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  Para pensar el ensayo, 2004
Liliana Weinberg
 
 

¿Qué es el ensayo?

El ensayo y algunos de sus más grandes críticos

Algunas caracterizaciones 

Uso y expectativas de lectura

El “acta de nacimiento” del ensayo

Algunas características

Los orígenes del término 

“Aires de familia”

Definiciones instrumentales 

Definiciones al uso

• La “doble perspectiva” del ensayo

• Subjetividad y sujetividad

• Situación del ensayo

• Ensayo y retórica

• Ensayo y escritura

• Ensayo, interpretación, evaluación

• Ensayo y pragmática

• Ensayo y teoría del discurso

• La transformación de una familia

• Ensayo y lectura

• Algunas perspectivas

El ensayo por los ensayistas

Notas

 

¿Qué es el ensayo? 

El ensayo es para algunos autores una familia de formas discursivas o tipo de textos en prosa en los que se despliega una opinión, un juicio, una visión personal de un cierto estado del mundo fundamentada en la propia experiencia y las propias indagaciones sobre alguna cuestión. Muchos debates se centran en torno de su carácter: clase de textos, género, archigénero, forma discursiva, tipo de enunciado, e incluso antigénero, género paradójico, etc. Si se me pidiera sugerir una caracterización del ensayo, atendería a su carácter predominantemente no ficcional, en cuanto discurso reflexivo (Paquette) dedicado a la interpretación de objetos culturales y valores-signo, a su capacidad de convertir todo tema en problema, a esa doble perspectiva que envía al mundo a la vez que a su mirador, y a su quehacer básico, que consiste en hacer una interpretación de toda interpretación. El ensayo apela a conceptos y símbolos preformados culturalmente que almacenan significados sociales y no son, por tanto, neutrales, y los reinterpreta desde su propio mirador, para ofrecer metafóricamente una ejemplificación —en el sentido central que otorga al término Nelson Goodman— de una forma de entender el mundo propia de una comunidad específica y retomar las leyes de formación, al instituido instituyente, a la ley detrás de la ley subyacente a una sociedad. En cuanto a los estudios filológicos dedicados a la voz de origen, “ensayo”, tradicionalmente relacionada con un término del bajo latín que alude a “prueba, intento, examen”, y del cual habría derivado, en la obra de Montaigne, el sustantivo “ensayo”, se ha abierto una nueva oleada de trabajos que revisaremos brevemente.

 

Algunas caracterizaciones 

Para explorar esos elementos mínimos que constituyen el ensayo podemos tomar varios caminos. Uno de ellos, el que tenemos más a la mano, es la búsqueda en diccionarios. ¿Cómo se define usualmente el término en los principales diccionarios? Para el Diccionario de Autoridades, se trata de la “inspección, reconocimiento y examen del estado de las cosas”. Para el Diccionario de la Real Academia Española, se trata de un “Escrito generalmente breve, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia”. La Enciclopedia Británica lo caracteriza como “prosa no ficcional”. Y para el Diccionario Webster, se trata de una “Composición literaria breve que trata de un solo tema, por lo común desde un punto de vista personal y sin intentar ser más completa”.

 

El “acta de nacimiento” del ensayo

A diferencia de otras clases de texto, el nacimiento del ensayo en su forma moderna puede datarse y localizarse perfectamente, de tal modo que cuenta, por así decirlo, con un “acta de nacimiento”. En efecto, en 1580 se publica el primer tomo de los Essais de Michel de Montaigne, quien emplea por primera vez de manera propositiva el término. Claro que existen largos debates en torno de los antecedentes del ensayo, que algunos críticos rastrean hasta el propio Sócrates, en cuanto es el primero en dejar testimonio de una visión personal y una perspectiva crítica del mundo por oposición a los saberes de la tradición y de la retórica en uso. Pero, insistimos, es Montaigne el padre del ensayo en sentido moderno, pionero de un largo proceso en el cual comienza a desarrollarse de manera irreversible esa larga transformación que vive el mundo a partir del Renacimiento: afirmación del yo y de sus potencialidades de conocimiento: juicio, razón, experiencia, secularización, se van abriendo lentamente paso respecto de los saberes admitidos.

Leamos un fragmento del Ensayo L de Montaigne, “De Demócrito y Heráclito”, donde se da por primera vez una caracterización del quehacer que se lleva a cabo en este tipo de textos: 

Es el juicio un instrumento necesario en el examen de toda clase de asuntos; por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos Ensayos. Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón empleo en ella mi discernimiento, sondeando el vado de muy lejos; luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla. El convencimiento de no poder ir más allá es un signo del valor del juicio, y de los de mayor consideración. A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí e insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan de un asunto noble y discutido en que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado, que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron. En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos delibera que éste o aquél son los más convenientes. Elijo de preferencia el primer argumento; todos para mí son igualmente buenos, y nunca formo el designo de agotar los asuntos, pues ninguno se ofrece por entero a mi consideración: no declaran otro tanto los que nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas. De cien carices que cada una ofrece, escojo uno, ya para acariciarlo solamente, ya para desflorarlo, a veces para penetrar hasta la médula; reflexiono sobre las cosas, no con amplitud, sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces tiendo a examinarlas por el lado más inusitado que ofrecen. Aventuraríame a tratar a fondo de alguna materia si me conociera menos y tuviera una idea errónea de mi valer. Desparramando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no estoy obligado a ser perfecto ni a concentrarme en una sola materia; varío cuando bien me place, entregándome a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual, que es la ignorancia.[i]

 

Los orígenes del término 

Otro camino posible para indagar el ensayo es rastrear el origen de la palabra y su significado. En cuanto a los estudios filológicos dedicados a la voz de origen, “ensayo”, tradicionalmente relacionada con un término del bajo latín que alude a “prueba, intento, examen”, y del cual habría derivado, en la obra de Montaigne, el sustantivo “ensayo”, se ha abierto una nueva oleada de trabajos que revisaremos brevemente.

‘Ensayo’ proviene del término ‘exagium’, del latín tardío, pero no basta esta observación mínima para entender el modo en que, con Montaigne y Bacon, se carga de un nuevo significado. Exagium significa tanto pesar de manera exacta como, por extensión, prueba, intento y luego examen. El lexema ensayo y el verbo ensayar, “tratar, probar”, ya existían en diversas expresiones, pero con el surgimiento de un marcado interés por la observación y la experimentación a partir del renacimiento, se cargó de nuevos sentidos. De este modo, “ensayo” puede designar hoy al mismo tiempo un experimento (moral o físico), un examen (de conciencia o de recursos), y un ejercicio, o prueba física. El verbo essaier (tratar), por su parte, significa examinar tanto en el sentido de juzgar (como, por ejemplo, someter a examen a un aprendiz que quiere ser reconocido en un oficio), como en el de probar, poner a prueba, experimentar.[ii] He aquí un interesante doble significado, a la vez experimental y legal: probar y someter a prueba, que el ensayo retomará desde sus orígenes modernos, con Montaigne y Bacon.

Jean Starobinski ha hecho también valiosas observaciones sobre los orígenes del término y su uso: 

Essai se conoce en francés desde el siglo XII y proviene del bajo latín exagium, balanza; ensayar deriva de exagiare que significa pesar. Cerca del término se halla examen: aguja o lengüeta del fiel de la balanza y, por extensión, acto de pesar, examen, control. Pero otra acepción de examen designa el enjambre de las abejas, la bandada de los pájaros. La etimología común sería el verbo exigo, empujar hacia afuera, expulsar, más tarde exigir. Desde luego, es muy tentador que el sentido nuclear de las palabras actuales deba resultar de lo que han significado en un remoto pasado. Decir ensayo es decir pesada exigente, examen atento, pero también enjambre verbal que libera su impulso. ¿Por qué singular intuición el autor de los Essais hizo labrar una balanza en su medalla, añadiéndole la divisa Qué sé yo? Este emblema ―destinado, por cierto, si los platillos están equilibrados, a simbolizar el espíritu en suspenso― representaba también el acto mismo del ensayo, el examen de la posición del fiel. Recurriendo a la misma metáfora de ponderación, Galileo, fundador de la física experimental, llamará Il saggiatore a la obra publicada en 1623. Si seguimos interrogando a los léxicos, apenderemos que essayer, en el Este y Sur de Francia competía con prouver y éprouver (probar y comprobar, pero también experimentar), concurrencia interesante que hace del ensayo un sinónimo de puesta a prueba o búsqueda de una prueba. Se trata, convengámoslo, de cartas de nobleza semántica que nos llevan a admitir que la mejor filosofía es la que se manifiesta bajo la forma del ensayo.

Presenta también los primeros pasos de los miembros de la familia ensayística fuera de Francia:

Prosigamos por un momento la historia de la palabra. Su fortuna se extendió fuera de Francia. Los Essais de Montaigne tuvieron la suerte de ser traducidos y publicados en inglés por John Florio en 1603 e impusieron su titulo, si no su estilo. A partir de Sir Francis Bacon, se empiezan a escribir ensayos al otro lado del Canal. Cuando Locke publica su Essay concerning Human Understanding, la palabra ensayo no anuncia ya la prosa primeriza de Montaigne, sino que señala un libro que propone ideas nuevas, una interpretación original de un problema controvertido. Y con este valor la palabra será frecuentemente empleada. Pone en guardia al lector y le hace espetar una renovación de perspectivas, o al menos el enunciado de unos principios fundamentales a partir de los cuales será posible un nuevo pensamiento. Voltaire trastorna el conjunto de los hechos históricos en su Essai sur les moeurs; el acta inaugural de la filosofía de Bergson se titula Essai sur les données immédiates de la conscience. Diderot, cuyo pensamiento armoniza a menudo con el de Montaigne, aporta una confirmación: “Prefiero el ensayo al tratado: un ensayo que me arroja algunas ideas geniales casi aisladas, que un tratado en que esos gérmenes preciosos acaban sofocados bajo el peso de las reiteraciones” (Sur la diversité de nos jugements).[iii]

Pero habría aún mucho más para decir aunque sólo nos quedáramos con el problema filológico, puesto que “ensayo” se vincula a la pareja agere-facere en latín: dos verbos relativos a la acción que, sin embargo, tienen una profunda diferencia: agere (del cual deriva agir en francés), se centra en el sujeto; facere (faire en francés), se centra en el objeto o en el producto. Agere, y su familia exactis, exegere, remiten siempre a una actitud evaluativa, experimental, crítica, centrada en el sujeto que la realiza., mientras que el segundo enfatiza lo realizado en el objeto, el producto, y es determinado. Agere, y los términos con él relacionados —exactis, exegere, etc.— conducen siempre a un quehacer experimental, crítico, evaluativo, centrado en el sujeto que lo realiza y en el proceso de su realización antes que en el objeto exterior que recibe su acción.[iv]

Por mi parte, quiero añadir una reflexión al respecto. Vemos cómo Montaigne se apropia, para su trabajo intelectual, de un término ligado a la experiencia, al mundo de artesanos y comerciantes, al mundo de los gremios y también a uno de esa fuerte corporación que es la ligada a la justicia. La balanza representa el acto artesanal de pesar, el acto judicial de sopesar, el acto filosófico de evaluar, de poner en suspenso, de dudar y revisar los conocimientos adquiridos. Nos encontramos en el punto axial de reestructuración de las ramas del hacer y del conocer, de una reevaluación de la experiencia pero a la vez de un apoderamiento de la empiria por parte del pensador, que se nutre de ella, que se nutre de la situacionalidad de toda experiencia, pero para remontarse a su vez a un nivel superior de inteligibilidad.

