Alfonso Reyes: La inteligencia del Ensayo



ALFONSO REYES: LA INTELIGENCIA DEL ENSAYO

Por Liliana Weinberg

       El título de esta intervención contiene propositivamente varias posibles interpretaciones. Pocos como Alfonso Reyes se preocuparon por entender, por hacer inteligible, ese género. Pocos como Reyes se dedicaron también a pensar la inteligencia americana. Pocos como Reyes contribuyeron a construir el moderno ensayo latinoamericano. Pocos, muy pocos, contribuyeron a hacer del ensayo el escenario de la inteligencia, el instrumento inteligente de los dotados de inteligencia. Pocos como él avizoraron el potencial ético y estético del ensayo y lo abrieron al horizonte de futuro con la incorporación de la idea de utopía. Revisemos cada uno de estos puntos.

En “Las Nuevas Artes” reconoce Reyes la existencia presente y la potencialidad futura del ensayo, su apertura promisoria a un horizonte utópico, alentado —para decirlo con palabras de Bloch que compartirían Reyes y Henríquez Ureña— por el principio esperanza. Reyes comprendió su carácter de enlace de mundos y de ámbitos y lo llamó, con inolvidable metáfora, “ese centauro de los géneros”.[1]

Pero Reyes comprendió también que el ensayo estaba llamado a contribuir a la expansión de la prosa y del conocimiento. Y reconoció su potencial multiplicador de la cultura, en un momento en que empezaban a expandirse los medios de comunicación masivos, que resultaban amenazantes para un buen número de representantes de la cultura de élite, pero que no asustaban de ningún modo a un intelectual abierto e incluyente como Reyes.

Nuestro homenajeado hizo también del ensayo la gran herramienta para expandir entre muchos la cultura de pocos y resolver así uno de los grandes desafíos de la revolución mexicana: cómo multiplicar el conocimiento y hacerlo llegar a más amplias capas de la población, cómo vincular lo particular con lo universal, cómo expandir los saberes sin empobrecerlos: cómo encontrar un estilo que acompañe los tiempos del México posrevolucionario. Reyes fue sin duda el intelectual orgánico capaz de responder a esos desafíos, luchando en distintos frentes de la acción pública y la intervención simbólica, fundador o cofundador de revistas (Cuadernos Americanos), centros de altos estudios (El Colego de México), editoriales (el Fondo de Cultura Económica), pensadas como puntos estratégicos para levantar una nueva armazón cultural. Muchos de nuestros más grandes escritores nacieron en bibliotecas: Reyes, Borges, Paz. Y nuestro autor en particular se dedicó así a una tarea prometeica por antonomasia: robar a la cultura de élite los saberes y competencias necesarios para construir una nueva cultura democrática dirigida a las mayorías. Además, quiso hacer una interpretación no tradicionalista de la tradición, apoderarse de los saberes que ayudaron a apuntalar el orden porfiriano para abrirlos al nuevo orden posrevolucionario. Y con ese propósito el ensayo se convierte en pieza clave. Un verdadero campo de experimentación donde nuestro autor, como Pedro Henríquez Ureña, se esforzará por abrir los temas a la vez que ahondar en ellos, sin simplificar ni devaluar las discusiones, para así poner en práctica otro de los desafíos que él mismo plantea: ampliar la cultura, llevarla a capas cada vez más amplias de la población. Ello lo obligó a otra tarea: repensar nuestra inteligencia.

En un trabajo anterior, “Notas sobre la inteligencia reyesiana”, me refería yo al significado de las “Notas sobre la inteligencia americana”,[2] conferencia hoy leída como ensayo, en la cual Reyes plantea, en escala descendente, los distintos puntos oscuros que llevan al mexicano en particular y al latinoamericano en general a sentirse un ciudadano de segunda, un extranjero, en el gran teatro de la cultura universal. En efecto, una, doble y triplemente marginados de la cultura europea en cuanto cultura colonial, derivada, de segunda, que por muchos años —y aun hoy— fue considerada por nuestros intelectuales como el centro legitimador de los productos de nuestro pensamiento, los latinoamericanos están hoy en condiciones de remontar de manera positiva esa escala, trazando una espiral cada vez más abarcadora, que logre integrar lo particular y peculiar en un movimiento que acabará en vuelo universal.

