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  Situación del ensayo
Liliana Weinberg
 

 

Introducción

Desde hace ya varios años comencé mi indagación del ensayo, traducida en un texto que titulé El ensayo entre el paraíso y el infierno,[i] hasta hoy, cuando acabo de concluir otro trabajo denominado Umbrales del ensayo,[ii] me persigue la misma idea: esta forma discursiva que es el ensayo no puede ser comprendida sino a condición de poner atención a la relación dialéctica entre pares de opuestos antes que a uno u otro de esos polos, que se tienden como los dos extremos de un umbral que debemos atravesar una y otra vez. Muchos estudiosos se lamentan de que el ensayo no pueda alcanzar el estatuto de obra literaria porque se encuentra “contaminada” de ideología y de datos coyunturales, o que no pueda ser sino un híbrido, un antigénero, una “filosofía” degradada por imágenes literarias y opiniones subjetivas y caprichosas.[iii] Pero tratar de clasificar y congelar el ensayo y tratar de reducirlo a uno u otro polo no es sino seguir sometiéndolo a incomprensión. Cito algunas oposiciones que se han trazado respecto del ensayo en distintos órdenes y niveles: ¿Es poesía o es filosofía? ¿Predomina en él la producción de imágenes o la de conceptos? ¿Es expresión de una individualidad subjetiva o es manifestación de un modo de estar en sociedad? ¿Es opacidad o transparencia? ¿Es argumentación o ficción? ¿Es público o es privado? ¿Es forma autónoma o es mero comentario? ¿Tiene una legalidad independiente o, como los virus, se apodera de la información de aquello a lo que se adhiere y se convierte en él? ¿Es neutral o está ideologizado? ¿Es táctica o es estrategia? ¿Es una estructura acabada o un proceso inacabado? ¿Es narrativa o es explicativa? ¿Es puro juego, pura arbitrariedad, o es búsqueda de conocimiento sustentado? ¿Se encuentra en el orden de la representación o en el de la creación? ¿Es fragmentario, con ideas coordinadas, o está articulado en un orden de discurso jerarquizado, subordinado? Y podríamos seguir así hasta el infinito.

Algunos tratadistas han decidido tomar partido por una u otra de las opciones. Así, mientras que los excelentes trabajos del canadiense Jean Terrasse o la española Arenas Cruz enfatizan el carácter retórico y argumentativo del ensayo, los no menos convincentes estudios de Réda Bensmaia prefieren defender su carácter puramente escritural,[iv] y, por fin, otros notables estudiosos como Champigny o Angenot, su vínculo con la prosa de ideas y, por tanto, con los géneros que Bajtin denomina “extraliterarios” dada su relación con el presente, la ideología y las luchas simbólicas.[v] Otros autores, como Claire de Obaldia, prefieren reconocer en el ensayo un carácter de literatura en potencia: un carácter que permanecería latente en el ensayo pero que podría  reactualizarse.

Otros estudiosos han enfatizado la dinámica del ensayo. Lukács insiste en que el ensayo es un juicio, pero lo que decide su valor no es sólo ese juicio sino el proceso mismo de juzgar.[vi] Juan Marichal enfatiza la importancia del estilo: “estamos, en realidad, más que ante un género, ante una operación literaria, un cómo en vez de un continente expresivo”.[vii] Y otros autores se refieren a él como discursividad y escritura. “El ensayo podría servir como un puente (el ya ante) entre estas dos orillas, la una correspondiente al conocimiento escrito y la otra al saber cómo escribir”, dice el ya citado Mailhot.[viii]

De este modo, con excepción de la línea abierta por las primeras y geniales indagaciones de Lukács, Adorno y Benjamin —que se enlazan a su vez con las reflexiones de matriz hegeliana y romántica en torno del problema de la prosa—, que apuntaban en una dirección que quiero retomar, buena parte de la crítica del ensayo se ha dedicado a marcar pares de opuestos ideales entre los que se debatiría el género. Buen resumen de ello es el apéndice con que Claire de Obaldia cierra su libro sobre El espíritu ensayístico.[ix]