Para concluir, diremos que nace el ensayo como una tensión entre el ámbito de lo intelectual y el de lo experimental, precisamente en ese momento histórico en el cual comienza a definirse lo intelectual como un trabajo y a repensarse en asociación con un quehacer práctico, al que a la vez se acerca y niega, en cuanto es umbral de paso entre la actividad intelectual y la actividad manual, entre el ver el mundo a partir de la propia experiencia y el volcarse al mundo a través de la acción, donde comienza a definirse una nueva forma simbólica de relación del hombre y el cosmos: lo intelectual como quehacer que simboliza una práctica.

  

Definiciones instrumentale

Es notable el número de antologías y estudios comprehensivos dedicados al ensayo con que contamos en el ámbito hispanoamericano, prueba del papel fundamental que ha tenido el género en nuestra tradición cultural. Y muchas son también las caracterizaciones que se ven precisados a formular los autores de dichas antologías, para justificar el propio criterio de selección elegido. Tal es el caso de Alberto Zum Felde, José Luis Martínez, Robert Mead, Donald Bleznick, John Skirius, Medardo Vitier o, más recientemente, Teodosio Fernández o Federico Patán.

Para Donald Bleznick, por ejemplo, “El ensayo puede definirse como una composición en prosa, de extensión moderada, cuyo fin es más bien el de explorar un tema limitado que el de investigar a fondo los diferentes aspectos del mismo”.[v]

Teodosio Fernández se inclina por una definición en negativo, cercana a la que caracteriza al ensayo como “prosa no ficcional”: “no pertenecen al ámbito de la ficción narrativa, ni al de la lírica, ni al del teatro”, escribe.[vi]

Para John Skirius, se trata de una “meditación escrita en estilo literario”, vinculada a la literatura de ideas, que lleva la impronta personal del autor.[vii]

Como dice Arturo Souto, el ensayista tiene una actitud de prueba, de examen, a veces de tentativa o de sondeo. El ensayo es una cala, una avanzada, un tiento por el que se reconoce un terreno nuevo, inexplorado. No tiene ni requiere aparato crítico ni gran extensión; en el fondo, es una hipótesis, una idea que se “ensaya”. Y prosigue: “El ensayo abre una ventana, lo remueve, lo perturba todo. En otras palabras: ensaya lo establecido, lo pesa, lo templa, lo pone a prueba. A esto se debe que la raíz espiritual del ensayo y del ensayismo sea la duda.”[viii] He aquí una observación muy valiosa: lo que se ensaya, se pesa y sopesa, se examina, se reconoce, se prueba en el ensayo una idea, y también se pone en duda lo aceptado, lo establecido.

También podríamos adoptar otra vía para enterarnos qué significa “ensayo”. Muchos grandes críticos y ensayistas han reflexionado sobre él y han dicho cosas interesantes al respecto, ya que, si por una parte trataron de aclarar el significado de ese término, por la otra lo reinterpretaron y enriquecieron. Así, en las palabras que preceden la antología dedicada al Ensayo literario mexicano, Federico Patán escribe:

 

En su sentir inmediato, ensayo significa la exploración de un tema. El autor examina algún aspecto del mundo, procurando mediante dicho examen alcanzar ciertas conclusiones, por lo general tentativas en uno y otro grado. Al lector corresponde desplazarse por dicha senda y aceptar las premisas últimas del texto u oponerse a ellas. Difícilmente habrá una condición de diálogo tan generosa.[ix]

 

Juan Marichal enfatiza la relación entre ensayo y estilo: 

[...] hablando estrictamente, no hay ensayos sino ensayistas. Estamos, en realidad, más que ante un género, ante una operación literaria, un cómo en vez de un continente expresivo [...] La maleabilidad del ensayo —esa maleabilidad que se opone, como se señaló ya, a su definición— da al escritor una libertad que podría llamarse ‘camaleónica’. Porque la forma literaria se pliega, en este caso, a las condiciones personales, adquiere diversas coloraciones individuales, sin exigir del escritor —y quizá sea ésta la vana fortuna del ensayista— el previo sometimiento a reglas institucionales, a normas suprapersonales: es decir, el novelista tiene que contar con toda la novelística anterior, con los mundos ficticios creados por sus antecesores, y su propia creación es a la vez (siempre que se trate de un auténtico artista) una incorporación a la institución novelística y una alteración de ésta con la cual han de contar sus sucesores. Mas si bien el ensayo puede utilizar el legado de sus antepasados literarios —recordemos cómo Azorín, por ejemplo, se auto-enlaza a Montaigne— debe sobre todo contar con su público, con su auditorio potencial inmediato; pues si el novelista busca la articulación de sus personajes dentro de un mundo ficticio —y a esa articulación se suele denominar ‘verosimilitud’— el ensayista se esfuerza por articularse a sí mismo con su mundo histórico coetáneo.[x]

Varios son los elementos fundamentales que plantea Marichal: dinámica del ensayo, entendido antes como operación literaria que como texto cristalizado, estilo del pensar y el escribir, articulación del ensayista con su público potencial inmediato, con su mundo y con el mundo.

 

El ensayo por los ensayistas 

Otro camino posible es el de atender a la presentación del ensayo hecha por los propios ensayistas. Para ceñirnos a la tradición hispanoamericana, podemos apelar, entre otros, a José Ortega y Gasset, José Gaos, Alfonso Reyes, Mariano Picón-Salas, Gabriel Zaid. Dejaremos para el final a Alfonso Reyes y Gabriel Zaid, en cuyos textos procuraré probar, ensayar, someter a prueba, mi propia propuesta interpretativa.

Para Ortega y Gasset, el ensayo se acerca a la meditación. En su libro Meditaciones del Quijote escribe, a propósito de sus ensayos:  

Se busca en ellos lo siguiente: dado un hecho —un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor—, llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de todo orden que la vida [...] arroja a nuestros pies [...] en postura tal que dé en ellos el sol innumerables reverberaciones [...]. Hay dentro de toda cosa la indicación de una posible plenitud.[xi]

Este llevar a plenitud, este poner en valor los fenómenos particulares, en un sentido iluminador pero aislante, será clave tanto para el rescate que hace Gaos de este texto como para la crítica a que lo someterá Nicol. Más adelante, se referirá a su quehacer como “el espectáculo de un hombre agitado por el vivo afán de comprender”: “¡Sabemos tantas cosas que no comprendemos!”. He aquí por tanto una clave: el ensayo es comprensión. Y aun otro elemento fundamental: el afán moral del ensayo, que no es pura gratuidad en el juego de las ideas. Comprender es lograr una iluminación máxima. Más adelante dirá:  

Estas Meditaciones, exentas de erudición —aun en el buen sentido que pudiera dejarse a la palabra— van empujadas por filosóficos deseos. Sin embargo, yo agradecería al lector que no entrara en su lectura con demasiadas exigencias. No son filosofía, que es ciencia. Son simplemente unos ensayos. Y el ensayo es la ciencia menos la prueba explícita […] y el rígido aparato mecánico de la prueba es disuelto en una elocución más orgánica, movida y personal.[xii]

Y por fin: “Yo sólo ofrezco, modo res considerandi, posibles maneras nuevas de ver las cosas. Invito al lector a que las ensaye por sí mismo; que experimente si, en efecto, proporcionan visiones fecundas; él, pues, en su íntima y leal experiencia, probará su verdad o su error”.[xiii] Participación, pues, del lector, en el trabajo del ensayista y su contagioso “afán de comprensión”.

Asociadas con la idea de discurso en cuanto discurrir (Gracián, Quevedo), con meditación (Ortega y Gasset), el ensayo es un modo de pensar el mundo desde la circunstancia. Y dado que a su vez el propio discurso filosófico no necesariamente se ciñe ya a la forma del tratado, ha sido cada vez más pronunciado el interés por compararlo con el discurso ensayístico.