Porque los procesos de mestizaje pueden concluir en mezcla no lograda, en sumatoria de elementos, en reunión de partes que se rechazan, o bien puede llegar, como el centauro, a integrar imaginativamente mundos, culturas, prácticas, vincular lo particular y lo universal, y así convertirse en un aporte para el mundo que no implique abatir la especificidad sino precisamente partir de ella.

He dejado para el final otro de los sentidos posibles de este título que quiso sintetizar la prodigiosa conciliación reyesiana entre ensayo e inteligencia, inteligencia y ensayo. Y aquí es necesario evocar ese magnífico texto de Gabriel Zaid sobre “La carretilla alfonsina”,[3] donde de manera genial nos muestra que hay que aprender a leer en los ensayos de Reyes no sólo, o no tanto, los contenidos y los temas tratados, sino sobre todo el acto mismo de pensar que hace de la prosa de Reyes un exponente magistral de los alcances del género y sus audacias: no importan tanto los temas sino la manera de pensarlos. Aunque los primeros cambien, caduquen y pierdan muchas veces vigencia, la inteligencia una y múltiple de un gran ensayista hace de ellos sólo punto de despegue del prodigio de pensar e imaginar: no leemos tanto o solamente los temas y el mundo de Reyes, sino sobre todo el estilo de pensar el mundo en Reyes.

Así, por ejemplo, si en su ensayo sobre el ensayo tomaba Reyes en cuenta los que en su momento constituían los mayores avances en la tecnología de comunicación de masas —la radio y el cine de un admirado Fósforo—, podríamos, por ejemplo, achacarle que sus pronósticos optimistas sobre la relación entre cultura y tecnología se quedaron atrás: hoy existen computadoras y televisores, videos y nuevos medios de reproducción de imagen y sonido impensables para su época, pero existen también fenómenos de masificación que tampoco hubiera sido fácil prever en esos años. Eso no invalida ni desactualiza de ningún modo la palabra y el estilo de pensar de Reyes. Hoy podemos ser, paradójicamente gracias a las nuevas conquistas, más temerosos, más pesimistas, más conservadores. O podemos tratar de seguir su propia dinámica de pensamiento y obligarnos a repensar el mundo a partir de estos nuevos componentes, obligarnos al optimismo, obligarnos a la esperanza. Él, que fue fundamentalmente hombre de libros y de cultura, no se dejó asustar, sino sólo asombrar, por el modo en que las nuevas tecnologías ocupaban progresivamente nuevos espacios sociales, y planeó abrir la cultura libresca de modo de expandirla sin empobrecerla, e hizo del ensayo la mejor muestra de que ello es posible. Un ensayo inclusivo del lector, al que se trata como adulto y como conciudadano en la cultura. Dije más arriba que Reyes, gran héroe cultural, “robó” al mundo de la élite los saberes que habría que expandir entre más amplias capas de la población para avanzar en un proceso democratizador, racionalista, ilustrado e incluyente en el que él siempre creyó.