 

El ensayo en tercera dimensión: el orden de la interpretación

Sin embargo, desde nuestra perspectiva las oposiciones no tienen solución si no incorporamos la posibilidad de considerar que lo más importante es precisamente la relación entre ellas, y aun la apertura de una tercera dimensión, la que, retomando nociones de Peirce, es la dimensión de la interpretación: esa tercera dimensión que es la regla que rige los actos sociales y los dota de sentido: la ley de Wittgenstein, la ley de Derrida. La más íntima ley del ensayo es la herejía, ha dicho Adorno; la ley del ensayo, me permito añadir llevando esta idea a una forma más general, es interpretar la interpretación.

Las nociones de símbolo, representación, ley e interpretación de Charles Sanders Peirce suponen un enriquecimiento y una puesta en crisis fundamental del modelo lingüístico de Saussure, que es, en rigor, desde mi perspectiva, un modelo radicalmente diferente. Así como el primero dio lugar a un modelo de análisis estructural, dará, en este caso, las bases para un modelo de análisis mucho más rico y complejo, que incluya el problema de la interpretación. La base del modelo saussuriano es la noción de arbitrariedad, que a su vez tuvo un efecto paradigmático en cuanto abrió las puertas a la posibilidad de pensar en los sistemas de significación como estructura que obedece sus propias leyes y no es por ello reductible a otra cosa. Sin embargo, la cuestión misma de la arbitrariedad nunca se profundiza. A diferencia de este modelo, las nociones de “representamen” e “interpretamen” de Peirce, y el hecho de que este filósofo del lenguaje diga que “Un signo o representamen es alguna cosa (primero) que hace las veces de alguna otra cosa (segundo) para alguien (tercero), desde algún punto de vista.” Abren las puertas a la posibilidad de abordar las reglas y leyes, los acuerdos implícitos en la atribución de significado. Y la posibilidad de enlazar esos acuerdos con actos sociales abre a su vez las puertas a esa amplia rama que conocemos como historia intelectual. El concepto de símbolo de Peirce constituye la base misma de esta perspectiva tridimensional. Apelo a la excelente síntesis de Eliseo Verón:

Si comparamos a Saussure con Peirce en cuanto al modelo del signo, se podría decir (y se ha dicho con frecuencia) que el modelo saussuriano tiene dos componentes y el modelo de Peirce tiene tres. Este paralelo implica un grave error conceptual: lo que diferencia a los dos modelos no es el número de componentes, sino su naturaleza. En el modelo bidimensional de Saussure, los dos componentes son conceptualmente homogéneos e interdependientes; como se subraya una y otra vez en el Curso, el significante y el significado son como el anverso y el reverso de una hoja de papel, “se determinan recíprocamente”. En cuanto a Peirce, Jean Fissette ha aclarado este punto con toda precisión: el modelo de Peirce no es una tripartición, sino una tricotomía. Considerar el modelo de Peirce como una tripartición es simplemente agregarle un término al modelo binario saussuriano: en ambos casos los términos son “de una misma naturaleza lógica”, están, por decirlo así, en un mismo plano (Frissette, 1990). No salimos de un espacio bidimensional. Pero el modelo de Peirce no es simplemente un triángulo: los componentes del signo “designan relaciones multilaterales entre los tres términos, que son de naturaleza lógica diferente”. Esto aclara el malentendido contenido en la crítica de Benveniste a Peirce: Benveniste reduce la tricotomía peirceana a una tripartición saussuriana (Fissette, 1990).