Para José Gaos, filósofo del transtierro español, quien fue en sus orígenes intelectuales discípulo de Ortega, la noción de ensayo se opone ante todo a la idea de “sistema”: condenada en nuestros días la metafísica al fracaso, el ensayo corresponde a una nueva forma, más dinámica, de hacer filosofía, ligada al mundo de los fenómenos, los valores y la existencia. Hay que atenerse a los fenómenos, y entre ellos, a los valores, porque no se puede reducir el concepto de “hecho” a los hechos materiales, ni siquiera a los fenómenos “reales”, físicos y psíquicos: 

Un bello paisaje, una obra de arte, un amor en etapa feliz, la intimidad de un hogar, aun modesto, un gesto de amistad, un “vaso de bon vino”, se viven como valores, cuya autenticidad se impone, trátese de simples cualidades de las “cosas” materiales o “de la vida”, o de entidades en el topos uranos, de objetividades independientes del “vivirlas” o de proyecciones de la vida [...] los valores obligan a tomar ante ellos la posición de reconocerlos como tales, como valores, por ellos mismos.[xiv]

Se refiere también Gaos al carácter personal del filosofar, a este característico “pensar del pensador”, y defiende una fenomenología de la filosofía que sea una “Filosofía de la Filosofía”, única capaz de afrontar los sistemas filosóficos como fenómenos: 

Asistir al pensar del pensador, o al escribir del escritor; presenciar cómo todo lo que entra en la vida del primero entra siendo pensado, cómo todo lo que entra en la vida del segundo entra siendo escrito; o cómo el pensar las cosas, todas las cosas, es la manera, la “forma” de vivirlas el primero, como el escribirlas, igualmente todas, es la forma de vivirlas el segundo; cómo lo que hace el uno con todo lo que vive es además pensarlo, concebir ideas sobre ello, a partir de ello, cómo lo que hace el otro igualmente con todo lo que vive es además escribirlo, hacer de ello tema más o menos directo de composición de género tal o cual, en prosa o en verso; presenciar esto, no sólo es asomarse a los hontanares de generación de lo humano distintivo del hombre; es una experiencia que calificaré de regulativa para aquel a quien le es dada [...].[xv]

 Mariano Picón-Salas, en “Y va de ensayo”, dice: 

La función del ensayista —cuando lo es como Carlyle, Emerson, Santayana, Unamuno— parece conciliar la poesía y la filosofía, tiende un extraño puente entre el mundo de las imágenes y de los conceptos, previene un poco al hombre entre las oscuras vueltas del laberinto y quiere ayudarle a buscar el agujero de salida. No pretende como el filósofo ofrecer un sistema del mundo intemporalmente válido, sino procede de la situación o el conflicto inmediato.[xvi]

 Como se ve, también en opinión del ensayista venezolano es posible encontrar, para el caso del ensayo, un puente, un vínculo, entre poesía y filosofía. Enfatiza también la relación del ensayista con “la situación” o “el conflicto inmediato”. De allí que “la mayor insistencia en lo concreto, la visión no sólo intelectual sino también plástica del Universo, marcarán una amable frontera entre el ensayista y el filósofo”. Y dice también que la fórmula del ensayo radica —en realidad, como la de la literatura toda— en “tener algo que decir; decirlo de modo que agite la conciencia y despierte la emoción de los otros hombres, y en lengua tan personal y propia, que ella se bautice a sí misma […]”.[xvii]

 

El ensayo y algunos de sus más grandes críticos

El estudio del ensayo dio un giro fundamental con la aproximación filosófica del joven Lukács, quien lo define así: “el ensayo es un juicio, pero lo que decide su valor no es sólo el juicio, sino el proceso mismo de juzgar”. El ensayo es por tanto el despliegue de un juicio, de una forma de entender algún aspecto del mundo y de enlazar lo particular con lo universal. Lukács caracteriza al ensayo como poema intelectual, y enfatiza que es posible acceder a la intelectualidad como vivencia sentimental.[xviii] Lukács reconoce la jerarquía del ensayo al reconocer su forma y su vínculo particular con la crítica.

En 1947 el semiólogo alemán Max Bense dice:

Escribe ensayísticamente quien compone experimentando, quien hace rodar su tema de un lado a otro, quien repregunta, palpa, prueba, quien atraviesa un objeto con reflexión, quien vuelve y revuelve, quien parte hacia él desde diversos lugares y en su atisbo intelectual reúne lo que ve y prefabrica lo que el tema bajo la escritura deja ver cuando se logran ciertas condiciones.[xix]

 Y llega Bense a una conclusión interesantísima: aquello que se hace evidente en el ensayo no es propiamente la subjetividad que escribe sino el tema ensayado, puesto que la primera produce las condiciones bajo las cuales un tema o asunto en su totalidad llega a respaldar una configuración literaria. No se intenta escribir, no se intenta conocer, se intenta que un tema se relacione literariamente, se establece entonces una pregunta, se experimenta con un tema.

De este modo, Bense retoma la pregunta por la forma o configuración del ensayo, su relación con la crítica, y explica que el ensayo es una actividad, ars combinatoria que se mueve allí donde confinan ética y estética.

El filósofo alemán Theodor W. Adorno ha hecho también fundamentales aportes al ensayo, al recuperar su valor cognoscitivo respecto del discurso filosófico.[xx] Dice Adorno que, a diferencia de la pretensión de objetividad, neutralidad, originariedad y universalidad del discurso filosófico, el ensayo asume su carácter parcial, ligado a los valores y a la historia, y no parte de la falsa creencia de que puede haber temas originarios, anteriores al devenir histórico y al mundo de los valores. Por otra parte, a diferencia de la tajante división sujeto-objeto que rige muchas esferas del pensamiento abstracto, el ensayo permite salvar la distancia arbitraria entre sujeto y objeto y hacer que el ensayo se dé como una experiencia espiritual de fusión del sujeto con el mundo. Y en esa organización no jerárquica de las esferas el ensayo empieza siempre de nuevo. Por ello el ensayo, cuya “más íntima ley” es “la herejía”, es desenmascarador de otros discursos, es siempre crítica de todo sistema y trabaja a partir de conceptos preformados culturalmente que acepta como tales: de allí que el ensayo sea entendido por muchos como una hiperinterpretación, es decir, como una interpretación no filológicamente fundada: 

El ensayo es lo que fue desde el principio: la forma crítica par excellence, y precisamente como crítica inmanente de las formaciones espirituales, como confrontación de lo que son con su concepto, el ensayo es crítica de la ideología.[xxi]

 La idea de preformación cultural, ya presente en Lukács, es de gran valor para nosotros, puesto que nos muestra cómo el ensayo reinterpreta objetos culturales siempre ya a su vez interpretados por la cultura. Una noción cercana a la de Bajtin: todos los enunciados se dirigen a un mundo “del que ya se habló”, y se apoyan sobre un “campo de respondibilidad” socialmente constituido.[xxii] Pensemos que a través de nuestra experiencia en el mundo nos encontramos ante dos grandes clases de elementos: objetos naturales, hechos crudos, brutos, que pueden existir sin nosotros. Pero en el caso de “un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor”, se trata de artefactos, objetos y hechos culturales, y éstos no se pueden entender a fondo sin atender a la intencionalidad de los agentes que lo producen y utilizan. Los artefactos no son tales por poseer ciertas cualidades intrínsecas (su composición química, por ejemplo), sino por sus propiedades relacionales, que los ligan a productores y usuarios, así como ―añadimos― a otros objetos culturales con los que forman un sistema. Y al hablar de intencionalidad, no sólo nos referimos a una intención individual y explícita sino colectiva e implícita: lo que tenemos en común en cuanto a creencias, deseos, intenciones. Mis propias ideas no se constituyen independientemente del cuadro intencional colectivo o institucional. De allí que sea importante remarcar que el quehacer ensayístico se dedica a entender las relaciones entre las cosas, a las que ve no bajo una sombra de neutralidad, sino precisamente insertas en el mundo de los valores.

Pero precisamente por llevar a cabo una tarea tan radical como la que indica Adorno, el ensayo resulta más abierto y más cerrado, según el autor, de lo que puede gustar al pensamiento tradicional: más abierto, porque niega toda sistemática previa, e incluso se atiene a esa negación (de allí, acotemos, que haya muchos ensayos construidos como antítesis de otras ideas, o que adoptan la forma de la paradoja o la ironía), pero también es más cerrado porque, dado que no puede apoyarse en ningún molde previo, se ve obligado a trabajar “enfáticamente” la forma de exposición. De allí que el estilo del ensayo no sea un mero elemento adicional, adjetivo o prescindible, sino que la forma del ensayo acompaña al despliegue del juicio que se lleva a cabo: para regresar a nuestro ejemplo, antítesis, paradoja e ironía no serían meros “adornos” o fórmulas llamativas, sino que resultan consustanciales para el trabajo de crítica que el ensayo emprende.

Dice también Adorno: 

Es inherente a la forma del ensayo su propia relativización; el ensayo tiene que estructurarse como si pudiera suspenderse en cualquier momento. El ensayo piensa discontinuamente, como la realidad es discontinua, y encuentra su unidad a través de las rupturas, no intentando taparlas. La armonía del orden lógico engaña acerca del ser antagónico de aquello a que se ha impuesto ese orden. La discontinuidad es esencial al ensayo; su asunto es siempre un conflicto detenido.[xxiii]

Otro rasgo interesante del ensayo es su fragmentariedad, precisamente resultado del esfuerzo del ensayista por no obedecer sistemas preconcebidos. Dice también Adorno que el ensayo no busca “destilar” lo eterno que subyace a lo perecedero, sino, inversamente, dar dimensión de largo plazo a lo perecedero.

Adorno nos enseñó así a respetar precisamente aquellos rasgos del ensayo que muchos consideraban lo hacían inferior al discurso filosófico. Con Adorno, hemos aprendido a indagar la forma del ensayo, atender a su carácter crítico, fragmentario y a su vínculo con el mundo de lo contingente y no neutral: el mundo de los valores.

Para un escritor como Robert Musil, el ensayo anuda ética y estética. Dice también que “Ensayo es: en un terreno en que se puede trabajar con precisión, hacer algo con descuido […]. O bien: el máximo rigor accesible en un terreno en el que no se puede trabajar con precisión”:

El ensayo trata de crear un orden. No ofrece figuras, sino un encadenamiento de ideas, lógico por tanto, y al igual que las ciencias de la naturaleza parte de unos hechos que también relaciona. Sólo que estos hechos no son observables en general, y también su encadenamiento es en muchos casos singular. No hay solución total, sino tan sólo una serie de soluciones particulares. Pero expresa e investiga.[xxiv]

 

En las últimas décadas se han comenzado a generar nuevas y apasionantes propuestas para el estudio del ensayo, muchas de ellas deudoras a su vez de nociones como escritura, discurso, argumentación. Mencionaré sólo un ejemplo para cada caso.

El crítico canadiense Jean Terrasse plantea que todo ensayo ofrece una doble perspectiva, ya que por una parte remite al mundo y por la otra a la propia mirada del autor: 

Se comprende por qué el ensayista es incapaz de objetividad. El ensayo es el producto de una tensión entre dos deseos aparentemente contradictorios: describir la realidad tal como es en sí misma e imponer un punto de vista sobre ella. El ensayista intenta conciliar el en sí y el para sí, reivindica la praxis como condición de la manifestación del ser. Para él, lo real no existe sino como experiencia; el auditorio al que se dirige es el lugar donde ella se actualiza […]. El ensayo pertenece incontestablemente a la literatura, si, como lo quiere Paul de Man, el lenguaje literario ‘significa implícitamente o explícitamente su manera de ser retórica’. La retórica del ensayo hace participar al lector en una experiencia global en la cual la realidad es percibida como literaria; ella lo integra a un contexto a propósito del cual el autor ha decidido decir cualquier cosa, siempre estando él mismo comprometido con ella.[xxv]

Como ha dicho Routh, “el ensayo crea un punto de vista” y su estilo es capaz de guiarnos por el universo mental del escritor: se trata así de un estilo de escribir que conduce a un estilo de pensar; de un estilo de pensar que conduce a un estilo de escribir, y que nos ponen en relación tanto con el universo mental del escritor y su escritura como con el mundo que está más allá del texto.

