que sus padres le amen lo
bastante como para ayudarle.
En este contexto, hay que
considerar también el discurso sobre los padrastros y
madrastras. Casi todos los niños en las calles hablan de
ellos como personajes violentos y abusadores. En muchos de
estos casos, esta historia es cierta. Están los hombres
alcohólicos que encuentran en sus nuevos hijastros un buen
blanco para volcar su furia o deseo perverso. Pero en otros
casos, esta historia es una “mentira exitosa” que se utiliza
porque inspira buena limosna.
Para
un niño, es muy difícil entender la tensión entre las
necesidades de la madre hacia su nueva pareja (por sexo, por
compañía, por amor, por ayuda financiera), y el afecto y la
necesidad de sus hijos. No se entiende que el amor se pueda
compartir, y de esta manera se siente abandonado.[2]
Igualmente, los padres y
padrastros son poco capaces de destruir ese mito que involucra
a un tercero que viene a robar amor. En una familia donde no
se manifiesta mucho el afecto, esta ausencia se vuelve un
signo de la carencia de amor. En muchos casos, habrá abuso,
pero en otros no. Sin embargo, siempre hace falta un gran
esfuerzo por parte de la nueva pareja para que el niño no
interprete la nueva relación como un abandono.
Tampoco se puede olvidar la
situación económica de la familia. Todos sabemos que la
mayoría de niños y jóvenes que se encuentran en las calles no
viven allí – son trabajadores –. En muchas familias, los
hijos trabajan para ganar dinero, porque el sueldo de los
padres no basta. Hoy en día en la Argentina muchos padres han
renunciado a la esperanza de trabajar porque no hay empleo; en
estas familias, el sueldo de los hijos es el dinero con que
sostiene a la familia.
Lo cierto es que para muchos
jóvenes, el trabajo en la calle es el primer paso para vivir
en la calle: se sienten más independientes, se integran a la
cultura callejera, y se dan cuenta que si no vuelven a casa,
no tienen que entregar lo producido a sus padres.
La retórica asistencialista
habla mucho del abandono, “Ayudamos al niño abandonado,
huérfano, sin asistencia...”. Desde allí, imaginamos que un
niño está en la calle porque sus padres se han mudado a otra
ciudad, o porque la madre se casó con otro. Sin embargo, la
mayoría de los casos de abandono ocurren dentro de la casa.
Los padres deben salir a trabajar a las 5 de la mañana, porque
tienen dos horas de tránsito para llegar a la fábrica o a la
esquina donde venden diarios. Trabajan desde las 7 de la
mañana hasta las 9 de la noche, y por fin llegan a su casita a
medianoche, para ver televisión un momento antes de
acostarse. Si bien sus hijos tienen una cama y tal vez
también comida, son como huérfanos. No conocen realmente a sus
padres, viven encerrados en sus casas, y tienen sólo a la
televisión como amiga. Éste no es un buen espacio para
desarrollarse, y esta circunstancia motiva a muchos de ellos a
salir a la calle.
También se puede decir que la
escuela expulsa a los niños hacia la calle. Las maestras
pobres – que trabajan muchas horas por poco dinero – exigen lo
imposible a sus alumnos: “háganme la siguiente tarea: Mañana
vendrán a clase con fotos de diez automóviles de diez revistas
diferentes, con notas sobre lo que les gusta en lápices de 5
colores diferentes”. Las familias de los niños no tienen
autos, no compran revistas, y no tienen la plata para lápices
de colores. El niño no puede hacer la tarea, falla en la
clase, y eventualmente no puede asistir a la escuela.
Últimamente se observa que muchos niños van a la escuela a
recibir su ración de comida diaria porque en su casa no la
tienen, dejando de lado lo escolar.
Los profesores y directores
aduciendo órdenes superiores imponen reglas que no tienen
sentido. La educación refuerza la repetición y memorización.
“Se desconoce el conocimiento que los alumnos y alumnas traen
consigo, tales como saber subsistir en situación de pobreza
extrema, sus matrices de aprendizaje, sus afectos, sus deseos,
sus sueños”.[3]
Los maestros y maestras pocas veces entienden la vida de un
estudiante pobre – pero más importante aún es que sus sueldos
son tan bajos que deben trabajar en dos o tres escuelas para
mantenerse.