¿Qué es un signo? Para Peirce un signo tiene tres componentes que podemos considerar tres funciones, que corresponden a las tres categorías del primero, del segundo y del tercero aplicadas dentro del universo de los signos, que son todos terceros. El primero de un signo es el representamen o fundamento. El segundo del signo es su objeto. El tercero del signo es su interpretante. “Un signo o representamen es alguna cosa (primero) que hace las veces de alguna otra cosa (segundo) para alguien (tercero), desde algún punto de vista.” Y esta otra célebre fórmula: “un signo es alguna cosa por cuyo conocimiento conocemos alguna otra cosa” (Peirce, 1931-1935: 5). Las varias definiciones del signo propuestas en los textos de Peirce caracterizan siempre un proceso dinámico, un acontecer temporal. Y la semiótica de Peirce es en verdad lo que en otra terminología se llamaría una teoría del conocimiento humano.[x]

Carácter dinámico, temporal, al que sugiero se podría enriquecer con un radical “paso del dos al tres” en el sentido dialéctico que marca Antonio Cándido como crítica a la aplicación del modelo estructuralista al análisis de la obra literaria.

Añade Verón:

la significación de un signo o conjunto de signos producidos en una situación (nosotros hablaríamos aquí de sentido) no es determinable si no conocemos, de alguna manera, el sistema del cual el o los signos producidos han sido “extraídos”. No sólo se comunican entonces “significados”, sino “valores”; y si para comunicar algo tengo que seleccionar y combinar signos, estoy simultáneamente comunicando, o metacomunicando, esa selección y esa combinación que he efectuado, porque estas operaciones remiten al valor…[xi]

No se comunican signos sino valores. (Nótese que una intuición cercana a ésta anima la propuesta mariateguiana de buscar los “valores-signo” de la cultura peruana). Esto conlleva un enriquecimiento en la consideración de los hechos de la cultura, la sociedad y la historia, desde la premisa de que se trata siempre de fenómenos vinculados con una producción social de sentido.

Si recordamos el modelo de dos dimensiones integrado por los ejes de la selección y la combinación a que se ha referido Jakobson también como el que remite a operaciones metafóricas y el que remite a operaciones metonímicas, propongo su reconsideración como dos de los ejes que forman parte de un conjunto tridimensional.[xii]

Son muchas más las exploraciones en torno al tema. Así Bajtin plantea también la necesidad de atender a la relación entre dos ejes, el de la sensibilidad y el de la inteligibilidad. Wittgenstein plantea en las Investigaciones filosóficas una relación aún más compleja entre el ámbito de la inteligibilidad estructural y el de la experiencia de la significación. En un juego de lenguaje se condensa toda una cultura: comprender una frase es comprender un lenguaje y comprender un lenguaje es participar de una cultura.[xiii] Lo que vincula a los juegos no es una esencia oculta sino lo que está a la vista, y sólo pueden agruparse por aires de familia, gradaciones de similitud y disimilitud que iluminan las relaciones de nuestro lenguaje. Lo que hacen los filósofos es desgajar los términos de sus juegos de lenguaje. Sólo hay órdenes para finalidades determinadas. Entender el juego significa participar en él, y participar en él significa transformarlo: es la forma de vida la que ofrece un criterio público de comprensión.

Precisamente esta tercera dimensión que estoy proponiendo como “eje” del giro simbólico atiende precisamente a la necesidad de incluir el problema de la inteligibilidad al análisis del significado. Y Bajtin fue uno de los mayores defensores del carácter social de la producción de sentido y la inteligibilidad. Por mi parte, propongo denominar provisionalmente a dicho eje como eje de la “interpretación”, término que permite abarcar, en sus muchas acepciones, cuestiones que van desde el proceso de intelección y comprensión del mundo hasta la dinámica propia de dicho proceso, que desde mi punto de vista se apoya, antes que en el modelo de una interfaz, en el modelo del performance (término que puede también traducirse como “interpretación”), e incluiría tanto la actuación preformativa como la actualización de las reglas y valores en el momento de la experiencia, esto es, el momento en que la “ley” es interpretada, comunicada, actuada, representada, como sucede de manera modélica en un ritual. Jean Starobinski, se refiere a los orígenes del término: “interpres, en su origen, designa al que interviene en una transacción […]. El interpres asegura, pues, un paso; al mismo tiempo, vela por reconocer el valor exacto del objeto transmitido, asiste a la transmisión para constatar que el objeto llega en su integridad”.[xiv] Tampoco en este caso nuestras tres dimensiones pueden pensarse de manera congelada, estática, sino en una constante dinámica, en una interrelación dialéctica, a partir de la temporalidad y la temporalización propia de todo acto de sentido. La regla social actuada y reinterpretada, a través del performance, es la que constituiría, entonces, nuestro equivalente a un “switch” o interfaz. El caso de la metáfora es proverbial: sólo vinculamos diversos órdenes categoriales si hay un elemento valorativo y una interpretación de la regla de sentido que me permite reconocer el valor atribuido a dichos términos.