En The World, the Text and the Critic (1984), Edward Said recupera en toda su vitalidad las ideas de Lukács, en cuanto ve en el ensayo una de las más altas y logradas manifestaciones de la crítica a la vez que un esfuerzo de actualización, de revitalización, de contemporaneización de las discusiones, y, por fin, una voluntad de forma. Said presta particular atención a la idea de crítica: es a partir de la distancia entre la conciencia y ese mundo respecto del cual para otros sólo ha habido “conformidad y pertenencia”, que existe la distancia crítica. Así, “la conciencia crítica es parte de su mundo social real y del cuerpo literal que la conciencia habita y no es, de ninguna manera, una forma de escape de la una ni de la otra”.

La crítica, dice Said, “siempre está situada, es escéptica, secular, reflexivamente abierta a sus fallas y errores”. “Esto no quiere decir de ninguna manera ―prosigue― que esté libre de valores. Muy por el contrario, la trayectoria inevitable de la conciencia crítica es alcanzar algún sentido agudo respecto de “cuáles son los valores políticos, sociales y humanos vinculados a la lectura, la producción y la transmisión de cada texto”. Para Said situarse entre cultura y sistema es nada menos que encontrarse estrechamente próximo a una realidad concreta sobre la cual es necesario formular juicios políticos, morales y sociales, que deben a su vez ser expuestos y desmitificados, puesto que ―como sostiene también Stanley Fish― todo acto de interpretación es hecho posible y reforzado por una comunidad interpretativa. Es por ello necesario ir más lejos aún para ver qué situación, qué configuración histórica y social, qué intereses políticos se encuentran concretamente vinculados por la existencia de comunidades interpretativas”.[xxvi]

La crítica secular se caracteriza fundamentalmente por su carácter “oposicional”, esto es, irreductible a cualquier doctrina o posición política predeterminadas, exigida de estar a la vez situada en el mundo y consciente de sí misma,[xxvii] en una permanente desconfianza hacia cualquier sistema totalizador, hacia la cosificación de los fenómenos, e independiente de todo interés gremial o feudal e incluso de los hábitos repetitivos de razonamiento, de tal modo que la crítica coincide más con ella misma cuando, en el comienzo de su desenvolvimiento, es capaz de tomar distancia de sí y generar un conocimiento de modo no coercitivo. Estos rasgos acercan crítica y ensayo: 

[...] todo aquello que entiendo por crítica y conciencia crítica se refleja directamente no sólo en los temas de estos ensayos sino en la forma del ensayo misma. Porque si se me toma en serio cuando digo que la crítica secular trata con situaciones locales y mundiales, y que está constitutivamente opuesta a la producción de sistemas masivos y herméticos, luego de allí se debe seguir que el ensayo —una forma comparativamente corta, de carácter investigativo, radicalmente escéptica— es la principal vía en la cual escribir crítica. Ciertos temas, naturalmente adecuados, concurren a los ensayos que conforman este libro […] la unidad del libro es también una unidad de actitud y de preocupación […]. Así, cada ensayo presupone ese libro.[xxviii]

En “The World, the Text, and the Critic”, capítulo que da título a toda la obra, Said retoma el tema del ensayo y lo compara con otras formas de hacer crítica, como el comentario, la explicación del texto, el análisis retórico o semiológico, que son modos de atención ya pautados disciplinariamente y dados antes del ejercicio del crítico, que se presentan a éste con carácter instrumental. El ensayo es radicalmente otra cosa: 

Me concentraré ahora en el ensayo, que es la forma tradicional en la cual la crítica se ha expresado a sí misma. El problema central del ensayo como forma [alusión explícita a Lukács] es su lugar, por el cual entiendo una serie de tres caminos por los cuales el ensayo tiene la forma que los críticos toman y en la cual se colocan para hacer su trabajo. El lugar por tanto abarca relaciones, afiliaciones y la manera en que los críticos se aproximan a los textos y las audiencias a las que se refieren; también abarca la dinámica que toma lugar en el propio texto de un crítico conforme éste se produce.[xxix]

 Debemos a Said una distinción muy productiva entre las nociones de “filiación” y “afiliación”. La primera remite a la adscripción de un autor a diversos sistemas de clasificación ya dados, por procedencia étnica, extracción social, pertenencia sexual, etc. La segunda nos conduce a la asunción voluntaria por parte de un autor de nuevas formas de relación, sistemas de creencias, posturas ideológicas, no sólo reforzadas por el propio texto sino en buena medida construidas a través de él: “El esquema filiativo pertenece a los campos de la naturaleza y de la ‘vida’, mientras que la afiliación pertenece exclusivamente a la cultura y la sociedad”. Said introduce así, junto con la de ensayo, la tan valiosa idea de “afiliación”, capital para entender la relación entre el ensayo y el mundo, que, aunque se nos presenta a veces con carácter de naturaleza, es una relación secundaria, construida por el propio ensayista.

Marc Angenot, estudioso de la discursividad social, coloca al ensayo en una familia más amplia, la de la “prosa de ideas”, categoría que abarca varias formas en prosa, desde el ensayo hasta aquello que ha sido vagamente clasificado como “literatura de combate ligada al debate”, a la vez que propone salir de la reducción del discurso literario a la ficción o del estudio del puro trabajo sobre el lenguaje: 

La noción de ensayo en nuestro estado de cultura reagrupa formas discursivas muy variadas en su función ideológica, su modo de enunciación y su organización interna, la relación que se establece entre lo vivido y la regla. Del diagnóstico a la meditación, de la demostración a la deriva de un pensamiento, del “ensayo científico” al ensayo aforístico, de lo didáctico a lo onírico, de la disociación conceptual a la fusión mística, la palabra ensayo llega a recubrir toda forma de utilización del lenguaje en la cual no domina ni la narración ni la expresión lírica.[xxx]

 El mismo Angenot establece una diferencia entre el ensayo cognitivo o diagnóstico y el ensayo de meditación: 

El primero corresponde a un discurso que busca hacerse cargo y plantear en términos relacionales un conjunto de objetos nocionales, sin crítica del modo de aprehensión que determina su organización. Se trata de ocupar un cierto espacio ideológico y de establecer sus elementos. Un tal discurso no se da mediante una reflexión sobre un mundo en movimiento sino por medio de la reflexión sobre un mundo captado en la trama de conceptos a través de un juego de vinculaciones, conjunciones y disyunciones, la relación de lo vivido con la regla tendiente a hacerlo unívoco y la incertidumbre consustancial a lo vivido colocada en un sentido categórico.[xxxi] 

En cuanto al segundo, corresponde a un discurso en vía de conformarse, un discurso “en busca de una conceptualización” que, lejos de apoyarse en pares de opuestos y disyunciones, se orienta por el camino azaroso y los saltos analógicos de la imaginación: 

De Montaigne a Rousseau, el ensayo-meditación, el género “deliberativo interior”, constituye una tradición esencial en la institución literaria […]. La estructura general del discurso es azarosa, zigzagueante; el paso de una proposición a la otra se da de manera no esencial sino accesoria: en él la imagen intuitiva tiene más fuerza que el silogismo. En el caso de Montaigne se ha mostrado […] que esta apariencia de desorden esconde a menudo un desarrollo riguroso. Pero se trata en todo caso menos de develar un “contenido” exterior al pensamiento que de mostrar los mecanismos íntimos por los cuales el pensamiento se da sus objetos. El carácter discontinuo del desarrollo […] se explica a partir del hecho de que no se apoya sobre un saber sino que busca atrapar su génesis, a través de la intuición o de lo “vivido”.[xxxii]

 En este segundo tipo, dice también Angenot, el “yo” del enunciador es de capital importancia y estará sin cesar presente, no tanto como garantía de la verdad de su escrito sino como conciencia y medida de sus alcances. 

 

Uso y expectativas de lectura

Finalmente, podemos preguntarnos qué entendemos nosotros por ensayo. Esto no es tan caprichoso o parcial como parece, porque de algún modo lo que cada lector entiende por ensayo participa en buena medida en lo que la propia comunidad interpretativa entiende como tal. Más aún, mis expectativas de lectura inciden en mi modo de leer. En efecto, aun cuando pueda cada uno de nosotros progresivamente corregir o enriquecer, a partir de la propia lectura, sus expectativas previas, éstas son indispensables para que se comience a leer. Mario Valdés dice que en la lectura intervienen dos capacidades del ser humano: reflexión e imaginación. Comienzo a leer un texto y conforme avanzo en mi lectura voy tratando de entender, pero a la vez, cuando se presentan los distintos personajes y situaciones, yo anticipo con la imaginación qué sucederá con esos personajes, cómo se desarrollarán esas situaciones. La reflexión camina y la imaginación corre, pero ambas son necesarias al mismo tiempo.

Según algunos autores no es posible hablar de ensayo sino de ensayos. Existen, cuando menos, semejanzas, “aires de familia” entre sus distintas concreciones: se trata de textos en prosa en los cuales se despliega una opinión, una visión personal, situada y fundamentada en la propia experiencia y las propias indagaciones sobre alguna cuestión. Existen también otros puntos de encuentro más profundos: responsabilidad, sinceridad, compromiso con el tema, originalidad, interés por explorarlo.

Pero existen también diferencias notables: las razones de elección del tema, la clase de aproximación que hace el autor ―subjetiva o transubjetiva―, el tipo de lector al que van dirigidos, la voluntad de estilo, la relación más o menos apasionada con otras discusiones, otros autores, otros libros, la densidad y riqueza interpretativa etcétera.

Sin embargo, aunque intentemos ofrecer definiciones esenciales de las cosas, lo cierto es que términos como “ensayo” dependen de su uso en diferentes contextos y de las expectativas de la comunidad de lectura que los define. E inversamente, aunque vivimos en una época compleja y de cambio, saturados de noticias, novedades, viajes, movimiento, polémicas, o tal vez precisamente por eso, seguimos buscando certidumbres mínimas y definiciones de alcance universal, que sirvan de una vez y para siempre en toda circunstancia. En el caso del ensayo, podríamos intentar determinar ciertos elementos mínimos y básicos o rastrear recurrencias desde que surge hasta nuestros días, y que incluso nos permitieran explorar sus “antecedentes”. Porque si el ensayo, a diferencia de otras formas del discurso, tiene padre conocido y tiene incluso algo parecido a un acta de nacimiento —ya que en 1580, el señor Michel de Montaigne pone su firma al que sería el primer tomo de sus Essais—, es posible pensar que nace como una nueva clase de textos con carta de ciudadanía y que genera nuevas expectativas de lectura.