Algunas causas de la
deserción escolar, dieron cuatro motivos para escapar del
colegio:
Maltrato por parte de
maestros, compañeros y administradores
Disciplina opresiva y
represión cotidiana
Clases aburridas: “La profe
no enseña nada, pero la calle siempre enseña”.
(y mucho menos común)
Necesidad económica
Se puede comprobar también el
fuerte lazo entre deserción escolar y deserción del hogar. En
casi todos los casos, los niños de la calle escaparon de sus
casas poco después de abandonar la escuela.
No quiero limitar las causas
de callejerismo a las ya mencionadas. Es claro que hay otras:
drogadicción, delincuencia, el ejemplo del vecino que ya
escapó a la calle... Para ellos, la calle es una solución a
los problemas que ya conocemos. Pero ¿por qué? ¿Cómo piensan
que solucionarán sus problemas en la calle? Esta es la
pregunta que nos haremos a continuación.
Capítulo II.
La calle como espacio público
De la calle a la calle
En un barrio sano, hay niños en las calles. Allí juegan con sus amigos,
montan en bicicleta, brincan, juegan al fútbol... Esta experiencia en la
calle construye la sociedad civil, la responsabilidad social y el sentido
de comunidad.
En las villas, comunas o barrios marginales, esto también se da. Las
casas en las que viven los estratos más pobres de la población, carecen
generalmente de espacios para jugar, como puede ser un gran patio; además
pueden llegar a albergar hasta diez personas en una misma habitación. Para
un buen desarrollo personal, pues, la calle es necesaria: allí se
encuentran los amigos, la mirada social, el juego, la actividad física y
todo lo que hace una comunidad.
Así, pues, los niños y jóvenes pobres están desde siempre en la calle.
Vuelven a sus casas y familias por la noche y asisten a la escuela, pero
la mayoría de su tiempo transcurre en la calle, la plaza, el parque y la
tienda de la esquina. La trayectoria que nos preocupa no es el camino que
llega de la casa a la calle, sino la trayectoria de una calle a otra
calle, de la villa al centro.
Para entender esta trayectoria, tenemos que pensar en la semiótica de la
calle en los barrios pobres: ¿Qué significa la calle? ¿Cómo experimentan
la calle los habitantes del barrio pobre?
Esta pregunta es complicada de responder dada la diversidad de situaciones
en Argentina, y aún más cuando integramos a ella la experiencia de la
calle en Córdoba.
Sin embargo, podemos generalizar unas ideas sobre la semiótica callejera,
lo que nos ayudará a pensar en la trayectoria de la calle a la calle.
La calle es un espacio de tránsito. Nos olvidamos fácilmente de este
hecho, porque siempre hablamos de los “niños de la calle”, como si la
calle fuese un estado fijo. La calle es un camino abierto a otros mundos y
otros futuros.
En un barrio marginal, todos son muy concientes de la naturaleza de la
calle. Para hacer cualquier cosa importante, uno debe caminar por la
calle. La calle lleva al empleo, al cine, al teatro, al partido de fútbol,
a la fiesta. También lleva a la casa de los abuelos y al pueblo ancestral
en el campo. Si un niño pobre quiere llegar a otra parte, va a caminar por
las calles estrechas de su barrio, para después llegar a una calle más
ancha donde pasan los colectivos urbanos, que le llevarán a las avenidas
del centro.
Toda calle tiene este carácter, pero la calle de la villa es el espacio
transitorio por excelencia. Las calles de un barrio de clase media son, de
algún modo, circulares: la gente sale a trabajar y sus hijos e hijas salen
al colegio, pero siempre vuelven por la noche. El sueño de la vida es que
este proceso siga, tal vez en una calle más rica o prestigiosa, pero en
donde no habrá un gran cambio. En la villa, el futuro siempre queda fuera.