Cuando el modelo positivista entra en crisis, lo hace no sólo porque la reducción de todo el conocimiento y toda la creatividad a un modelo de ciencia positiva era imposible, sino también porque el orden de ideas “positivas” se estaba empleando de manera perversa para apuntalar la desmovilización política y poner freno al impulso del primer liberalismo: el positivismo se había convertido en una nueva estrategia legitimizadora del control del poder en una minoría iniciada en la jerga positivista, muchas veces —y con excepciones notables como la de Justo Sierra— vaciada ya de todo contenido y todo potencial transformador, para que pequeños grupos mantuvieran y se reprodujeran en el poder. Orden y progreso: la ciencia se convertía en garante del inmovilismo político: las mayorías habrían delegado de manera irreversible en una minoría ilustrada y omnisapiente, en una minoría positiva, los destinos de la nación. La Revolución Mexicana demostró hasta dónde esta estrategia resultó frágil, demostró las imposturas del poder porfirista, demostró el agotamiento del potencial científico cuando el poder lo convierte en su santo y seña: el conocimiento dejaba de ser garantía de transformación para convertirse en garantía de conservación. Es entonces cuando la generación ateneísta hace de la ética y la estética, tan antiguas como Sócrates y Platón, tan novedosas como Bergson y Boutroux, sus nuevas armas de combate simbólico. Y hacen, a través del ejercicio del pensamiento y de la prosa de ideas —tal, precisamente, el ensayo—, su nuevo campo de batalla.

Pocos como Reyes contribuyeron así a construir el moderno ensayo latinoamericano. El problema del divorcio entre las minorías todopoderosas y el pueblo llano se convierte en un problema ético que abarca y supera la mera cuestión política, y la imperiosa necesidad de firmar un nuevo pacto entre los nuevos intelectuales —todavía solos y aislados— y las mayorías se apoya en una solución estética, que en mucho sobrepasa las soluciones de acallamiento positivistas. El horizonte ético y estético, colocados por detrás del político y el educativo y garantes de su transformación, se convierten en el santo y seña de los brillantes jóvenes ateneístas y arielistas, que luchan, insisto, no contra la ciencia a secas, no contra la ciencia positiva a secas,  sino contra la ciencia convertida, de manera perversa, en garante de la preservación del poder en manos de una élite conservadora y excluyente. Es allí donde surge el gran proyecto de Reyes, capaz de repensar el mundo a través del ensayo., y en el clima ateneísta en el que su militancia  a favor de una cultura “humanística” lo hermana con Pedro Henríquez Ureña. Como dice Rafael Gutiérrez Girardot, “No cabe duda que el empeño de reinstaurar la ‘cultura de las humanidades’ y la ‘americanerá andante’ de Alfonso Reyes partieron de un hecho de la historia cultural y literaria hispanoamericana y se propusieron superarlo. Esa situación podría caracterizarse con el título de un ensayo siempre actual de Pedro Henríquez Ureña, ‘El descontento y la promesa’, de sus Seis ensayos (1928)”.[4]

En un texto notable, Castoriadis compara los dos Prometeos del teatro griego: el Prometeo de Esquilo, que retoma la gran tradición de la mitología griega para ver en ese personaje a quien roba a los dioses el fuego, el lenguaje y los conocimientos que entregará a los hombres, y que será duramente castigado por ello. Muy pocos años después, aparece la Antígona de Sófocles, dando muestras de cómo en el transcurso de un muy breve lapso de tiempo, en dos obras del siglo V a. C. separadas entre sí por pocas décadas, el mundo griego fue capaz de ofrecer dos visiones contrastantes de la naturaleza humana.[5] Para Esquilo, Prometeo es el héroe cultural que enseña a los hombres artes y oficios cuyo conocimiento arrebata a los dioses, y por lo cual es castigado. En el caso de la Antígona, y en un giro fundamental, el nuevo Prometeo dice que los hombres se enseñan a sí mismos sus saberes. La figura de Prometeo conduce a la figura del hombre que se enseña a sí mismo la palabra y el pensamiento, además de las artes concretas. Sólo es posible que nos enseñemos a nosotros mismos algo que no sabíamos si hay una idea de apertura, de posibilidad de cambio en el sujeto a través del conocimiento, de libertad.

En un enfoque revolucionario, y en aparente contradicción, el conocimiento humano, lejos de estar limitado a los dioses a los que será necesario desobedecer para arrebatárselo, habrá de convertirse en un conocimiento abierto, infinito, en una expansión de horizontes que el humano se enseñará a sí mismo. Ésta ha sido también la hazaña de Reyes, la fuerza que alimenta sus ensayos, sus atrevidas visitas por la cultura clásica y europea, sus andanzas por zonas del conocimiento vedadas al gran público y sólo accesibles a los iniciados. De allí la necesidad de incorporar a sus reflexiones el principio utopía, el principio esperanza, sin el cual esa apertura no sería posible y el conocimiento estaría obligado a girar en redondo.