 

Algunas características

Proponemos al lector un primer listado de rasgos mínimos del ensayo, que él mismo podrá completar y discutir de acuerdo a sus propias búsquedas en lecturas, manuales y diccionarios: prosa no ficcional, punto de vista personal, discurso de origen situacional, opinión fundamentada sobre algún asunto, carácter no acabado ni concluyente, tono polémico, tratamiento de casi cualquier tema o asunto desde la perspectiva del autor,  dialógico, escéptico, portador de libertad expositiva, no necesariamente sistemático, en una apertura contemplada por el modo mismo de “discurrir”, provisorio, interpretativo.

Retomando observaciones de María Elena Arenas Cruz[xxxiii] y de otros autores, podemos plantear así las características del ensayo:

- tratamiento de todos los temas a partir de un yo meditativo y central

- fusión de lo privado y personal con lo intelectual y conceptual

- situacionalidad

- énfasis en la experiencia

- actitud comentativa del yo en el mundo

- libertad y flexibilidad para organizar los contenidos semánticos

 

“Aires de familia” 

Una muy breve revisión de la historia del ensayo nos muestra que no es posible considerarlo como un género cristalizado de una vez y para siempre. Por empezar, el ensayo reviste ya en sus primeros ejemplos una enorme variedad: el tono subjetivo y aparentemente caprichoso de Montaigne se aleja del tono moral y la búsqueda de objetividad de Bacon y Locke o del carácter científico del ensayo de Galileo. Y si damos un salto hasta fines del siglo xviii y principios del xix veremos al ensayo ligado a una nueva forma en expansión: el artículo periodístico. También deberá deslindarse del tratado filosófico, científico o didáctico o del tono impersonal de la monografía científica. Y más tarde, en los umbrales del siglo xx, el ensayo se encontrará ante un nuevo problema de límites ante la emergencia del poema en prosa y la prosa poética. En nuestros días, con la expansión del paper o de trabajos escolares a los que convencionalmente se denomina también ensayos, así como con la expansión de múltiples formas en prosa que tratan los más diversos temas, el ensayo afronta un nuevo desafío: ¿cómo distinguir prosa de prosaísmo?, ¿cómo distinguir el estilo creativo, el afán de belleza expresiva y de trabajo artístico del ensayo y sus audaces búsquedas epistemológicas, con esas otras formas, también en prosa, que se rigen, conforme a un criterio mercantil, por la norma económica de “el mínimo de palabras por el máximo de información”, la búsqueda de un estilo simplificado, impersonal, llano, informativo que acompaña a los procesos de incorporación al mercado de muchas obras?

Ante este complejo panorama, en el que conviven ensayo, prólogo, artículo, comentario, carta, carta abierta, discurso y muchas otras formas afines, a las que algunos autores comprenden dentro del grupo de la “prosa de ideas” y otros de la “prosa no ficcional”, proponemos apelar a la noción de “aires de familia” propuesta por Wittgenstein, para agrupar distintos elementos de una serie que “conforman una complicada red de parecidos que se superponen y entrecruzan”. A veces se trata de parecidos “a gran escala” y otras veces de “parecidos de detalle”.[xxxiv] Se trata entonces de una reunión de textos que tienen ciertos rasgos en común, aunque no todos ellos deban necesariamente tener los mismos rasgos en común. Si aplicamos estas ideas a las diferentes formas en prosa, podemos decir que si bien un ensayo no es una carta, comparte con esta última ciertas notas comunes tales como opinión personal, perspectiva particular, subjetividad, sinceridad, responsabilidad, mientras que puede no compartir otras como, particularmente, el carácter del destinatario de la carta, mucho más concreto y específico que el del ensayo, dirigido a un público potencial evidentemente más amplio, desconocido por el autor: un público potencial. Y el ensayo puede parecerse al artículo en ciertos rasgos, que no son necesariamente todos o algunos de aquellos que comparte con la carta. Por ejemplo, en el artículo hay, sin duda, opinión, pero tal vez no con la intimidad y subjetividad que dejamos traslucir en una carta; y tal vez el público al que se destina el artículo sí coincida con el público del ensayo, a diferencia del destinatario más íntimo.

Algunos autores han comparado el ensayo con el tratado, para mostrar sus semejanzas y diferencias. Según Ludwig Rohner, en su estudio sobre el género en Alemania, el ensayo se diferencia del tratado por una serie de rasgos: es lúdicro, aforístico, concreto, subjetivo, estético, llano, abrupto, asociativo, intuitivo, circular y tiene un carácter conversacional. El tratado, en cambio, es serio, metódico, conceptual, objetivo, cognoscitivo, estructurado, comienza por el origen, sigue un ordenamiento lógico, lineal, no muestra interés por socializar las ideas etcétera.[xxxv]

Marc Angenot retoma, como ya se dijo, la noción de “prosa de ideas” para todos aquellos textos que, como el ensayo, son prosa destinada a transmitir opiniones sobre un tema para su discusión en el espacio público. Por su parte, la estudiosa italiana Maria Ferrecchia propone distinguir entre el ensayo como pura expresión artística y el ensayo crítico.[xxxvi]

Por su parte, Walter Mignolo afirma que el ensayo presenta mayor afinidad con los marcos discursivos de la prosa expositivo-argumentativa que con los que corresponden al tipo descriptivo-narrativo, y propone hacer una distinción entre el ensayo “hermenéutico”, que se origina con Montaigne —centrado en la experiencia de un sujeto universal, que se piensa como representativo de la condición humana toda—, y el ensayo “epistemológico”, apoyado en un sujeto del saber —la línea abierta por Bacon, Locke, Berkeley, más ligada al tratado filosófico— o el ensayo “ideológico”, centrado en un sujeto que asume francamente una postura ideológica.[xxxvii]

María Elena Arenas Cruz, quien enfatiza el carácter expositivo-argumentativo del ensayo, lo coloca dentro de la familia de los géneros retórico-argumentativos, en cuanto, a pesar de su gran libertad y originalidad, puede siempre “traducirse” en una superestructura básica:

- exordio o presentación

- narración o exposición de los hechos

- argumentación o presentación de las pruebas y posturas que se defenderán

- conclusión

 

Definiciones al uso

Una primera revisión de los muchos diccionarios de términos literarios o manuales especializados de nuestros días nos muestra que no existen mayores novedades en cuanto al engorroso asunto de definir el ensayo ni tampoco se nos ofrecen en general los suficientes elementos que permitan al lector superar el mero tratamiento temático o, como mucho, algunas reflexiones en cuanto a estructura y estilo.

Así, en la más reciente edición, actualizada y aumentada, del afamado Diccionario Penguin de Términos literarios y teoría literaria, que data de 1999, leemos la siguiente definición de ensayo: “Composición, usualmente en prosa, que puede consistir en unas pocas palabras (como los ensayos de Bacon) o puede tener la extensión de un libro (como el Ensayo sobre el entendimiento Humano de Locke), y que discute, formal o informalmente, un tópico o una variedad de tópicos. Es una de las más flexibles y adaptables de todas las formas literarias”.[xxxviii]

Por su parte, el Diccionario de términos literarios de Demetrio Estébanez Calderón, en su segunda reimpresión de 2001, nos ofrece esta caracterización: “Es un escrito en prosa, generalmente breve, de carácter didáctico e interpretativo, en el que el ensayista aborda, desde un punto de vista personal y subjetivo, temas diversos, con gran flexibilidad de métodos y clara voluntad de estilo”.[xxxix]

No pareceríamos encontrarnos muy lejos de las definiciones tradicionales con que se ha venido trabajando en los últimos años a la hora de emprender estudios de conjunto, antologías temáticas, etc. Así, para tomar sólo un ejemplo, Donald Bleznick dice que “El ensayo puede definirse como una composición en prosa, de extensión moderada, cuyo fin es más bien el de explorar un tema limitado que el de investigar a fondo los diferentes aspectos del mismo”.[xl]

Sin embargo, cuando atendemos a lo mucho que se ha avanzado ya en distintos ámbitos de la investigación literaria, el panorama resulta mucho más rico, prometedor y apasionante. Para dar un solo ejemplo de ello, cito las palabras de Arturo Casas: “El archigénero ensayístico está delimitado desde el punto de vista pragmático por una acción discursiva en la que domina la dimensión perlocucionaria asociada a la intencionalidad reflexivo-persuasiva conntatural a los distintos géneros históricos susceptibles de ser agrupados bajo el marbete de ensayísticos”.[xli] Casas plantea así en pocas palabras muchas cuestiones medulares: referirse al “archigénero ensayístico” implica tomar una posición en los amplios debates en torno al que otros críticos consideran género, forma discursiva, tipo de texto, etc. Hay quienes lo consideran “literatura en potencia”, género paradojal y aun antigénero.[xlii] Pero el trabajo de Casas nos presenta además una toma de posición crítica a favor del concepto de Genette, y con ello se propone, en lugar de reducir la discusión a cuestiones formales, tomar en consideración elementos empíricos e históricos, ligados a la perspectiva pragmática.

El presente trabajo se dedicará a revisar, sin pretensión de exhaustividad, algunas de las principales líneas de trabajo que se han abierto en torno al estudio del ensayo, comenzando por los estudios dedicados al propio término “ensayo”. 