Pocos niños sueñan que su vida sea una repetición de la vida de sus
padres. Para salir adelante, hay que montar el camino y seguirlo, sin
querer volver.
Así, un niño que quiere un futuro es, desde muy temprano, un niño de la
calle.
La calle es espacio de diversión. Si caminas por la calle de cualquier
barrio pobre de ciudad, ¿qué ves? Un grupo de hombres se acercan a una
ventana para ver un partido de fútbol por televisión; todos beben cerveza
y gritan con sus equipos. Unas abuelas caminan lentamente a misa,
compartiendo los chismes del barrio. Las madres cuidan a sus hijos, que
están jugando fútbol, usando latas para marcar los arcos. En una esquina,
unos novios se besan.
Pinto un retrato mitológico, pero suficientemente cercano a la realidad
para permitirnos reflexionar sobre el imaginario de la calle. En la calle,
la gente se divierte. Hay placer en la calle: el placer del juego, el
placer de la compañía, el placer de la droga (la cerveza, el cigarrillo),
el placer del sexo (el beso fugaz de los jóvenes novios).
Considérese una conversación muy común en todas las familias pobres: “¿A
donde va, m’ijo?” “A la calle, mamá.” Y ¿qué quiere decir “a la calle”?
Quiere decir “A jugar”.
En contraste, la casa es aburrida. Es pequeña, tal vez sucia. Hay mucha
gente y muchas reglas. Un niño o un joven puede imaginarse que la calle es
una especie de paraíso de delicias terrenales. Esta dicotomía entre
casa-aburrida versus calle-divertida puede parecer extraña para un niño de
clase media o alta, pero es cierto: uno va a la calle para divertirse,
pero se queda en la casa porque debe hacerlo.
La calle es el espacio social. La gente de la clase media tiene la sala
para acoger a sus amigos y el comedor para invitarlos a cenar, pero no hay
espacio en una casa pobre para tales fiestas. Bien sea para conversar con
la vecina o para hacer una gran fiesta de baile, la calle (y tal vez la
plaza, que no existe en la villa) es el espacio social.
¿Donde juega el niño con sus amiguitos? En la calle. Sea considerada campo
de fútbol, o campo de batalla imaginaria. También es en la calle donde el
niño se socializa con los mayores, encuentra sus modelos sociales y
recibe la mirada afectuosa.
Cuando los niños llegan a la adolescencia, lo social puede cambiar. La
pareja se conoce en la calle, y van a la plaza para coquetear y para
besarse. ¿Por qué ir a la casa, donde la abuela siempre te mira, donde la
falta de aseo no va a dar una buena impresión al novio/a y donde se
prohíbe estar a solas?
Hay otras actividades sociales que también se realizan en la calle de los
barrios: el fútbol, las actividades de las pandillas, las campañas
políticas... A niveles macro y micro, se busca la compañía y la comunidad
en la calle.
La calle es un escenario dramático. Los hombres en la calle se ríen y se
divierten; juegan fútbol y toman cerveza, pero también pelean. Dos
borrachos empiezan a discutir sobre las decisiones del árbitro y se
agarran a puñetazos.
El drama de la calle no está limitado a la violencia y al chisme. Hay
protestas y manifestaciones en la calle, y la gente habla de las noticias
del país y del mundo. Las mujeres organizadas enseñan sobre salud,
política y género en la calle, y los jóvenes pandilleros reclutan nuevos
miembros de la pandilla. Siempre hay algo que sucede, algo para ver a
través de la ventana.
La importancia de este drama no se considera sólo por el hecho de ser
interesante. En la mirada de la gente, y en el chisme que sigue, los
actores callejeros se sienten reconocidos. En un mundo donde el habitante
del barrio marginal es invisible, este reconocimiento es fundamental para
el desarrollo de la subjetividad y la pertenencia.
La calle es un espacio de libertad. En la casa, tus padres te imponen
reglas. En la calle, no pueden. Aunque en realidad, la libertad en la
calle es mucho más complicada de llevar.