Se cumplen precisamente quinientos años del David de Miguel Ángel. Quienes hemos tenido la fortuna de ver personalmente esta obra maestra, sabemos que su más íntimo secreto no está en el mármol, en la perfección de las formas y las proporciones, sino en la mirada audaz, a un tiempo ingenua y provocativa, del héroe que con su honda se atreve a desafiar al monstruo. Es el viejo relato bíblico reinterpretado por un artista del Renacimiento: un héroe joven y frágil se enfrenta a un desafío desproporcionado a su tamaño, y sin embargo, el David renacentista es el hombre, en su pequeñez a la vez que en su grandeza, que se atreve a mirar y avanzar sobre el mundo. “Y mi honda es la de David”, decía Martí. Hay también un David, ingenuo y desafiante, lírico y épico, prudente y aventurero, en la pluma de Alfonso Reyes.

Decía Simón Rodríguez, gran pensador revolucionario que fue a su vez maestro de Simón Bolívar, que “o inventamos o erramos”. Nos lo enseñó también Reyes, quien llevó a la práctica el ejercicio radical, gozoso y responsable de la inteligencia en ese campo estratégico que es el ensayo, escenario que traduce simbólicamente el mundo de Prometeo y de David. El desafío, la tarea, la responsabilidad que nos heredó, son nuestros hoy.

 


 

[1] Alfonso Reyes, “Las nuevas artes”, en Tricolor, México, 16 de septiembre de 1944,  reproducido en Obras completas, tomo IX, fce, México, 1955, pp. 400-403. Tal vez haya en la imagen del centauro un homenaje a otro gran ensayista:  En el prólogo a su libro On the margin: notes and essays, New York, Doran, 1923, Aldous Huxley había observado que pocos años después de Montaigne “esas figuras confeccionadas a partir de fragmentos habrían de convertirse en organismos vivos, en híbridos multiformes como sirenas, minotauros, serafines, centauros, imposibles compuestos de incompatibilidades, pero desde dentro, de tal modo que en el proceso de su crecimiento el tronco humano parece surgir naturalmente de los hombros de un caballo. Se trata de una asociación libre artísticamente controlada: he aquí el paradójico secreto de los mejores ensayos de Montaigne. En efecto, la unión de una cosa después de la otra da como resultado un casi milagroso camino de desarrollar un tema central y relacionarlo con la experiencia humana. Montaigne vincula la generalización con la anécdota, y hace un uso admirable de lo concreto particular, la chose vue, para expresar una verdad universal”.


[2] Alfonso Reyes, “Notas sobre la inteligencia americana” (1936), en Obras completas, tomo IV, México, fce, 1956, pp. 82-90. El estudio que dedico a este texto se publicó como "Notas sobre la inteligencia reyesiana", prólogo a Alfonso Reyes, Notas sobre la inteligencia americana, Varsovia, Centro de Estudios Latinoamericanos, Universidad de Varsovia-UNESCO, 1994 (Colección Ideas y semblanzas, 5), pp. 19-30.

[3] Gabriel Zaid, “La carretilla alfonsina” [1988], en, John S. Brushwood et al., eds., Ensayo literario mexicano, México, UNAM-Universidad Veracruzana-Aldus, 2001, pp. 331-333. Publicado originalmente en Proceso, 583 (1988): pp. 50-51.

[4] Rafael Gutiérrez Girardot, La Concepción de Hispanoamérica de Alfonso Reyes (1889-1959), Colombia, Biblioteca virtual de la República, http://www.banrep.gov.co/blaavirtual/letra-e/ensayo/concep.htm

[5] Cornelius Castoriadis, “Las dos Electras en el teatro ateniense”, Figuras de lo pensable (Las encrucijadas del laberinto VI), FCE, 2001.