• La “doble perspectiva” del ensayo

Otro de los elementos en apariencia sencillos que se consideran fundamentales para entender el ensayo es la perspectiva personal con que el ensayista se dedica a examinar e interpretar los más variados temas, así como su carácter subjetivo, o, dicho en los términos de Arenas Cruz y Casas, “la fuerte personalización del sujeto locutor”, que alcanza incluso “a la materia tratada y a los referentes textuales introducidos”, a la vez que a “la especificidad apelativo-dialogal que conforma su substrato, no sólo por el vector persuasivo sino además por la centralidad de una actitud comentativa o experiencial”.[xliii] Esto a su vez nos conduce a varias cuestiones capitales. Una de ellas es la obligada “doble perspectiva” del ensayo, en cuanto remite a la vez al mundo y a la propia mirada del autor, como queda admirablemente planteado por el crítico canadiense Jean Terrasse: 

Se comprende por qué el ensayista es incapaz de objetividad. El ensayo es el producto de una tensión entre dos deseos aparentemente contradictorios: describir la realidad tal como es en sí misma e imponer un punto de vista sobre ella. El ensayista intenta conciliar el en sí y el para sí, reivindica la praxis como condición de la manifestación del ser. Para él, lo real no existe sino como experiencia; el auditorio al que se dirige es el lugar donde ella se actualiza […]. El ensayo pertenece incontestablemente a la literatura, si, como lo quiere Paul de Man, el lenguaje literario ‘significa implícitamente o explícitamente su manera de ser retórica’. La retórica del ensayo hace participar al lector en una experiencia global en la cual la realidad es percibida como literaria; ella lo integra a un contexto a propósito del cual el autor ha decidido decir cualquier cosa, siempre estando él mismo comprometido con ella.[xliv]

Como ha dicho otro crítico, Routh, “el ensayo crea un punto de vista” y su estilo es capaz de guiarnos por el universo mental del escritor: se trata así de un estilo de escribir que conduce a un estilo de pensar; de un estilo de pensar que conduce a un estilo de escribir, y que nos ponen en relación tanto con el universo mental del escritor y su escritura como con el mundo que está más allá del texto. 

• Subjetividad y sujetividad

 Otro de los más ostensibles y no menos apasionantes temas es también el de la subjetividad del ensayo. Porque, en la medida en que el autor nos ofrece una visión personal del mundo, podríamos pensar que el ensayo concluye siempre en una marcada subjetividad. Esto es cierto, pero también lo es que esa subjetividad se vincula con una sujetividad, con un nosotros en el que el yo de origen se afilia necesariamente. Edward Said se refirió al paso de la filiación a la afiliación, esto es, a la asunción activa de un lugar social por parte del escritor, y una asunción que se da precisamente a través del texto. En la dialéctica entre el yo y el nosotros, entre la situación concreta del escritor y la adopción de una voz a partir del texto, e incluso en la posibilidad de una nueva construcción de la instancia autoral a través del mismo, con la consiguiente construcción de un destinatario ideal, encontramos una de las claves del ensayo. Así, Montaigne es un hombre culto, adinerado, un juez y dignatario público, interesado en los libros, amante de la experimentación, etc., pero es también un francés, un defensor de la tolerancia religiosa, un crítico de las costumbres, un curioso interesado en comparar a los europeos con los aborígenes americanos, y es también, como él mismo lo declara en el tercer tomo de sus ensayos, representante de la condición humana toda. 

• Situación del ensayo  

Otro tema, estrechamente vinculado al anterior, y que se ha recuperado también en los últimos años, es el del carácter situacional del ensayo, al que se refiere en su reciente libro Pierre Glaudes: el ensayo es un “discurso situado”, en cuanto la búsqueda de la verdad que en él se emprende está permanentemente relacionada con una existencia particular y una experiencia vivida en la duración. El propio sujeto del discurso tiene una historia con la cual no puede dejar de contar a la hora de emprender simultáneamente, a través de su obra, la experimentación de sus facultades, el camino heurístico en busca de un descubrimiento empírico de sí sometido a la prueba del mundo y escritura de dicha experiencia.[xlv]

Por mi parte, en el libro El ensayo entre el paraíso y el infierno propuse una serie de oposiciones dialécticas que sólo pueden comprenderse a la luz de la dinámica propia del devenir temporal, los actos de habla entendidos como actos sociales y la puesta en un mundo de valores: tales el par experiencia-sentido (que tomo de la oposición situación-sentido marcada por Ricoeur, pero en el que enfatizo el carácter experiencial y político previo a la propia situación).[xlvi] He planteado allí también el problema de la relación entre subjetividad-sujetividad, esto es, inscripción del yo situacional e individual en el nosotros y en un “se” o materia pensante;[xlvii] paso de la filiación a la afiliación; deixis-hexis, esto es, interacción entre el yo-aquí-ahora y el nombre y colocación social que porta todo yo etc. En ese mismo libro propuse que, si algo caracteriza al ensayo latinoamericano no es precisamente el desarrollo de temáticas particulares (la cuestión identitaria, por ejemplo), sino algo que está aún antes que esas realizaciones particulares, y es una peculiar forma de traducirse simbólicamente, a través del ensayo, la situación del intelectual en su relación con la cosa pública. Retomando una observación de Antonio Candido en torno a la existencia de una “literatura sin lectores” en el Brasil del siglo XIX, planteé que el paraíso no es más que el ideal de la lectura total y el infierno su contrario: la incomprensión de los textos y la falta no sólo de lectores sino de un horizonte compartido de discusión. Sigo considerando que las transformaciones arduas e incompletas que conmovieron a la “ciudad letrada” desde la segunda mitad del siglo XVIII son características de América Latina y de su intelectualidad.[xlviii] 

Muchos críticos y ensayistas hispanoamericanos se han acercado al enigma del ensayo y lo han caracterizado certeramente, sólo que vieron con extrañeza ese carácter de mezcla, de mestizo, una necesidad hecha virtud, que lo convertía en el “centauro de los géneros” (Reyes), en “un extraño puente entre las imágenes y los conceptos” (Mariano Picón-Salas), entre el mundo frío y objetivo del conocimiento y el mundo de los valores y las ideologías:[xlix]

La función del ensayista […] parece conciliar la poesía y la filosofía, tiende un extraño puente entre el mundo de las imágenes y de los conceptos, previene un poco al hombre entre las oscuras vueltas del laberinto y quiere ayudarle a buscar el agujero de salida. No pretende como el filósofo ofrecer un sistema del mundo intemporalmente válido, sino procede de la situación o el conflicto inmediato.[l]

Dejo solamente apuntada esta veta, que sería interesante explorar: cómo las definiciones incluyentes de ensayo y la idea incluyente de mestizaje, contra las visiones racistas excluyentes y las racialistas más moderadas, se expanden paralelamente en nuestra historia intelectual. 

• Ensayo y retórica

 Otro tema de creciente interés en los últimos años es el del aspecto retórico y el carácter argumentativo del ensayo. En efecto, muchos estudiosos han reconocido en los últimos años el vínculo entre la estructura del ensayo y la superestructura argumentativa: a pesar de su libertad creativa, todo ensayo podría traducirse a una superestructura que cuenta con las partes retóricas tradicionales: exposición o planteamiento del problema, reunión de pruebas, argumentación propiamente dicha, conclusión. Dado que al lector no sólo le interesa lo que dice el ensayo sino cómo lo dice, este método nos permitiría “traducir” el ensayo a los términos de una argumentación diferente de la demostración científica, pero no por ello menos rigurosa. El ensayista no apunta a la verdad sino a la verosimilitud y a la coherencia. Ésta es la posición de Arenas Cruz.

Por mi parte, me permito comentar que sería necesario dar un mayor énfasis a una operación primera que está aún antes de los pasos retóricos ya señalados, y que es fundamental para el ensayo: se trata de la invención (inventio), esto es, la determinación y el recorte de un tema, puesto que es a partir de ese “big bang” que el ensayo encuentra su impulso inicial. Hay entonces un primer momento interpretativo previo a la exposición misma de las ideas, que es la selección, la determinación, la precomprensión del tema, algo así como la comprensión por adelantado del tema que se va a tratar, siguiendo el modelo de un círculo hermenéutico.

No debe tampoco olvidarse que el ensayo se liga, a partir de Montaigne, a una línea de ruptura con la retórica tradicional, en una voluntad que algunos caracterizan incluso como anti-retórica. 

• Ensayo y escritura

 Otro aspecto que ha llamado la atención en los últimos años es el carácter escritural del ensayo, al que Barthes considera sería óptimo deslastrar de su contenido argumentativo, hasta dejarlo en la escritura desnuda, libre. Y esto trae aparejada la discusión de otra serie de cuestiones. Si enfatizamos el carácter argumentado, razonado, del ensayo, tendremos la tendencia a resaltar su organización a partir de una serie de elementos subordinados. Pero la lectura de ensayistas como el propio Montaigne nos conduce a la certeza de que el ensayo se va constituyendo también a partir de fragmentos, de iluminaciones de sentido, que a veces, como es el caso de la prosa de Nietzsche, pueden traducirse bajo la forma de aforismos. Puede haber también figuras predominantes que den su peculiar tinte al ensayo: la paradoja o la ironía, por ejemplo. De este modo, el ensayo puede a veces asimilarse a una línea de desarrollo cercano al tratado, pero muchas veces a un crecimiento más afín al árbol: un crecimiento por complicación infinita.

A este respecto, los defensores de la posición escritural, como el crítico Réda Bensmaïa, por ejemplo, plantean una noción altamente productiva para encontrar las principales hiladas del ensayo: es la noción de “mot bastant”o “palabra suficiente”, que es aquélla capaz de concentrar en sí misma varias líneas de sentido en el texto, a la vez que desenvolverse productivamente.

Tal es, para poner un ejemplo, el modo en que funciona la máscara en El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Si por una parte podemos realizar una lectura lineal y seguir un determinado hilo argumental en El laberinto, o si podemos también asociarlo a la interpretación de distintas etapas de la historia cultural de México, la incorporación de la máscara da otra posible línea de lectura y otra dinámica de sentido al texto, y le permite enlazar y atravesar varios planos y órbitas de sentido.

Desde mi perspectiva, la tan útil e iluminadora noción de “palabra suficiente” permite también atender no sólo a la táctica escritural que plantea Bensmaïa, sino también a la estrategia simbólica por la cual el ensayista busca introducir al texto apelaciones y discusiones ligadas a su entorno cultural y social. El ensayista hace uso de las potencialidades metafóricas y metonímicas de distintas imágenes y símbolos, que le permiten a su vez  confirmar su posición como intelectual y traducirla simbólicamente.[li]

• Ensayo, interpretación, evaluación

 Otra posición posible para el estudio del ensayo es su acercamiento a la interpretación. Si bien algunos autores consideran la interpretación como un quehacer específico ligado a la tradición hermenéutica, otros estudiosos advierten que, a partir de Dilthey, Heidegger, Gadamer y Ricoeur se abre una nueva concepción más amplia de la interpretación en cuanto ligada a la comprensión del mundo. Como ha dicho Gadamer en Verdad y método, “el lenguaje es el medio universal en el que se realiza la comprensión misma. La forma de realización de la comprensión es la interpretación”.[lii] Pero una vez que el concepto de interpretación parece haber alcanzado su más amplio sentido posible, algunos estudiosos proponen regresar a un empleo restringido y acotado, como es el caso de la “hermenéutica simbólica”, mientras que otros —entre los que me cuento— prefieren regresar a la línea que va de Peirce a la antropología simbólica, y explorarlo como una actividad permanente de confrontación entre lenguaje y mundo. Claro está que en este sentido el ensayista resultaría algo así como un “especialista” de la interpretación, de la “comprensión hermenéutica” de un estado del mundo que supera la reducción a concepto y a teoría, ya que, como dice Mignolo, “las interpretaciones desbordan las teorías” (p. 181). Resulta desde nuestra perspectiva clave asociar ensayo y evaluación social, como lo hizo en general para todas las formas enunciativas Bajtin y como lo hizo para la literatura latinoamericana Mariátegui, al hablar de “valores-signo”.