La violencia entre los barrios se traduce en que los niños y niñas no
pueden pasar de una calle a otra. La policía (si viene a la villa) agrede
a la gente en la calle. El niño debe conocer muchas reglas y prohibiciones
para aprovechar la libertad limitada de la calle. Poco a poco se descubre
que existían en la calle muchas prohibiciones, mejor dicho, en lugares
públicos como plazas, en centros comerciales, en barrios. Pero eso hace de
los niños unos seres habilísimos, escurridizos, sagaces; ellos conocen los
lugares de casi- nadie, los puntos intersticiales de la ciudad. La
libertad es más bien una excusa, un deseo.
Sin embargo y a pesar de dichas condiciones, los niños y jóvenes se
imaginan que el aire libre equivale a la libertad, aunque su experiencia
en la calle compruebe lo contrario.
Aquí es importante añadir una perspectiva de género. Para muchas niñas, la
calle tiene otra semiótica, o mejor dicho, ellas creen en algunos de los
mitos enumerados, pero no en todos. Según las condiciones establecidas a
través de una perspectiva machista de la división del espacio, la casa es
considerada como espacio femenino y lo que está afuera como espacio
masculino: el niño juega al fútbol y a la guerra en la calle, mientras la
niña juega con las muñecas y ayuda con el cuidado de sus hermanos menores.
Para ella, la diversión puede ocurrir en casa, y a ella no se le transmite
el mismo fetiche de la libertad que es transmitido a todos los niños
varones. Bajo el régimen machista, la niña entenderá la calle de otro
modo. Hay menos niñas en las calles de los barrios, y más niñas de la
calle en el centro.
Me criticarán, justamente, por generalizar. No todos los niños y las niñas
visualizan la calle del modo que yo describo. Es más; hay millares de
ejemplos donde sucede lo contrario: en la mañana, los niños que pasan por
encima de los borrachos que no llegan a casa y que duermen en la calle.
Cierto. Aquí describo la semiótica de la calle, lo que se imaginan de
ella, no lo que ella es. Este contraste entre la mitología de la calle y
su realidad chocará al niño, quien deberá elegir entre conformarse con la
triste verdad o seguir luchando para recibir la vida prometida por los
mitos. Entre los niños que más desean esto último, algunos decidirán
buscar en otras calles. Así, pues, se mudan de la calle a la calle, y
llegan al centro.
En las calles del centro
La calle del barrio ha traicionado al niño (y en algunos casos,
a la niña). No le otorga lo que le prometió. Así, debe buscar
una calle mejor, una que pueda entregar lo que mitológicamente
se ha prometido: libertad, placer, reconocimiento, cambios,
drama... Es así como la calle se convierte en un camino de
tránsito y llega al centro de la ciudad: a los mercados, a las
avenidas del comercio, a los sitios turísticos y a los centros
comerciales.
La ecología llevará al niño a aquellos lugares tanto como la
mitología. En realidad, están íntimamente ligadas. En las
avenidas comerciales, hay personas pudientes que dan limosna
–recursos necesarios para sobrevivir–. Pero allí también están
expuestos los modelos del éxito y la promesa de una mejor vida.
Escuchamos entonces los cuentos de los niños de la calle;
cuentos desarrollados con el objetivo de inspirar lástima ante
la imagen del niño lanzado de su casa y de su barrio y lograr
así una limosna. La imagen transmitida en el cuento es de un
niño objeto de la crueldad de los otros. De alguna manera, este
cuento es cierto. Pero también tenemos que considerar el deseo y
la mirada particular de cada niño o niña. Si bien es cierto que
hay muchos de ellos que han sido abusados en las márgenes de la
ciudad, la mayoría de ellos no buscan una solución en la calle.
Por el contrario, se quedan y sufren, o se escapan para vivir
con una tía o un amigo.
De esta manera, a la pregunta ¿Para qué desea un niño vivir en
la calle? ¿Qué provecho espera conseguir? le espera, yo temo,
una respuesta bien complicada.
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Capítulo
III.
