ELSA CECILIA FROST 

SEMBLANZA

Patricia Escandón

CIALC-UNAM

 

 

En mayo de 1982, don Leopoldo Zea invitó a Elsa Cecilia Frost –por entonces jefa del departamento editorial del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM— a colaborar con él en el recién nacido Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos de la máxima casa de estudios.  La elección del Dr. Zea no era casual, sino perfectamente calculada, por eso, Elsa ingresó a este Centro con un doble compromiso: el de conformar y dirigir un nuevo Departamento de Publicaciones y el de realizar investigación.

La Dra. Frost trabajó para el Centro a lo largo de 23 años; en ese periodo rindió muchos de sus más sazonados frutos intelectuales y alcanzó los más altos reconocimientos a su labor, como investigadora, traductora y docente. Las líneas que siguen son apenas un esbozo sumario de su vida y su trayectoria académica.

 

 

LOS AÑOS FORMATIVOS

Elsa Cecilia Frost del Valle nació en la ciudad de México el 25 de diciembre de 1928. Completó su educación básica, media y media superior en el Colegio Alemán de la ciudad de México; ahí inició su solidísima formación humanística y lingüística; ahí aprendió a delinear esa letra menuda, pareja, pulcra y educada –como su personalidad—, con la que era capaz de llenar alteros de páginas, que apenas si mostraban una que otra tachadura.

Ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en 1947, cuando ésta aún tenía por sede la antigua Casa de Mascarones. Durante los cuatro años que dedicó a los estudios universitarios de filosofía, trabó contacto con el doctor José Gaos, ilustre trasterrado asturiano, discípulo de Ortega y Gasset y ex rector de la Universidad de Madrid, que se volvió su tutor.  No obstante, el paso de Elsa Cecilia por la Facultad de Filosofía también le dejó otras buenas y duraderas amistades: la historiadora Rosa Camelo, las escritoras Inés Arredondo y Rosario Castellanos, el filósofo Luis Villoro.    

Ya en calidad de pasante de la carrera de filosofía y durante la primavera de 1953, se consiguió un empleo temporal como bibliotecaria, asignada a la clasificación de obras de teología, filosofía e historia en los acervos de la Biblioteca Nacional. Pero el maestro Gaos alentaba planes más  ambiciosos para ella, así que, a mediados de dicho año la sacó de los latines de los polvosos tomos de la Biblioteca Nacional y se la llevó a la editorial Fondo de Cultura Económica, donde le encomendó la edición de obras de filosofía, historia y religión. Elsa reconoció siempre que el Fondo de Cultura había sido la escuela superior donde aprendió los secretos del arte editorial, de la corrección de estilo, de ese sutil y laborioso tallado de vocablos y líneas que han de convertirse en el objeto maravilloso que denominamos “libro”. Sus maestros en el oficio: Arnaldo Orfila, Joaquín Díez-Canedo, Alí Chumacero.  En esta prestigiosa editorial la Mtra. Frost hizo insigne carrera pues alcanzó la subgerencia de producción.

Elsa sustentó su examen profesional el 29 de noviembre de 1963, ya en las aulas de Ciudad Universitaria. Su tesis Las categorías de la cultura mexicana, dirigida por el Dr. Gaos, era un ensayo que, justamente, indagaba si existía, si se podía hablar de una cosa tal como la filosofía de la cultura de México. Para averiguarlo, en un trabajo original y en extremo meticuloso, Elsa ubicó y repasó, de cabo a rabo, las ideas y conceptos hasta entonces formulados sobre la cultura “nacional”: su ser “mestizo”, “indoibérico”. Una década después, la UNAM la publicaría y llegaría a ser una de las obras más vendidas de su catálogo editorial.   

 

En agosto de 1966 la Mtra. Frost se incorporó a la planta académica del Instituto de Investigaciones Filosóficas; la oficina que le asignaron, como encargada del departamento editorial, estaba en la Torre de Humanidades, al lado de la Biblioteca Central, de la que el talento de Juan O’Gorman hizo una vistosa caja policroma.  Al año siguiente,  Elsa regresó a las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras para cursar un posgrado. Dos seminarios de investigación: el de Historiografía Mexicana del siglo XVI, dirigido por Edmundo O’Gorman y el de Cultura Náhuatl, por Miguel León Portilla, fueron las asignaturas de alto nivel de su doctorado en filosofía. Elsa trabajó arduamente con este renombrado académico y con otros colegas del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM en preparar la tercera edición de una obra monumental: la Monarquía indiana del franciscano fray Juan de Torquemada.  A ella se deben dos estudios del volumen 7: “El plan y estructura de la obra” y “Fuentes bíblicas, clásicas y contemporáneas”, que sólo puede calificarse de admirable filigrana de erudición y diligencia, porque su confección demandó cantidades equivalentes de conocimientos y de detectivescas pesquisas. Igualmente coordinó, supervisó y, cuando fue necesario, incluso se metió a trabajar directamente en la compilación de un extenso índice analítico, que hace manejables la plétora de nombres y la multitud de conceptos de la vastísima obra y que, además, facilita sensiblemente la rápida obtención de datos particulares en una consulta.   

