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  ¿Una disciplina o un campo disciplinario?
 

La historia intelectual es un complejo disciplinario que pone particular énfasis en el estudio del contexto pragmático de producción y el contexto simbólico y significativo de prácticas y representaciones. No se restringe a una historia de los intelectuales o de los conceptos por ellos elaborados, sino que es más precisamente una historia de la inteligencia en el sentido que atribuye a este término Alfonso Reyes, es decir, la inteligencia que un determinado grupo social genera y le permite interpretarse a si mismo, y que en todo caso tiene a los intelectuales como una de sus posibles –aunque no exclusivas– manifestaciones.
 

Es interesante que muchos estudiosos de esta línea recuperan también la obra que Leopoldo Zea dedica al positivismo como uno de los primeros antecedentes, en cuanto puso en relación las ideas con el contexto político.

Así como dice Oscar Terán, la historia intelectual no es estrictamente una disciplina específica, sino que se trata de una forma de abordaje de los textos y discursos que se nutre tanto de la historia conceptual (Kosellek), la antropología (Geertz), la historia de las mentalidades (Darnton), la historia de la cultura (Hogart-Williams), es estudio del discurso (Foucault), los estudios de la pragmática (Austin, Skinner) y del campo simbólico (Peirce, Bourdieu). Enfatiza la relación de los textos, y particularmente de la prosa de ideas, con otras prácticas discursivas (Angenot) y la estructura de un campo semántico (Trier-Porzig).
 

Todo esto resulta de particular interés para nuestra investigación, porque nos permite por una parte enfatizar que el concepto social de gaucho tiene su propia historia, una historia que debe rastrearse a través de los usos específicos y reinterpretaciones que sufrido el término. Esto implica no sólo ver cómo se ha gestado y se ha definido la voz gaucho, sino sobre todo su redefinición y reinterpretación a la luz de cuestiones pragmáticas e ideológicas específicas. Sería una ingenuidad atenerse a una definición única del término, y desconocer que éste tiene su propia historia social, distintos usos ideológicos, como lo muestra su empleo en distintos contextos pragmáticos y su asociación de diverso modo en distintos campos semánticos. De otro modo no podría comprenderse por qué en determinadas situaciones se asocia al gaucho con el paria social, que está al margen de su sociedad y no sirve para definirla, y se lo asimila con el peligro, con la barbarie, la violencia, la precariedad, o se lo idealiza como el fundamento de la nacionalidad, la épica y la civilización. Para entender este cambio es necesario poner el término en relación con la historia social, y además con los distintos contextos pragmáticos y campos semánticos con que se lo ha asociado. Así, por ejemplo, en un determinado momento histórico e ideológico el término “gaucho” se asocia a peligro y barbarie, y en otro momento se asocia a tipo, paradigma de la civilización. Para entender estas transformaciones es necesario atender no sólo a la historia política y de las ideas, sino también a la historia social y cultural, además de estudiar el contexto de uso y de sentido, tanto en el ámbito letrado como, hasta donde sea posible, en otros contextos reconstruibles a partir de las fuentes. Un trabajo modélico a este respecto es que Benveniste y Starobinski dedicaron al concepto de “civilización”.
 

Pero la historia intelectual nos permite también enriquecer nuestro estudio de otros temas como el del ensayo, al que podemos entender como una práctica discursiva colocada en un contexto específico, puesto que tampoco el ensayo es una forma textual cristalizada. Así, por ejemplo, no siempre fue aceptado el ensayo como vehículo de la reflexión filosófica, postura que puede advertirse en autores contemporáneos como Eduardo Nicol. Sin embargo, a partir de Nietzsche, Kierkegaard, Adorno, y en nuestro medio de Ortega y Gaos, y muy particularmente en América Latina, donde se vuelve una forma privilegiada con valor epistémico, el ensayo no sólo se admite como vehículo de la reflexión filosófica, sino que se lo considera forma con valor epistémico.
 

Como dice Elías Palti, “Desde que el lenguaje dejó de ser concebido como un medio más o menos transparente para representar una realidad "objetiva" externa al mismo, el foco de la producción historiográfica en su conjunto se desplazó decisivamente hacia los modos de producción, reproducción y transmisión de sentidos en los distintos períodos históricos y contextos culturales”. Esta línea de pensamiento se caracteriza por la complejidad y el eclecticismo alcanzado, en cuanto implica un esfuerzo de asimilación de diversas corrientes y líneas teóricas tan diversas como puede serlo el arco que va desde los aportes de la hermenéutica de Ricoeur y Gadamer hasta la crítica cultural de Habermas y la escuela marxista inglesa. Sin embargo, el eje fundamental en que se apoya esta corriente es el enfoque histórico, contextualista y pragmático de la producción de sentido que implica todo texto a la luz de su inscripción en un contexto determinado y su inserción en una tradición reflexiva específica.
 

Por otra parte, en la medida en que el ensayo es una forma discursiva particularmente ligada a la prosa de ideas y a la reinterpretación de conceptos y símbolos procedentes de un contexto cultural e intelectual específico, los aportes metodológicos de la historia intelectual pueden resultar altamente productivos para su estudio. Esto permitiría además emprender una revisión de textos y  estudios críticos dedicados al ensayo con apoyo de categorías de análisis como las que aporta la historia intelectual. Es necesario superar los enfoques contenidistas o los análisis tradicionales del ensayo en favor de enfoques que acentúen la inserción de esta forma discursiva en un contexto histórico específico, con un imaginario social con el que se relaciona de manera dinámica y compleja.