Deseos
y sueños de vivir
El
placer
Sin duda, hay placer en la villa. Muchas veces, cuando
estoy en un barrio pobre llego a creer que hay mucho más
placer y mucha más felicidad en los barrios de miseria que en
los barrios de la clase alta. Sin embargo, este placer
originado por la danza, la música, la amistad, y el deporte
jamás será suficiente. La televisión nos enseña que hay
otros que se divierten más que nosotros, y por esto siempre
quedamos insatisfechos con nuestros placeres.
A veces el niño o el joven de la clase media y el niño
pudiente, al igual que todos los adultos, experimentan la
misma decepción. Ya sea porque forma parte de la
condición humana o porque es un condicionante capitalista,
siempre queremos más felicidad, y el evidente placer de los
demás nos dice que debemos buscar el placer en otra parte.
Para el niño rico, esta búsqueda lo llevará fácilmente a la
universidad, al sexo, a la moda... hay muchas posibilidades.
El niño pobre debe desplazarse, debe ir al centro para buscar
el anhelado mundo de la felicidad.
El “placer” más obvio de la calle es el placer de la droga.
Es un placer que yo, personalmente, ni conozco ni entiendo; en
realidad, el olor de la goma pegante me da dolor de cabeza.
Sin embargo, la mayoría de los niños de la calle describen su
experiencia con la goma[4]
como placentera. ¿Cómo es este placer? ¿Y por qué pega
tanto?
La explicación más común es que la goma quita el hambre o hace
olvidar, pero aún así, esto no está muy claro. Algunos dicen
que los niños de la calle no sufren tanta hambre como
pensábamos. Casi siempre hay un restaurante o un vendedor
ambulante que les regala comida. En realidad la crisis
de hambruna se presenta en las villas y en el campo, y allí no
se observa el mismo abuso de la goma.
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Igualmente interesante es el cambio que ocurre a los 12 años
de edad. En algunos lugares los niños dejan la goma
cuando llegan a la pubertad; cuando se les pregunta por qué,
dicen despreciativamente que “la goma es droga de niños”.
En realidad, los adolescentes sufren más por hambre, porque no
tienen tanto éxito al mendigar como los niños, y sin embargo,
acuden en menor proporción a la goma.
Sin duda, la cultura y la psicología de la goma requieren de
mucho más reflexión y análisis, y me temo que no puedo tratar
de tales temas en este espacio. Aquí, sólo quiero
reafirmar lo que dicen muchos chicos sobre el abuso de la
goma: que no es un escape de la miseria de la vida, sino un
placer que ellos mismos buscan.[5]
Muchos niños y jóvenes hablarán del sexo como otro placer de
la calle; un placer que no se encuentra tan fácilmente en la
villa.[6]
En las casas pobres no hay privacidad, mientras que por otro
lado, los espacios públicos siempre proporcionan un espacio:
un puente, una alcantarilla, o un edificio abandonado en el
centro. En una farmacia del centro además se puede
comprar un condón sin temor a que el farmacéutico cuente a
padres o vecinos. También en el centro, donde hay niños
de muchas otros barrios, se puede experimentar con la
homosexualidad sin exponerse a la temida reputación de
maricón.
Si pensamos sólo en el estereotipo del niño de la calle, este
discurso sobre el sexo no cabe: no queremos imaginar la vida
sexual de un niño de seis años. Tampoco quiero extenderme
sobre el tema de la sexualidad infantil. Sin embargo, una
investigación ha comprobado que muchos de los niños de la
calle son activos sexualmente desde una muy temprana edad,
voluntaria o involuntariamente. Una gran cantidad de ellos
describirán esta actividad como placentera.
Esta información pone en cuestión toda la definición del
placer. No quisiera pensar que un niño que da sexo oral a un
joven recibe placer de la experiencia, y la distinción entre
sexo y violación no queda muy clara en el caso de una niña de
diez años. Sin embargo, en casi todas las culturas de la
calle, habrán chicos y chicas que “voluntariamente” participan
en este abuso sexual. En parte tiene que ver con el poder y
en parte con la necesidad de sobrevivir, pues tener al jefe de
la bandita como patrón tiene mucho valor, pero también tiene
un componente ideológico. En la cultura posmoderna
occidental, el sexo es el placer por excelencia. Aún cuando
no de placer, aún siendo un suplicio, siempre se define como
“placentero”, como el bien deseado. En el contexto
subterráneo de una pandilla urbana, esta ideología puede tener
una muy mala influencia en la vida de los chicos y las
chicas.