Si el “giro lingüístico” permitió replantear el problema filosófico a la luz de las cuestiones de significación y en particular de la pragmática y los actos de habla, propongo pensar en un “giro simbólico” que nos conduzca a entender de manera más rica los actos de habla como actos sociales de significación, así como replantear la tradicional relación entre texto y contexto como resultado de procesos sociales de interpretación. Al respecto es muy valiosa la propuesta etnometodológica de algunos estudiosos como Cicourel, para quienes el actor es considerado constructor de realidad (reality constructor). Dicho modelo está compuesto por dos grandes elementos: “conocimiento social” (social Knowledge) y “procedimientos de interpretación” (interpretative procedures). Todo participante en la interacción social posee una “competencia interaccional” y los procedimientos interpretativos son clave en cuanto “proporcionan un común esquema de interpretación que permite a los miembros atribuir relevancia contextual”: bajo el nombre de “procedimientos interpretativos” (que ha comparado con la estructura profunda en la gramática generativa y que ponen al actor social en condiciones de sostener un “sentido de la estructura social” a lo largo de los cambiantes ambientes sociales de interacción).[xv]

Si una de las claves de la historia intelectual es considerar los actos sociales de sentido como actualizaciones de una ley general, el ensayo resulta una herramienta fundamental para considerar cómo funciona esta cuestión. El ensayo reactualiza, pone sobre la mesa, hace explícitos, tematiza, problematiza, los procesos interpretativos que maneja una comunidad. El ensayo se mueve en varios niveles, ya que, por una parte, trata de desentrañar las reglas y valores que rigen los casos particulares, y por la otra despliega esas propias reglas que son las de su marco cultural.

La historia intelectual es un complejo disciplinario que pone particular énfasis en el estudio del contexto pragmático de producción y el contexto simbólico y significativo de prácticas y representaciones. No se restringe a una historia de los intelectuales o de los conceptos por ellos elaborados, sino que es más precisamente una historia de la inteligencia en el sentido que atribuye a este término Alfonso Reyes, es decir, la inteligencia que un determinado grupo social genera y le permite interpretarse a sí mismo, y que en todo caso tiene a los intelectuales como una de sus posibles —aunque no exclusivas— manifestaciones.

 

NOTAS
 

[i] México, UNAM-FCE, 2001.

 

[ii] México, UNAM, CCYDEL (Cuadernos de los seminario permanentes, Ensayos Selectos). Financiado por el proyecto CONACYT 30833 “Teoría del ensayo y teoría literaria”, UNAM, 2004.

 

[iii] A pesar de su antigüedad, esta discusión no ha sido superada. Véase, por ejemplo, Laurent Mailhot, “The Writing of the Essay”, en “The Language of Difference, Writing in Quebec(ois)”, Yale French Studies, núm. 65 (1983), pp. 74 ss. Encuentro en dicho texto una peculiar defensa del ensayo que pasa, por un ataque al discurso de las ciencias sociales y las humanidades: “Con la excepción de ciertas figuras de gran estatura (un Lévi-Strauss, un Leiris, un Barthes), las humanidades y las ciencias sociales han sido, por el contrario, peores que el enemigo, al convertirse en los sustitutos de una literatura cuyo campo ha sido invadido por mitos improvisados y por una retórica seudocientífica. La teoría literaria y la crítica mismas no han resultado lentas a la hora de esquematizar en nombre de la estructura, de informar o polemizar en nombre de la descripción y la explicación”.