A principios de 1975, la maestra Frost dejó el Instituto de Investigaciones Filosóficas para poner su talento y su saber a disposición de El Colegio de México, institución que mucho partido sacó de ellos.  Su contratación figuró en la categoría de “profesor-investigador” y la asignatura que se le encomendó en el Programa de Doctorado en historia fue la de Patrística. A escasos cuatro meses de su entrada, se le confirió también la coordinación académica del Centro de Estudios Históricos de colmex. Fue, además colaboradora asidua de su prestigiosa revista Historia Mexicana, donde publicó varias reseñas de libros y otros diversos textos, entre ellos su estupendo artículo, “El milenarismo franciscano en México y el profeta Daniel” (1976).

Así transcurrió un lustro. Pero, al iniciarse la década de los 80, el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM le solicitó que se hiciera cargo de su departamento editorial. Eso la trajo de vuelta a su alma mater, en cuya División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Filosofía empezó a impartir la cátedra de Historiografía mexicana del siglo XVI.

 

 

EL CCyDEL

 

En este punto estaba la carrera de la Mtra. Frost cuando se produjo su incorporación al Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos, dependencia que, en realidad, capitalizó los años de sólida formación y experiencia de Elsa.

En 1983, Elsa Cecilia recibió una beca del gobierno alemán, junto con una invitación de la Universidad de Erlangen-Nürburg para realizar ahí una estancia de estudios. Al año siguiente, le cupo el honor de formar parte del grupo pionero del Sistema Nacional de Investigadores, del que sería miembro de por vida.

Sin dejar su cátedra de posgrado en la UNAM por estas mismas fechas extendió el radio de su actividad docente a otros ámbitos, como los noviciados de la Orden de Predicadores (dominicos) y el de Frailes Menores (franciscanos) de la ciudad de México, donde por algunos años dictó sendos cursos de Historia de la Iglesia. El que los propios “expertos” requirieran sus servicios como profesora de historia eclesiástica habla del calibre de la reputación que ya había alcanzado por entonces

A partir de 1989, ya liberada de la responsabilidad que suponía dirigir departamentos de publicaciones, se dedicó en forma exclusiva a la investigación, a la escritura,  a la docencia y a la dirección de tesis. Su propia obra édita ganó con ello, pues Elsa empezó a publicar con mucha mayor asiduidad y abundancia, así por ejemplo, sacó a la luz La educación y la ilustración en Europa (SEP, 1986), Testimonios del exilio (Jus, 1990) y Teatro profesional jesuita del siglo XVII (CONACULTA, 1992),   Franciscanos y mundo religioso en México (coord. y ed., UNAM, 1993), Historia de Dios en las Indias: visión franciscana del Nuevo Mundo  (Tusquets, 2002). Sus artículos y textos cortos fueron bastante más numerosos –demasiados para hacer recuento aquí— baste decir que se difundieron en obras y revistas de buen nombre nacional e internacional;  de las segundas, aparte de Historia Mexicana (México), figuran The Americas (Washington), Cuadernos Americanos (México), Silva (León, España) y Revista de Indias (Madrid). En lo que toca a las primeras, hay trabajos que aparecieron en títulos colectivos editados en Barcelona, Granada, Madrid, Frankfurt, Nueva York, Rohde Island, etc. 

El premio de traducción literaria “Alfonso X”, que anualmente otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes, le fue conferido a Elsa Cecilia Frost en 1988. Hubieron de transcurrir más de treinta años para que el país reconociera –a través de una de sus máximas instancias culturales— la valía de sus creaciones, sí, verdaderas creaciones en prosa castellana.  

La veintena de libros de filosofía e historia traducidos (8 del alemán, 8 del inglés, 4 del francés); la decena de traducciones de libros revisadas y ajustadas, y  la no cuantificada suma de artículos vertidos al español que ella dejó, avalan su prodigiosa capacidad y su pasión por este trabajo. 

Ello únicamente por lo que toca a la parte práctica o positiva del oficio, porque en el campo teórico también hizo lo suyo, que no fue poco. Compiló el libro El arte de la traición o los problemas de la traducción (1992 y 2000), escribió el capítulo “Ser y estar o las dificultades de la traducción filosófica” (en: Lenguaje y tradición en México, 1989) y el artículo “Traducir del inglés y sus varias dificultades” (Revista de Literatura Hispánica, 1995); finalmente, ante foros de especialistas pronunció las conferencias: “La traducción filosófica” (1988), “El traductor de editorial” (1992), “Los problemas de la traducción” (1993) y “La traducción del inglés” (1994).  Como se advierte, la mayoría de los títulos de sus trabajos remiten a los escollos, las trabas, los obstáculos que enfrenta la labor del traductor.

Inmersa en tantas ocupaciones, Elsa Cecilia había aplazado la terminación de su tesis doctoral (América: segundo escollo del providencialismo), texto que finalmente concluyó y defendió en examen el 9 de diciembre de 1998.