Cuando hablamos del placer, debemos recordar la dinámica del
deseo: no es simplemente que uno quiere placer; quiere más
deseo. Puede parecer que la droga y el sexo en la calle sean
poco satisfactorios, pero podemos decir lo mismo con respecto
al sexo adolescente o al consumo del alcohol. Aún cuando sea
imposible alcanzar lo que se nos promete, en lugar de
decepcionarnos, queremos más de lo que nos ha fallado.
Cierto
sentido de la libertad
Profundo en el corazón de todos los niños está el deseo de
liberarse de todas las cadenas. Hasta los niños mejor
educados sueñan con escapar de la casa, más aún en aquellos
casos que la mamá dice: “¡No puedes!” Para el niño pobre, la
familia no es la única cadena, porque el peligro de la
marginalidad le impide salir a jugar, y la pandilla lo va a
reclutar. La escuela también se entiende como factor de
opresión, al igual que la mirada de los vecinos y las quejas
de la abuela. Escapar a las calles del centro de la ciudad es
una forma de luchar por una libertad soñada.
Para el niño, la idea de libertad es muy sencilla: está
relacionada con que nadie te pueda decir que “no”. En la
calle, sin padres, sin sacerdotes ni profesores, sin vecinos
que le conozcan, el niño se acerca a este sueño de libertad.
Es igualmente importante para él la ausencia de un alojamiento
fijo que le permita estar fuera del alcance de alguna pandilla
que quiera reclutarlo o matarlo.
Los niños de la calle son muy concientes del vínculo entre
libertad y poder. En sus casas, no tienen el poder para decir
“no”, pero en la calle, son capaces de escapar de la policía y
de los trabajadores sociales.
Sin embargo, esta libertad es poco profunda: un niño de la
calle está libre de las reglas de la casa, pero no es
libre para nada. Es decir, que él no obedece a lo que
los demás quieren de él, pero tampoco puede hacer lo que él
quiera. No puede llegar a ser un médico, no puede jugar al
fútbol en la Plaza de Armas, y no puede vivir en Francia. Si
se define la libertad como rebeldía o como un escape del “no”,
el niño de la calle es libre, pero si se define la libertad
como abrir nuevas posibilidades, el niño de la calle tiene
poca libertad.
Sin embargo, vale la pena recordar que esta última tampoco es
una posibilidad en la villa. En realidad tiene menos libertad
que en la calle. Si se considera la libertad como un estado
continuo, y no como algo absoluto, debemos reconocer que el
niño tiene razón cuando alaba la libertad de la calle.
Para mí, la pregunta más importante es ésta: ¿Por qué es que
el niño de la calle no es un rebelde contra los límites de la
vida (que no le permite llegar a ser un abogado/a), y sí lo es
frente a los límites impuestos por la familia? No tengo una
respuesta a esta pregunta, pero considero algunas
posibilidades en la sección de abajo, inspiradas en la acción
de algunos compañeros que han hecho experiencia y que intentan
concientizar a los niños sobre la libertad, la posibilidad, y
la liberación.
Aventuras:
sexo y violencia
¿Cómo construimos el sentido de nuestras vidas? En una
cultura dominada por la televisión y Hollywood, la narrativa
que nos llega a través de los medios masivos ha llegado a ser
la técnica dominante para entender el por qué y el para qué de
la existencia.[7]
Para el niño pobre, la filosofía no representa un camino
posible para entrar al mundo de la significación, mientras que
la religión tiene cada día menos fuerza. Pero la narración y
estructura del cuento siguen vigentes. Y en las calles, hay
muchos cuentos.