 

[iv] Véase Reda Bensmaia, The Barthes effect; the essay as reflective text (1a ed en francés, 1986), Minneapolis, University of Minessota Press, 1987.

 

[v] Véase Robert Champigny, Pour une esthétique de l’essai, Paris, Lettres Modernes, 1967; Marc Angenot, La parole pamphlétaire; typologie, México, UNAM-FCE, 2001.

 

[vi] Georg Lukács, “Sobre la esencia y forma del ensayo. Carta a Leo Popper” (1ª ed 1911), en El alma y las formas, teoría de la novela, trad. de Manuel Sacristán,  México, Grijalbo, 1985, 13-39.

 

[vii] Juan Marichal, La voluntad de estilo, Madrid, Revista de Occidente, 1971.

 

[viii] Art. cit., 79.

 

[ix] Entre las principales oposiciones tratadas en el libro: absoluto versus relativo, centralidad versus adyacencia, ficción versus no ficción (mentira versus verdad), falta de forma versus método, el fragmento versus el todo, yuxtaposición versus continuidad, ver al futuro versus ver al pasado, naturaleza versus cultura, filosofía versus arte, primario versus secundario, apertura (aumento o disminución) versus cierre, igualdad versus diferencia, trivialidad versus seriedad, virtualidad versus actualidad. Claire de Obaldia, The Essayistic spirit, Literature, Modern criticism, and the Essay, Oxford, Clarendon Press, 1995, 307-310.

 

[x] Eliseo Verón, “Signo”, en Carlos Altamirano, director, Términos críticos de sociología de la cultura, Paidós, Buenos Aires, 2002, 216-217.

 

[xi] Ibid., 217.

 

[xii] No tengo por cierto la pretensión de haber descubierto el Mediterráneo. Así, por ejemplo, ya hay varios especialistas como Lakoff o Langacker que proponen, desde la lingüística cognitiva, la existencia de un tercer eje, el eje cognitivo, que englobaría al eje paradigmático y al eje sintagmático y serviría de interfaz entre lenguaje y pensamiento. Si bien la propuesta de este eje es como se ve de enorme importancia y permite no sólo establecer un vínculo entre ambas esferas sino además hacer una propuesta operatoria, no deja de estar ceñido a una perspectiva cognoscitivista y deja fuera muchas otras cuestiones que es necesario también abarcar. Una vez más, el descubrimiento de una tercera dimensión podría estar abriendo por lo menos dos perspectivas diversas, una ligada a la filosofía de la mente y otra, que intentaré defender, ligada a lo social y cultural. Por mi parte, pienso que al reabrir la caja negra de la relación entre ejes volvemos al viejo problema kantiano: forma sin contenido es vacía, contenido sin forma es ciego. Si bien podemos aceptar que es nuestra capacidad neuronal la que nos permite elaborar metáforas, el repertorio de metáforas a escoger y la motivación de los comportamientos seguirán siendo de origen social y cultural.

 

[xiii] Para una excelente presentación del tema véase Joseph Casals, Afinidades vienesas, Barcelona, Anagrama, 2002, 287 ss.

 

[xiv] Jean Starobinski, “La literatura. El texto y el intérprete”, en Jacques Le Goff y Pierre Nora, eds., Hacer la historia, vol. II. Nuevos enfoques Laia, Barcelona, 1979, p. 186.

 

[xv] Cicourel incluye a) las formas normales: el interlocutor asume que los otros posean repertorios similares a los suyos acerca de lo que constituye una “apariencia normal” en su cultura, alterando o armonizando eventuales discrepancias o ambigüedades, b) la reciprocidad de sus perspectivas: el interlocutor asume que, salvo prueba contraria, los otros ven las cosas y asignan significado a objetos y acontecimientos en su mismo modo; c) el principio de los “etcétera”: puesto que los conocimientos “de sentido común”, comunes a los dos participantes, pueden revelarse lagunosos y la comunicación verbal y no verbal inadecuada, el individuo asume que sus interlocutores “llenan” de significado las eventuales lagunas; d) vocabularios descriptivos como expresiones indexicales.