Un año después, le adjudicaron el premio “Edmundo O’Gorman” en Teoría de la Historia, del  Instituto Nacional de Antropología e Historia.  Y a los cuatro años del anterior, la UNAM (a veces madre, a veces madrastra) le confirió el premio al mérito universitario “Juana Ramírez de Asbaje”. Finalmente, en agosto de ese mismo 2003, llegó un reconocimiento que valió por todos: se le eligió miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Fue la cuarta mujer a la que se le franqueó el paso a este cenáculo, selecto club masculino que, desde 1875, congrega a los guardianes nacionales del idioma. La silla XIV que ocupó por brevísimo lapso, dado que leyó su discurso de ingreso apenas en noviembre de 2004, se la ganó a pulso y en buena lid: en años de afanosa búsqueda y divulgación de la palabra. 

 

LOS SABERES DE ELSA FROST

 

La palabra era el ingrediente básico del mundo de Elsa. Nadie como ella para amasarla, cincelarla, pulirla amorosamente; nadie como ella para moldearla en textos que se deslizaban con gracia natural y que siempre producían ese espejismo de sencillez que sólo logra aquello que se ejecuta con maestría. Porque, más que un don, su arte, su ejercicio magistral en la escritura fue obra de muchos años de paciente acumulación de conocimiento y reflexión; de infinidad de páginas leídas y escritas. A su incontenible pasión por las letras no le bastó con alcanzar un dominio pleno del castellano: también la condujo a domesticar y a poner a su servicio las palabras de otros seis idiomas occidentales: alemán, catalán, francés, inglés,  italiano y latín. De hecho, seguramente por lo que más se recuerda y se cita su nombre es por su vasta obra de traducción, de calidad incomparable. Los escritos de Ludwig Wittgenstein, Niklaus Hartmann, Michel Foucault, Jacques Lafaye Henri Favre, Noam Chomsky, F.C. Coplestone o Werner Jaeger –por citar sólo a algunos autores de lengua alemana, francesa e inglesa— encontraron timbrada, precisa y sonora voz española en la elegante pluma de Elsa Cecilia.

 

Por mucho tiempo, el Fondo de Cultura Económica y distintos institutos y centros de humanidades de la UNAM –el último de los cuales fue el CCyDEL— se beneficiaron de la probada capacidad, de la enorme sabiduría editorial de Elsa Cecilia Frost. Y es que el fantástico universo de Gutenberg, el de los tipos de imprenta y de las páginas olorosas a tinta fresca, no entrañaba ningún misterio para ella; virtualmente no quedaba ahí ningún rincón que ella no hubiera explorado, con sus ojos avezados, con su mente rápida, con sus manos diestras.

Aunque en su carácter de jefa de departamentos de publicaciones, no tenía que hacer personalmente el trabajo de corrección, sino sólo supervisar y coordinar el de sus subalternos, era un contento verla intervenir en casos difíciles, empuñar su lápiz y poner manos a la obra. Como haría un competente cirujano, tomaba un original en estado crítico, restañaba hábilmente las heridas de algunos renglones, conectaba con finísimas suturas los colgajos de párrafos desgarrados e insuflaba oxígeno revitalizador a las expresiones moribundas. Al final, devolvía al paciente a un buen estado de salud, siempre hasta donde lo permitiera la complexión natural –fuerte o débil— de aquel.

El camino de erudición que emprendió Elsa Cecilia Frost cuajó asimismo en una obra personal sólida y consistente, que fue elogiada y consultada indistintamente por colegas, estudiantes y público en general. Su producción sobrepasó la centena de títulos, entre libros, artículos, compilaciones y ediciones (sin contar las traducciones), y en ella profundizó en el conocimiento de la cultura y la filosofía mexicanas, en el de la institución eclesiástica en América y en el de la historiografía de tradición española

Su carrera docente alcanzó grandes alturas, en COLMEX, en la UNAM y en las instituciones que la invitaron a dictar cursos; fue, además, asesora de incontables tesis de licenciatura, de maestría, de doctorado, tanto en filosofía, como en historia. Ella era toda oídos, toda concentración y toda paciencia cuando se trataba  de la atención de sus discípulos, a los que dirigía y aconsejaba por igual en las aulas del campus, en seminarios reunidos en otras sedes, en su ordenado despacho, en cafés o restaurantes, e incluso en su propia casa o en la línea del télefono, si era menester. Su enorme generosidad, su magnanimidad académica fue la que acabó formando a varios de sus estudiantes como investigadores y profesores, especialistas que hoy trabajan para diferentes universidades y centros superiores de enseñanza.

Pero la labor formativa de Elsa Cecilia no se limitó a la educación de grupos selectos de estudiantes, seglares o religiosos, ya que el número de conferencias que preparó y dictó frente a especialistas y auditorios legos rebasó, con mucho, el centenar. De su palabra, suave y mesurada, la gente aprendió mucho respecto de la cultura indígena, de la tradición clásica y medieval en América, de los fundadores de la Iglesia mexicana, de los filósofos nacionales, del arte de la traducción… y de un sinnúmero temas.

La doctora Elsa Cecilia Frost falleció el 1º de julio de 2005. Descanse en paz.