Esta tendencia del mundo posmoderno puede ser muy buena. Si
consideramos las técnicas tradicionales de la construcción de
significación, parecen muy verticales y poco liberadoras: el
sacerdote predica a los fieles para transmitirles su idea de
la vida, o qué es lo que Dios quiere de ellos. Las clásicas
escuelas filosóficas no fueron mucho mejores en este aspecto:
tanto la Academia de Aristóteles como los maestros Estoicos
proporcionaban soluciones particulares para los conflictos
espirituales. Y si bien es cierto que una persona con
inteligencia y fuerza personal puede aprovechar las
herramientas filosóficas y teológicas para construir una
significación propia, también es cierto que esto es muy poco
común. Pero la idea puede ser positiva si se acompaña a la
reflexión directamente involucrados en el medio y no desde
afuera.
“Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consuelo”,
son palabras que se constituyen en una lección que sirve para
todos, pero el sentido de una película de Hollywood no es tan
claro, ni tiene la moraleja.
Para encontrar el sentido de la vida en el mundo posmoderno,
tenemos que utilizar las herramientas de la narrativa y
construir una historia y una moraleja propia, transformándonos
en constructores y sujetos.
Sin embargo, en los cuentos hollywoodenses vigentes, se dan
pocas herramientas. La aventura, bajo el contexto de una
cruzada contra los malos, o la búsqueda del grial sagrado,
brinda realmente significación a la vida del héroe. El amor
es otro fin apropiado de la vida. Y para llegar al amor, o
para acabar con la cruzada, ¿qué camino caminamos? Sexo y
violencia.
Debemos recordar también que la narrativa no es sólo una
herramienta emocional o espiritual. Es parte del empleo
de un niño callejero. Si un niño monta en el bus para pedir
limosna, va a decir, en tono dramático: “Perdónenme por
molestarles el viaje, pero soy un niño pobre, y como no hubo
comida en casa para todos mis hermanos, he tenido que salir a
la calle a buscar mi propia vida...” “Disculpen la molestia.
Estoy en la calle porque mi padrastro...” Hacerse un objeto
de piedad e inspirar la lástima del público es un buen
negocio: la gente le da más limosna y tal vez hasta le mire a
los ojos. Una buena historia, ya sea verdadera o inventada,
le ayudará a conseguir comida, ropa, y dinero.
De esta manera, la narrativa brinda recursos materiales y
emocionales al niño de la calle. Con una buena historia,
empieza a sentir que su vida es importante e interesante, y
que tiene sentido. También, recibe la comida que le permite
sobrevivir. ¿Pero cuál podría ser el contenido de esta
historia? ¿Y cómo impactaría mejor en la vida del niño?
La historia que conocemos más es una historia de victimización.
El padre muere en la guerra y la mamá no tiene el dinero para
comprar comida para todos los chicos, así que el mayor sale a
la calle para no cargar con el drama de su familia. El nuevo
padrastro viola a la niña, y ella escapa a la calle. El niño
vende dulces para compartir sus ganancias con la familia
pobre. Todas son historias verdaderas, repetidas muchas veces
en todos los países del mundo. Igualmente, son historias
exitosas, porque inspiran la entrega de limosna.
Toda la narrativa occidental nos asegura que la víctima es
inocente y noble: Cristo era tan inocente como los mártires
cristianos. En la narrativa de la izquierda americana, los
indígenas son víctimas inocentes del imperio español, y los
habitantes del tercer mundo son las víctimas inocentes del
imperio capitalista. En narrativas conservadoras, el
sufrimiento de la madre demuestra su bondad y la miseria del
pobre garantiza su buen lugar en los cielos. Es verdad que
hay hipocresía en estos supuestos, porque son narrativas
compuestas por los victimarios. Pero aún así, no podemos negar
el vínculo entre el sufrimiento y la inocencia. Los niños de
la calle se aprovechan de esta asociación para sentirse
buenos. Sus vidas sí valen, porque sufren. Para los que
dudan, observen el rostro del chico al hablar de su
sufrimiento: habrá placer en este cuento.
La calle siempre brinda aventuras: huir de la policía,
burlarse de la gente “bien”, acceder al sexo y al amor, la
misma travesía cotidiana en aras de buscar comida y cama.
Vivido en niveles extremos.
No he pretendido en ningún momento insinuar que la calle es un
paraíso o un lugar donde todos los deseos se satisfacen.