 • Ensayo y pragmática

 Ya desde su origen, concebido como un contrato de buena fe que el autor se compromete a firmar con el lector, Montaigne coloca al ensayo en el ámbito de la ley. Como bien lo ha mostrado la pragmática, todo texto es la firma de un contrato con los lectores y receptores. El lenguaje es una institución que garantiza la validez y el sentido de todo acto de enunciación, a la vez que dicta las reglas para su validación: “es muy difícil —dice Maingueneau— separar radicalmente actos sociales y actos de lenguaje”.[liii] Toda actividad discursiva está gobernada por principios consensuados y conocidos entre los interlocutores, y se vincula con aquello que Wittgenstein denomina “reglas de juego”. El ensayo, firma de un convenio particular de sentido dentro del marco institucional general del lenguaje, se apoya en requisitos como la sinceridad, responsabilidad, compromiso. De allí que el ensayo vaya siempre necesariamente firmado, autorizado por una firma. Y de allí también una exigencia implícita de representatividad del quehacer del ensayista, dada como reactualización de una ley implícita. A diferencia de otros géneros y modos del discurso, los ensayos deben reconfirmar este pacto reactualizando una ley subyacente. El lector debe autorizar la validez del acto interpretativo que se está llevando a cabo. De allí también que algunos autores prefieran hablar de “ensayos” antes que de “ensayo”. Y de allí que —a partir del título de una obra de Monsiváis que retoma a su vez una noción de Wittgenstein—, proponga por mi parte hablar de “aires de familia” entre diversas manifestaciones particulares, esto es, la posibilidad de lograr agrupaciones complejas y dinámicas a partir de la coincidencia y entrelazamiento de diferentes rasgos entre distintos componentes del grupo.

De este modo, si se ha enfatizado la cuestión de la buena fe, la sinceridad y la responsabilidad en el ensayo, se aspira a mostrar que el ensayo está siempre inserto en un ámbito de valores que el propio ensayo reinterpreta.

La pragmática, con su consideración del texto como un quehacer inscrito en un mundo social que a su vez refuerza y replantea relaciones sociales, mucho tiene para aportarnos en cuanto a problemas como la sinceridad, la pertinencia, la responsabilidad, claves en el caso del ensayo, desde que el propio Montaigne hiciera su primera declaración “de buena fe”.

 • Ensayo y teoría del discurso

 La teoría del discurso y la pragmática aportan así herramientas fundamentales para la comprensión del ensayo. Desde que Foucault planteara que el “autor” es un efecto del discurso y considerara la inscripción del ensayo en el marco de las instituciones, mucho se ha avanzado en el tratamiento del discurso y en la determinación de ciertos rasgos que, como la recurrencia de vocablos o frases, resultarían sintomáticos de una propuesta ideológica. En recordadas y revolucionarias palabras se refiere Foucault “Al autor no considerado, desde luego, como el individuo que habla y que ha pronunciado o escrito un texto, sino al autor como principio de agrupación del discurso, como unidad y origen de sus significaciones, como foco de su coherencia”. Existen además, según el filósofo francés,  tanto procedimientos externos como internos de control del discurso: procedimientos que intervienen en calidad de principios de clasificación, de ordenación, de distribución. Con ello se abre la posibilidad de pensar, como lo harán más tarde Castoriadis o Derrida, en un insitituido instituyente, en una “ley” que rige el discurso y que está a la vez fuera y dentro del texto. [liv]

 • La transformación de una familia

 En los últimos años, la aparición de nuevas manifestaciones en prosa no ficcional como las “formas breves” de Piglia o los textos de crítica literaria y cultural de Vargas Llosa, Fuentes, Aira, Juan Villoro, nos lleva a replantear las concepciones tradicionales de ensayo. Por otra parte, la relectura de grandes clásicos del pensamiento latinoamericano, tales como la “Carta de Jamaica” de Bolívar, el Facundo de Sarmiento, el Ariel de Rodó o “Nuestra América” de Martí, que muchos colocan en la categoría de ensayo, conduce también a la necesidad de repensar el propio concepto de género y recuperar la noción de “aires de familia”.

Los propios escritores toman conciencia de las transformaciones de la prosa y dan cuenta de ellas en los propios textos. Hablar de “formas breves” es ya una toma de posición por parte de Piglia. En muchos de los textos de Aira la prosa se toca con la ficción. No menos sintomático es el texto crítico que dedica a la decadencia de la prosa un autor como Juan José Saer, quien en “La cuestión de la prosa”[lv] se dedica a desenmascarar la prosa envilecida del autoritarismo y el eficientismo, Su ensayo se escribe en una prosa que el lenguaje va minando desde adentro mismo, de tal modo que la palabra poética y la pasión van corroyendo, minando, el texto, inauguran una y otra vez su propia transgresión y obligan al discurso razonado y razonante a concluir antes que la demostración quede cerrada y se institucionalice. La presentación histórica y lineal del problema, que marca el ritmo de la marcha inexorable del avance del Estado y del mercado, apoderados ambos de la prosa a la que imparten sus dictados, entra en tensión con la ruptura de esa temporalidad, con el asomo a momentos de transgresión, de liberación de la prosa, de su recuperación mediante el quehacer del escritor.

El ensayo se vuelve así, en éste como en muchos otros notables casos, escenario de experiencias estéticas límite, como sucede con los textos ya clásicos de Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Juan García Ponce, o —para citar un ejemplo más reciente y menos difundido—, del colombiano Carlos Jiménez.[lvi]

 • Ensayo y lectura

 Si he atendido a cuestiones ligadas al autor y al texto, necesario es también que dedique algunas reflexiones al lector y al pacto de lectura que el ensayista establece con su público. La propia firma con que el ensayista avala su texto lo inscribe en un ámbito social de sentido. En cuanto al papel central que cumple en la configuración del ensayo su destinación a un público específico, este tema ha sido ya planteado por la estilística. En efecto, Juan Marichal, en su precioso libro La voluntad de estilo, dice: 

[…] si bien el ensayista puede utilizar el legado de sus antepasados literarios… debe sobre todo contar con su público, con su auditorio potencial inmediato; pues si el novelista busca la articulación de sus personajes dentro de un mundo ficticio —y a esa articulación se suele denominar “verosimilitud”—el ensayista busca articularse a sí mismo con su mundo histórico coetáneo.[lvii]

• Algunas perspectivas

He procurado hasta aquí revisar de manera sucinta algunos de los conceptos que resultan en mi opinión más productivos a la hora de interpretar el ensayo: me he dedicado en particular al problema de la doble remisión del ensayo a la mirada del autor y al mundo, a la retórica del ensayo, al vínculo filiación-afiliación, que permite articular la situación particular del ensayista con un horizonte social de sentido. Me he dedicado también a la consideración del ensayo como escritura, y en particular al muy productivo concepto de  “palabra suficiente”.

Para terminar, quiero adelantar algunas de las perspectivas en las que estoy en este momento trabajando para el caso del ensayo hispanoamericano, y latinoamericano en particular. Se trata del enlace entre los ámbitos ético y estético. Aquí me interesa recordar que el ensayo otorga la posibilidad de “resolver en términos literarios las contradicciones de la filosofía”, “dar forma poética al pensamiento”.[lviii] El ensayo, que tiene la misma fuerza anticipadora que el lenguaje y que la forma artística, nos conduce a la producción de un mundo de la conciencia posible articulado categorialmente. La capacidad objetivadora, constitutiva de los objetos, propia de los sistemas simbólicos, se aplica también por parte del ensayo. La operación estética, organizadora, sintetizadora, integradora de los datos dispersos de la experiencia, “confiere a la multiplicidad de las impresiones sensibles la unidad de una experiencia objetiva”, y no sólo “copia” la realidad sino que la instaura, la configura.

Inversamente, la capacidad de decir el todo en el uno, de universalizar lo particular y particularizar lo universal, que es una capacidad propia de las operaciones artísticas, es la que permite al ensayo enlazar, tender ese extraño puente entre la imagen y el concepto. Uno de los temas obsesivos para quienes han insistido en que el ensayo no es filosofía ni produce conocimiento estricto, y han proclamado la superioridad de la filosofía como disciplina rigurosa de alcances universales, nos conduce, por sus antípodas, al tema de la relación entre ensayo y conocimiento. Esto se resuelve a partir de la comprensión de los procesos de simbolización e interpretación presentes en el ensayo.

Discurso situado, prosa de ideas, interpretación de interpretaciones, resolución estética de cuestiones éticas y abordaje desde la ética de cuestiones estéticas, los diversos ensayos que podemos encontrar como lectores pueden ser tan variados como los que se dedican a la política, la crítica literaria, el debate de ideas. Pueden, unos, acercarse a la formalidad del tratado y seguir un orden argumentativo riguroso; pueden, otros, dedicarse a la crítica de textos y pueden, otros más, adoptar la libertad del centauro, la capacidad de atravesar planos y hacer enlaces poéticos entre mundos diversos, tendiendo un extraño puente entre imágenes y conceptos. Pueden unos, de carácter escolar, autoobligarse a cumplir con las expectativas académicas; pueden, otros, alcanzar grados de libertad y heterodoxia altamente llamativos. Pueden, unos, coquetear con la crónica periodística y pueden, otros, acercarse a la prosa panfletaria. Pero, a pesar de la variedad, se pueden reagrupar de manera dinámica de acuerdo a sus respectivos “aires de familia”.

 

Notas

 

[i] Michel de Montaigne, “De Demócrito y Heráclito”, Ensayos, I, L, sigo la traducción de Constantino Román y Salamero (Buenos Aires: Aguilar, 1962), 303-305.