Dicha conclusión sería mentira. Sin embargo, también es una
mentira suponer que la calle es pura miseria. Aunque parezca
extraño, el joven carenciado encuentra placer en la calle,
encuentra algún tipo de reconocimiento, y logra contarse un
cuento sobre su propia vida. De igual manera, la calle
siempre brinda nuevos deseos, e intensifica los deseos ya
presentes con el anhelo de no dejarlos insatisfechos.
El error al pensar que la calle es pura miseria no es un
simple error académico. Este error nos motiva a construir
programas que no atraen ni brindan respuestas a los deseos
existenciales del niño. Si pensamos que la calle es pura
miseria, entonces concluiremos que basta con construir un
hogar para que los niños lleguen a él. Parecería obvio que un
albergue, la escuela, o un programa de capacitación laboral,
son mejores que la calle. Pero no es así.
En los capítulos siguientes, escribiré acerca de aquellos
programas que realmente toman en cuenta los deseos de los
niños y además brindan alternativas superiores a las de la
calle.

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[1] En esta sección del ensayo, hago uso del
término más ortodoxo de “lanzar” un niño a la calle. Este
vocablo priva al niño de su subjetividad (no es “el niño
escapa” o “el niño decide buscar otra vida”), pero sirve
para entender el contexto amplio en el que el niño tomará su
decisión.
[2] Es importante notar que
éste no es un fenómeno de la clase baja. Sin embargo, una
familia rica que tiene mucha vergüenza por la ida de su
hijo, tiene posibilidades de acceder a recursos
psicológicos y de otros profesionales.
[3] Comunicación personal con docentes del
nivel primario y secundario de una Escuela de Córdoba.
Julio de 2004
[4] ...O con el activo (en México) o la
gasolina (en mucha partes de África), generalmente también
se la conoce como fana.
[5]
Para mí, la pregunta importante es ¿Por qué salir a la
calle para buscar el placer de la goma (o de cualquier
otra droga)? En Buenos Aires, hay tanta goma en las villas
como en la calle, y los niveles de abuso de goma ya avanzan
en las villas de Buenos Aires. Igualmente, hay muchas
familias que consumen goma (u otras drogas) en la villa,
pues no es una vergüenza que se deba esconder -- en
cualquier basurero de Argentina, un niño puede inhalar goma
con su abuela, en la seguridad de la casa. ¿Por qué ir a la
calle para hacer lo mismo?
No sé la respuesta, pero quiero presentar
una hipótesis: en la villa, la goma significa tristeza,
soledad, y un callejón sin salida; es la droga de los que
han abandonado la vida. En las calles del centro, la goma
se asocia con los aventureros, los libres, los que han
rechazado su condición de nacimiento. Los efectos son los
mismos tanto en la calle como en la villa, pero en la calle
el niño puede fingir que la goma es una droga para los
rebeldes, para los que tienen un futuro. En la villa, esta
ilusión es imposible. El problema con la goma no es sólo lo
que hace, sino también lo que quiere decir.
[6]
He notado que hay menos niñas y jóvenes mujeres que hablan
del placer del sexo, o que se entusiasman por la libertad
del sexo en la calle.
Esta diferencia puede surgir de causas diversas, entre
ellas:
1. Que la historia de abuso sexual es más fuerte
entre las niñas
2. Que la asociación con la prostitución y la
explotación les priva del placer del sexo
3. Que el machismo no otorga valor al placer
femenino, o no lo permite
4. Que niñas no quieren hablar del tema con un
extranjero varón
5. Que los niños deben construir un discurso
sobre su virilidad, pero no es tan necesario para las niñas
Pueden existir otras más....
[7]
Relacionar la narrativa con Hollywood no es una crítica de
esta técnica de crear significación. En realidad se puede
encontrar la misma técnica en la Biblia, en Tolstoy, en
García Márquez... Sin embargo, la mayoría de los niños de
la calle no aprenden sobre la narrativa a través de Anna
Karenina, sino a través de La Guerra de las Galaxias
o de los cybers.
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