[ii] Véase Réda Bensmaïa, “Appendix: The essay”, The Barthes effect, the essay as reflective text, foreword by Michèle Richman (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1987), 95.

[iii] Jean Starobinski ¿Es posible definir el ensayo?”, Cuadernos Hispanoamericanos, 575 (1998), 31-32.

[iv] Véase Françoise Berlan, ²Essai(s): fortunes d’un mot et d’un titre², en Pierre Glaudes, coord., L’essai: métamorphoses d’un genre (Toulouse: Presses Universitaires du Mirail, 2002).

[v] Donald W. Bleznick, El ensayo español del siglo xvi al xx (México: Ediciones de Andrea, 1964), 6-7.

[vi] Así lo dice el autor al presentar su estudio sobre Los géneros ensayísticos hispanoamericanos: “El lector podrá encontrar confirmada aquí esa condición proteica del género o de los géneros que de algún modo pueden considerarse ‘ensayísticos’: daré cuenta de producciones muy dispares en dimensiones y en factura, atentas a temas y problemas muy diversos […]. En consecuencia, los textos analizados tal vez sólo toleran una definición negativa”. Véase el texto de Teodosio Fernández, Los géneros ensayísticos hispanoamericanos (Madrid: Taurus, 1990), 12.

[vii] Para una mayor descripción véase John Skirius, comp., El ensayo hispanoamericano del siglo xx [1981], (México: fce, 1994).

[viii] Arturo Souto, El ensayo (México: Asociación Nacional de Universidades e Institutos de Enseñanza Superior, 1973), 8.

[ix] Federico Patán, “Prólogo”, en John S. Brushwood et al., eds., Ensayo literario mexicano (México: unam-Universidad Veracruzana-Aldus, 2001), 7-20.

[x] Juan Marichal, La voluntad de estilo: teoría e historia del ensayo hispánico (Madrid: Revista de Occidente, 1971), 18-20. Este enfoque es recuperado en nuestros días por la estudiosa hispano-danesa Ana Bundgaard.

[xi] José Ortega y Gasset, “Lector...” [1914], Meditaciones del Quijote (Madrid: Revista de Occidente, 1963), 1-2.

[xii] Ibid., 11-12.

[xiii] Ibid., 12.

[xiv] José Gaos, “Discurso de Filosofía”, Cuadernos Americanos, 2 (1954): 77-97 y 90-91.

[xv] José Gaos, Confesiones profesionales (México: fce, 1958).

[xvi] Mariano Picón-Salas, “Y va de ensayo” [1954], Crisis, cambio, tradición. Ensayos sobre la forma de nuestra cultura (Madrid-Caracas: Ediciones Edime, 1955), 143-145.

[xvii] Ibid.

[xviii] Georg Lukács, “Sobre la esencia y forma del ensayo” (Carta a Leo Popper) [1910], El alma y las formas; La teoría de la novela (México: Grijalbo, 1985), 13-39.

[xix] Max Bense, “Über den Essay und seine Prosa”, Merkur, 3 (1947): 418.

[xx] Véase Theodor W. Adorno, “El ensayo como forma” [1958], Notas de literatura (Barcelona: Ariel, 1962), 9-36.

[xxi] Ibid., 30.

[xxii] Véase Gary Saul Morson, comp., Bajtín; ensayos y diálogos sobre su obra [1986], (México: unam-uam-fce, 1993), 150.

[xxiii] Adorno, “El ensayo como forma”, 27.

[xxiv] Robert Musil, Ensayos y conferencias [1978], (Madrid: Visor, 1992), 343.

[xxv] Jean Terrasse, Rhétorique de l’essai littéraire (Montréal: Les Presses de l’Université de Québec, 1977), 139. La traducción es mía.

[xxvi] Edward W. Said, The World, the Text and the Critic (Cambridge: Harvard University Press, 1983), 26.

[xxvii] Ibid., 42.

[xxviii] Ibid., 26.

[xxix] Ibid., 50.

[xxx] Marc Angenot, La parole pamphlétaire, typologie des discours modernes (París: Payot, 1995), 46.

[xxxi] Ibid., 47.

[xxxii] Ibid., 57.

[xxxiii] María Elena Arenas Cruz, Hacia una teoría general del ensayo. Construcción del texto ensayístico (Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 1997).

[xxxiv] Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas [1953], (México-Barcelona: unam-Editorial Crítica, 1988), 87, parágrafo 66.

[xxxv] Ludwig Rohner, Der Deutsche Essay, Materiales zur Geschichte und Aesthetik einer litterarische Gattung (Berlín: Luchterhand, 1966), 504.

[xxxvi] Coincidimos con Ferrecchia cuando plantea que “El concepto de ‘género’ no debe conducirnos a encerrar los textos en redes “claustrofóbicas” y “condicionantes”, sino que “se ofrece como espacio indicativo de tipologías a las cuales referir formas afines o similares, de leer de manera común a la luz de la singularidad del artista y de la persona a que pertenecen”. Véase Maria Ferrecchia, Il saggio come forma letteraria (Lecce: Prensa Multimedia, 2000), 46-47.

[xxxvii] Véase Walter D. Mignolo, “Discurso ensayístico y tipología textual”, en Isaac Lévy y Juan Loveluck, eds., El ensayo hispánico, Actas del simposio celebrado en Columbia, Carolina del Sur, 1981 (Columbia: University of South Carolina, 1984), 53. También ver, Walter D. Mignolo, Teoría del texto e interpretación de textos (México: UNAM, 1986).

[xxxviii] J.A. Cuddon, Diccionario de Términos literarios y teoría literaria, cuarta edición, Londres, Penguin Books, 1999.

[xxxix] Demetrio Estébanez Calderón, Diccionario de términos literarios (1ª ed. 1996),  Madrid, Alianza Editorial, 2001, s. v. ‘ensayo’. Se debe destacar que el autor añade a su caracterización del ensayo un ingrediente fundamental, ausente en otras definiciones: el de la interpretación.

[xl] Donald W. Bleznick, El ensayo español del siglo XVI al XX, México: Ediciones de Andrea, 1964, 6-7.

[xli] Arturo Casas, "Breve propedéutica para a análise do ensaio” (edición original, en lengua gallega), en Rosario Álvarez y Dolores Vilavedra (eds.), Cinguidos por unha arela común. Homenaxe ó Profesor Xesús Alonso Montero, Santiago de Compostela, Universidade de Santiago de Compostela, 1999, t. II, 315-327 y dado a conocer también por internet, “Breve propedéutica para el análisis del ensayo” (ESTABLECER VÍNCULO CON EL PORTAL –EN OTRA VENTANA-: http://ensayo.rom.uga.edu/critica/ensayo/casas.htm). La cita corresponde a esta última modalidad.

[xlii] Claire de Obaldia, The Essayistic Spirit; Literature, Modern Criticism, and the Essay, Oxford: Clarendon Press, 1995.

[xliii] Arturo Casas, art. cit., y María Elena Arenas Cruz, Hacia una teoría general del ensayo. Construcción del texto ensayístico (Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 1997).

[xliv] Jean Terrasse, Rhétorique de l’essai littéraire (Montreal: Les Presses de l’Université de Québec, 1977), 139.

[xlv] Pierre Glaudes, "Introducción", en op. cit., p. v.

[xlvi] Liliana Weinberg, El ensayo, entre el paraíso y el infierno (México: unam-fce, 2001).

[xlvii] Tal es, como lo mostró Said, el proceso de paso entre filiación y afiliación que establece el intelectual. Y tal es, además, como lo ha demostrado una investigadora, el  “pienso, luego existo” de Descartes, que no se refiere a ese je o sujeto particular que piensa sino al il de la materia pensante de la que el yo forma parte.

[xlviii] Véase el libro clásico de Ángel Rama, La ciudad letrada, Hanover, Ediciones del Norte, 1986.

[xlix] Para Ortega y Gasset: “dado un hecho —un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor—, llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de todo orden que la vida [...] arroja a nuestros pies [...] en postura tal que dé en ellos el sol innumerables reverberaciones [...] Hay dentro de toda cosa la indicación de una posible plenitud”…“el ensayo es la ciencia menos la prueba explícita […] y el rígido aparato mecánico de la prueba es disuelto en una elocución más orgánica, movida y personal”. Para Alfonso Reyes, el ensayo es “ese centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al “Etcétera” cantado ya por un poeta contemporáneo preocupado de filosofía”.

[l] Mariano Picón-Salas, “Y va de ensayo”, Crisis, cambio, tradición. Ensayos sobre la forma de nuestra cultura (Madrid-Caracas: Ediciones Edime, 1955), 143-145.

[li] Para un tratamiento pormenorizado de los textos de Martínez Estrada y Paz véase mi estudio “Ensayo, interpretación y procesos de simbolización” en Liliana Weinberg, ed., Ensayo, simbolismo y campo cultural, México, CCYDEL-UNAM, 2003, 492-529.

[lii] Mario Tomé Díez, “Introducción a la hermenéutica simbólica”, en Estudios humanísticos, filología (Universidad de León), 7 (1985), pp. 171-183.

[liii] Dominique Maingueneau, Pragmatique pour le discours littéraire, Paris, Nathan, 2001.

[liv] Michel Foucault, El orden del discurso (1970), trad. de Alberto González Troyano, Buenos Aires, Fäbula, 2004.

[lv] Juan José Saer, “La cuestión de la prosa”, en La narración-objeto, Buenos Aires, Grupo editorial Planeta-Seix Barral, 1999, pp. 55-61.

[lvi] Carlos Jiménez, Extraños en el paraíso; ojeadas al arte de los 80, Bogotá, COLCULTURA, 1993, agrupada sintomáticamente en la serie “Escritores colombianos en la diáspora”.

[lvii] Marichal, Juan, La voluntad de estilo. Teoría e historia del ensayismo hispánico, Madrid, Revista de Occidente, 1971, p. 20.

[lviii] “Montaigne y Diderot, en busca de una expresión adecuada de sus ideas complejas, multívocas, encuentran un último recurso en un principio poético. El pensamiento engendra la forma. La unidad de la idea y de la estructura es el fundamento estético de un humanismo. Montaigne, en los Ensayos, recrea la plenitud de la conciencia de sí, y así reintegra el yo en el mundo. De manera semejante, Diderot ve la posibilidad de resolver en términos literarios las contradicciones de la filosofía” (cit. Terrasse, 51).